Espacio de Balbino. Escritos de Ficción. Crónicas urbanas

 

 

 

 

 

 

CRÓNICAS URBANAS

 

 

BALBINO GUTIÉRREZ

 

 

Antología de 14 relatos que abarca una gran variedad de personajes y situaciones urbanas en diversas ciudades y épocas. Algunos relatos fueron publicados en revistas, otros son inéditos. Intenté publicarla sin éxito en editoriales. Hoy la lanzo al universo cibernético sin más pretensiones que la de ejemplarizar y entretener.

 

(RGPI: M-66332 10/3/1998)

 

 

 

 

ÍNDICE:

  1. Ana la Condesita

(Madrid)

  1. Delirios feministas

(París)

  1. El borracho inglés    

(Granada)

  1. El chófer de Katheryn

(París)

  1. El L.E.M.

(Estocolmo)

  1. El obsequio

(Madrid)

  1. El optimista    

(Berlín)

  1. El piso   

(Madrid)

  1. Julio Moreira    

(Lima)

  1. La cartera       

(Madrid)

  1. La Exposición

(Madrid)

  1. ¿Tienes un cigarro rubio, colega?

(Madrid)

  1. Matar al tenor

(Crónica censurada por el autor)

  1. La cartulina mágica

(Madrid)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 ANA “LA CONDESITA”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apareció en el escenario y fue para él como la salida de la luna llena, el principio del alba, la sangre de un campo de amapolas, el murmullo del mar, el aroma de las rosas, el fulgor de las estrellas, la revelación de la verdad que andaba buscando. Ana la Condesita –vestida de rojo hasta los pies, pelo de azabache y seda, ojos de oscura almendra, tez blanca y pura como los pétalos de lirio- inició su baile en un movimiento estático, la mano izquierda a la altura de la frente y la mano derecha sobre la parte baja de la cadera, presionando ligeramente sus carnes turgentes que se adivinaban prietas, en la postura más seductora que él viera jamás. Los pliegues del vestido, a modo de túnica griega, se ceñían a su cuerpo dibujando formas sensuales, coronadas por un rostro encendido del que surgían dos intensas llamaradas negras.

La fascinante figura, graciosa y provocadora a la vez, comenzó a evolucionar sobre el pequeño tablado ejecutando un baile por tarantos y acompañada por tres guitarras bastante mediocres y por un cantaor que conocía bien su oficio, aunque sin grandes recursos vocales. Pero ninguna de estas limitaciones adyacentes importó mucho al espectador –un fino aficionado madrileño-, que puso sus cinco sentidos en contemplar a la joven bailaora, cuya edad no debía de sobrepasar los dieciocho años, sin perderse uno solo de sus movimientos, gestos, taconeos, desplantes, llamadas, contoneos, balanceos, respiración de orgasmo; y mirándola con tal intensidad que tuvo la fuerte impresión de que se había establecido una corriente magnética entre el cuerpo de la joven y sus propios ojos, por los que se volcaba su alma trastornada.

Ana la Condesita no era la estrella de la noche, su nombre ni siquiera figuraba en el rudimentario programa del local. Tras su intervención, la siguió un bailaor adolescente, casi un niño*, el protagonista, y ella no volvió a salir sino para jalear y tocar las palmas, pero aun así, mostraba un ángel y un temperamento que no la hacían pasar desapercibida en el conjunto del cuadro flamenco. Y él continuó observando únicamente a la Condesita, ajeno al virtuosismo del precoz artista o al desarrollo general del espectáculo, y temblando de impaciencia por conocer a la hermosa muchacha.

Cuando terminó la actuación del grupo, se acercó para felicitar a Ana la Condesita, que estaba acodada a la barra del restaurante con el resto de sus compañeros. Afortunadamente no parecía estar ligada a ninguno de ellos, y así pudo manifestarle con entusiasmo la emoción que le había causado. La bailaora se sintió muy halagada por los apasionados elogios del desconocido capitalino, porque además de agradecérselo con un beso en la mejilla, le tendió una fuente llena de jamón y queso, de la que él se sirvió con nerviosa torpeza.

Volvieron a encontrarse en Candela después de que la Condesita –junto a “La Chabuca”, otra bailaora algo mayor que ella- pasara por la pensión, cercana al popular establecimiento, con el fin de desmaquillarse y cambiarse de atuendo. Él se instaló en la banqueta pegada al muro, al lado de su amiga Antonia, una asidua del local, más aburrida que un nabo, y justo enfrente de Ana la Condesita. La mesa y ocho personas a su alrededor los separaban, y él sentía la absoluta necesidad de decirle que lo había vuelto completamente loco.

Se sumergió entonces en una aventura favorecida por los numerosos canutos en los que había participado activamente hasta ese momento, abstrayéndose de la charla del grupo que le llegaba con un sordo ronroneo. Se colocó junto a la Condesita y le dijo que se había enamorado perdidamente de ella desde el primer instante de verla. Ana la Condesita le respondió que ella también había comenzado a sentir algo muy especial e inefable, que había notado la intensidad de su mirada y que lo había identificado entre el público a pesar de la oscuridad de la sala.

Alguien anunció en voz baja que había fiesta abajo y todos se levantaron de las sillas y fueron desfilando hacia la cueva. Ana y él volvieron a tomar asientos separados, cada uno en un extremo del salón. Jaime tocaba la guitarra, acompañado por su tío; pero él no prestó atención a la insólita garra del niño prodigio. Se marchó con Ana enlazándola por la cintura y besándose apasionadamente por las esquinas. Se encerraron en un hotel para vivir la noche de amor más intensa que nunca conocieron los amantes pretéritos ni los futuros. El cuerpo de la Condesita era más bello que todo lo que había podido imaginar: estrecho busto de pechos grandes, firmes, redondos y con pezones en punta; cintura de cristal, caderas de Venus, nalgas y muslos de coral torneados en el taller de un orfebre sensual. Se juraron amor imperecedero y decidieron vivir juntos por toda la eternidad. Ella olvidó al novio de Sevilla, y él se separó de la mujer con la que estaba malcasado. Huyeron al fin del mundo y evitaron la venganza de la ley gitana.

La fiesta decaía después de no haber acabado de despegar, y los presentes comenzaron a abandonar la cueva… De repente, él se dio cuenta de que la Condesita ya no se encontraba allí, ni las tres personas que la habían acompañado. Subió al bar, repleto de gente, pero ella tampoco estaba. Resignado e indiferente, se sentó en una mesa con los conocidos habituales que pasaban en Candela noche tras noche buscando no se sabe qué, o quizás ocultándose de algo. Pensó que los únicos ciudadanos románticos que quedaban en los tiempos que corrían eran los chorizos y los marginados; él, como los de su clase, no tenía valor para dejarse arrastrar por otras pasiones que no fueran las inspiradas por la vanidad, el dinero o las drogas. Y continuó bebiendo metódicamente, resuelto a emborracharse

a muerte.

*Israel Galván

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DELIRIOS FEMINISTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue a raíz de la traumática violación de Katheryn por el joven negro africano cuando ella y Carole decidieron afiliarse al M.L.F. (Movimiento de Liberación Feminista), para combatir tanto el sexismo como el racismo, para hacer valer sus derechos frente a las gentes de extrema derecha como de extrema izquierda. Se convencieron de que para defenderse y tener su propia justicia había que hacer la revolución feminista: “La única revolución que atraviesa las clases, las razas y las nacionalidades, para liberar a las más oprimidas”, afirmaba Katheryn levantando amenazante su blanco y delicado puño, ante la mirada siempre atenta de Carole a su lado. Comenzaron a intervenir como propagandistas del Movimiento en mítines y conferencias por los barrios de París, primero en colectivos feministas y, posteriormente, también en círculos de lesbianas. Al principio, los blancos favoritos de los ataques de las dos amigas agitadoras fueron los progres marxistas que se habían adherido a las teorías sexuales de Wilhem Reich (el falso profeta de la revolución sexual, como ellas lo llamaban), y a los que trataban de ridiculizar en sus intervenciones casi siempre a dúo:

Katheryn: La función del orgasmo, cimiento de la ideología sexual progresista, no ha podido tener resultados más reaccionarios.

Carole: La pretendida liberación sexual de nuestros días no significa otra cosa más que un cambio en la ideología sobre el sexo.

Katheryn: Lo único que ha variado es el contenido de las órdenes que constituyen la moral, pero la estructura del comportamiento sexual masculino permanece inmodificada.

Carole: Hay una estrecha homología entre los principios que cimentaban la ideología puritana de nuestros padres y los que sostienen el actual progresismo sexual.

Katheryn: Para nuestros progenitores el sexo significaba un sometimiento como medio a los fines de la procreación, prescribiendo una técnica paupérrima que excluía como ilícitos y perversos aquellos juegos de amor más imaginativos y preñados de jolgorio y de estéril bienestar.

Carole: Pues bien, a pesar del aparente antagonismo de sus comportamientos, lo cierto es que la imagen estructural de la ideología sexual “progre”, su esqueleto formal, es tan igual a aquel que aparentemente pretende combatir, que se diría que es su burdo disfraz modernizado.

Katheryn: Sustituid la trilogía: procreación –ética puritana- Dios, por la trinidad: orgasmo –técnicas sexuales- ciencia, manteniendo el mismo tipo de concatenación y dependencia entre los vértices del nuevo triángulo, y obtendréis el campo conceptual y normativo en el que se apoyan todas las proposiciones ideológicas de las nuevas tribus de “liberados sexuales”.

Carole: El Orgasmo es el objetivo, la culminación y el evento otorgador de sentido a la totalidad de los procesos eróticos.

Katheryn: Las técnicas sexuales, uniformes y objetivas y enseñables en los libros, como si cada hombre concreto fuera un mero paradigma del mapa universal de las zonas erógenas, determinan el ritual exigido para llegar al anhelado Orgasmo.

Carole: Y la triple faz fisiológica, psicológica y sexológica de la desapasionada ciencia fundamenta con su frío rigor el carácter objetivo e inexcusable del orgasmo y la probada eficacia de las rutinarias técnicas que lo garantizan.

Katheryn: Y así como antes, el resultado del montaje era una legión de matrimonios histéricos incrementado mediante un procedimiento tosco y artesanal el contingente de futuros hijos para el cielo y el número de pobladores de este valle de lágrimas o infierno terrestre.

Carole: Así ahora el desenlace es una monótona combinatoria de obsesos despersonalizados y solitarios persiguiendo neuróticamente con una tecnología sexual sutilizada la inagotable acumulación de míticos orgasmos previamente programados para solaz de la ciencia y tranquilidad del Estado (con el rostro congestionado y morado, cedía la palabra a su compañera, que concluía casi en trance).

Katheryn: La Revolución Sexual no es otra cosa que una religión del sexo que tiene en el Coito su eucaristía y en el Orgasmo el momento de transustanciación del hombre en Dios. Su prestigio revolucionario le viene de su presunta oposición al Poder: siendo la burguesía y el capitalismo los que impiden a los “oprimidos” llegar al Orgasmo, su abolición es necesaria para conseguir una Redención que se presenta como la felicidad sexual. Así razona el “progre sexual”.

***

Hasta la aparición del judío errante, fugaz, y flautista, Albert Mendes, Katheryn y Carole fueron amantes por un tiempo (como ya se ha señalado anteriormente), durante el cual radicalizaron sus postulados en asambleas y foros no ya sólo de París, sino de muchos otros lugares a lo largo y ancho de la superficie total del Exágono (sinónimo de Francia para los franceses). Sus embestidas dialécticas se orientaron principalmente contra el matrimonio y la familia y los maridos y la condición femenina y el capitalismo y el Estado.

Katheryn: Según nuestra teoría, el matrimonio se presenta como la institución mediante la cual un trabajo gratuito es extraído de una categoría de las población, las mujeres-esposas.

Carole: Un trabajo gratuito debido a que no da derecho a un salario, sino solamente al mantenimiento de la esposa.

Katheryn: Así pues, debemos afirmar que la no valoración de este trabajo se origina institucionalmente con el contrato del matrimonio, que es en definitiva un contrato de trabajo. Un contrato de trabajo que estipula que la fuerza de trabajo de la mujer es propiedad del marido.

Carole: La ley que dictaba la autorización del esposo para que la mujer pudiera trabajar fuera del hogar, fue abolida en Francia hace sólo diez años, en 1962.

Katheryn: Queda muy claro que la situación de inferioridad de las mujeres en el mercado de trabajo y la discriminación de que son objeto, constituye la consecuencia, y no la causa como algunos pretenden hacérnoslo creer, del contrato del matrimonio tal como lo conocemos (aquí, las dos amigas imprimían un quiebro electrizante a su discurso):

Carole: Pero ¿existe una naturaleza femenina inmutable?

Katheryn: No, sólo la alineación.

Carole: Pero ¿existe un instinto materno inmutable?

Katheryn: No, sólo mixtificación (las audiencias las aplaudían enfervorizadas).

Carole: Me comentaba una joven madre casada: “Yo soy de las que aman con pasión a los bebés, y esos pocos años de la infancia de mis hijos permanecen excepcionales e inmersos en mi meoria” (carcajadas de las audiencias) –perdón: “memoria”- rectificaba Carole (más carcajadas). “Esos años llenos de alegrías y fatigas, esos años que huelen a carne y leche, esos años animales y poéticos llenos hasta el borde, justificadores: esos años cuya sola evocación hacen que se me salten lágrimas de emoción” (se oían fuertes pataleos, abucheos y gritos de protesta).

Katheryn (levantando la mano para imponer calma): En efecto, en las condiciones actuales, la maternidad representa, en el sentido estricto del término, una esclavitud y refuerza el sometimiento al marido.

Carole: Además, todo deseo de maternidad es sospechoso de ser un intento de compensar frustraciones afectivas o de ausencia de identidad, puesto que lo vivimos en un contexto de opresión. Trampa sutil: es la misma maternidad la piedra de toque de la opresión (regresaban los aplausos).

Katheryn: Aunque se hiciese posible un deseo de procreación no alienado, no dejaría por eso de ser menos alienado en sus consecuencias actuales.

Carole: Ni siquiera a los pseudo-marxistas se les ocurre poner en discusión el significado de conceptos tales como familia, niños, hogar, etc.

Katheryn: lo mismo sucede en política: la infelicidad social se presenta como natural, no como resultado de la existencia de clases y del dominio de una sobre otra.

Carole: Por ejemplo, el sadomasoquismo que es algo inherente al matrimonio, se considera como sadomasoquismo sustancial, eterno y necesario, por lo que se sanciona implícitamente la ineliminabilidad del mismo (pitos y gritos).

Katheryn: Y el sistema sexual refleja precisamente este sistema de dominio, que se pone en marcha en el mismo instante en que la mujer halla seductor a un hombre (más pitos y gritos).

Katheryn: En cierto sentido podemos asegurar que la vida sentimental de los seres humanos no es más que una doble alineación:

Carole: La del filisteísmo natural, agravado por una mala educación sexual.

Katheryn: Y la derivada de la ignorancia del mecanismo real de la correspondencia amorosa, que los burgueses atribuyen caprichosamente a una extraña mezcla de determinismo biológico y de misterio.

Carole: La gente de izquierdas sabe que la familia es una institución represiva (aplausos y bravos). La asocian –a veces con innecesario esquematismo- a la propiedad privada.

Katheryn: Si se les pregunta al respecto, señalarían cómo reproduce y alecciona la fuerza de trabajo, cómo propicia el consumo, cómo se tejen sutiles y efectivas cadenas de control entre sus miembros, cómo transmiten los padres la ideología de la clase dominante.

Carole: Por ello es preciso trascender la procreación. El ser humano no es un ser natural, es un ser social (aplausos y pataleo ensordecedores).

Katheryn: Del mismo modo que era difícil volar hace un tiempo, ahora se nos plantea que no será difícil fabricar seres humanos de otra manera a la biológica y natural.

Carole: Pero aunque esto no sea una realidad y quizás pueda parecer algo de ciencia-ficción, es un planteamiento que algún día se resolverá.

Katheryn: La mujer tiene la mitad de hembra, de animal sujeto a esas tareas biológicas que tienen las hembras mamíferas y la mitad de ser social. Y solamente cuando de verdad trascienda esta condena bíblica, podrá liberarse de su destino animal.

Carole: Hoy podemos ya trascenderla un poco porque los anticonceptivos eran insospechados hace cien años, y el aborto sin riesgos también, puesto que el aborto se ha practicado siempre, pero con altísimos riesgos.

Katheryn: El problema estaría en ver si la supresión de la píldora abriría paso a un sistema de relaciones más deseable o nos devolvería a la situación odiosa anterior de maternidad salvaje (abucheo aislado).

Carole: Las relaciones sexuales están a caballo entre la opresión y la explotación. La mujer a través de las relaciones sexuales, establece relaciones económicas.

Katheryn: La diferenciación sexual es la base sobre la que se produce la división del trabajo y la explotación, porque la reproducción de la fuerza de trabajo, implícita en la procreación, puede analizarse como producción de mercancías.

Carole y Katheryn a dúo: Actualmente, las contradicciones se agudizan y muchas relaciones se van desmontando. Así, a nivel sexual, nos tendremos que rebelar contra todo aquello que nos parece natural, puesto que ha sido impuesto para mantener formas intolerables de opresión y control (aplausos y ovaciones estruendosas con toda la sala de mujeres puesta en pie).

La extraordinaria capacidad dialéctica de las dos compañeras militantes, la habían aprendido en gran parte de los textos y enseñanzas de un proto-feminista español o latino americano (Katheryn confundía entonces a unos y otros), a quien no llegaron nunca a conocer personalmente. El intelectual progresista de incierta nacionalidad se amparaba en el anonimato y seudónimos para no levantar suspicacias entre las feministas más virulentas, y de ese modo tampoco buscarse complicaciones con la policía de su país, sometido a una férrea dictadura política. Por eso, Katheryn y Carole estaban convencidas de que el autor de muchos de los escritos que conocían, defendían y difundían era el mismísimo de uno de los opúsculos que más les había impresionado e influido para su toma de conciencia feminista y su compromiso militante: “Sexo y Marxismo”. La genitalidad fisiológica siempre aparece mediada y mediatizada por las relaciones sociales de sexualidad: hasta tal punto que son precisamente éstas las que definen la realidad de aquéllas: las que al mismo tiempo las objetifican y objetivan. Hablaré de dos tipos de relaciones de sexualidad. Por un lado las relaciones sociales “uterino-domésticas”: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas, y cuya productividad es la reproducción de la fuerza de trabajo. Y por otro lado, las deseativas: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas y cuya productividad son los desideremas o signos de deseabilidad. Pero, vayamos por partes.

         Se puede analizar la productividad uterino-doméstica por analogía con la “renta de la tierra” analizada por Marx en El Capital. Imaginemos que úteros y domus son fincas cultivables. Como tales, cada unidad (cada útero, cada domus) produce diferente rendimiento a las demás: esa diferencialidad es esencial. Cada finca (cada útero, cada domus) es singular: esencialmente distinta a las demás, única e irrepetible. Por ello la situación que cada finca (cada útero, cada domus) ocupa respecto a las demás, goza de capacidad monopólica: no se puede competir con su productividad puesto que su situación diferencial es única, irrepetible. Siendo esto así, el reparto de la tierra, es decir la vinculación de cada finca (cada útero, cada domus) a un titular social adopta la fórmula de privilegio.

         Para que no sólo se cultiven las tierras cuyo rendimiento sea superior a la media, sino que se cultiven todas aquellas cuyo global rendimiento satisfaga todas las necesidades sociales, se hace preciso la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de la tierra: “es la renta absoluta” de carácter tributario y precapitalista que marca los límites inferiores de cultivabilidad de la tierra. De igual forma que no sólo se cultivan las fincas (úteros y domus) cuyo rendimiento sea superor a la media, sino que se cultiven aquellas fincas (úteros y domus) cuyo global rendimiento satisfaga las necesidades sociales, se hace precisa la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de úteros y domus: “es la renta del útero” y el “tributo doméstico” que marca los límites inferiores de cultivabilidad femenina, límites por debajo de los cuales ya no se establecen relaciones sociales uterino-domésticas (y las solteronas y las putas se ven excluidas de la sumisa irresponsabilidad uterino-doméstica).

         Pero al margen del modo uterino-doméstico de relación social de sexualidad (modos cuyos elementos fundamentales acabo de esbozar con forzosa simplificación), existe otro modo, el “deseativo”, cuya vigencia es predominante en la actualidad. Así como en el modo anterior, la mujer aparecía ineluctablemente vinculada a la tierra uterino-doméstica (más que vinculada, emparedada entre los límites infranqueables: su útero y su domus, por un lado, y su varón y titular vinculante, por el otro), en el modo deseativo, por el contrario, la mujer aparece totalmente desvinculada, libre, desnuda, exenta, desembarazada, dispensada, desconectada. Su actividad práctica se reduce a la constante y rutinaria exteriorización de los desideremas: partículas elementales constitutivas de los signos de deseabilidad: indiferenciados, sustitutivos, repetibles, universales: intercambiables, genéricos, transferibles y comunicables de forma codificada.

         La actividad crítica de su “partenaire” en la relación social (el hombre) consiste, por el contrario en la interiorización problematizada de los desideremas que percibe: desideremas que flotan en el ambiente, desvinculados de toda mujer real, disponibles. En resumen, la tarea exclusivamente crítica del varón consiste en el descuartizamiento de la imagen corporal de la mujer, en su reducción a un “stock” de desquiciados desideremas desconectados entre sí, y en la posterior construcción intelectual fuertemente problematizada y llena de contradictoriedad, de un “objeto cognoscitivo y obscuro de deseo”. Construcción cognoscitiva que es objetificada de acuerdo con las reglas fundamentales, las del “desafío invencible” y la del “enigma sin solución de continuidad”, cuya enorme carga de problematicidad y contradictoriedad sólo puede resolverse (en lo que constituye la llamada “realización del deseo”) mediante la destrucción del objeto cognoscitivo de deseo reconstruido. Pero la contradictoriedad dialéctica que se establece en la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo constituye un tema que desborda las intenciones modestas del presente opúsculo.

         Por ahora baste con decir que gracias al monopolio de actividad crítico-deseante, el varón logra imponer una masiva y aplastante superioricidad intelectual. Superioricidad derivada precisamente del ejercicio de la deseación, es decir de la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo, contradictorios, dialécticos, paradójicos, incoherentes y problematemáticos. Ambos tipos de relación social de sexualidad, el uterino-doméstico y el deseativo coexisten y coexistirán para siempre. El primero, a modo de residuo de carácter tributario, primario, precapitalista; el segundo, en perfecta coherencia y armonía con el reinado del márquetin. Pero uno y otro se excluyen mutuamente: la deseación exige anonimato, distancia social, y no se puede desear a la propia madre, abuela, tías, esposa vieja o hijas, pues el deseo es incompatible con la convivencia uterino-doméstica.

         ¿Podemos pues deducir también la necesariedad objetiva de la revolución feminista a partir de la intercambiabilidad universal de la mercancía cognoscitivo-deseativa? Obviamente sí. La socialización de la producción femenina de desideremas entra en contradicción con su interiorización individual-masculina: y la productora del deseo, por serlo, puede llegar a apropiarse de su propio producto interiorizándole de forma recreativa. Aunque no es fácil que dejase de ser irresponsable y se responsabilizara. Que dejara de ser una mera deseada-deseable y pasase a ser una auténtica deseante, ejerciendo con decisión su voluntad crítica. Pero lo que sí puede hacer la mujer, si quiere llegar a ser una deseante activa, creadora, responsable y militante es ponerse a desear a la misma mujer, ya que la vigente deseabilidad es de naturaleza femenina. Se trata de aprovechar el vigente código de deseabilidad pero reactualizándole (exteriorizándole e interiorizándole, objetivándole y objetificándole) en el marco de unas relaciones sociales distintas y nuevas: ya no de hombre a mujer, sino de hembra a hembra, ya no de varón deseante a hembra deseada, sino de mujer a mujer: ambas deseantes y deseadas, ambas dominantes y dominadas, ambas responsables y poderosas afroditas, ambas libres y reinas soberanas.

Post scriptum:

Si el actual proletario es un mero productor de trabajemas (aquellas partículas elementales mediante cuya combinatoriedad calculada el capitalista realiza sus mercancías), la mujer actual es una mera productora de desideremas: aquellas partículas elementales de deseabilidad mediante cuya combinatoriedad aleativa el varón deseante realiza su deseo, realizando la mercancía deseativa.

         Fue decisiva la influencia de los párrafos finales del clarividente escrito en la consolidación de la pareja Carole-Katheryn. Ésta última, con su gran belleza y personalidad, producía desideremas subjetivos-objetivos que fueron percibidos por Carole que se comportó como hembra deseante-deseada para realizar su deseabilidad subjetiva, extrayendo la mercancía deseativa de su amiga americana. Pero la estabilidad de las partículas elementales de deseación se fue al garete el mismo día que en la vida de las dos jóvenes amantes apareció el judío errante Albert Mendes.

Pertenecía a una familia de judíos sefardíes de Transilvania, procedente de Salónica, que se vio obligada a emigrar a Suiza durante la II Guerra Mundial y acabó instalándose a su término en Marsella, donde él nació. Su espíritu de apátrida le impulsó a estudiar música para la que poseía aptitudes sobresalientes llegando a interpretar con igual maestría cuantos instrumentos de viento y cuerda existían. Se ganaba la vida pobremente tocando en cafetines, el metro o la calle y se había negado a formar parte de grupos, bandas u orquestas estables a pesar de las numerosas ofertas recibidas. Se dejaba llevar por su naturaleza anárquica y pasiva, por su lentitud sublime, que no soportaba ninguna obligación ni disciplina exteriores.

La personalidad de Albert era muy diferente de las Katheryn y Carole, y tal vez por eso fue que se avino a formar trío, ménage à trois, o comuna, como ellas decían, las cuales comenzaron a cuidarlo en todos los detalles y asuntos materiales para los que era como un crío desvalido y muy poco diligente. Y Albert, para agradecerles sus atenciones y protección, les pagaba con mucho arte y amor. Además de ser encantador en todos los sentidos, estaba dotado por la naturaleza con unos extraordinarios atributos varoniles que le permitían satisfacerlas sexualmente a las dos: en la pequeña buhardilla de la rue de Saint André des Arts, donde vivían, flotaba un fuerte olor a esperma tanto de día como de noche. El músico era un fenómeno capaz de alcanzar veinticuatro orgasmos en una jornada, y el fluido de la vida inundó abundantemente las entrañas de las dos mujeres y fructificó en el vientre de Katheryn, quien concibió a una hembra desde el primer embate amoroso, a la que pondrían el nombre de Alberta. Carole, en cambio, permaneció estéril y lo iba a permanecer toda su existencia a causa de las graves disfunciones hormonales que no deseó nunca conocer ni remediar, suponiendo que hubiesen podido tener remedio, pues había decidido rechazar la maternidad para ser fiel a sus inquebrantables principios ideológicos. Durante los primeros meses del embarazo no se alteraron significativamente las relaciones de la pequeña comuna, y Albert siguió cumpliendo con el mismo ardor constante con las dos mujeres. Fue, sin embargo a partir del octavo mes, cuando obligado no sólo por la abultada redondez del vientre de Katheryn, sino también por su incipiente laxitud amorosa, el flautista se volcó de manera casi exclusiva en Carole, que se mostraba insaciable y monopolizó encantada su inagotable energía varonil.

         Katheryn se sentía triste pero no decepcionada ante la nueva situación del trío, y se mantenía firme en su intención de continuar con su gestación y de traer al mundo a su hija, a pesar de que tanto Albert como Carole le insinuaron abiertamente en varias ocasiones la conveniencia de poner solución de continuidad al embarazo, temiendo que, de no hacerlo, pudiera romperse el círculo verdaderamente mágico de sus relaciones, en el interior del cual se había instalado la felicidad, sí, la felicidad. Katheryn no comprendía en absoluto la enorme transformación que se había producido en ella, pasando del rechazo vehemente de la maternidad o de cualquier forma de vida en pareja con hombre, a desear ardientemente ser madre y gozar de Albert para ella sola. No comprendía las razones del cambio tan brusco operado que la había alejado súbitamente de la militancia activa de la revolución feminista, y la animaba a tejer prendas de lana, perlé y algodón para su futuro bebé. Sospechaba que lo real eran sus sentimientos actuales alentados por la llama de la vida que albergaba en su interior, y que la dialéctica y praxis revolucionarias que predicó durante los últimos años, amén de su circunstancial lesbianismo, no fueron sino una tabla de salvación para sobreponerse al zarpazo brutal del la violación, que había congelado sus verdaderos e íntimos anhelos de mujer corriente.

Tras el nacimiento del bebé Alberta, Katheryn fue presa de una violenta e incontrolable crisis de agresividad contra la otra hembra que compartía su domus, la cual se vio obligada a batirse en retirada y a buscarse otro hogar, pero sin renunciar al macho que tanto la colmaba, y sin olvidar nunca su ideal de comuna ni dejar de proponérselo y reiterárselo en cuantas ocasiones le fue posible a la que, a pesar de su infidelidad, seguía considerando su mejor amiga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BORRACHO INGLÉS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la mañana siguiente de su llegada a Granada, el 19 de abril de 1932, se produjo un temblor de tierra de grado 4,4 en la escala de Richter. El terremoto, acompañado por un terrorífico ruido subterráneo, sembró el pánico entre los granadinos; sin embargo, Clarence Malcolm Osborne no se enteró de nada porque, en ese preciso momento, estaba durmiendo pesadamente su primera y descomunal borrachera en esa incomparable ciudad.

El joven Clarence, de 22 años, había hecho el viaje desde Liverpool, escoltado por el matrimonio Aiken, Clarissa y Conrad, un poeta de cierto renombre y su tutor circunstancial, contratado por sir Arthur Osborne, padre del muchacho. Viajaron en barco a Gibraltar, y desde allí en tren hasta Granada con parada en Ronda: en la ciudad del tajo, tanto pupilo como tutor tuvieron ocasión de pasmar a los clientes y camareros de innumerables bares y tabernas con el consumo pródigo de mortíferos brandies triples.

El trío fue a alojarse en la pensión Carmona, situada en la Antequeruela Baja, a pocos metros del imponente hotel Alhambra Palace. Blanca y pulcra, la modesta residencia ocupaba el espacio de un carmen construido a mediados del siglo anterior, desde cuyos balcones, torre y jardín, podía contemplarse el soberbio panorama de la ciudad, la Vega y Sierra Nevada. El lugar sedujo inmediatamente a los viajeros; además, doña Angustias, una mujer de 50 años, menuda y diligente, trataba a todos sus huéspedes con afecto y eficacia, cualidades juntas poco frecuentes de encontrar en el Reino Unido.

Habían dejado Inglaterra bajo un cielo plomizo y amenazante, y encontraron una Andalucía cegadora y en plena eclosión de primavera. Clarence Malcolm recordaba a duras penas, que existieran paisajes y atmósferas tan saturados de vital esplendor como los que encontró en Granada. Su profunda sensibilidad de artista –el joven quería consagrarse a la literatura, y ya había escrito una novela todavía inédita- recibió como una especie de descarga eléctrica, y, desde los primeros momentos, experimentó una lancinante sensación, mezcla de felicidad y congoja, difícil de soportar.

Su temprana afición al alcohol, interrumpida brevemente, comenzó a acentuarse: la extraordinaria facilidad de encontrarlo y el bajo precio de la bebida en España no eran precisamente las condiciones idóneas para frenar a un alcohólico incipiente. Los consejos y cuidados de sus amigos no servían de nada; Malcolm desaparecía todos los días durante varias horas y volvía a aparecer invariablemente borracho como una cuba. Otras veces tenían que salir a buscarlo por toda la ciudad, y lo encontraban durmiendo tirado en cualquier rincón, o armando broncas vociferantes en alguna tabernucha de mala muerte.

Se paseaba continuamente con un gran sombrero mejicano que había comprado en Ronda: estaba convencido de que esa era una prenda típica del atuendo diario de los andaluces, y no había manera de persuadirlo de que su uso le daba un aspecto ridículo y extemporáneo. Pronto empezó a ser conocido por todos los barrios de la ciudad: la gente se volvía y se burlaba a su paso, y los chiquillos lo seguían dando grandes risotadas y le tiraban de la ropa, o intentaban quitarle el sombrero de un manotazo. En algunas ocasiones se ponía a tocar su también inseparable ukelele a altas horas de la noche, y las parejas de la guardia civil que patrullaban por la ciudad se veían obligadas, por deferencia al británico, a llevarlo a rastras hasta la pensión.

En momentos de serenidad, Clarence Malcolm reconocía que estaba dando una imagen impropia de un gentleman, pero no podía hacer nada para evitar seguir bebiendo y emborrachándose. En sus conversaciones con el matrimonio Aiken, declaraba que la única causa de su incontinencia alcohólica era el embrujo mágico de Granada; sus paseos por las callejas del Albaicín, o sus rondas por las estancias de la Alhambra, en lugar de apaciguarlo, alimentaban su ansiedad. El sentimiento de la extraordinaria belleza de esos lugares encendía en su pecho una hoguera de exaltación y desconsuelo que no se podía apagar más que bebiendo sin cesar anís del Mono.

Llevaban ya dos meses viviendo en Granada y el estado del joven no hacía sino empeorar. No se lavaba ni cambiaba de ropa, su aspecto desastrado y con barba de varias semanas parecía el de un vagabundo: le llamaban “el borracho inglés”. Los guardias civiles empezaron a hartarse de su presencia, y, tras retenerlo en el cuartelillo en varias ocasiones, comunicaron a los Aiken que si no lo alejaban de Granada, se verían obligados a encerrarlo en la cárcel durante una buena temporada o a expulsarlo de la ciudad, e incluso las dos cosas de manera sucesiva.

Una mañana espléndidamente azul de junio, cuando desayunaba con sus amigos en el jardín de la pensión, Malcolm notó a través de sus párpados semi cerrados, en parte por la agresiva luminosidad, en parte por los efectos de la resaca, la presencia en una mesa contigua de unos nuevos huéspedes de doña Angustias. A intervalos, pudo observar la gran hermosura de una mujer joven, acompañada de un hombre que, aunque vestido con informal ropa deportiva, no podía ocultar que le doblaba la edad. Conrad Aiken, a su lado, con voz queda, estaba dándole un ultimátum, y le advertía que de no corregirse inmediatamente, regresarían a Inglaterra en el primer barco que zarpara de Gibraltar. Malcolm se dio cuenta de que la muchacha los miraba interesada de vez en cuando, y, sintiendo vergüenza de que ella lo viese en el estado de suciedad y abandono en que se encontraba, dejó su taza de té con leche a medio beber, y subió apresuradamente a su habitación.

Ese día, Malcolm no probó una sola gota de anís, y permaneció durante horas en su cuarto, tumbado en la cama. No podía alejar de su mente el hermoso rostro de la muchacha, mientras se hacía miles de preguntas sobre su identidad y la de su acompañante. Deseaba vehementemente volver a verla y se llevó una enorme decepción al no encontrarla en el jardín-comedor a la hora del almuerzo. Anduvo paseando toda la tarde por el bosque del Carmen de los Mártires, uno de los espacios más románticos y ensoñadores que había conocido jamás; esperaba con impaciente emoción que llegase el momento de la cena, pues tenía la certeza absoluta de que volvería a encontrarse con la maravillosa desconocida.

Cuando regresó al anochecer a la pensión, Malcolm sintió que una oleada de sangre caliente inundaba su cuerpo: la pareja de nuevos viajeros estaba sentada a la mesa de los Aiken con quienes mantenían una animada conversación. Se sentó con el grupo en una silla vacía, entre Conrad y la joven. Se llamaba Jane Galbraith, era americana y se ganaba la vida como modelo artístico. Residía en París donde había conocido al hombre maduro que la acompañaba y que no era su marido, tal como Malcolm se había temido.

Entre los jóvenes se estableció una inmediata y fluida corriente de simpatía. Malcolm se ofreció para hacer de guía de la ciudad y Jane aceptó encantada. Esa misma noche, después de la cena, estuvieron recorriendo solos el Albaicín y el Sacromonte; el caballero francés se quedó en la pensión con el pretexto de estar muy cansado. Todos se dieron cuenta de la fuerte atracción espontánea que habían comenzado a sentir.

A partir de ese momento, Jane y Clarence Malcolm no iban a separarse durante muchos años; el amor los invadió como una marea repentina, y se dejaron arrastrar por el ímpetu irresistible de su corriente. Permanecieron juntos un mes en Granada, embriagándose de caricias y sueños. Malcolm dejó, como por encanto, de sentirse angustiado y ya no tuvo más necesidad de emborracharse con alcohol; su tensión interna acabó por sintonizar en armonía con las vibraciones mágicas de la ciudad y supo, para siempre, “que no se puede vivir sin amar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                  EL CHÓFER DE KATHERYN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde que dejó a la señora a la puerta de la galería y estacionó el Laguna en el aparcamiento público de Saint Germain des Pres, hasta recibir en su móvil (que Katheryn le había proporcionado como útil de trabajo) la llamada de Alberta pidiéndole que volviera a buscarlas, el chófer se había tomado la primera copa de tinto de bourgogne del día, en Chez Georges, un BarTabac-Presse de la estrecha rue Visconti, próximo a la rue de Seine. Allí había comprado un paquete de Gitanes, su periódico predilecto y una revista, a la vez que había mantenido su conversación habitual con Georges Duratti, el dueño del local, instalado en permanencia detrás de la caja, y madame Duratti, Nadine, que servía a los clientes. Cuando Maurice entró en el local, ésta acababa de poner un demi de cerveza a una danesa loca, llamada Greta, de edad indefinida, que vivía desde hacía varios años en un sótano abandonado, húmedo e insalubre del Quai de Conti. Los dueños del bar la admitían un rato todas las mañanas en la barra, a pesar de que la presencia de la vagabunda molestaba a los clientes por el olor que desprendía, y la turbación que producía su inocente mirada azul y su constante sonrisa transparente.

 Quel temps dégueulasse –dijo Maurice Leroy por todo saludo, sentándose en un taburete, a dos de Greta, mientras daba la mano al dueño, de su misma edad pero bastante grueso y de cabello blanco pegado a la parte superior de la frente, que le daba un aspecto de senador romano.

        —C’est pas vrai, il n’y a plus de saisons –dijo Georges.

         –C’est un printemps pourri –replicó Maurice, abriendo Combat Nouveau, un diario de izquierdas:

         “A menudo, se acusa a la Justicia de clasificar sin mirar los asuntos que la policía le transmite. Los tribunales de la región parisina conocen una tasa de respuesta cercana al 70% . Más de 2 de cada 3 infracciones son perseguidas ante los tribunales, o bien sometidas a procedimientos alternativos como la mediación, la reparación o el recurso a la ley. Un 30% de los asuntos considerados punibles son sin embargo archivados sin consecuencias. El tribunal de Fontenebleau se lleva la palma de la severidad. Encarna sobre todo una práctica penal tradicional que consiste en utilizar la maquinaria pesada del proceso penal para toda clase de infracciones, incluso las menores”. Estos siguen la senda de California donde se castiga con cadena perpetua a los reincidentes aunque sea por delitos de poca monta. “En París todo es desmesurado. Hay dos veces más casos por 1000 habitantes que la media nacional y tres veces más magistrados y funcionarios para tratarlos. En París se encuentra un tercio de todos los abogados de Francia”.

         Tras los cristales semi empañados del bar, Maurice vio desplazarse la figura de una señora alta y delgada, enfundada en un abrigo negro de pieles que iba barriendo el suelo. Se cubría con un enorme gorro de astracán que sólo dejaba ver unas gafas grandes y un trozo de cara cadavérica de piel apergaminada y carbonizada, seguramente a causa de los rayos UVA. Parecía una representación de la parca, pensó.

         -¿La has visto? –preguntó.

         – ¿Qué? –preguntó Georges.

         –No, nada, une dame…-dijo Maurice sin terminar la frase y pasando una página de Combat Nouveau.

         “Entre la imagen feliz de la sociedad consumista que pretende dar el sistema neoliberal que nos domina y la dura realidad cotidiana de la inmensa mayoría de los ciudadanos, se genera una enorme ola de frustración que es causa de un gran estrés y una gran agresividad. Del lado de las apariencias, el espacio lleno de objetos atractivos, mensajes complacientes y cómplices con el individuo tomado como sujeto consumidor. Del lado de lo real, trabajo duro, inestable, sueldos escasos, deudas de casa, coche, tarjetas de crédito, etc. El resultado es un conjunto de seres frustrados y agobiados que pretenden liberarse en los espacios públicos que…”.

         -¿Qué cuenta el periódico? –preguntó Georges sin excesivo interés.

-La crónica política nuestra de cada día –respondió Maurice, y sin levantar la vista de la página que estaba leyendo, añadió-. Escucha lo que dice un sindicalista de la CFSA: “Si la empresa persiste en su actitud, aumentaremos tanto la cantidad como la calidad de las huelgas”. ¡Qué te parece!

         -Habla igual que los empresarios –dijo Georges.

         -Efectivamente –convino Maurice -. Y hablando de empresarios, ¿sabías que tres multimillonarios poseen más riqueza que 600 millones de personas?

         –C’est pas vrai –dijo Georges que se puso a atender a un cliente del estanco.

         -Montesquieu habló de los tres poderes del sistema democrático: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, pero no habló del poder escondido, del poder oscuro de la sociedad: el poder económico, que hoy domina a todos los demás poderes – dijo el chófer.

         -No hay que exacerbar ningún tipo de elemento sobre todas estas cuestiones. Vamos a crear un dotacional sanitario para nuestro barrio, me decía el concejal del distrito el otro día –dijo Georges después de despachar al cliente.

-Las palabras se han pervertido, patrón – afirmó Maurice-, porque no se quiere llamar a las cosas por su nombre y se dicen memeces como que los niños autistas o con síndrome de Down no son niños con deficiencias mentales, sino niños con habilidades diferentes. ¡Escuche, Georges! –prosiguió con énfasis-: Hace poco, leí una noticia sobre los problemas de los inmigrantes en Collioure. El periodista llamaba a los extranjeros “visitantes irregulares” y “pobladores de fuera”, en tanto que a los habitantes del pueblo los llamaba “vecinos indígenas”

-Cualquier tiempo presente es peor y a cada tiempo su propio lenguaje. Ésta es la conclusión que puede extraerse de las lamentaciones constantes de escritores y pensadores de diferentes siglos, acerca de la época en la que vivieron: muerte de la espiritualidad y de los valores, predominio del materialismo, zafiedad humana, traiciones, mentiras, etc. Por sus testimonios podemos saber que nunca existió una edad de oro, sino una energía perversa y destructiva que va evolucionando de forma continua –replicó Georges que presumía de haber asistido durante su juventud a cursos de Filosofía en Vincennes, para alumnos que no tenían el bachillerato.

-Esto es lo que más o menos piensa Katheryn, mi jefa, cuando dice que no hay tiempos mejores sino menos malos que otros –dijo Maurice que se puso a leer su periódico en voz alta.

-Vivimos en una sociedad violada y prostituida –dijo la danesa loca sin perder su sonrisa inocente

-“Un sistema genético universal dibuja bocetos en las alas de las mariposas” -¡Qué noticias más curiosas! –exclamó Maurice que no prestó atención a Greta-. “La policía romana irá equipada con pulverizadores de pimentón picante llamado peperoncino”.

-¿Con pepero qué? –preguntó Georges divertido.

-Con Peperoncino. ¡Qué graciosos son estos italianos, verdad! –dijo Maurice.

-Qué quieres que te responda, ya sabes que soy de origen italiano, de Niza –dijo Georges.

-Niza no es italiana que yo sepa –dijo Maurice.

-No, ahora es francesa, pero sólo desde 1860 en que Francia se anexionó parte del Piamonte –dijo Georges.

-¿Sólo eres francés desde 1860? Si llego a saberlo, no me caso contigo –dijo en tono de burla madame Duratti, que era Desbois por su apellido de soltera.

-“Un psicópata colombiano viola y mata a más de 140 niños de la calle””–comentó Maurice horrorizado.

-¿Dónde? –preguntó Georges.

-En Colombia, naturalmente –respondió Maurice.

-¡Qué vergüenza! Está visto que no todos los niños son iguales –dijo Georges.

-¡Cómo que todos los niños no son iguales! –exclamó Nadine indignada, unos diez años menor que su marido y con unos pechos puntiagudos que hacían suspirar a Maurice-. Ya lo creo que son todos iguales. Los que no lo son es los hombres, porque los hay que son auténticas alimañas.

Bueno, los hombres también son todos iguales –dijo tímidamente Maurice-, las diferencias están en los países, en los Estados. Los hay de primera, de segunda y de tercera. Y si naces en uno de tercera, eres un hombre o un niño de tercera.

-Sobre todo si eres pobre –añadió Nadine.

-Desde luego –asintió su marido.

-Los gendarmes andan buscando a dos cazadores de La Camargue por haber disparado por la espalda a un inmigrante argelino. El inmigrante, perdido, transitaba por la marisma y los cazadores lo dejaron malherido creyendo que había muerto. Lo trataron como a un animal –contó Maurice recordando la noticia espantosa que había leído en Combat Nouveau.

-Pues el ayuntamiento de Marsella edita una guía para inmigrantes en la que les aconseja no tener relaciones sexuales para evitar contagios. La mejor manera de no contagiarse es no mantener relaciones sexuales, eso elimina totalmente el riesgo, dice el folleto, ¿qué os parece? –dijo Georges.

-Verdad de La Palisse, querido Watson –dijo pedante Maurice.

-¿Quién será el talento al que se le ha ocurrido una simpleza semejante? –se preguntó Georges.

El local se llenó repentinamente de clientes. La vagabunda danesa pagó céntimo a céntimo su cerveza y se marchó discretamente. Maurice se puso a leer su periódico sin poder responder a la pregunta que el propietario del bar había dejado en el aire.

“¿Quién delató al Che? Un documental sueco reaviva la polémica sobre si alguien traicionó al mítico guerrillero argentino-cubano: Ernesto “Che” Guevara. Acusan al sociólogo y escritor francés Regis Debray de ser él quien señaló al ejército boliviano el lugar donde el Che se escondía”. Calumnias, pensó Maurice. “El 8 de octubre de 1967 el Che caía en una emboscada del ejército boliviano en el valle del Churo. Era el fin del foco guerrillero de Bolivia y de la aventura revolucionaria de Ernesto Guevara de la Serna, cuyo nombre iba a convertirse en todo el mundo en símbolo de la lucha armada contra la injusticia. Compañero de Fidel Castro, el Che había dicho el mismo día de su entrada en la Habana: Para mí el combate continúa en otra parte. En 1965 desaparece: durante dos años no se sabrá dónde milita, qué prepara, si sigue vivo. Regis Debray sí lo sabía. Fascinado por la experiencia castrista, este catedrático de Filosofía de veinticuatro años , que estaba en ese momento ocupado en escribir su Revolución en la revolución, se dirige a Bolivia para colaborar en los preparativos de la guerrilla del Che. Al regresar del campamento central en Nancahuazu, en abril de 1967, Debray es detenido junto con dos de sus camaradas: condenado a 30 años de cárcel, será, sin embargo, liberado antes de terminar su cuarto año de prisión…”. ¿Por qué? Sin duda el Che Guevara es el tío más íntegro y consecuente del último siglo. “Dolores, 19. Particular, estudiante de fotografía. Ninfómana. Acabo de alquilar un piso en Montparnasse para empezar en esto. Lo hago por vicio. Hago de todo, completo con francés en mi boca y beso negro. Puedes repetir. Pamela. Te recibo desnuda, 19 años, cuerpo precioso, pechos erguidos, sexo arregladito. Te haré un francés profundo hasta el final, luego te comeré por detrás para reanimarte otra vez, para que me penetres, luego en la cocina me volverás a penetrar y me penetrarás en mi jacuzzi, y volverás a penetrarme en la cama: soy un cálido agujero húmedo. Nancy, particular. Rubia espectacular, recién llegada de vacaciones de Saint Tropez. Penetración salvaje, oral tragándomelo; beso negro, sucio y limpio; lluvia en mi boca, coprofilia. Al llegar, si quieres, me arrodillo y terminas en mi boca. Luego seguimos hasta que no puedas más. Repite las veces que quieras. Si me avisas, puedo recibirte completamente desnuda, bronceada y rasurada. Karen, 22 años. Universitaria muy culta. Me gustaría compartir mis inquietudes sexuales con hombres que sepan enriquecerme en la cultura erótica. Tengo un cuerpo 10 y un apartamento de ensueño. Isadore: clínica especializada. Impotencia, alargamiento y curvatura del pene, cambio de sexo. Profesionales titulados. Larga experiencia… Magali. 18 años recién cumpliditos. Rubia despampanante, cuerpo sensacional, pelo largo, labios sensuales. Soy muy viviosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y veas que no llevo nada debajo. Que me hagas el griego profundísimo, tragarme toda la leche, hacer el amor varias veces, besarnos (relación amante). En fin, todo sin límites… Soy muy viciosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y…”.

-¿Estás buscando piso? –preguntó con sorna madame Duratti, que se había acercado al chófer después de atender a la clientela.

-Pues sí –respondió Maurice cerrando su periódico, y avergonzado de que la atractiva mujer lo sorprendiera leyendo la sección de masajes.

-¿No te encuentras a gusto en el de ahora? –preguntó Georges, que había vuelto a instalarse detrás de la caja.

-Bueno, en realidad no tengo ninguna prisa por cambiarme, pero, me gustaría hacerlo dentro de un tiempo –dijo Maurice mintiendo para zanjar el tema.

-Los pisos están por las nubes –dijo el patrón del bar-, así que piénsatelo bien antes de buscarte otra cosa.

-Todo está por las nubes –dijo su mujer sonriendo de manera equívoca.

-Sí, es cierto. Vivir es hoy todo un lujo –concluyó Maurice, que volvió a la lectura del reportaje sobre el Che y Regis Debray, para evitar la sonrisa irónica de Nadine.

“Tal vez resulte superfluo poner de relieve, como acabamos de hacer, que a la guerrilla le faltaban los medios y los instrumentos necesarios para atraer a las masas, pues habríamos tenido que empezar por el principio: a saber, por la ausencia física de las masas. Es decir, era tal el estado de dispersión del habitat de la selva boliviana, tal la despoblación, que las masas prácticamente no existían. En dos semanas de marcha por la jungla, en el mes de febrero, la columna del Che no se topó más que con una familia, un machetero, y no precisamente con cualquiera: Honorato Rojas, el hombre que, según Debray, condujo al ejército al Vado de Yeso, y que vendió a toda la retaguardia de la guerrilla (después sería ejecutado por el ELN). La extrema diseminación de las explotaciones corría pareja con el atraso político de los campesinos. Allí sobraban tierras cultivables y faltaban brazos. En el campamento, el Che impartía por la tarde clases de francés…”.

Una anciana piruja vestida de beige claro y rosa caramelo entró como un soplo de aire y pidió a Georges un paquete de Craven “A”. Venía acompañada por un anciano alto y delgado, enfundado en una gabardina raída, que se quedó rezagado en la puerta del local. Maurice observó las espesas cejas, semejantes a ilustres bigotes, del viejo que casi ocultaban la estrecha raja de sus ojillos, intensamente azules.

-Au revoir messieurs, dames – gritó la anciana con sorprendente potencia vocal después de pagar, abrir su paquete y encender un cigarrillo, todo ello con una gran viveza de movimientos que contrastaba con la torpe parsimonia de su tímido acompañante.

-Extraña pareja. Es la primera vez que los veo por aquí –dijo Nadine, cuando ya se habían marchado.

-No son del barrio –aclaró gratuitamente su marido.

-Parecería que la señora fuera la hija del viejo, y sin embargo debe de ser mayor que él, a juzgar por las arrugas de su cara. –dijo Maurice, que había apurado su vaso hasta no dejar el más mínimo residuo del Bourgogne.

-Me gustaría a su edad tener su energía –dijo Nadine.

-¿Te refieres a la señora? –preguntó Georges.

-Pero, hay que ver cómo va vestida –añadió Nadine sin responder a su marido.

-Parece una tarta de crema y fresa –dijo Maurice.

-Con los años que tendrá –dijo Georges.

-Puede que sea americana –dijo el chófer -. En California es frecuente ver a muchas viejas de su estilo.

-En todo caso no tenía acento extranjero –dijo el patrón del bar.

-Pero si sólo ha dicho dos palabras –protestó Nadine para apoyar a Maurice. Y añadió suspirando-: ¡Cómo me gustaría conocer Hollywood!

-¡Qué ibas a hacer tú allí!, du cinéma? –dijo Georges soltando una risotada.

-¡Quién sabe! –exclamó Nadine al tiempo que erguía su generoso busto.

-Podíamos hacer un viaje los tres juntos –dijo Maurice que sentía desde hacía tiempo un intenso deseo de poseer a la mujer del patrón-. Ya sabéis que yo viví allí varios años y sería un buen guía. California. El Estado de los superlativos. El Estado en el que se encuentran muy próximas las altitudes mínimas y máximas de los Estados Unidos: el Valle de la Muerte, más bajo que el mar, y el monte Whitney a cuatro mil y pico metros. Al norte de San Francisco hay un fuerte que se llama Presidio. Lo construyeron los españoles en 1776 y aún era usado por el ejército de los Estados Unidos en 1954. El puente de Oakland que une esa ciudad con San Francisco se convierte en su tramo central en un túnel que cruza la isla de Yerba Buena. En Coloma, al noreste de Sacramento, se encuentra el lugar donde James Marshall encontró oro por primera vez. Con la horda de los buscadores, llegaron médicos, abogados, carpinteros, vaqueros, granjeros, profesores, y granujas de todo pelo. Esa fue la primera oleada de inmigrantes, desde entonces no ha parado la marea. La misión franciscana de Carmel se fundó antes de que existieran los Estados Unidos. Sebastián Vizcaíno exploró esa costa en 1602 y echó el ancla en la ancha y circular bahía de Monterey. Escribió sobre las playas y costas en términos tan elogiosos que desde entonces nadie ha podido identificar el lugar. Aunque se puede entender fácilmente el entusiasmo del marino español, pues la costa siempre verde de la península de Monterey es un lugar de una incomparable belleza, con una naturaleza esplendorosa, con playas pobladas por leones marinos. Monterey fue la capital de la California española muchos años antes de que Washington D.C. se fundase. En sus mejores días, en el puerto de Monterey atracaban grandes veleros de la costa Este y de muchos puntos del Pacífico, y la vida era próspera y alegre con numerosas fiestas, entre las cuales, carreras de caballos y corridas de toros.

         -Como en España –dijo Nadine que escuchaba soñadora, vigilada con el rabillo del ojo izquierdo por su marido.

-Como en España y también en Francia –dijo el chófer que continuó con su exhibición, confiado en el efecto de embelesamiento que había producido en la bella camarera-. La misión de Santa Bárbara es la única que permaneció sin interrupción en manos de los franciscanos a lo largo de su historia. Posee una fachada del más puro estilo neoclásico. Sus rezos y cánticos se hacen siempre en latín. Alrededor de Santa Bárbara comienza California sur. El contraste con el norte es sorprendente, porque allí en verano la temperatura es muy elevada, las colinas están peladas y amarillas. Los desiertos cubren grandes áreas y las palmeras reemplazan a los pinos. La costa es totalmente como la del Mediterráneo. Las aguas de la isla Santa Catalina fueron surcadas por los marinos españoles mucho antes de que el este de los Estados Unidos fuera colonizado. Cabrillo fue el primer explorador español que descubrió California y que desembarcó en las playas de Santa Catalina. Pero los españoles no se dieron mucha prisa en colonizar su nuevo descubrimiento. Pasaron más de 200 años hasta que Gaspar de Portolá fundó el primer establecimiento en una bahía a la que llamó San Diego. El español no podía haber elegido un sitio mejor. En la parte de San Diego llamada Old Town tuvo lugar el nacimiento de California en 1769. Alrededor de una tranquila plaza se levantan todavía media docena de muros que llevan los nombres de las familias que los construyeron en el pasado. Nombres como Machado, Pico, Bandini, Estudillo, Carrillo, Pedrorena, y también un Stewart.

-Háblame de Los Ángeles –pidió Nadine que no tenía la más remota idea de dónde podía encontrarse San Diego y no había entendido ni uno solo de los nombres españoles, pronunciados por Maurice con su acento americano de California.

-Los Ángeles se extiende a través de más de 500 millas cuadradas. Es la ciudad más grande de América, con veinte barrios prácticamente autónomos con grandes superficies comerciales. Ciudad sobre ruedas. La gente recorre al día en automóvil cientos de kilómetros para hacer su vida normal, trabajar o divertirse. Hay más coches que familias en Los Ángeles: más de veinte millones de coches particulares. Mil millas de autopistas y una extensa red de autobuses urbanos en los que se desplazan los indocumentados y los ancianos.

-¿Y Hollywood, cómo es Hollywood? –preguntó impaciente madame Duratti, a la que no le interesaban mucho las cifras y datos objetivos que le proporcionaba Maurice.

-¿Hollywood?, Hollywood es un lujoso cementerio temático, lleno de muertos vivientes –respondió el chófer, dejando traslucir el resentimiento que aún albergaba en su pecho contra la meca del cine, que no lo había tratado bien.

-Bueno, bueno, bueno. ¡A trabajar! –cortó Georges dirigiéndose a su mujer y aprovechando la entrada de dos nuevos clientes, asiduos de su negocio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL L.E.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacía veintitantos días que Juan y yo estábamos en Estocolmo. Habíamos llegado desde París a pasar los meses de verano con la intención de ganar algunas coronas, y comprobar de forma empírica (decía mi amigo que era marxista e iba para filósofo) si era justa la fama amorosa de las mujeres suecas.

Encontramos alojamiento en una céntrica y confortable residencia para estudiantes católicos latino-americanos, situada en Snickerbaken, de la que, con gran desvergüenza por nuestra parte, no marcharíamos sin pagar el último mes de alquiler. Conseguimos pronto un empleo fácil y no muy mal remunerado en un gran restaurante de Gamla Sta’n, la ciudad vieja. A mí me contrataron para recoger las basuras y los desperdicios: la mierda hablando en plata; Juan, que tenía toda la pinta de un nativo (en la calle siempre le preguntaban a él por direcciones o datos urbanos) tuvo más suerte que yo, y pasaba sus ocho horas de trabajo preparando en cadena platos de melón con jamón y de melón con gambas. Creo que desde entonces aborreció las tres cosas juntas y por separado.

Transcurrían las semanas y seguíamos sin estrenarnos ni con nacionales ni con foráneas. Esa noche, después de terminar nuestro turno de trabajo, fuimos a tomar unas cervezas al pub de Kungsgattan que solíamos frecuentar. No pensábamos permanecer mucho tiempo en el bar, pues queríamos presenciar (como tantos cientos de millones de terrícolas) la retransmisión en directo por televisión del histórico momento de la llegada del hombre a la Luna. Era la noche del 20 de julio de 1969. Faltaban pocos minutos para que las manecillas de todos los relojes suecos entraran ineluctables en la épica madrugada del día H. El sol, remiso en el interminable crepúsculo estival del Norte, estaba sin duda celoso del protagonismo que iba a tener nuestro yerto y apagado satélite.

Justo al filo de la medianoche, y cuando estábamos a punto de irnos del pub, vimos (al principio indiferentes) acercarse a nuestra mesa a dos chicas con pinta clavada de finlandesas, una de las cuales era también empleada del mismo restaurante en el que trabajábamos Juan y yo: “¿Podemos sentarnos?”, preguntaron en un inglés más gesticular que fonético: “Of course”, respondió mi amigo, a quien le chiflaba esa expresión inglesa. Intercambiamos nuestros nombres y entablamos una conversación forzada y absurda a la que, inadvertidamente, la carísima (para nosotros) cerveza Tüborg dio mayor fluidez. Mi interlocutora era una gordita prieta, sana y alegre, que no dejaba de reírse por cualquier cosa y en todo momento, aunque no creo que allí se dijera nada especialmente gracioso.

Al llegar la hora de cierre del local, Maë y Betty, así decían llamarse nuestras dos jóvenes conquistadoras, nos propusieron seguir tomando copas en su apartamento: “¡Vaya, hombre!”, exclamó Juan, “hemos estado durante todo este tiempo sin comernos una rosca, y, precisamente hoy que queríamos ver en televisión el acontecimiento de la llegada del hombre a la Luna, vienen estas a ligarnos”. “¡Que se vayan al carajo los norteamericanos y su luna!”, dije despectivamente. Yo siempre había preferido las cosas del amor a las de cualquier otro orden. “No es que me queje, pero esto podía habernos sucedido ayer o mañana”, replicó Juan. “¿No será que tienes miedo?”, le pregunté guasón. “¿Miedo a qué, estúpido!”, contestó mi amigo algo cabreado. A sus veinticuatro años de edad, Juan era virgen. Formaba parte de esa legión de españoles que habían sido reclutados adolescentes, para las huestes de la Santa Madre Iglesia Católica durante la década de los cincuenta, y que más tarde desertaron de seminarios y conventos, no sin haber quedado gravemente traumatizados.

Nuestras dos finlandesas residían en una urbanización de los alrededores de Estocolmo, donde los edificios no levantaban más de cuatro plantas de altura, y se hallaban en medio de una espesa arboleda y de céspedes impecables. Daban ya las dos de la mañana en mi reloj, y recordé que esa era la hora marcada, según había oído decir, para que los astronautas Armstrong y Collins iniciaran la fase de descenso a la superficie lunar, a bordo de un pequeño aparato de extrañas formas y siglas. Me pregunté, sin mucho interés, si serían capaces de realizar felizmente tan arriesgada y compleja maniobra.

El apartamento era pequeño y muy acogedor. Hicimos los preámbulos en el salón bebiendo whisky con soda, la única bebida que había en la casa, aunque sin duda la más apropiada tratándose de una noche americana. Juan se mostraba bastante nervioso y apocado pese a que Betty parecía estar colada por él y tomaba la iniciativa que mi amigo no quería, o no sabía llevar. Yo me comportaba, en cambio, de forma atrevida con mi gordita, ya que Maë era extremadamente complaciente y nada remilgada. Se escuchaban sin cesar chasquidos de besos ardientes, suspiros y risitas tontas: las dos chicas debían de haber pasado también por un periodo de prolongado ayuno, aunque seguramente no tan largo como el nuestro, y se mostraban ávidas de nosotros y generosas con sus cuerpos. Yo miraba de vez en cuando con el rabillo del ojo, y veía cómo mi amigo era montado literalmente por su fogosa y desmelenada compañera.

Maë me llevó hasta su cama, en el cuarto contiguo al salón; nos desnudamos y nos metimos entre las sábanas. Al poco rato entraron Betty y Juan que fueron a acostarse en otra cama, a los pies de la nuestra. Mi compañera no tenía el sexo difícil, pues nada más instalarme en su húmeda cavidad comenzó a dar sacudidas como si estuvieran aplicándole descargas eléctricas. Nos lanzamos a dos placenteras carreras sobre el terreno, a cuyo término permanecimos calmados durante un buen rato.

Juan daba la impresión de tener problemas. Al mismo tiempo, los astronautas de los Estados Unidos ya debían de estar a punto de posarse sobre la superficie de la Luna. Mi amigo, empero, no lograba conectar su apéndice con el orificio de entrada anterior de la muchacha que tanto ansiaba explorar. Existía algún fallo de transmisión entre el computador cerebral y el cilindro fálico, que no se mantenía lo suficientemente tenso para iniciar la operación final de acoplamiento: Juan no había ensayado nunca la maniobra y se encontraba sin técnica ni recursos. “¡No puedo, coño!”, gimió desesperado e histérico.

No ocurría lo mismo con Armstrong y Collins, quienes a las 3 horas y 56 minutos exactamente, tal como previsto, estaban haciendo realidad el viejo sueño de la humanidad: conquistaban el polvoriento suelo de nuestro satélite. En ese histórico momento, en ese preciso instante, fallidos todos los intentos de penetración, mi amigo saltó desnudo de la cama en la que permaneció su pareja no explorada, encendió nerviosamente un cigarrillo, pasó al salón, y le oí pulsar el botón del aparato de televisión: en la pantalla aparecieron las primeras imágenes fluctuantes de los hombres del espacio que se divertían brincando alegremente por la rugosa superficie lunar, como dos chiquillos sobre un gigantesco y mullido colchón neumático.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OBSEQUIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entré en la planta baja del Corte Inglés con la intención de comprar jabones y, de paso, echar una ojeada a las novedades editoriales. En la sección de librería encontré un espacio acotado por nueve o diez mesas sobre las que habían apilado cuidadosamente las últimas cosechas de Best-Sellers. Pasé despectivo entre ellos y me detuve ante una mesa cercana con forma de embudo, atraído por el sorprendente rótulo:

Selección libros OBSEQUIO por la compra de un Best-sellers

Me asomé con prevención a un informe montón de volúmenes y, removiéndolos con cierto repelús, comprobé anonadado que había varios ejemplares de mi último libro: Los ojos de una gacela, publicado por las Ediciones del Nordeste hacía tres años y primer premio del XXV concurso de relatos “José Hurtado de Mendoza”, otorgado por un jurado repleto de prestigiosos nombres de nuestra literatura contemporánea: Luis Mateo Píez, Antonio Gamonera, Juan Pablo Aparicio y José María Churra, entre otros de no menor prestigio.

Morado de indignación, me dirigí a una joven empleada que se me acercó obsequiosa:

-¿Qué vale este libro? –le pregunté secamente.

-Este libro no se vende, señor, se lo regalamos si compra un best-seller.

-Pero a mí no me interesan los bestsellers, son una basura –le respondí iracundo.

-Lo siento, caballero, pero estos son los libros que más vendemos. Los que se anuncian en la televisión y en todos los pasillos del Metro: Lussía Etchavarría, Terencio Moig, Antoni Gala, Mari Carmen y su muñeca…

-Y una mierda –le grité irritado –Yo lo que quiero es llevarme este libro porque yo lo he escrito. Yo soy su autor y no quiero que lo regalen como si fuera una muestra antiarrugas o anti calvicie.

-Cálmese o llamo a seguridad – me replicó la cajera quien, desde hacía un instante, había cambiado su sonrisa por un rictus de repugnancia.

Me serené a duras penas y traté de buscar mi carné de identidad en un bolsillo y, como siempre que me pongo nervioso, tardé en encontrarlo. Al final lo conseguí y se lo puse delante de los ojos para que viera mi nombre y apellidos y comprobara que yo era el autor del libro obsequio. Tras mirar alternativamente carné y portada del libro, la empleada exclamó en tono cada vez más destemplado:

-Caballero, usted no se llama como el señor que ha escrito este libro.

Y llevaba toda la razón. El libro lo publiqué con seudónimo y traté de hacérselo comprender. Le expliqué, lo mejor que me permitía mi terrible estado de crispación, lo que es un seudónimo, pero la cajera, que fue reclamada a bocajarro por una señora obesa que le mostraba unas bragas enormes, se puso a atenderla y me dejó plantado volviéndome la espalda.

Con el fin de tranquilizarme y pensar mientras tanto qué hacer, fui a comprar mis jabones, que habían sido el motivo primero para entrar en los grandes almacenes. Pagué mis pastillas a la lavanda y me dieron una bolsa verdiblanca de la casa. Regresé a la sección de Best-Sellers y como no vi ya rondando a ningún empleado, introduje con rapidez mis ejemplares en la bolsa de jabones. Estaba decidido a rescatar mis libros costara lo que costara.

Me dirigí hacia una de las puertas de salida suplicando mentalmente que no hubiese ningún vigilante. Pero lo había: un tipo con uniforme marrón y con aspecto clónico de Bruce Willis en policía. Me dirigí entonces a la salida opuesta esperando que estuviera franca, y no: otro clónico del actor norteamericano acechaba al ladrón, y a su lado la cajera con la que había discutido que no me quitaba la vista de encima. ¡No importaba! Pasé presuroso bajo el dintel metálico que se puso a emitir bips bips que se oyeron por toda la planta.

– ¡Caballero, caballero, deténgase! Escuché gritar a mis espaldas. Pero yo hice caso omiso y me lancé por la calle peatonal a una frenética carrera, apretando mis libros contra el pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OPTIMISTA

(Relato de amor fraterno alemán)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joseph Weiss descendió del tren en la Anhalter Bahnhof. Su amigo Ulrick Wenda lo estaba esperando en el vestíbulo principal de la estación. Se unieron en un fuerte y prolongado abrazo: cada uno deseaba mostrar que el aparente distanciamiento de los últimos meses entre los dos, quedaba definitivamente superado. Intercambiaron palabras cordiales de saludo y se encaminaron hacia la salida de la Kögiggratzers strasse, donde los recibió una explosión mareante de ruidos, voces, gentes y vehículos en movimiento. Subieron en un Mercedes 1925 plateado, que los había de llevar hasta la residencia de los Wenda en el elegante barrio de Grunewald. La mañana de mayo era cálida y soleada; Joseph se sentía eufórico y se lo comunicó a su amigo.

-Nunca cambiarás, eres un optimista a prueba de cataclismos –le replicó Ulrick.

-¿Y por qué no habría de sentirme feliz?, llego a Berlín en un día maravilloso para pasar un fin de semana con el mejor de los amigos: ¿cómo podría ser de otro modo? –insistió Joseph sonriente.

Tras cruzar gran parte de la ciudad, el coche se detuvo ante la escalinata de un moderno hotelito de tres plantas, en el centro exacto de un gran jardín. Un criado vestido de negro acudió presuroso a recibirlos, haciéndose cargo del escaso equipaje de Joseph Weiss. En el porche de la casa los aguardaba Hanna, la mujer de Ulrick.

-¡Qué alegría volver a tenerte con nosotros. Estás estupendo, por ti no pasan los años!, pero ¿cómo haces para conservarte tan bien? –dijo de corrido Hanna después de besar al amigo de su marido.

-Su optimismo, querida, su optimismo –repitió Ulrick.

-No exageréis, si vierais todas las canas y arruguitas que me están saliendo.

-Supongo que te apetecerá asearte. Te hemos preparado la mejor de las habitaciones de invitados en el segundo piso. Puedes subir ahora si quieres. Entre tanto voy a ocuparme de los detalles del almuerzo –dijo Hanna dando una palmadita en el hombro a Joseph.

Entró en el cuarto de huéspedes acompañado por el criado que le llevaba la maleta. Tras agradecérselo y recogerla, la abrió y comenzó a sacar los efectos de su interior y a ordenarlos en los armarios. Mientras se preparaba un baño de agua caliente, echó una mirada a su alrededor y no pudo dejar de experimentar un ligero sentimiento de envidia, al observar la riqueza y buen gusto de todos los muebles y objetos de la suite que sus amigos le habían destinado. No sería él con su sueldo de profesor de la Universidad de Nuremberg, quien pudiera pagarse tanto lujo y refinamiento. Ulrick era consejero delegado de un importante banco berlinés, además de codirigir con el padre de Hanna una empresa de fabricación de acero.

Los dos amigos se habían conocido en su época de estudiantes de la Universidad de Ulm, donde Ulrick estudiaba Derecho y Joseph, Filosofía. Y a pesar de pertenecer a dos comunidades étnicas y religiosas distintas ( la familia Wenda era protestante y de vieja solera prusiana, y en la de Weiss existía una larga tradición rabínica), nunca hubo entre ellos la menor sombra de resentimiento racista. Ulrick se consideraba un liberal progresista, y Joseph no albergaba en sí ni el más leve residuo levítico y había roto sonoramente con la línea religiosa familiar. El afecto entre ambos fue siempre sincero y, aunque vivían en ciudades alejadas, se reunían al menos dos veces al año en Nuremberg o Berlín, manteniendo en todo momento estrechos niveles de intimidad y comunicación.

Joseph bajó a reunirse con sus amables anfitriones en una salita contigua al gran comedor, donde los rayos de sol, tamizados por cortinas transparentes, componían una luz cálidamente envolvente. El mayordomo, vestido de rigurosa etiqueta, les sirvió un aperitivo. Hanna se interesó por la mujer de Joseph, Nohamia, así como por el hijo de ambos, Albert; lamentó que no hubiesen podido venir también, y recordó algunas ocurrencias ingeniosas del pequeño, asegurando que era el niño más inteligente de cuantos conocía. Apuraron las respectivas copas de aperitivo y pasaron al salón-comedor donde se hallaba perfectamente preparada una gran mesa oval con vajilla de gala. Una joven camarera vestida de blanco con volantes negros, les escanció un suavísimo vino blanco del Rin para acompañar a unos canapés de salmón noruego y caviar del Volga.

Ulrick leyó a Joseph el programa que había preparado para su breve estancia en la capital. Esa misma noche harían un recorrido urbano incluyendo concierto y souper. Para el día siguiente, había previsto una excursión a Potsdam con visita a los palacios de la antigua corte de Prusia, y almuerzo campestre o pick-nick, como dijo Hanna, que en los últimos meses se dedicaba intensamente al estudio del inglés. La conversación entre los tres se hizo fluida y procuraron evitar cualquier tema que pudiera levantar polémica o preocupación.

Joseph se mostraba entusiasta y no dejaba de elogiar los platos exquisitos que le servían, cocinados bajo la dirección de la señora de la casa. La gastronomía era una de sus grandes aficiones y pocos como él estaban en condiciones de apreciar el despliegue que se hacía en su honor. Una excelente receta de gulash, regado con un perturbador Lafitte-Rothschild de 1920, acabaron de situarlo en un estado de jovialidad que se contagió a sus amables anfitriones. Después de los postres, con bandeja de quesos alemanes, suizos y franceses, y tarta de fresas de Plougastel, pasaron nuevamente a la antesala para saborear un aromático café de Colombia. Hanna pretextó ciertas preocupaciones urgentes, dejando a los dos amigos cómodamente instalados en enormes sillones de cuero, con dos cigarros Davidoff del 5000 y sendas copas de un excelente armagnac en sus manos.

-¿Qué tal tus relaciones con Nohamia, sigues pensando en separarte? –preguntó Ulrick con sonrisa levemente burlona. Desde hacía varios años, Joseph no había cesado de anunciarle su inminente separación matrimonial.

-Lo mío no tiene arreglo. Es como una enfermedad crónica, que ni te mata ni te deja vivir. Ya no tengo valor para abandonarla, y, sin embargo, sigo siempre a la espera del gran amor que nunca llega.

-¡Déjate de bobadas!, el gran amor de tu vida es y será Nohamia, aunque al principio de casaros no lo fuera, dado las circunstancias.

-No lo creo –respondió Joseph muy serio-. Hay días que me siento un fracasado…tengo la sensación de haberme quedado en un proyecto de hombre, en un proyecto de vida.

Ulrick comenzó a reír abiertamente.

-No te burles, te aseguro que es verdad –afirmó Joseph.

-¿Habrías dejado de ser un optimista? –preguntó Ulrick sin cortar su risa.

-No Ulrick, no se trata sólo de amor, son también los años. No olvides que ya he cumplido treinta y cinco, y no he realizado casi nada de lo que soñaba.

-No digas tonterías, Joseph, yo tengo el síndrome de los treinta desde que cumplí los veinte.

-Lo tuyo es distinto. Tú has tenido siempre todo lo que se puede desear: la seguridad que da el dinero, unos padres amables, cultos y tolerantes que te dejaron hacer lo que tú querías, y, además, el amor de tu mujer.

-Eso no es cierto, eso no es del todo cierto –repitió Ulrick sin gran convicción.

-En cambio –continuó Joseph-, yo tuve que romper con los míos porque me asfixiaba en aquel ambiente místico y alcanforado, ¿y para qué?, más me hubiese valido escuchar a mi padre y haberme dedicado al negocio de la peletería, con el tío Albert.

-No hablas en serio. ¡Tú un peletero!

-De acuerdo, no me veo como comerciante de pieles. Pero es muy duro, Ulrick. Cuando se parte de cero, uno aspira a una meta muy alta, y luego todo te parece insuficiente y mediocre.

-¿Qué tal este armagnac? –preguntó Ulrick para cambiar de tema-. Es una botella de 1915 que me regaló mi padre el día de mi último cumpleaños.

-Exquisito, exquisito –repitió Joseph mecánicamente.

-¡Ánimo, profesor, ánimo! –exclamó Ulrick levantándose del gran sillón de orejas-. Me gustaría que me dieras tu opinión de experto sobre los cuadros de un pintor…un tal Max Beckmann, que he comprado hace poco en la galería Hartmut Arckemeir: a mí me gustan muchísimo.

-Veamos –dijo Joseph siguiendo a Ulrick hasta la biblioteca, donde guardaba su todavía no muy numerosa colección de arte.

Joseph observó detenidamente los lienzos que su amigo le mostraba satisfecho.

-Son muy buenos, magníficos y poseen una excelente factura, pero tengo que decirte que no soy muy sensible a este tipo de pintura. Hay demasiada carga emotiva en el trazo. Las composiciones rezuman dramatismo, y yo prefiero un estilo más sensual, más vaporoso, digamos…y aquí hay mucha angustia latente. De cualquier modo, artísticamente son de una muy gran calidad.

Ulrick sugirió entonces a su amigo subir a sus habitaciones para descansar un rato. Los vapores de la digestión empezaban a pesarle en la cabeza y Joseph aceptó gustoso. Convinieron en volver a reunirse dos horas más tarde para iniciar el anunciado recorrido por el centro y la noche de Berlín.

Durmió durante más de hora y media. La voz del ama de llaves de los Wenda logró despertarle de un sueño profundo, debido a la fatiga de la noche anterior pasada en el tren, en el que siempre dormía muy superficialmente. Se levantó de la cama y se vistió con un terno beige de lino, una corbata negra de lazo, y su ancho sombrero de rafia, a juego con el traje. Bajó al vestíbulo donde lo esperaban, ya listos, Ulrick y su esposa.

-¡Chico, qué elegancia! –exclamó Hanna tras emitir un desenfadado silbido de admiración.

-Vaya, vaya con Weiss –dijo Ulrick, también halagador.

Joseph ofrecía una estampa sencilla y elegante a la vez. Su cuerpo delgado y de estatura moderadamente alta quedaba rematado por un fino rostro, en el que los rasgos semíticos, modelados por muchas generaciones de askenazis, irradiaba nobleza y carácter.

-Gracias, gracias –dijo Joseph Weiss complacido mientras realizaba una exagerada reverencia que hizo reír a sus amigos.

Los tres subieron al automóvil de lujo de los Wenda. El chófer, con uniforme y gorra de plato, cerró protocolariamente las puertas de sus señores y se sentó al volante. Después de atravesar la zona suroeste de Berlín, se dirigieron hacia el Tiergarten por la Kurfürstendamm. Joseph deseaba caminar un trecho por el bosque antes de proseguir el recorrido fijado. El Mercedes se detuvo en la Charlottemburger Chaussée; el matrimonio y Joseph bajaron para adentrarse por los macizos de arbustos y jardines del gran parque berlinés. Los inmensos árboles, de las más variadas especies botánicas, impedían el paso de los rayos del sol; el calor de aquel seco (y excepcional) mes de mayo había excitado los átomos periféricos de las plantas y las flores haciéndoles exhalar una gran variedad de perfumes y fragancias, que producían en quien los respiraba un incipiente éxtasis semejante al que causan los efluvios de un buen vino.

         Joseph se extendió en unos comentarios elogiosos sobre la excelencia del tiempo y la belleza del Tiergarten. Hanna, por el contrario, se quejó del largo periodo de sequía que atravesaban asegurando que la lluvia comenzaba a hacérsele necesaria. A esto, Ulrick respondió que él estaba de acuerdo en que lloviera, pero sólo después que Joseph hubiera pasado su fin de semana con ellos.

Regresaron al automóvil y continuaron su itinerario. Dejaron atrás el Tiergarten para desembocar en el Unter den Linden y pasaron bajo la Puerta de Brandemburgo. La agitación de vehículos y personas en el Paseo se volvió intensísima. Eran las siete de la tarde, la hora de la salida de los funcionarios ministeriales, y en el cruce de la Wilhemstrasse había un enorme atasco de coches y tranvías que les mantuvo retenidos durante varios minutos. El concierto comenzaba a las siete y media, y Ulrick empezó a lamentarse de que iban a llegar tarde: la Beethovensaal, a la que se dirigían, se encontraba en la Gertaudt Strasse y aún les faltaba un buen trecho saturado de obstáculos. El Mercedes torció a la derecha por la Friedrichstrasse, allí el tráfico se hizo más fluido y, finalmente, pudieron llegar justo a la hora delante de la entrada principal del teatro. Cuando tomaron asiento en sus respectivos sillones, el pianista no había salido todavía a saludar al público.

-¡Dos minutos más, y nos perdemos la primera parte! –exclamó Ulrick aliviado.

-Hubiera sido imperdonable –añadió Hanna.

El programa del concierto se componía de las baladas de Brahms opus 10, cinco lieder de Beethoven, así como de la Sinfonía número 2 del mismo compositor. Ulrick sentía verdadera pasión por el genio de Bonn, en tanto que Joseph prefería a Mozart y Schubert. La sala estaba abarrotada de personas que se arrancaron a aplaudir tibiamente cuando el primer intérprete, un solista austriaco poco conocido, apareció en el escenario. El pianista respondió humildemente a los discretos aplausos, ejecutando profundas reverencias en las que llegó casi a rozar la tarima con los dedos de la mano, en una posición un tanto grotesca.

Durante el descanso, Joseph y Ulrick salieron a fumar a los pasillos laterales detrás de los palcos; los melómanos inundaban con el humo de sus cigarros y cigarrillos todos los espacios que rodeaban al santuario musical: las alfombras, los tapices y los tejidos granates que recubrían las paredes, parecían propagar la atmósfera acre y azulada que originaba la combustión del tabaco. Los comentarios sobre los intérpretes de las baladas y canciones escuchadas, eran matizados y breves; la expectación se centraba en la obra de la segunda parte, y en la versión que de ella iba a realizar el maestro berlinés Bruno Walter.

Se oyó la tercera sintonía de aviso y todos se apresuraron a regresar a sus lugares, al mismo tiempo que los profesores de la Orquesta Filarmónica comenzaban a ocupar sus puestos. Se estableció un silencio progresivo en la sala coincidiendo con los primeros acordes de afinación de los diferentes instrumentos; cuando al cabo de unos instantes apareció el joven director de orquesta, los asistentes prorrumpieron en una estruendosa salva de ovaciones y aplausos. El artista saludó brevemente a sus entusiastas admiradores y, sin dejarles terminar sus expansivas efusiones, les dio la espalda, solicitó enérgico la atención de sus músicos y levantó la batuta en el aire con un gesto de elegante precisión.

Se escucharon los primeros compases de la sinfonía de Beethoven, “cuyos textos tan bellos e inesperados sobrepasan su propia belleza para convertirse en un símbolo”, dijo Ulrick a Joseph justo antes de tomar asiento. “Su aire aparentemente claro no debe engañarte”, volvió a musitarle a su amigo durante un intermedio cuando Joseph le confesó que él no era capaz de emocionarse con la obra. Al terminar la sinfonía, el delirio tomó proporciones de alboroto; Joseph y la pareja dejaron la sala después de que Bruno Walter se viera obligado a salir quince veces a saludar, reclamado por el fervor inagotable de sus adoradores, con sus gargantas roncas de gritar y las manos rotas por los aplausos.

Abandonaron la Beethovensaal y subieron caminando por la Gertraudt strasse para ir a cenar a la cervecería Patzenhofer, en la Königstrasse. Antes, a petición de Joseph, efectuaron el recorrido circular de la Alexander Platz. En la esquina de la Prenzlauerstrasse con la plaza, había un grupo de veintitantos militantes del Partido Nacional Socialista, uno de los cuales, sirviéndose de un megáfono de cartón, peroraba sobre la terrible peligrosidad de los judíos para el pueblo alemán. Ulrick quiso pasar de largo mirando para otro lado, pero Joseph se detuvo un momento para escuchar; luego echó una ojeada a un panfleto que le dieron con aire de complicidad, e hizo algunas observaciones jocosas y despectivas sobre el contenido de la arenga y los nazis, casi todos muy jóvenes a excepción del que parecía su jefe.

-¡Cómo me divierten estos caballeretes! Seguro que ninguno ha conocido aún los encantos de una muchacha judía…el día que tengan esa suerte, dejarán de dar la lata.

-No te lo tomes a risa –dijo Ulrick-. Esta gente puede ser muy peligrosa: sería necesario ponerlos fuera de la ley.

-¡Qué va, hombre!, eso les daría la importancia que no tienen. Déjalos que sigan con sus payasadas, que ya se hartarán –dijo Hanna.

-Yo no estoy tan convencido –respondió Ulrick muy serio.

-Vamos, no pongas esa cara, que me vas a dar miedo –añadió Joseph burlonamente. Y Hanna le dio la razón afirmando que los nazis eran un puñado de histriones sin futuro.

El ambiente de la cervecería Patzenhofer era cálido y discretamente ruidoso. Cenaron con sobriedad como contrapunto al copioso y exquisito almuerzo del mediodía, y se marcharon tras una breve sobremesa. Joseph se sentía algo cansado por el largo viaje y por toda la actividad de su primera jornada berlinesa.

Estuvieron poco locuaces en el camino de regreso a la residencia de los Wenda. Joseph Weiss pensaba en la escena de Alexander Platz y -aunque no quiso de forma aparente concederle mucha importancia, herido profundamente en su orgullo de ciudadano alemán- comenzaba a inquietarse por todos los signos de carácter germanófilo y xenófobo que se manifestaban en su patria desde hacía algunos años. Tuvo negros presentimientos que rechazó con rapidez, pues estaba absolutamente convencido de que el pueblo alemán, al que él pertenecía desde muchas generaciones atrás, sabría poner límite a unas acciones aisladas promovidas por un minoritario grupo de fanáticos.

-Empiezo a estar fatigado –dijo Joseph saliendo de su mutismo.

-Pues nada más llegar a casa te metes en la cama, que mañana nos espera otro día bien cargado, y los viejecitos como tú, tienen que cuidarse –dijo Ulrick bromeando.

La mañana del sábado amaneció más radiante si cabe que las anteriores. Después de desayunar, los tres amigos se encaminaron hacia las oficinas de la compañía Stern und Kreischifart para iniciar su visita a Potsdam. Ulrick había preferido realizar la excursión a la antigua ciudad imperial utilizando transportes públicos, para poder gozar de una hermosa travesía en vapor del pequeño lago Wansee y del lago Griebnitzsee, y hacer escala en Babelsberg.

La ciudad de Federico el Grande aparecía exultante bajo la clara luminosidad del hermoso día de mayo, y el trazado barroco de los edificios jugaba a cache-cache en sus curvas y contra curvas con la nitidez de los rayos solares. Los tres se encontraban de excelente humor. Joseph volvía a recuperar su tono óptimo, una vez olvidados los negros pensamientos del final de la noche anterior. Visitaron en primer lugar el palacio de Sanssouci, paseando por su inmenso parque y deteniéndose en su biblioteca y en el museo de pintura. Joseph imitaba a los guías de turismo y se dirigía a sus amigos en un francés e inglés intencionadamente deficientes, aunque los hablaba a la perfección al no carecer de esa facultad innata que posee la mayoría de los hijos de Israel para dominar las lenguas extranjeras.

-Ladies und gentlemen, dames et messieurs, kome und see the bibliotek, s’il vous plaît.

Dieron buena cuenta del almuerzo en la bucólica islita de Pfaueninsel. Hanna y Joseph se enzarzaron en una divertida discusión cuando éste último tildó de snob a la mujer de su amigo, porque aquélla dijo en un momento de la comida al aire libre, que era maravilloso poder hacer “pick-nick” en un marco tan ameno y romántico. Joseph insistía con argumentos conscientemente pedantes, que era más poética y apropiada la clásica expresión francesa: déjeuner sur l’herbe, avalada, además, por las obras pictóricas conocidas de ese modo, como las de Manet o Cezanne.

Ulrick puso fin a la disputa comenzando a engullir aceleradamente las deliciosas trufas que entraban en el menú.

-¡Qué cara, nosotros discutiendo como idiotas, y este bribón quitándonos la comida! –gritó Hanna indignada, en tanto que su marido se desternillaba de la risa, sin dejar de tragar con los mofletes hinchados como un hamster.

Terminaron el almuerzo en paz, y rodearon caminando el perímetro de la isla “incomparablemente bella”, según dijera Alexander Von Humboldt. Volvieron al vaporcito que los llevó hasta Babelsberg y, luego de visitar brevemente su palacio, regresaron al anochecer a Grunewald. La excursión había sido muy grata, y Joseph Weiss se durmió con la reconfortante sensación que le dejaba la idea de tener un amigo como Ulrick Wenda.

Se despertó después de haber dormido larga y profundamente durante muchas horas. Su reloj marcaba las diez de la mañana, aunque parecía más temprano por la escasa luz que entraba por el balcón, que permaneció abierto toda la noche. Levantó a tope la persiana de madera, miró el cielo y pudo comprobar que se hallaba cubierto con grandes nubarrones. Pensó que seguramente habría tormenta por la tarde, pues hacía muchos días que disfrutaban del calor y del buen tiempo, y eso no podía durar demasiado en un clima como el de la capital alemana.

Cuando bajó a la biblioteca, Ulrick ya había desayunado con su mujer, que había salido a oír misa cumpliendo con sus obligaciones de católica.

-¿Qué tal has dormido? –preguntó Ulrick.

-De maravilla –respondió Joseph-. ¿Qué cuenta el periódico? –preguntó con escaso interés.

-Nada de particular –dijo Ulrick mintiéndole, mientras doblaba cuidadosamente el diario que había estado leyendo.

En portada aparecía la noticia del incendio –accidental según el reportero- de una sinagoga, en Bernau, durante la celebración del shabbat de la tarde anterior, y en el que habían muerto calcinadas cinco personas, entre las cuales un niño de la misma edad que el hijo de Joseph.

-Yo nunca leo la prensa cuando estoy de viaje. No quiero saber nada de lo que pasa en el mundo, para saborear mejor lo que me rodea de forma inmediata.

-Bueno, yo no puedo prescindir de la información ni un solo día. Para mí es vital.

-Claro, hombre afortunado, tú necesitas estar al corriente del pulso continuo del mercado –replicó Joseph sonriendo.

-Así es, así es. Y ahora ve a desayunar, que debes tener hambre –dijo Ulrick.

Joseph despachó en solitario un espléndido desayuno, y regresó a la biblioteca donde su amigo, con aire reflexivo, permanecía sentado en su sillón favorito.

-¿Qué te ocurre, han bajado tus acciones? –preguntó Joseph bromeando.

Ulrick respondió que no sucedía nada de especial y le propuso dar un paseo por el jardín. La atmósfera era pesada en el exterior de la vivienda: no había un soplo de brisa y la temperatura era agobiante.

-Va a haber tormenta –afirmó Ulrick.

-Seguro que sí –asintió Joseph.

Pasearon un buen rato por el jardín sin pronunciar una sola palabra. Parecía que Ulrick hubiese entrado en una fase depresiva, tras la euforia del día anterior; Joseph, por el contrario, se sentía muy animado, y se preguntaba cuál podía ser la causa de la evidente preocupación de su amigo.

-¿Te ocurre algo malo?

-No, nada, de veras, no me pasa nada…¿qué tal por la universidad? –dijo Ulrick.

Joseph le contó que en los últimos meses se había iniciado una campaña antisemita, pero que él personalmente no había tenido ningún problema con sus alumnos. Se habían visto algunas pintadas contra profesores y estudiantes judíos, y contra los comunistas, y hasta habían sucedido algunos incidentes desagradables, como el de un sapo muerto colocado en la silla del despacho de uno de sus compañeros de Facultad, también judío, al que acompañaba un escrito en tinta roja advirtiéndole de que estaba contemplando su destino inminente.

-Pero, ya pasará –dijo Joseph tratando de quitar hierro al asunto, y luego añadió-: Estos síntomas aislados no son sino las manifestaciones cíclicas de un cierto salpullido nacionalista sin importancia.

-Ojalá sea sólo eso, aunque me temo que esta vez puede ser mucho más grave que en otras ocasiones. Según todos los datos de que dispongo, creo que nos encontramos en puertas de una de las crisis económicas y sociales más terribles de la historia. Y ya se sabe que cuando el miedo se apodera de una sociedad, todo lo malo es posible –dijo Ulrick quitándose de un papirotazo el pequeño insecto que se había posado en su hombrera izquierda.

-Y siempre lo hemos de pagar los mismos, ¿no es cierto? –dijo Joseph con una sonrisa glacial.

-Desgraciadamente así ha pasado en otras épocas y países –afirmó Ulrick sin perder su seriedad.

Joseph no replico a la última frase de su amigo. Un sentimiento de indignación le recorrió el cuerpo. Él se consideraba tan alemán como el que más, y no podía soportar que los otros alemanes lo pusieran en entredicho. La consigna antisemita que consideraba más infame e injusta era: Judío, fuera de Alemania. ¿Acaso los judíos no habían contribuido igualmente durante los siglos anteriores a la formación de una cultura germana, admirada y respetada en toda Europa? ¿Acaso los judíos no habían dado su vida por Alemania en los frentes de batalla de todas las guerras de, al menos, los últimos doscientos años? Se tranquilizó pensando que la franca amistad que le unía a Ulrick Wenda era todo un símbolo de la solidaridad que siempre existiría –a pesar de los avatares y de algunos grupos sectarios- entre las dos comunidades principales de la sociedad alemana: la aria y la semita.

Mientras paseaban por la pequeña y cuidada rosaleda, el cielo se ennegreció de repente, y unas primeras gotas de lluvia, gruesas y dispersas, comenzaron a caer: al instante, una olorosa tufarada de vaho caliente se levantó de la tierra reseca. Los dos amigos entraron en la casa y se dispusieron a tomar el aperitivo. Un poco más tarde, Hanna, que había regresado de la parroquia, se les unió. La conversación entre los tres se tornó trivial y hablaron del tiempo. La mujer de Ulrick se mostraba muy satisfecha ya que por fin llovía, y se empezaban a ver los trallazos luminosos de los relámpagos, seguidos por lejanos estampidos de truenos.

Adelantaron la hora habitual del almuerzo porque el tren de Joseph salía a las tres de la tarde. Mientras comían acordaron que los dos matrimonios volverían a verse pronto e hicieron planes para ir de vacaciones a Viena en el mes de julio o agosto próximos. Cuando terminaron de comer, Joseph subió a sus habitaciones para preparar su maleta y descansar unos minutos antes de marcharse para la estación. Comenzó a sentir una temprana nostalgia por el feliz fin de semana que estaba a punto de terminarse. A las dos y cuarto de la tarde, bajó personalmente su equipaje al vestíbulo. Ulrick y Hanna lo aguardaban para acompañarlo a la Anhalter Bahnhof. Joseph se despidió del personal doméstico presente, y, precedido por los Wenda, se subió en el Mercedes plateado.

El aguacero era torrencial y la tormenta parecía haberse inmovilizado sobre Grunewald. El trayecto hasta la estación lo efectuaron en silencio. Joseph intentaba ver el exterior a través de las cortinas de agua que corrían oblicuamente por los cristales de las ventanillas laterales. Las calles y avenidas de Berlín estaban desiertas en la húmeda tarde de domingo. Joseph, que se había sentado entre Hanna y Ulrick, tomó las manos de sus amigos y las mantuvo entre las suyas hasta que el automóvil se detuvo.

Entraron en el inmenso hall de la estación de trenes y buscaron la vía del expreso de Munich. El bullicio reinante en la Anhalter Bahnhof contrastaba con el Berlín solitario y triste que acababan de atravesar. Ulrick y Hanna despidieron con grandes muestras de afecto al amigo en el límite autorizado a los acompañantes. Tras presentar su billete al controlador, Joseph cruzó la barrera metálica y se encaminó hacia el andén de su tren, volviéndose sin cesar para decir adiós con la mano a sus amigos, hasta que se desvanecieron entre la masa voluble de la gente.

Subió a un vagón de 2ª clase y encontró su número de asiento, junto a la ventanilla. Depositó su equipaje y se sentó al lado de una señora joven, de unos treinta años de edad, que viajaba sola con sus dos hijos pequeños; el resto del compartimento, ya al completo, lo ocupaba una pareja de ancianos, con las manos unidas, y un imberbe pastor luterano que parecía recién salido del seminario. Cinco minutos más tarde, el convoy se puso en movimiento, lenta y silenciosamente. Afuera, la tormenta había cesado y daba paso a una lluvia fina y apretada. A través de los cristales, Joseph pudo ver –pegados en las vallas del recinto ferroviario- unos carteles semi desgarrados con el rostro alucinado de Adolf Hitler. ¡Qué ridículo personaje!, exclamó entre dientes, mientras que el expreso iba tomando velocidad y penetrando inexorablemente en la precoz oscuridad de la tarde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PISO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando Gabriel, sorprendido, me abrió la puerta de su piso y me invitó torpemente a pasar, tuve la impresión de entrar en alguna vieja cripta olvidada o de atravesar una estación de metro abandonada. El aspecto del salón me atenazó la garganta, y, de no ser porque la melodía a todo volumen que salía de un disco compacto llenaba el aire de vibraciones, hubiese creído que allí yacía un cadáver, o era el desolado territorio de un vagabundo ocupa: muebles rotos, sofá y sillones destripados, botellas vacías, ceniceros desbordantes de colillas y ceniza, la pintura de los techos colgando a girones, manchas de humedad y, cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo –por donde flotaban nubes de plumas surgidas de los descosidos pufs y cojines- que habían depositado las muchas semanas de completo abandono. Los únicos objetos que aún mostraban signos de vida y habían escapado a la grisácea parálisis de la suciedad eran los discos: una extraordinaria colección de elepés descansaba sobre unas repisas de madera mediocre que parecían querer descuajaringarse de un momento a otro bajo su enorme peso.

  • Esto está un poco guarro –dijo Gabriel disculpándose y visiblemente nervioso. Yo hice un gesto que pretendía expresar comprensión e indiferencia, aunque, en realidad, sentí vértigo y no me atrevía a dar un paso por miedo a mancharme los zapatos y mi costoso abrigo negro, o temiendo que se hundieran las crujientes planchas del parquet. Por indicación de Gabriel me senté en la única silla sana del salón mientras él fue a buscar bebidas.         -¿Cómo sigue Begoña? –me sentí en la obligación de preguntar a Gabriel, que regresaba con una botella de whisky y dos vasos recién enjuagados.         -¡Y eso! –exclamé fingiendo extrañeza, aunque lo había sospechado inmediatamente al ver el estado del piso.         Nos habíamos conocido 15 años antes cuando los dos estudiábamos los cursos de la carrera de Filosofía de la Complutense. Gabriel era lo que se decía entonces un auténtico líder estudiantil: inteligente, brillante, ingenioso, muy admirado y querido tanto por amigos como por enemigos. Los dos participamos en las mismas luchas políticas en los estertores de la dictadura, y, además de ser camaradas del mismo partido, existió entre nosotros una buena amistad. Más tarde, Gabriel se dedicó al periodismo, colaborando en varias revistas de vida efímera y actualmente era un personaje si no popular, sí al menos muy conocido en los medios musicales y radiofónicos de Madrid.         -Me alegro de que hayas venido a verme y no hayas esperado a que te llamase, porque seguramente yo habría tardado mucho tiempo en hacerlo –dijo Gabriel sentándose en frente de mí. Llenó un vaso de whisky, me lo alargó y siguió hablando –Te he puesto un poco de agua fría, no tengo hielo, la nevera se me estropeó hace unos días y no la he reparado todavía; tengo que hacer un esfuerzo y comenzar a arreglar cosas si no quiero que esto se caiga en pedazos o se desmorone.         -Éramos –respondió lacónicamente Gabriel, dando un trago largo y aspirando profundamente el humo de un canuto, el segundo desde que yo había llegado.         Una vez montó un numerito de escándalo en el pub Santa Brígida, alto y solaz de la progresía de la época. Se sentía eufóricamente colocado por las copas anteriores y conseguía que los consumidores de las mesas vecinas se divirtieran sin reservas con sus ocurrencias incandescentes. Hubo un momento en que Gabriel tuvo ganas de ir a orinar, se levantó y se fue canturreando y bailando una melodía rítmica que se acababa de inventar; al llegar delante de la pesada cortina de terciopelo marrón que ocultaba el pasillo donde estaban los servicios, se bajó los pantalones, enseñó el trasero y despareció rápidamente camino de los urinarios, todo ello ante la mirada atónita de muchos clientes y sin que los camareros se dieran cuenta de nada. Gabriel regresó a nuestra mesa y continuó con las bromas, pero antes de marcharse del pub, hizo su última travesura. Amparándose en la bulla del local a esas horas de la noche, robó impunemente un taburete recién tapizado: con el asiento bajo el culo, fue aproximándose lenta y pausadamente a la puerta y, cuando estuvo totalmente seguro de que nadie se percataba de su maniobra, salió tranquilamente a la calle con su taburete en las manos.         -Pues sí, estoy dispuesto a ponerme a arreglar y a limpiar el piso, porque si no, se me va a hundir cualquier día –volvió a repetir.         Yo no podía olvidar la primera visita que le hice a unos meses de la ausencia de la hermana-madre. El mobiliario todavía se encontraba en buenas condiciones, pero por los suelos de las habitaciones y pasillos rodaban espesos ovillos de pelusas negras, como si allí hubiesen esquilado a un rebaño de carneros del mismo color. En la cocina era imposible entrar: los cacharros se acumulaban sobre las mesas, el aparador y el fregadero, atascado, y recubierto de inmundicias y moho verdoso; Gabriel había utilizado uno a uno los diferentes elementos de la rica vajilla familiar y, sin lavar nunca un solo plato, vaso, cuchillo o tenedor, los había ido apilando. Había también por todos los rincones latas vacías de conservas, la mayoría oxidadas: en el cuarto de baño, en el salón, en el recibidor, y en el cubo de la basura, mezcladas con alimentos putrefactos.         Volví a ponerme whisky, pero rechacé la invitación a compartir el cuarto canuto de Gabriel.         -Bien –respondí.         -Bien, bien –repetí velozmente como la vez anterior.         -Pues no –dije desorientado, y, sin dejarme tiempo para poder replicarle con un comentario sobre las graves tribulaciones de los norteamericanos, Gabriel se puso a jugar con el lenguaje y a carcajearse con sus propias ocurrencias:         Comprendí que Gabriel había comenzado a despegar y que ya no habría modo de seguirlo. Me despedí precipitadamente con el pretexto de tener mucha prisa y salí del piso.                                                 JULIO MOREIRA
  •  
  •          “La casada, casa da. Preguntaba seriamente la señora: ¿sería seria la serie?, si no, se iría. La doméstica domestica. Los Papas no quieren papas. Hacía días que no comía acedías. El menor de los Caso, que era un caso, se casó. ¿Tomas tomate, Tomás? El agente penelizador alegó circunstancias extenuantes”.
  •          -Tú que eres sociólogo, ¿te has parado a pensar que los nipones son considerados orientales por los habitantes de Nueva York y occidentales por los de San Francisco?, ¡Qué esquizofrenia!, ¿verdad?
  •          -¿Y tu mujer?
  •          -¿Y tú, qué tal?
  •          El piso se limpiaba únicamente en las escasas ocasiones en que alguna joven, enamorada de Gabriel, se quedaba en él durante un tiempo y no quería vivir como una cucaracha. Las más de sus frecuentes conquistas solían huir a la primera copa o a la mañana siguiente, en cuanto descubrían la mugre dominante en la que no habían reparado la noche anterior a causa de la borrachera.
  •          Yo había ya escuchado muchas veces el mismo propósito, pensaba, no obstante, que Gabriel no lo haría jamás. A su innata torpeza manual había que añadir su absoluta carencia de sentido práctico: era incapaz de clavar una tachuela, conducir un coche, o contratar un obrero para que viniese a pintar. El caos comenzó a instalarse al quedarse Gabriel solo, después de la boda de su hermana María, que siempre se había ocupado de todas las tareas de la casa, sobre todo a partir de la muerte de sus padres en un accidente de automóvil dos años atrás. Gabriel no sabía manejar una escoba, ni limpiar el polvo, ni lavar una camisa, ni, naturalmente, freírse un huevo.
  •          Gabriel se sirvió un segundo vaso de whisky y comenzó a calentar un trozo de china con su encendedor.
  •          Gabriel seguía fumando chocolate sin tasa ni control. Empezó a aficionarse después de dejar la bebida tras una larga cura de desintoxicación. Al principio fumaba poco, pero fue aumentando progresivamente la dosis hasta llegar a consumir dos chinas diarias. Se liaba porros constantemente y en cualquier parte: bares, cafeterías, discotecas y casas particulares. Con frecuencia lo expulsaban de los locales públicos en los que no toleraban el hachís, pero eso a él le traía sin cuidado y volvía a liar en el próximo lugar. Además, reanudó con el alcohol luego de pasar varios meses sin probarlo, y la mezcla de ambas drogas le colocaba en unos estados de desquiciamiento en los que su comportamiento se volvía intolerable para las personas que lo acompañaban o estaban a su alrededor. Yo tuve que abandonarlo en más de una ocasión cuando mi amigo se transformaba en un ser agresivo y extraño. Sin embargo, no todas las veces que nos vimos fueron siempre insufribles. Recordaba también salidas espléndidas en las que me había reído como un loco con el humor y la verborrea surrealista de Gabriel.
  •          -Como no me llamabas supuse que debía de pasarte algo, pero no podía sospechar que hubieras roto con tu mujer, la última vez que os vi erais o parecíais una pareja feliz.
  •          El piso de Gabriel tuvo siempre un significado muy especial para mí, y siempre lo consideré en parte como algo propio: viví en él durante varios meses al separarme de Carmen. Entre sus paredes había conocido los estados de ánimo más dispares: la desolación y la exaltación, la soledad y el amor. Había amado platónicamente a la hermana mayor de mi amigo, que fue como una madre para Gabriel, antes de casarse y de ir a residir a Valencia, y amé también físicamente a Irene. No fui capaz nunca de volver a entrar en el cuarto de servicio en el que había pasado unas noches de amor que aún seguían vivaces en mi recuerdo. Sabía que era muy doloroso sentir la vacuidad de un espacio que me imaginaba inverosímilmente desordenado, y en el que gocé numerosas veces de un cuerpo joven delicioso y voluptuoso que se me entregó sin reservas.
  •          -Ha sido una separación muy destructiva, pero ya te contaré más tarde, prefiero no hablar del asunto ahora –dijo Gabriel al tiempo que cambiaba de disco y volvía a ausentarse del salón para tratar de poner un poco de orden en el resto de las habitaciones.
  •          -Supongo que bien, se marchó de casa y está viviendo con un tío en París.
  •          Hacía casi un año que no nos veíamos, desde que Gabriel dio pruebas inequívocas de no querer quedar conmigo pese a mis reiteradas llamadas de teléfono, lo cual me hizo pensar que a mi amigo no debían de irle muy bien las cosas, y por eso decidí visitarlo de improviso, aun a riesgo de no ser bien recibido.

In memoriam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio Moreira era un jarifo chafandín que usaba cuchillo largo. Chufletero y zumbón, las guarichas lo adoraban, los mozallones lo aborrecían y buscaban para apiolarlo.

El Loro’s, chirlata frecuentada por barateros y arrumacas del barrio se encontraba desierta, de manera desacostumbrada, la noche de autos.

-Julio –dijo el pubero de la timba-. Arrímate el tronco, que andan por ahí unos escurras caloyos que quieren mecharte a chirlos.

-¿Quiénes son esos cadagueños? –indagó Julio haciéndose el bolonio-, que les voy a batanear tantos lapos que se van a quedar como la hoja del perejil.

-Arrímate el tronco, Julio –repitió el pubero, que son muchos y no podrás fajarte con todos.

-Aunque el mismo candinga y su corte de demonches subieran del báratro, yo me fajaría con ellos –insistió Julio con ademán farfantón.

-Vale –sentenció el timbero y guardó silencio.

Julio Moreira terminó de potar en un chisquete el vaso número quince de garnacha de la noche. En la timba sólo se oía el silbido sonoro del guaro en su jaula, que un gringo eutáxico y peneque le había enseñado hacía más de cinco años. En uno de los intervalos del guaro entre Marsellesas, se abrió la puerta de la chirlata y entró célere Regina, esposa del Jaiba, una de las daifas de Julio: su favorita.

Regina era la guaricha más garifa y con más sandunga de toda la ciudad. Amaba perdidamente a Julio Moreira, y éste se lo agradecía. Regina llevaba un enorme moratón en el rostro, se arrojó en los brazos de Julio y lo besó intensamente en la boca.

-¿Quién te ha puesto ese clavel de sangre en la mejilla?, que lo apiolo no más –dijo Julio.

-¡Pos quién había de ser! –Contestó Regina-, sino el parguelas de mi esposo. Estaba rabioso como un tuso y, de no haberme librado de su rebufe, me habría arrancado todos los pelos de la chola. Ha venido siguiéndome y no tardará en aparecer por ahí –terminó Regina mirando con prevención a la puerta.

-El Jaiba no es lo bastante macho para pisar la misma tierra que tú y yo pisamos –dijo Julio.

-Vendrá con otros –añadió el pubero mientras secaba un vaso con escrupulosidad-. Esa clase de ternascos no se atreve a enfrentarse cara a cara con un hombre.

No había terminado de hablar cuando la puerta se abrió, y se plantó en el umbral el marido de la Regina. Se quedó petrificado viendo que ésta se encontraba en los brazos de Julio Moreira.

-Estaba seguro de que vendrías aquí, lumia, pendanga, zorra –le lanzó con voz aguda e inquinosa-. Y de que te encontraría con ese chulo gayón, al que el cherinola de su padre y la peliforra de su madre engendraron durante una noche de talanquera.

-¡Date por muerto, sarasa, bujarrón! –saltó el Julio a la vez que sacaba el chafarote largo y se disponía a clavárselo al Jaiba.

-¡Nada de pendencias en mi timba, o llamo a la chapa! –gritó con voz enérgica el pubero, interponiéndose entre ambos gallos.

-¡Sal a la calle si tienes en la entrepierna algo más que una chifa mola que sólo te sirve pa mear! –dijo el Jaiba a Julio.

-¡No vayas, que es una chanada! –aulló la Regina mientras agarraba a Julio por el brazo, reteniéndole con fuerza.

Quita, mujer, si he de morir, quiero que tú y las estrellas sean lo último que vean mis ojos –dijo el garifo liberándose suavemente de Regina.

Julio Moreira salió al exterior. La noche era cálida, brumosa, y la calle estaba desierta. La farola más cercana se encontraba como a cincuenta metros de la cantina, y en el centro de su escasa luz se adivinaba la silueta del jaiba, que esperaba desafiante, charrasca en mano, al Julio.

-¡Acércate, que te voy a comer la mitad del corazón, la otra mitad se la echaré a las ratas! –gritó el Jaiba.

-¡Aguarda, gurrumino, te arrancaré la lengua y se la daré a las hormigas! –replicó Julio.

Avanzaba despacio midiendo el terreno metro a metro. Se detuvo a unos diez pasos del rival. Los dos hombres se pusieron en guardia. El Jaiba esgrimía la charrasca en la mano izquierda. Comenzaron a buscarse en círculo, como a cámara lenta: el tiempo desapareció, tragado por la oscuridad.

De repente, surgieron de las sombras cuatro hombres que se abalanzaron sobre Julio. Éste, al percatarse de la emboscada, dio un salto de jaguar sobre el Jaiba hundiéndole el chafarote en el centro del corazón. Casi simultáneamente, los cuatro compadres del Jaiba cayeron encima de Julio y, sin darle tiempo a revolverse, lo cosieron a facazos dejándole cadáver en el suelo, con la cabeza vuelta hacia el firmamento. Uno de ellos, el Chirla, bajó los pantalones al muerto y, con gestos precisos de pescadero, emasculó el cuerpo aún caliente de Julio y arrojó los testículos y el carajo a un montón de basura cercano.

Los cuatro lunfardos, que habían sido también cornudos por voluntad de Julio Moreira, no quedaron satisfechos con su muerte, y quisieron lavar el honor de cabrunos con más sangre. Se fueron en busca de la Regina, que salió huyendo de la timba cuando supo que su maturrango había sido asesinado, y le dieron caza antes de que pudiera llegar a su casa. Uno la agarró por las piernas, otro por los brazos y la larga cabellera negra, y el Chirla, de un tajo certero, le rebanó la gorguera y la dejó desangrada.

Al amanecer, los servicios municipales de limpieza de la ciudad de Lima recogieron los cadáveres de una mujer degollada y de un hombre, al que le faltaban sus partes genitales, que no aparecieron por los alrededores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CARTERA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         Cuando me establecí en Madrid a comienzos de los setenta, una de mis zonas favoritas para moverme eran los alrededores de la plaza de Chueca, aún incontaminada por las ratas y sabandijas del inmundo trapicheo de la heroína de los años ochenta. Los nombres de las calles Barbieri y Libertad me inspiraban una gran nostalgia liberadora: no hay que olvidar que por aquellos días todavía mandaba en España el pertinaz dictador. En una ocasión, durante uno de mis frecuentes paseos por el barrio, tuve un hallazgo que iba a ser la causa de que empezara a modificar la estima y buena opinión moral que tenía de mí mismo.

Acababa de almorzar en Carmencita, el pequeño restaurante de la calle Libertad, esquina con la de San Mateo, recubierto de azulejos y con instalación a gas de finales del siglo XIX. De todas las cosas curiosas del típico local, la más chocante era el retrete. Cuando un cliente sentía la necesidad imperiosa de utilizarlo, tras ingerir un buen plato de lentejas estofadas o de trucha escabechada, por ejemplo, se veía obligado a pasar por la cocina –donde se amontonaban fuentes repletas de champiñones, croquetas crudas, carnes y pescados…- y pedir ayuda a la cocinera, una mujer gafuda escuálida y diminuta, que instalaba con diligencia un artilugio plegable de madera en forma de taza de water, sobre un agujero negro. En honor a la verdad, he de decir que en ninguna de las escasas ocasiones que hube de solicitar la instalación de la rudimentaria pieza técnica, noté la más leve sombra de contrariedad o fastidio en las cocineras (los viernes y sábados eran dos), antes bien, siempre se prestaron solícitas a complacerme, tal vez para que les perdonara las molestias que causaban.

Como en Carmencita no servían café (no disponían de ningún tipo de cafetera), me dispuse a ir a tomarlo al Gran Café de Chueca. Subía por mi entrañable calle Libertad y al llegar a la de Augusto Figueroa, los empleados municipales de limpieza se afanaban, como de costumbre, en retirar los desperdicios y basuras del Mercado de Abastos. Toda clase de restos animales y vegetales: colas, raspas, pellejos, pitracos, sebos, hojas de verduras, tomates y pimientos podridos, etc., eran arrastrados por la potente ola salubre que surgía de las mangueras, manejadas con pericia por hombres vestidos con monos color butano.

A esas hora de la tarde, los bancos de la Plaza Chueca estaban ocupados por algunos vagabundos (ahora denominados “sin techo” o “S. T.”, según nos llega de Francia, donde siempre se les llamó “clochards”). En uno de los bancos laterales de la plazoleta, perfectamente rectangular, había también un grupo de jóvenes, uno de los cuales tocaba torpemente una guitarra. De entre los vagabundos, se adelantó un hombre moreno, como de unos cuarenta años de edad y de mediana estatura, al que sus colegas llamaron “el argentino”, que se acercó al joven y, con aire simpático y resuelto, le aferró la guitarra. Acto seguido, comenzó a cantar y a acompañarse con el instrumento en ritmo de milonga, a la vez que cruzaba el pequeño cuadrado central de la plaza en todos los sentidos, marcando a la perfección los pasos de la canción que interpretaba. Cuando terminó, saludó con las manos para agradecer los aplausos espontáneos de todos los presentes, que quedamos agradablemente sorprendidos por el buen gusto y propiedad del insospechado artista-vagabundo. El hombre devolvió la guitarra al muchacho, con aspecto de alumno de COU, regresó a su banco y botella junto a sus compañeros, y yo me fui a sentar en la terraza del café, sumida en la fresca sombra que daban los edificios del lado sur de la plaza.

Al principio no me percaté de la cosa, fue sólo después que el camarero me sirviera un solo cuando vi, tirada en el suelo bajo la silla vecina a mi derecha, una abultada cartera de cuyo interior sobresalían algunos billetes verdes. Sentí que un ligero sudor frío me empañaba las manos, y pensé que debía ingeniármelas para recogerla sin que los clientes de las mesas contiguas se dieran cuenta de nada. Me cambié de silla, pisé el billetero con el pie derecho y permanecí inmóvil durante unos segundos casi en un tris de ponerme a temblar; no quería hacer ningún gesto brusco que pudiera delatarme ante mis vecinos de mesa o el camarero, pero, al mismo tiempo, tenía que actuar rápidamente no fuese que el dueño volviera a buscar su cartera.

Comencé a rascarme los jarretes y tobillos con el fin de disimular. Ya estaba a punto de levantar el tacón y agarrarla, cuando a pareció un desconocido que se dirigió al camarero que me había servido el café y le preguntó algo que no llegue a comprender. Temí que se tratara del dueño de mi tesoro y tentado estuve de levantarme, pagar y largarme renunciando a mi presa; sin embargo, aguanté y al cabo de un momento el hombre se marchó tras escuchar la respuesta del camarero, cruzó la plaza y desapareció por una calle del lado norte.

Me había puesto nervioso y decidí que debía resolver la situación con celeridad, pues de lo contrario no iba nunca a atreverme a recoger el dinero. Así que, asegurándome bien de que en ese instante nadie me observaba, tomé el billetero y lo introduje en el bolsillo derecho del pantalón. Ruborizado, eché una ojeada a mi alrededor: los demás clientes seguían con sus conversaciones sin que, aparentemente, ninguno de ellos hubiese detectado mi maniobra. Dejé sobre la mesa el importe de la consumición más diez pesetas de propina, hice un signo al camarero que asintió diciéndome adiós, y todo dentro de la más estricta normalidad.

Desaparecí del lugar con la mayor rapidez posible y con un vago sentimiento de culpabilidad. Mientras me alejaba de la plaza, palpaba con mi mano la cartera de tacto suave y blando. Entré en una cafetería de la Gran Vía, me senté en una mesa apartada, encargué una copa de coñac y, acto seguido, fui a encerrarme en los aseos de caballeros: conté, feliz, hasta quince billetes de mil pesetas. Lo malo es que la cartera contenía un carnet, roto y mugriento de la Federación Castellana de Pesca a nombre de un tal José Rodríguez Martínez, domiciliado en la calle de P. En El Escorial. Guardé todo en el bolsillo interior de mi chaqueta y regresé a mi mesa, donde me esperaba ya la copa. Me sentía muy alegre por lo sucedido. Estábamos a mediados de mes y ya me había gastado casi todo mi sueldo, pero me preocupaba la existencia del carnet con la identidad y dirección de la persona que lo había extraviado. Me creaba ciertos escrúpulos de conciencia. ¿Qué hacer? ¿Tendría la suficiente honradez de restituir el dinero a su dueño?

Imaginé tres soluciones posibles: primera, regresar al bar de Chueca y entregar la cartera al camarero; segunda, llevarla yo a las señas del carnet; tercera, guardarme la pasta y deshacerme del resto. De inmediato descarté la primera. Podrían sospechar en el bar por no haber entregado antes el monedero y encima me buscaría complicaciones. La segunda me parecía angelical, sin embargo, el documento de pesca era muy antiguo y pensé que era muy probable que su titular ya no viviera en el mismo lugar. Además, ¡dónde carajo se encontraba la calle de P. de El Escorial! Yo no tenía tiempo para desplazarme hasta allí. Total que, en toda lógica, me incliné por la tercera solución.

Esa misma tarde me dispuse a dar salida adecuada a los billetes encontrados. El otoño estaba avanzado y necesitaba una prenda de abrigo, de manera que me compré en unos grandes almacenes un chaquetón azul marino de lana y fibra, que me costó diez mil pesetas. Las cinco mil restantes tuvieron un destino poco moral, pero no menos útil. Hacía tiempo que me venía cosquilleando el deseo de acostarme con una señorita fácil, y, esa misma noche, no pude resistir la tentación de dejarme llevar a la cama por una mulata de senos esféricos que, apoyada contra una esquina, me murmuró con toda la ternura del mundo: “¿Tu viens, Chéri

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA EXPOSICIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

        

         La mañana se presentó templada y diáfana tras la lluvia que había caído abundante durante toda la madrugada después de varias semanas prolongadas de sequía, barriendo la atmósfera contaminada de la gran ciudad. Las nubes y el viento del suroeste le hacían sentir fugaces emanaciones marinas arrastradas desde el lejano océano. Rafael se dirigía al Museo para visitar la gran exposición del maestro G. del siglo XIX. Subía caminando junto a la verja del Real Jardín Botánico y miraba el verde lustroso de las nuevas hojas de los árboles que habían recibido gozosas las primeras aguas de la estación. El hermoso día de primavera y la perspectiva de admirar la obra antológica de uno de sus pintores favoritos, le llenaron el pecho de una placentera exaltación.

Al principio, creyó que se trataba de una manifestación al ver la ingente cantidad de personas que ocupaban la explanada del Museo, pero pronto pudo observar que a las entradas principales del noble edificio llegaban largas hileras de gente como de unos trescientos metros de longitud. Se abrió paso a codazos hasta una de las filas y preguntó a un señor de pelo cano por la causa de semejante aglomeración: “Para ver a G.”. Rafael se quedó anonadado con la respuesta preguntándose incrédulo cómo era posible que la llamada del arte hubiera convocado a semejante multitud. Todas las veces anteriores que había ido al Museo lo encontró tranquilo y más bien mortecino, sin que hubiera tenido nunca que esperar o hacer cola para poder entrar en él.

Sin embargo, no experimentó ningún sentimiento de rechazo hacia la muchedumbre de competidores, cultos admiradores del genial pintor, sino que por el contrario las lágrimas estuvieron a punto de empañarle sus ojos, y tuvo que sobreponerse para rebajar la emoción producida por la exhalación entrañable de las aspiraciones colectivas de degustación artística. Se resignó solidariamente a ser el último de la fila, y se dispuso con paciencia a aguardar que le correspondiese su turno de acceso a las salas de la magna exposición.

La interminable columna humana la componía un público heterogéneo: escolares y profesores, turistas extranjeros, familias nacionales al completo, universitarios, funcionarios, monjas y soldados. Los jardines que embellecen el sitio ofrecían un ambiente de feria: vendedores de chucherías, propagandistas de partidos políticos, estatuas vivientes, mimo, ilusionistas, prestidigitadores, comedores de fuego, demandantes de firmas y dinero para causas filantrópicas, músicos, incluyendo a un gitano con trompeta, cabra y escalera. La cola siguió estirándose detrás de Rafael y en escasos segundos acabó perdiendo de vista su final.

Los comentarios más peregrinos llegaban hasta sus oídos: “Es la tercera exposición que visito esta semana, no hay derecho a hacernos esperar tanto tiempo”. “Pues G. a mí me parece un loco, pero mi amiga Pepi me dijo que no me la perdiera”. Rafael llevaba más de treinta y cinco minutos aguardando y sólo había avanzado tres metros, hizo un cálculo de la distancia que lo separaba de la puerta de entrada y dedujo que aún tendría que aguantar dos horas más de espera. Pensó que eso era intolerable, pero quiso ser optimista y se dijo que seguramente la fila comenzaría pronto a moverse con más rapidez.

Transcurrió otra media hora y Rafael no se había movido prácticamente del mismo sitio, incluso tuvo la impresión de que había retrocedido algo, achacando el fenómeno a los listillos de siempre que se colaban. Para colmo, un oscuro nubarrón se puso a descargar un fuerte aguacero sobre sus cabezas, y él no llevaba paraguas ni capucha para protegerse. Afortunadamente, un viejecito previsor, como la mayoría, tuvo la amabilidad de invitarlo a resguardarse bajo el suyo: “Venga, venga, que se va a poner hecho una sopa”, le dijo con voz temblorosa.

La gente no pareció arredrarse por la intensidad del chaparrón, pues no solamente nadie desertaba de su puesto, sino que las nuevas personas que afluían sin cesar consiguieron que la cola desapareciera por la esquina sur del Museo. Al poco rato escampó y el cielo se tornó de un azul limpísimo. Los primeros sentimientos de emoción de Rafael se convirtieron en otros donde la irritación era la dominante, además, no disponía de mucho tiempo libre ya que debía ir a trabajar después de almorzar, y todavía le faltaban unos doscientos metros hasta la anhelada entrada.

Leyó el periódico de cabo a rabo, incluidas las páginas de economía y deportes. Aprendió el nombre del nuevo presidente de la Asamblea nacional de Shri-Lanka, se enteró del porcentaje aplicado a la última devaluación del peso argentino, y hasta el color del vestido de novia de una famosa tonadillera que acababa de casarse con un no menos famoso torerillo. Sus compañeros de infortunio, así comenzó Rafael a considerar a cuantos a su alrededor albergaban la vana esperanza de contemplar la obra pictórica de G., daban ya clara muestras de cansancio. Los más jóvenes se sentaban sobre el césped, pese a que había quedado muy mojado, y los más viejos se apoyaban con aire desolado en sus parejas o, más raramente, en sus bastones.

La columna comenzó a desplazarse con mayor ritmo durante unos segundos, luego, se inmovilizó definitivamente: acababan de cerrar las puertas del Museo. La protesta estalló de forma general: “Esto es un abuso, no tienen vergüenza, nos hacen esperar más de dos horas y luego nos dan con la puerta en las narices”, se quejó un anciano de barbita blanca bien cuidada. “¡Y así quieren que el pueblo tenga cultura!”, gritó una señora enjoyada, que terminaba de despachar a un mendigo diciéndole que fuera a pedir dinero al presidente del Gobierno. “Unos demagogos, eso es lo que son los ministros de ahora, ponen los museos gratis y las personas decentes ni siquiera pueden ya visitarlos”, terminó aullando la dama dando rienda suelta a su cólera.

Un sordo rumor de rabia fue recorriendo el interminable reguero de ciudadanos con la misma celeridad que la llama por un rastro de pólvora. Hacia el final de la serpiente humana se escuchaban gritos pidiendo la cabeza del señor Solana, ministro de Cultura a la sazón, del director del Museo, de los conserjes: “¡Son unos paletos!”, bramaron a los oídos de Rafael unas señoras de porte distinguido. Un joven barbudo arengó a la muchedumbre: “¡Los museos son del pueblo y no pueden cerrarlos como si fueran un coto privado de caza!”. “¡Que los abran las 24 horas del día, incluso los fines de semana!”, añadió su acompañante femenina.

Un grupo muy numeroso de amateurs d’art, con aire amenazador, se puso en movimiento hacia la gran puerta central y, al ir pasando a lo largo de la densa cadena humana, otras personas fueron uniéndosele hasta formar una inquietante concentración, vociferante y agresiva. Comenzaron a oírse golpes de puños y patadas contra las hojas de las puertas cerradas a cal y canto. Alguien pedía insistentemente un ariete, creyéndose tal vez un guerrero al asalto de una fortaleza. Al cabo de un tiempo vergonzante, en el que el escándalo llegó a rebasar la barrera del sonido, los accesos se abrieron de nuevo, y aparecieron dos bedeles, aterrados, en el umbral.

La turba se precipitó por los huecos, golpeando, derribando y pisoteando a los dos temerarios funcionarios, para dispersarse en desbandada por las espléndidas galerías del Museo hasta ganar las salas donde se exponían los cuadros del genial G. Rafael se sintió tremendamente confundido por las escenas presenciadas y se volvió abochornado a su casa, absorto en reflexiones sobre el sentido último del arte.

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            ¿TIENES UN CIGARRO RUBIO, COLEGA?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         No le gustó la película de Fassbinder que acababa de ver. Era demasiado dramático y pesimista el joven director de cine alemán. No se podía analizar la vida en claves tan negras porque entonces sólo quedaba una solución: pegarse un tiro. Lo que Federico ignoraba es la reciente muerte de Rainer W. Fassbinder, ocurrida en circunstancias extrañas que inducían a pensar en un suicidio. Ojeó su reloj que marcaba la una y media de la madrugada. La sesión del Alphaville había terminado más tarde de lo habitual, debido a la excesiva duración de un cortometraje previo: “Qué estúpidos solían ser los cortos”, pensó Federico: “eran a una película lo que un feto a un recién nacido”. El resto de los escasos espectadores se levantaron también de sus butacas y se dirigían hacia las salidas de la sala. Casi todos ellos encendieron cigarrillos que chupaban con fruición tras la insoportable abstinencia de las dos últimas horas. Él los observaba con lástima y algo de envidia aspirar aquel humo nocivo, y se sentía orgulloso por haber tenido el valor de dejar, de golpe, el tabaco seis meses antes.

Todos sus amigos le alabaron su gran fuerza de voluntad. No era tan fácil abandonar el pitillo de la noche a la mañana, después de haberse llevado fumando más de veinte años de su vida. Federico había tomado conciencia de la inutilidad de una adicción que ni siquiera proporcionaba un placer real, y además le iba a producir una serie de enfermedades espantosas. La última faringitis que lo dejó afónico durante un mes, pero, sobre todo la lectura de los abrumadores informes científicos de la máxima solvencia le decidieron a quitarse del estúpido vicio de fumar: no estaba dispuesto a provocar el despachurre de las vísceras y músculos de su organismo.

Salió del cine y se dispuso a regresar andando hasta su casa, a sólo diez minutos caminando de allí y en el mismo barrio de Argüelles. Los espectadores rezagados se subían en sus coches, las calles estaban vacías de gente y mal iluminadas, y la mayoría de los bares ya habían cerrado. Federico no pudo evitar una leve sensación de recelo. Se hablaba tanto en esos días de la inseguridad ciudadana (era el tema periodístico de moda), de los asaltos y agresiones que sufrían las personas de bien por parte de miserables delincuentes desalmados: pinchazos en el vientre, pellizcos con alicates en los pezones de las mujeres, amenazas con jeringuillas ensangrentadas, disparos con armas de fuego, etc.

Federico pensaba, sin embargo, que no debía dejarse amedrentar por rumores catastrofistas y reaccionarios, propalados exageradamente con el fin de desprestigiar a la naciente democracia y vilipendiar la libertad recuperada de los españoles. Salía muy a menudo de noche y nunca había tenido el menor percance; además, creía que si se encontraba en una situación comprometida sabría resolverla apelando a la racionalidad de los hipotéticos agresores. “Tranquilidad, el miedo exacerba las precauciones y hace bajar las defensas”, se decía a sí mismo, y se imaginaba un diálogo con unos posibles chorizos: “Mirad, yo soy una persona pacífica y tolerante, y no tengo nada contra vosotros; es más, comprendo vuestros problemas, así que aquí tenéis mi cartera con todo el dinero que llevo encima”. Hombre progresista y ecuánime, Federico estaba convencido de que la única causa de la violencia en el mundo era la falta de justicia y solidaridad entre los humanos.

Dobló la esquina de la calle del Rey Francisco y se percató de la presencia de dos individuos, en semipenumbra, en la misma acera por la que caminaba y a una distancia aproximada de cien metros de él. Uno de ellos estaba sentado en el escalón de un portal, el otro permanecía de pie, a caballo entre el bordillo de la acera y la calzada. Federico sintió el impulso de cruzar al otro lado de la calle, pero pensó que su gesto de desconfianza podía ser considerado como vejatorio por esas dos personas que serían, de seguro, inofensivas y estarían charlando tranquilamente. Además, la casa de Federico distaba ya sólo una manzana del punto de donde estaban los dos hombres y no era cuestión de andar haciendo rodeos extraños. Así que siguió adelante con paso firme y resuelto, aunque sintiendo que su corazón aumentaba de ritmo a medida que se acercaba a los dos desconocidos. Pasó en medio de ellos, y ya los había rebasado cuando escuchó la voz del que estaba sentado que lo interpelaba de manera áspera:

-¿Tienes un cigarro rubio, colega? Federico podía haber continuado su camino sin darse por aludido, sin embargo, o porque su buena educación no le permitía mostrarse descortés, o bien porque temiera irritarlos con un desaire, se detuvo, se volvió hacia los dos hombres, muy jóvenes, y les dijo con un tono que pretendía ser lo más amable posible:

-Lo siento, pero no fumo

-¡Cómo que no fumas! ¿De verdad que no tienes unos ssigarritos rubios para unos colegas? Preguntó bruscamente el otro que permanecía parado.

-De veras que lo siento, no tengo tabaco, respondió Federico tratando de imprimir a sus palabras un doble acento sincero y exculpatorio por no poder complacerlos. Entonces, el que permanecía sentado, se incorporó pesadamente y con paso tambaleante se le acercó:

-¡Tú de qué vas, tío!, gritó con aire despreciativo.

-Yo, de persona, contestó ingenuamente Federico, que comenzó a inquietarse por el cariz violento que tomaba la situación.

-¿Tú de persona? ¡Tú vas de pringao!, volvió a gritarle el mismo joven, que daba muestras de estar con el mono encima.

-Hace seis meses que he dejado de fumar, no tengo tabaco ni negro ni rubio, pero si queréis os puedo pasar dinero para que lo compréis, replicó Federico en un intento de contentar a los dos tipos y poder largarse de allí.

-¿Que no queremos tu dinero, tío, que lo que queremos es que nos des un ssigarrito rubio!, le gritó ahora el que parecía más sereno mientras lo agarraba por las solapas de la chaqueta, empezando a zarandearlo con violencia.

Federico se puso a maldecir mentalmente la hora en que se le había ocurrido dejar el tabaco, y se hizo la promesa de que si salía bien del trance, volvería a fumar de inmediato. Los dos individuos siguieron insultándolo y sacudiéndolo, y, en un instante de pánico y exasperación, Federico propinó un fuerte rodillazo en la entrepierna al que parecía más joven, al fin y al cabo no estaba dispuesto a dejarse humillar y maltratar de ese modo por dos golfos, y comenzó a pedir socorro a grandes voces.

Se entabló ya una lucha abierta entre el hombre, que pugnaba por escapar, y el mayor de los agresores que se lo impedía con un enérgico abrazo. Entre tanto, el chorizo que se había recuperado del rodillazo recibido, sacó una navaja de grandes dimensiones y de un golpe certero la clavó hasta el mango a la izquierda del pulmón izquierdo de Federico, que se desplomó fulminado sin emitir un solo gemido.

El homicida limpió escrupulosamente la hoja ensangrentada en el pantalón del muerto mientras el cómplice le registraba los bolsillos, buscando algo que no podía encontrar.

  • ¿Llevaba tabaco?, le preguntó el de la navaja
  •  
  • – No, no tiene, el jodío decía la verdad, le respondió el colega. Y los dos se echaron a reír alejándose con trote rápido del lugar, y desapareciendo detrás de la misma esquina por la que Federico había aparecido pocos minutos antes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            MATAR AL TENOR

                            (Censurada por el autor)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            LA CARTULINA MÁGICA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Salí de casa para hacer unas compras mañaneras y una gestión en el distrito municipal del barrio. Doblé la esquina de mi calle y vi en el suelo una hoja de papel del tipo cartulina como de 6 X 12 centímetros que ofrecía su cara en blanco. Llevado por mi manía cervantina de leer hasta los papeles tirados por las calles, quise saber si en la otra cara figuraba algún tipo de texto o reproducción y di un ligero puntapié a la hoja para voltearla. En lugar de ofrecerme el otro lomo, la cartulina se levantó en el aire como medio metro, planeó otro metro aproximadamente en horizontal, y, ante mi asombro, fue a introducirse parcialmente en una estrecha raja vertical (de un milímetro aproximadamente de ancho) en el viejo parachoques negro de un coche, aparcado en batería contra la acera, donde se quedó incrustada. La observé incrédulo un instante y proseguí mi marcha.

Pasaron unos minutos y comencé a pensar que acababa de presenciar un hecho fortuito extraordinario. Era absolutamente increíble que la cartulina hubiera detenido su vuelo de la manera que acabo de contar. Cualquiera que la viera, pensaría con toda seguridad que alguien, probablemente un niño la habría introducido jugando en ese lugar angosto e inverosímil. Nadie en su sano juicio o por puro sentido común llegaría a adivinar que la hoja se había introducido allí por azar, un azar que yo había provocado de forma totalmente casual. Especulaba con que de habérseme ocurrido conseguir voluntariamente el fenómeno, hubiesen sido necesarios miles y hasta millones de intentos antes de lograr el resultado insólito que se había producido con una sola patada; o que, si llevado por un acto de locura intentaba reproducir con éxito el experimento, malgastaría años y probablemente toda mi vida sin llegar a conseguirlo.

Sentí una especie de exaltación por haber tenido el privilegio de haber vivido una experiencia única y posiblemente irrepetible por siempre jamás, y me dije que esta experiencia formaba parte de ese grupo raro de fenómenos aleatorios que se producen en el universo desafiando toda lógica y causalidad. Quise recuperar mi cartulina a la que empecé a atribuir algún tipo de propiedad maravillosa, y, tras realizar mis compras y mi gestión, regresé a casa por el mismo punto que acababa de producirse el prodigio, pero mi hoja ya no colgaba del parachoques, y no se hallaba debajo ni cerca del vehículo. A poca distancia del mismo, unos operarios de los servicios especiales de limpieza se afanaban con unos artilugios mecánicos en despejar la suciedad de las aceras, y mi cartulina mágica había sido engullida seguramente por uno de esos ruidosos e inoportunos aspiradores.

 

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Espacio de Balbino. Escritos Flamencos. Conciertos de Enrique Morente

En el sexto aniversario, funesto aniversario, de su muerte, la voz de Enrique Morente sigue más viva cada día. Para recordarla y recordarlo, sigue este otro gran concierto celebrado el

26 de marzo de 1988. Sala del Centro Cultural Galileo, Madrid.

 

Guitarrista: Montoyita

 

Caña:                         El pensamiento me anima,

                                   Ay, me anima, a querer,

a querer a esta gitana,

pero temo que me deje

con la vergüenza en la cara.

 

Polo:                           Tú eres el diablo, romera,

que me vienes a buscar.

No soy el diablo, romera,

que soy tu mujer natural.

 

Soleá apolá:               Yo pensaba haber cogío

la naranja y el azahar,

con hacer leña del tronco

me tuve que conformar.

(Texto de Manuel Machado)

 

Taranta:                     Dime, el hombre por qué muere

                                   y el sol se da en alumbrar,

los astros por qué se mueven,

y el mundo en qué ha de quedar.

El sabio que más se eleve

tenga una luz natural,

haga un mundo y lo compruebe

entonces adivinará.

 

Taranto:                    Soy del reino de Almería,

en donde nacen los tempranos,

y al amanecer del día

me encuentro a Pedro Morato

vendiendo verdulerías.

 

Minera:                      Por una estrecha galería,

                                   un minero va cantando,

y en su cantar va diciendo:

que como estará la prenda mía

que me la dejé llorando.

 

Siguiriyas:                  Reniego yo,

reniego de mi sino,

como reniego, mare, hasta de la hora

que te he conocío.

———————————–

Cuando vino el Santo Olio

los ojos abrió,

y a mí me dijo: compañerito e mi alma,

quédate con Dios.

———————————

Se cambiaron los tiempos,

me he cambiao yo,

donde no hay escritura hecha

no hay obligación.

———————————–

Era una madrugá

de Santiago y Santa Ana,

a eso de la una,

las fatiguitas grandes le diñaron

a mi mare Curra.

 

Soleares:                    Pérdias

que aguardan ganancias

son caudales redoblaos,

estoy tan hecho a perder

que cuando gano me enfao.

——————————-

El querer que me mostrabas

como era de polvo y arena

el aire se lo llevaba.

———————————

A rebato,

                                   que me toquen a rebato

                                   las campanas del olvío,

vengan y apaguen el fuego

que esta gitana ha encendío.

(Forma el taco con estos tercios)

———————————–

Sale el sol y da en el cristal,

cuando no quebranta el vidrio

qué es lo que va a quebrantar.

——————————

Pañolón que me llevas

que en el cuello tan florío,

que bien saben los flamencos

que en un tiempo ha sido mío.

————————————

Será,

Dios mío, por qué será,

unos tormentos tan dobles

verte y no poderte hablar.

————————————

Antes por verte, dineros daba,

y ahora por no mirarte,

primita, vuelvo la cara.

 

Bulerías (las liga con los cantes anteriores):

No siento en el mundo más,

que tenga yo tan mal sonío

siendo de tan buen metal.

——————————–

Ay. entré en ese castillito,

que joven y sin pelo de barba,

y ahora que salgo de él

que no hay quien me mire a la cara.

———————————–

Ay Dios mío, por qué será,

los toros y los caballos

por casta se han de buscar.

———————————

Aunque en mis sienes de cal,

mi madurez se proclame,

no encontraré otro calor,

como el que me dabas, mare,

mare, mare, mare.

(Letra de Manolo Sanlúcar)

———————————-

En los brazos de la noche

que por vivir quise morirme,

que el que vive como yo,

sólo cuando duerme vive,

vive, vive, vive, vive.

—————————————-

Cómo quejaba, quejaba,

qué marchita de amores

con el viento y con el agua.

                                   ———————————-

Pero, chiquilla,

que lo que camelas de mis carnes

es que me guillara a la vera tuya.

 

Bamberas:                 Allá, arribita, arribita,

hay una pila de oro,

donde lavan las mocitas

el pañuelo de los novios.

 

Tangos:                      Sola, vete sola,

sola detrás de los muros,

                                   donde están las higueras cerradas,

                                   y soporta mi cuerpo de tierra,

                                   hasta el blanco gemío

                            del alba.

 

Gemía, siete veces gemía,

                                   nueve se levantaba.

                                  Gemía, quince veces juntaron

                                  jazmines con naranjas.

                                  Gemía, siete veces gemía.

                                   (Texto de F. G. Lorca)

 

Bamberas:                 Entre sábanas de Holanda

y colchas de carmesí,

está mi niña durmiendo

que parece un serafín.

 

Tangos:                      Gemía, siete veces gemía,

                                   nueve se levantaba.

                                  Gemía, quince veces juntaron

                                  jazmines con naranjas.

                                  Gemía, siete veces gemía…

 

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Las comparaciones son odiosas

Las comparaciones son odiosas

El veterano crítico Musical de El País, Fernando Neira, en crónica de 3 de diciembre, se despacha por lo fácil valiéndose de la comparación, o mejor dicho, de las comparaciones para reseñar el concierto “Omega: 20 años”, celebrado el viernes 2 de diciembre en la sala Riviera de Madrid.

Con el título de su crítica: “Omega’: 20 años, tres hijos, ninguna sombra”, no me explico qué pretende expresar y no queda claro lo de “ninguna sombra”. Ninguna sombra en el concierto o quién hace sombra a quién. Un título desafortunado y ambiguo, sin duda, a tenor del contenido del artículo. Es en el subtítulo donde queda explícito el concepto que inspira el texto de Neira: Estrella, Soleá y Kiki derrochan amor por el legado de Morente, pero quedan aún lejos de su magisterio”. Se trata, a mi juicio, de un desafortunado concepto comparativo, aplicado erróneamente a un concierto de rememoración en el que no cabía ninguna intención ni posibilidad de mojarle la oreja al original, celebrado el 22 de mayo de 1997 en La Riviera, con la presencia de Enrique Morente. El crítico musical afirma también: “Es difícil eludir las comparaciones y más difícil aún salir indemne de ellas”, y tanto que él no sale indemne de ellas cuando establece además a las claras una medida de valor acerca de quién fue el más brillante de los tres hermanos (hermano y hermanas) de la noche. ¡Pero qué flagrante falta de elegancia y sensibilidad! No era el momento ni circunstancias de manifestar las predilecciones, ni de comparar copia con original, no.

Y personalmente, añado y estimo que se trató de una recreación de arte muy, pero que muy digna; tanto más si se tiene en cuenta el inmenso reto que planteaba.

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. 20 Aniversario de Omega

20 Aniversario de Omega

Segunda entrega* de Omega que cuenta sus prolegómenos, nacimiento, descripción y declaraciones de los protagonistas del disco.

*Extraída del Libro de Balbino Gutiérrez, Enrique Morente, La voz libre, edición de 2006.

 

 

 

Omega y sus prolegómenos

Ya, en Junio de 1994, en unas declaraciones a Nacho Sáenz de Tejada en El País, Leonard Cohen afirmaba: “Si volviera a nacer sería cantaor de flamenco”, y luego, cuando el periodista le informaba de que Enrique Morente quería grabar un disco adaptando sus canciones al flamenco, el cantante y poeta canadiense añadía:

“Es un gran orgullo, un sueño porque el flamenco es el estilo que más respeto en el mundo… Es una música que me llega y si Morente quiere interpretar mis canciones, será un gran honor”.

Posteriormente, en diciembre de 1996, tras el nacimiento de Omega, Leonard Cohen volvía a declarar para El País:

“Estoy muy emocionado porque mis canciones hayan sido cantadas en el estilo del flamenco. Nadie había interpretado mis canciones antes de este modo”.

 

Nació Omega

El disco se terminó de grabar a mediados de noviembre y salió a la venta hacia el 8 de diciembre de 1996, con una tirada inicial de 10.000 unidades y se convirtió en el trabajo de Morente que más ha difundido y difunde su nombre en el mundo de la música en particular y del arte en general. Algunos consideran a Morente un genio sólo por esta obra.

Analizando el contenido musical de Omega, se distinguen tres niveles superpuestos y ligados. En el primero, Morente hace la versión de cuatro canciones de Leonard Cohen, en tres de las cuales, ‘El pequeño vals vienés’ (Take this walz), ‘Manhattan’ y ‘Sacerdotes’ (Priests) –unos tangos en realidad- se deja oír más el eco flamenco; mientras que ‘Aleluya’, un himno pop, conserva el estilo de su creador.

En el segundo nivel de cuatro piezas también destaca especialmente, junto a Morente, la presencia del grupo de rock duro Lagartija Nick. ‘Omega’, el primer tema que da nombre al CD es una auténtica morentina: amalgama de estilos flamencos y letras que tiene precedentes temáticos y compositivos en el ‘Kirie’ de la Misa Flamenca y transmitirá su influencia al ‘Martinete’ de Morente sueña la Alhambra. Niña ahogada en el pozo’ -con la guitarra distorsionada de Juan Manuel Cañizares-, ‘Vuelta de paseo’ y ‘Ciudad sin sueño’, completan este segundo apartado.

En el tercero sobresalen a mi juicio los cortes con flamenco más convencional (adjetivo éste que habría que entrecomillar, o como recuerda a menudo Á. Álvarez Caballero, “temas clásicos dentro de todo lo clásico que puede ser Morente”) con músicas del propio cantaor, pero también, y esto es necesario recalcarlo, con músicas o arreglos de artistas flamencos cien por cien: ‘Solo del pastor bobo’, unas bulerias de Juan Antonio Salazar, que compuso temas también para Camarón, entre otros muchos cantaores; un arreglo de Vicente Amigo ‘La aurora de Nueva York´, en soleá por bulerías; y nada menos que tres temas de Isidro Muñoz (Sanlúcar): ‘Adán’, impresionante soleá; ‘Vals en las ramas’, tanguillos; y ‘Norma y paraíso de los negros’, por fandangos con aire de Huelva. Con ser estos cortes los “más flamencos” de Omega, no dejan, sin embargo, de llevar un sello innovador y heterodoxo, que unidos al resto de los temas en los que predominan otras músicas: pop y el rock difíciles de encasillar (como luego se verá más adelante), constituyen la razón de que este disco sea considerado como el más evolucionado y vanguardista de la historia del flamenco.

 

 

 

Declaraciones sobre Omega

Comenzamos con las del grupo de granadino Lagartija Nick, en palabras de su líder Antonio Arias:

“El verano de 1995 lo pasamos intentando encontrar a Morente por Granada para enseñarle una idea que rondaba nuestras cabezas. Eric tenía una variación sobre un ritmo de Semana Santa, aparte yo ya había escrito el motivo central del tema ‘Omega’, es decir, esa explosión salvaje y rítmica, y, por último, mi hermano, Jesús Arias, nos sugirió que esa colaboración se podía basar en el texto ‘Omega’ que cierra (sic) Poeta en Nueva York. Nosotros seríamos el ruido de la gran ciudad y Morente la voz de la sangre…Una noche Eric le interpretó sobre la barra de un bar la parte rítmica del tema, y entonces Morente se decidió a ir al ensayo al día siguiente. Volcó su entusiasmo junto al nuestro. Enseguida visualizó cómo adaptar ese poema a nuestro propio caos…Yo compuse ‘Vuelta de paseo’ y ‘Ciudad sin sueño’ muy rápidamente en el invierno de 1995. ‘Omega’ ya estaba escrito antes por Eric y por mí. Enrique Morente venía trabajando en unas versiones de Leonard Cohen adaptadas al flamenco, entre ellas pudimos oír ‘Pequeño vals vienés’ que juntaba ya a Lorca y a Cohen; así que se juntaron los dos proyectos en uno solo…luego Morente introdujo las armonías vocales. Cada canción cogía vida y camino por sí misma; unas veces se trataba de dejarnos llevar por los versos de manera monótona, como en ‘Vuelta de paseo’. O en otras, Morente desbordaba los poemas con referencias tangenciales y profundas como en el tema ‘Omega’ o en ‘Niña ahogada en el pozo’, se juntaba lo que era una especie de versión de ‘Helter Skelter’, sugerida por mi hermano Jesús, en unas escalas que suben y bajan de forma caótica. Intercambiábamos tiempos y energías. No es que todo valiese, pero entre todos empujábamos los versos, y el disco nos empujaba a todos nosotros. Si hay discos que tienen vida propia, éste es uno de ellos…La química entre Morente y Lagartija Nick era más que evidente, y ninguno de nosotros deseaba desaprovechar esta posibilidad artística…Teníamos claro que era un choque de fuerzas, más que ningún tipo de experimento o fusión: fisión pura. Aprendimos formas básicas de compases flamencos, pero la idea era de enfrentar los caminos de forma estruendosa que reflejara lo que sentíamos con el poemario, los acordes a utilizar. Empleábamos teorías de las más esotéricas. Estudiábamos a Falla, a cantaores antiguos como don Antonio Chacón, Manuel Vallejo, etc. Todos acogíamos las ideas de todos de una forma natural, y nuestra mente estaba abierta y despierta. Teníamos un sonido realmente especial en aquel momento, muy enérgico y muy cohesionado, que iba muy bien con la voz de Morente. Y eso queda reflejado de manera fehaciente en el disco…”.

Además de estas consideraciones sobre la génesis del disco, prosigamos escuchando a Antonio Arias hablar de las fuentes que influyeron sobre la misma:

“…Un detalle que para nosotros era capital y que no se entendió en absoluto fue precisamente que para el grupo, canciones como ‘Ciudad sin sueño’ era una mezcla “after punk místico” o sea, una especie de ‘Joy División’ lisérgicos, en esas extensas partes musicales, tan psicodélicas por un lado, y por otro la voz desde dentro del alma que es la de Morente, todo muy oscuro, muy ‘Bauhaus’. Recuerdo que al poco de salir el álbum, un crítico de El País sentenció el sonido del disco como “Trash metal y flamenco”, y así llegó al gran público. Nosotros no teníamos ni idea de lo que estaba hablando, pero su manera de definir al grupo ha perdurado durante años, y sirvió para esconder durante mucho tiempo la auténtica reflexión musical del disco, las auténticas influencias armónicas, que encierra. Los acoples de Miguel Pareja en ‘Omega’ son brillantísimos, muy expresivos, por no hablar de sus solos orbitales en ‘Aleluya’ o en ‘Niña ahogada en el pozo’, y las guitarras de Juan Codorniu son muy psicodélicas y muy inspiradas tanto en ‘Manhattan’ como en el resto de temas”.

Y Antonio Arias concluía sus extensas consideraciones en www. lagartijanick.com/index:

“…Estábamos en el centro del huracán y no veíamos todo el movimiento que había a nuestro alrededor. No veo tantos estilos, veo música en estado puro. Fue un posicionamiento, casi un pronunciamiento musical, un golpe de estado artístico a lo que se hacía en aquellos momentos. Desde entonces, nos llaman golpistas, y ya se sabe cómo se trata esa gente”.

 

Siguen las opiniones de Enrique Morente vertidas a numerosos medios de prensa:

De Leonard Cohen escogí ‘Manhattan’, ‘Halleuljah’, ‘Priests’ y ‘Take this waltz’ (‘El pequeño vals vienés’). Con este último descubrí Poeta en Nueva York. Así que el disco ha acabado siendo mi visión flamenca de Poeta en Nueva York con un artista invitado, Leonard Cohen, que es un extraordinario poeta…El ‘Poema para los muertos’ es el que da sentido a todos los demás. Nadie quería abrir con él, porque salir con un tema de once minutos y proponerse vender alguna copia parecía un disparate. Pero es imposible acercarse a una obra tan difícil y superrealista como Poeta en Nueva York si no te desinhibes, si no buscas…En Poeta en Nueva York, Lorca rompe con su manera anterior de escribir, crea un estilo nuevo que yo creo se parece más a la pintura que a la poesía. Por eso, al principio, todo parecía demasiado lunático, pero cuando subes la primera cuesta, todo es más fácil. Es curioso que en cuanto tocas las cosas un tiempo, lo raro se hace familiar, la oscuridad toma cuerpo y se convierte en algo muy cercano. Lo bonito es que está todo el que pasó por el estudio, fue una especie de taller y quiero creer que es un trabajo de todos…Sinceramente, no sé si este es mi disco. Los anteriores tenían cosas. Aquí hay cosas también, pero uno nunca sabe. La verdad es que no he hecho ninguna concesión. En un disco así, lo más anti comercial es hacer concesiones.

Y con su peculiar sentido del humor, le decía al periodista sobre las expectativas de ventas:

Ya veremos. La Misa Flamenca era para frailes, éste es más bien para okupas. Igual vendemos 8 copias, regalamos 500 y Borja Casani (el editor) me pega un tiro al amanecer. El caso es que el disco está ahí, que es como es, y ahora lo que hay que hacer es transformarlo, darle vida en directo de otra forma. (A Miguel Mora)

El disco me ha llevado entre preparación, grabación y mezclas, prácticamente un año…La verdad es que no siempre había contado con un buen equipo de producción, como he contado para hacer este disco. Entonces, en mis anteriores discos estaba un poco condicionado por la precariedad de medios y por diversos motivos. De todas formas, en algunos de mis anteriores trabajos como Despegando o Se hace camino al andar, ya apunté algo de lo que va en Omega…Que cuestionen lo que hago es algo que siempre me ha tocado a mí y parece que lo voy a llevar conmigo para siempre. A lo mejor, si alguna vez pusiera de acuerdo a todo el mundo con una de mis obras, sería un desastre para mí; tal vez necesito la incomprensión tanto como la comprensión para seguir trabajando…En vista de la buena acogida que el disco está teniendo, la información que tengo ahora mismo es que se van a volcar muchas personas con la obra, porque repito, está gustando mucho. Espero que se venda bien, por mí y por las personas que han colaborado, como el grupo Lagartija Nick, Tomatito, Isidro Muñoz, Vicente Amigo, Cañizares, El Paquete, Antonio Carbonell, Tino di Geraldo, El Negri, el equipo técnico, etc. Sin ellos, y lo digo de corazón, la obra no hubiese salido bien. (A Manuel Bohórquez)

 

Cuando Cohen estuvo aquí, le comenté que me gustaría interpretar algunas de sus canciones y hablando y hablando surgió la idea de este disco…De ponerle música al Poeta en Nueva York de Lorca, mezclándolas con algunas canciones de Cohen como ‘Mahattan’, ‘Sacerdotes’, ‘Aleluya’, o su versión del ‘Pequeño vals vienés’. La verdad es que parece mentira que tenga que pasarme por Nueva York para hacer un disco sobre Lorca, al que he tenido al lado toda mi vida. Omega no es un disco de ‘nuevo flamenco’, es un álbum de poesía cantada, siguiendo los cánones del jondo…Lo de Poeta en Nueva York es poesía del siglo que viene y yo tenía muy claro que necesitaba una música ácida, que no fuera convencional y que resultara superrealista como la obra de Lorca…Hasta que no pasen unos días no podré valorar Omega. Los discos tienen que descansar, que crecer y caminar por su cuenta. Cuando me olvido de un trabajo y me parece que yo no lo he hecho es cuando lo puedo valorar de verdad. (A Silvia Grijalba)

 

¿Tocar con grupos de rock como Lagartija Nick?…Bueno, mi trabajo, las exigencias de mi obra las demanda el texto que decido cantar. En el momento en que decido cantar Poeta en Nueva York, una poesía novísima, después de tantos años escrita, necesitaba un sentido y una expresión fuertes de la música. Cualquier idea no te permite cantar con Lagartija Nick, y quien me ha llevado a ellos ha sido Lorca, Poeta en Nueva York. (A Miguel Ángel González)

 

Estábamos en un bar de Granada que se llama ‘Local’. A las horas de las copas surgen las inspiraciones. Me sorprendió que después de varias propuestas deshonestas, Eric, el batería del grupo, se pusiera a las cinco de la mañana a hacer unos compases de bulerías en el mostrador. En ese momento firmamos el contrato y la promesa de hacer un trabajo juntos.

 

(Más sobre Poeta en Nueva York)

No es que Lorca se repita porque tiene muchas facetas; es la universidad, la taberna, el pueblo, el campo, la ciudad, el cabaret, el desdoblamiento de la personalidad del travestí, y también el tópico de la navaja. Poeta en Nueva York siempre ha sido un reto para cualquiera que haya querido cantar a Lorca, pero yo siempre me he tirado al vacío, ¿por qué no me iba a tirar una vez más? Siempre queda un resabor de boca por no haber dado todo lo que sueñas, me hubiera gustado dar más, y podría haberlo hecho, pero el cansancio y las vicisitudes del camino de creación te hacen muchas veces desperdiciar cosas buenas y borrar cosas que valen.

 

(Sobre Leonard Cohen)

Sólo lo he visto una vez, coincidimos en Madrid, me lo presentó Alberto Manzano, que es el traductor de sus letras. Fue un gran empujón que me animó a cantarle. Le tenía mucha simpatía por la calidad que tiene como artista y porque es lorquiano, fíjate hasta qué punto, que puso a su hija Lorca de nombre. Dijo que le hubiera gustado ser cantaor de flamenco, y sólo con eso estábamos obligados a cantar sus canciones, si no yo, algún otro cantaor.

 

“¿Qué versión prefiere de ‘Manhattan’?”

Estoy obligado a decir que me gusta más la de Leonard Cohen porque el mérito es suyo. Yo lo que he hecho ha sido pasar al flamenco una obra suya, nada más. Para algunos es una aberración y dicen que no pertenece a la antología del cante, pues claro que no, es evidente. Creo que he conseguido que no caiga en la vulgaridad de la fusionsita entre el flamenco y otras músicas, en lo postizo. (A Pedro Narváez)

           

El pobre disco ya está libre de mí. Quería verme salir del estudio para que lo dejara tranquilo…Lo que más me atrae del poema ‘Omega’ es que cada verso es una constante en la obra de Federico: ‘Tengo un guante de mercurio y otro de seda’. ‘Las hierbas’, la espera, son imágenes dentro de una idea superrealista-abstracta, repetidas en toda la poesía de Lorca. Muchas veces lees ese poema y no sabes lo que quiere decir, pero las frases te gustan y te atraen, que es lo que pasa con Federico, porque siempre son artísticas. La canción, el tema de ‘Omega’ hubo que acortarlo un poquito a casi doce minutos para que pudiera ser pinchable. ‘Yo me cortaré la mano derecha’ es una de esas frases de Federico que puede querer decir tatas cosas…Pero, vamos, la mano derecha y la izquierda yo todavía las necesito para poder accionar cantando…Encargué temas a Isidro Muñoz, Vicente Amigo y Juan Antonio Salazar, para ver la perspectiva de la creación actual flamenca sobre Poeta en Nueva York. Ha sido un trabajo en equipo junto con Lagartija Nick y las demás figuras que he tenido el honor de que participen, como Cañizares, Tomatito, Miguel Ángel Cortés, Paquete y Montoyita… ¿Estrella? Al poner la segunda voz en Mahattan, con la traducción de Alberto Manzano, me di cuenta de que la canción era más adecuada para ser cantada por una persona de la edad de Estrella. Quité casi toda mi voz y puse la de la niña. Vi que la cantaba bastante mejor que yo, y encima es mi niña. (A Pedro Calvo y José Manuel Gamboa)

 

Sí creo que le ha gustado a Leonard Cohen, porque ha pedido veinte copias para regalarlas. Esta es la última noticia que tengo de él. La verdad es que me preocupaba el hecho de que no le gustara. Antes, ya le había escrito una nota, diciéndole que esperaba que el trabajo fuera de su aprobación…Omega en su conjunto es una idea sobre un poema superrealista, abordado desde el cante jondo. Hay que aclarar que no se trata de flamenco clásico, esto es otra cosa, aunque lleva la expresión y la profundidad del cante. Creo que es importante hacer estas matizaciones para la afición tradicional…En el tema ‘Omega’ está el corazón de la obra. Contiene un reflejo de la historia del cante y es un intento de entroncar el mundo laberíntico del mismo con lo abstracto. La modernidad es imprescindible, pero también soy un amante de la tradición. Ambas cosas no deben estar separadas para que se siga creando. El cante tradicional lo haremos siempre. De hecho, lo practican la mayoría…La participación de los artistas flamencos en Omega ha sido decisiva. Esa era mi intención.

Quería comprometer a una gran parte de artistas y creadores del flamenco contemporáneo. Me hacía más ilusión que hacerlo yo todo. Cuando les propuse el proyecto, todos aceptaron. Ha sido, además un acierto, una demostración de afecto y de amistad que ahora quiero agradecer públicamente. Me han estimulado mucho con la entrega y el empeño que pusieron.   (A José Ignacio de la Casa)

 

En Omega se plantea esencialmente un diálogo entre rock y flamenco; en ningún momento se ha propuesto crear una fusión, sino una interpretación musical de Poeta en nueva York, la única razón de este trabajo, como fueron los poemas de Miguel Hernández cuando los llevé al flamenco…Desde luego, mi carrera va a ser muy distinta después de esto. Omega está suponiendo una experiencia muy fructífera…También es un riesgo para mí. La afición es bastante rígida, pero también hay gente joven que sabe muchísimo de flamenco y que está capacitada para entender cosas diferentes a una antología del género…Yo hace tiempo que renuncié a los cabales, y no me preocupa, porque los cabales no me ha convencido nunca. Yo jamás he intentado ser un bicho raro, pero me ha tocado ser así, como soy, y con eso tengo que tirar. Pero al mismo tiempo que soy atrevido, siento respeto por mí mismo y por la afición…Esencialmente me considero un cantaor flamenco, es lo que más me gusta ser; si volviera a nacer, volvería a ser cantaor…y me volvería a salir de madre. Yo respeto la afición, pero no la puedo complacer en el sentido que ella espera, porque si no, no hay arte, no hay sorpresa. Ya hay otros compañeros que hacen muy bien lo que quiere la afición. Yo llevo treinta años cantando clásico, acabo de ofrecer en el Auditorio Nacional de Madrid un recital clásico, y ni aun así me permiten una pequeña broma al final, después de dos horas cantado por derecho: no hay que ser tan solemne y tan serio. Es cuestión de cultura: el flamenco no es el infierno, sino la gloria, y hace falta un poco de alegría y un poco de marcha. Tampoco tengo interés en provocar, cada cual tiene su visión y también tiene que haber fundamentalistas…Pobrecitos, que vivan…Y con todo lo que pueda parecer y extrañar, Omega es un espectáculo clásico, pues empiezo con martinetes y otros palos como únicamente sé cantar, para ir creando un clima que conduce al Poeta en Nueva York. Un espectáculo que en el extranjero lo acogerían divinamente, y aquí no hay producción ni hay nada, sólo la voluntad de un grupo de amigos artistas por sacarlo adelante. Y encima, la crítica está de uñas con nosotros…Vivimos en el país –me duele decirlo porque suena a bocazas- de la envidia. (A Manuel Martínez Cascante)

 

Fue evidente que el maestro se había sentido molesto por la incomprensión e incluso la inquina de algunos flamencólogos y aficionados. Por otro lado, quiero subrayar que Enrique Morente imparte a través de todas sus numerosas palabras sobre Omega una auténtica lección de conceptos para el entendimiento del mismo.

A Estrella Morente, también protagonista de Omega, aunque en menor medida, las circunstancias de su génesis y “rodaje” le proporcionaron una experiencia vital y artística única y extraordinaria, tal como ella misma lo comentaba a Javier Primo:

“…Era un momento impresionante de mi vida porque tenía 15 o 16 años. Ese momento en que empiezas a vivir las primeras emociones fuertes, a extender tus alas, a salir y entrar, que empiezas a echar alma, cuerpo y todo. Y me llegó la gira de Omega en el verano del 97, cuando dejé el colegio después de terminar la EGB. Estábamos e pleno veraneo. Me subí al escenario en Cádiz y, como me sabía la obra entera, mi padre me dejó que me uniera. Imagínate, me he metido en el mundo del cante de manera impresionante, cantando con Lagartija Nick. Era flamenca y estaba cantando por bulerías con los Lagartija…Para mí Omega fue una liberación de todo, de todo…Me permitió conocer a gente. Íbamos a sitios que no te puedes ni imaginar. La gente sumamente rara: hippies con cresta, super heavies, con piercings, y venían al camerino y yo lo veía natural, eran mis troncos, mis colegas. Luego iba a otro lado y estaban los más rancios de todos los gitanos, y tenías que bregar con todo el mundo. Y eso me ha dado una apertura mental que espero seguir alimentando día a día. Aquello fue como un culto, como una religión. Tenías que vernos salir al escenario, era guauuu; mi padre con smoking y zapatillas, los pelos de punta. Nos presentaban: ‘Enrique Morente y Lagartija Nick’, y todos al escenario, con la gasa echada por lo alto, con los pelos amarillos, verdes, las caretas, los bailaores y la carne de gallina. No tengo palabras para describirlo. Te lo juro…”.

También interesa añadir a las anteriores declaraciones de Leonard Cohen, las que hizo a Alberto Manzano (traductor de sus canciones) en El Europeo:

“Me encantaría verme mezclado con el flamenco una vez en mi vida porque amo esa música. Si pudiera encontrar alguna manera de colaborar con un artista tan grande como Morente, sería maravilloso. Sería como si Ray Charles cantara una de mis canciones, o Aaron Neville, que es uno de mis cantantes favoritos. Si mis canciones fueran traducidas al flamenco, me sentiría muy conmovido. Nadie ha hecho eso nunca por mí”.

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Morente, el “hermano de Lorca”

Ayer, 27 de octubre se estrenó en Barcelona el filme documental de José Sánchez-Montes que celebra el XX aniversario de la publicación del disco Omega, obra maestra del flamenco y de la música en general, que vincula, entre otras, las figuras de  Federico García Lorca y Enrique Morente.

Me uno a los eventos que conmemoran tan feliz encuentro exponiendo los detalles  de la hermandad literaria y musical que existió entre los dos grandes artistas granadinos.

 

Morente, el “hermano de Lorca” 

Conferencia leída el 14 de abril de 2013 en la Facultad de Filosofía y letras de Granada con ilustración musical de Soleá Morente y Juan Habichuela, nieto.

 

Con Morente, como con Lorca, no hace ni frío ni calor: hace Morente…”

Javier Rioyo

 

 

En la inmensa obra de Enrique Morente de acoplar la poesía culta al flamenco, (100 cantes de 41 poetas y poetisas) los poemas de Federico García Lorca ocupan el lugar más señalado, tanto por su número (38 poemas o estrofas) cuanto por la constancia en la tarea de adaptación. Los versos de Lorca constituyen la materia lírica de 22 palos flamencos diferentes. Son protagonistas en discos como En la Casa-Museo de Federico García Lorca, Morente-Lorca, Omega y Llanto, pero aparecen igualmente en mayor o menor medida en los siguientes trabajos discográficos: Morente en vivo. Negra, si tú supieras. La luz que se apaga, Algo pa nosotros (colaboración con la Barbería del Sur) y a título póstumo en disco de Dorantes Sin muros. También en las composiciones del maestro para el teatro: La Casa de Bernarda Alba de Ángel Facio, y en Yerma y Así que pasen cinco años de Miguel Narros, y Los Caminos de Lorca (coautor con Carmen Linares).

 

 

El 4 de junio de 2009 Enrique Morente fue galardonado con el Pozo de Oro, la insignia que concede la Casa-Museo de Federico García Lorca de Fuente Vaqueros, a los artistas y personalidades que se distinguen por la labor de divulgación de la obra del genial poeta granadino. Ninguno lo mereció tanto como Enrique Morente…

 

Morente-Lorca

Un día, en Granada, llegó a mis manos una obra de García Lorca, Doña Rosita la Soltera, y mira que estaba entonces leyendo nada más que novelas del Oeste y tebeos y, al mirar la contraportada de la obrita aquella, leí que Lorca había muerto en accidente, y siempre había oído yo que lo habían fusilado en la Guerra Civil, y eso me causó tanta curiosidad que abrí el librito y me lo tragué de una sentada. Aquella obra caló muy hondamente en mí, que olía, vamos que vivía aquellos olores que parecían salir de las páginas de Doña Rosita la Soltera. Veía el Albaicín, que es donde yo nací, con aquellos olores que bajaban de las paredes. Después, seguí leyendo novelas del Oeste, pero no se me olvidó a mí en la vida aquella lectura de García Lorca”.

 

“Parece como si nos hubiésemos conocido personalmente, como si tuviésemos una relación familiar. Pero él sólo existe ya en el aire, y nosotros estamos todavía aquí bebiéndonos un vaso de vino. La primera vez que canté a Lorca lo canté en París…llevo toda la vida cantando a Lorca”. (A Hans Ulrich 0brist, Paris, 2003)

 

Primero canté a Miguel Hernández, aunque el primero que conocí fue Federico García Lorca”.

 

El 5 de mayo de 1972, cantó en la sede de París de la Organización Mundial de la Cultura dependiente de la ONU, “acompagné à la guitare por Gonzalo Ortega”, según se puede leer en el cartel anunciador. En el repertorio del recital Enrique incluyó el poema ‘El lenguaje de las flores’ de Federico García Lorca, tema que se iba a convertir en uno de los más emblemáticos del cantaor. Ay, mare, llévame a los camposcanción del acto II de ‘Doña Rosita la soltera’, disco En la Casa-Museo…. Este poema fue el primero de Federico que Enrique cantó (por tangos) y apareció en el disco “pirata” Morente en vivo (1974). Aprovechó su estancia en París para dar un recital privado –Simone de Beauvoir entre los asistentes- en la mítica librería inglesa del barrio Latino, “Shakespeare & Company. “Supremo hogar cultural” frecuentado por todos los grandes escritores e intelectuales del siglo XX que hablaron y escribieron en inglés: James Joyce, Ernest Hemingway, Samuel Becket, Gertrude Stein, entre otros y otras.

 

El año 1985, fue de intenso trabajo como los anteriores. Enrique comenzó participando en febrero, en las jornadas dedicadas a García Lorca, organizadas por el Teatro Español, con motivo del cincuentenario de Yerma, a cuya lectura escenificada puso música y el eco de su voz inconfundible

En 1986 Estuvo en el auditorio a cielo abierto del Generalife de Granada, en la Noche Flamenca de Homenaje a García Lorca, con motivo del cincuenta aniversario de su fusilamiento; noche en la que intervinieron, además, sus paisanos Manolete y El Polaco, así como Ramón el Portugués, Gerardo Núñez y la bailaora estadounidense La Cintia.

“…El homenaje a Lorca se quedó en realidad en unos cantes hechos por Enrique Morente al final de su actuación, sobre textos del poeta que murió (SIC) hace 50 años. Textos de Yerma, Doña Rosita la Soltera, y aun algunos entreverados con coplas populares. Además, sin mucha variedad en los géneros flamencos, casi todo tangos, con algo por bulerías en la última serie.

Y el año 1989 Morente, compuso la música de Así que pasen cinco años por encargo de Miguel Narros, director de la versión de la obra de F. García Lorca.

 

A mediados de julio de 1990 se presentó en la casa natal de Federico García Lorca el disco por encargo de la Diputación Provincial de Granada para honrar la memoria del poeta. La elección había recaído naturalmente en Enrique, quien venía cantando los versos de Federico con seriedad, belleza y constancia, desde hacía más de veinte años, tal como señaló muy bien Miguel Ángel González, en su crónica al respecto:

“Cuando hace más de tres años se iniciaron las gestiones para que este elepé viese la luz. Enrique Morente ya tenía experiencia en dar expresión flamenca a la poesía lorquiana. Por lo menos, desde los albores de los setenta, primer cantaor que llevó el flamenco –y a un Lorca en flamenco– a la sede de la Unesco en París, y la madurez del proceso de elaboración se nota en el disco. Como también se nota y se agradece la imponderable virtud de no parecerse a nada de lo que ya se ha realizado en este campo… En este Lorca-Morente, no existe mimetismo musical, sino con el tono inconfundible del propio Enrique, la convicción de que nadie sino él, podía hacer así tan delicado trabajo…”.

El 16 de mayo 1994: Residencia de Estudiantes, Madrid. “Tenía que ser Enrique Morente quien trajera el cante a la Residencia de Estudiantes, de Madrid, el mismo centro donde su paisano inmortal llamado Federico García Lorca pasó un tramo de su juventud, y a la misma sala donde el poeta habló un día de cante jondo. Morente por añadidura, ha sido quien más ha cantado y probablemente con más inteligencia los versos de Federico”. (El País).

 

El Alfa del Omega

En 1995 me enteré de que Morente andaba ya ensayando con los Lagartija Nick, grupo granadino con el que el cantaor había querido colaborar.

La noticia de tan extravagante empresa se justificaba de este modo en El País de Andalucía en el mes de agosto de 1995:

“El cantaor flamenco Enrique Morente y el grupo punk han decidido colaborar en la edición de un disco en el que confluirán el cante jondo y las últimas tendencias del rock basándose en uno de los poemas que escribió Federico García Lorca poco antes de ser asesinado en 1936: ‘Omega’ (poema para muertos). De seguir adelante el proyecto, el disco podría ser editado por la multinacional a la que pertenece Lagartija Nick, a finales de este año”.

“La banda de rock llevaba más de un año acariciando la idea de trabajar junto al reciente Premio Nacional de Música, cantaor por el que los músicos de Lagartija Nick han mostrado en diferentes ocasiones su admiración, hasta el punto de utilizar en muchos de sus conciertos fragmentos de Misa Flamenca como sintonía de introducción”.

Omega, un poema breve e intenso que cierra el libro Tierra y Luna, será musicado (sic) con un ritmo basado en la chía granadina, una marcha procesional del Jueves Santo, y mezclado con bulerías. Según el líder del grupo, Antonio Arias, la intención no es hacer una fusión entre rock y flamenco, sino profundizar en las raíces de ambos géneros musicales”.

 

Cantando a sus poetas

El 26 de mayo de 1996, “Morente interpretó poemas de Machado, hermanado con Lorca, en el aniversario de Cinco a las cinco. Los actos de conmemoración incluyeron, entre otras actividades, la actuación de Enrique Morente con Lagartija Nick, que interpretaron sus originales versiones de poemas de Lorca. Morente cantó además poemas de Machado. El concierto revistió las características de una fiesta popular al aire libre en la plaza de Fuente Vaqueros

 

Y el 7 de julio ocurrió una “deliciosa” velada musical con Morente y Tomatito en la Huerta de San Vicente, de Granada. Tras un recital en la línea más clásica, Enrique, Estrella y Aurora, interpretaron una selección de canciones populares de la Vega de Granada, conservadas por la familia Lorca. Tomatito tocó una guitarra que fue de Federico para acompañar a Morente por siguiriyas.

 

 

El 21 de mayo de 1998 cantó en el Teatro Principal de Valencia “Las músicas de García Lorca”,

 

 

Nuevo Disco

A principios de noviembre del 98 la multinacional Virgin en su sello Chewaka lanzó al mercado el nuevo trabajo discográfico de Morente, que recibió el título de Morente-Lorca. Se trataba, en gran parte, de una recuperación del disco de 1990, Enrique Morente, En la Casa-Museo de Federico García Lorca, convertido en disco casi mítico por dos motivos: su belleza y su rareza, o mejor dicho su inexistencia, a causa de las circunstancias, institucionales, de edición que lo habían hecho desaparecer del mercado. Toda la prensa nacional, y en particular El País con tres artículos, cubrieron ampliamente el nacimiento del “heredero”.

El disco vio también la salida a la venta en Francia, editado por Virgin France.

 

E iniciándose el último año del siglo XX, el 2000, se proyectó en el Parque de las Ciencias de Granada, El Universo de Lorca. Uno de los momentos cumbre de la proyección tiene lugar cuando la cúpula estrellada del planetario del Parque se va tapando poco a poco, con grandes rascacielos que se elevan hasta el infinito, bajo la voz temblorosa y estremecida de Enrique Morente, interpretando el poema ‘La Aurora de Nueva York`. El cantor asistió el 16 de enero, junto al resto del equipo de producción –formado por un centenar de personas- a una proyección de este documental, que llevaba más de un año en cartelera en los principales planetarios del país. El documental, con guión de Juan Mata y banda sonora del músico Henry Kneur se había estrenado en 1998 coincidiendo con el centenario del nacimiento de García Lorca.

 

 

Reedición de una obra maestra

En Junio 2001 se volvió a editar el que los críticos llamaron “El disco perdido de Enrique Morente”, es decir, el LP En la Casa-Museo Federico García Lorca, convertido en auténtica pieza de deseo de los coleccionistas de discografía flamenca.

 

Y Diego A. Manrique escribió en relación con el disco precedente a Morente-Lorca, al que Morente aludía: “El disco perdido de Enrique Morente… La compañía granadina Big Bang ha puesto finalmente en el mercado uno de los discos más codiciados por los amantes del flamenco. Se trata del emocionante primer trabajo de Enrique Morente, consagrado a adaptaciones de Lorca. Titulado Enrique Morente en la Casa-Museo Federico García Lorca de Fuente Vaqueros, en realidad se trata de una grabación hecha por el cantaor en un estudio madrileño, allá por el año 1990…Desde hace años era inencontrable: fue un encargo de la Diputación Provincial de Granada, que lo publicó en una tirada corta destinada a obsequios del protocolo…Se han pagado hasta 25.000 pesetas por cada copia en vinilo negro que llega al mercado de coleccionistas…Evidentemente, el arte de Morente no sabe de prisas”.

 

 

 

 

El 19 julio 2004 se presentó el espectáculo Los Caminos de Lorca, en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, de cuya música fue autor, junto a Carmen Linares… con Belén Maya, Rafaela Carrasco y Manuel Liñán, en el que también se bailaban músicas de Carmen Linares y el guitarrista granadino Miguel Ochando.

 

 

 

“Cátedra flamenca Federico García Lorca” 2004.

Antes, el 16 de diciembre, concierto de Enrique Morente en el aula magna de la Universidad Carlos III de Getafe, para inaugurar la primera edición de la Cátedra de Flamenco Federico García Lorca, dirigida por Á. Álvarez Caballero. A pesar de que esa noche Morente dio un recital íntimo y flamenquísimo, acompañado por la guitarra de Manuel Parrilla, tan buen cimiento no fue suficiente para sostener la incipiente Cátedra que pasó a mejor vida sin apenas frutos. “La Cátedra nace con la idea de tomar una línea innovadora de investigación y desarrollo en torno al flamenco. Así, el curso de ‘iniciación al arte flamenco’, recoge desde diferentes…”

 

Homenaje a Federico

(Celebrado el 5 de junio de 2006)

El “5 a las 5” en Fuente Vaqueros cantaron Enrique y Estrella en la plaza principal del pueblo ante unos cuantos miles de personas de todas las clases sociales y edad, que abarrotaron el espacio al aire libre destinado al acto.

 

 

 

Morente y la Huerta de San Vicente

Y hacia finales de junio 2006 se publicaron sendos artículos de prensa en los que se destacaba el papel desempeñado por el cantaor en los proyectos culturales celebrados y por celebrar en Granada en torno a la figura de Federico García Lorca

Se trataba en primer lugar de ‘Los ‘Conciertos de la Huerta’, que ese año vieron cumplidos sus diez de vida después de que en 1996 fueran inaugurados por Enrique Morente. En rueda de prensa, Morente destacó, el alto nivel alcanzado por el ciclo durante sus existencia, a la vez que recordó como “un momento muy especial” su actuación en la Huerta San Vicente, la Casa-Museo de Federico García Lorca, a la que, según dijo, asistió la hermana del poeta, Isabel García Lorca. Por su parte, la sobrina-nieta del escritor, Laura García Lorca, aseguró que la figura de Morente encajaba con el espíritu que desde la Huerta San Vicente quería impulsar. “Desde el flamenco, Enrique representa todas las vertientes artísticas, apuesta por las vanguardias a la vez que sigue aprendiendo de las raíces”, aseguró.

 

 

 

 

El 27 de noviembre de 2007 tuvo lugar en la Huerta de San Vicente y organizada por la Fundación Federico García Lorca la inauguración de una exposición multidisciplinar de campanillas, titulada Everstill/Siempretodavía. La casa veraniega de los Lorca en la vega de Granada se convirtió a partir de ese día y con fecha de caducidad nueve meses más tarde (el 20-08-2008) en un museo contemporáneo minimalista. Se trataba de rendir un homenaje de envergadura artística mundial -orquestado por el suizo Hans Ulrich Obrist, 8, ‘El sonido del silencio’ (cantes de Morente), de Enrique Morente Los cantes de Enrique Morente, que se escuchaban sotto voce de manera permanente se dejaban oír desde la parte central de la planta baja y bajo las escaleras que conducían a la primera. Estos cantes fueron recogidos parcialmente en el tema ‘compases y silencios’ del disco Pablo de Málaga.

 

 

 

 

 

Morente, “el hermano de Lorca”.

Antonio Martínez Caler, presidente de la Diputación de Granada, impuso el 4 de junio de 2009 la insignia al cantaor Enrique Morente en el teatro municipal de Fuente Vaqueros. El cantaor granadino recibió el Pozo de Oro en el 111 aniversario del nacimiento del escritor de Fuente Vaqueros. Federico me despertó la sensibilidad poética, y ¡esta ya es mía y no me la quita nadie!, exclamaba Enrique Morente mostrando la medalla. La emoción llenaba el ambiente del Teatro Municipal Federico García Lorca de Fuente Vaqueros. Un reconocimiento a la trayectoria profesional del cantaor, siempre divulgando la obra de Federico García Lorca. No puedo explicar mi agradecimiento a un artista de esta dimensión. Otros hablarán de Federico igual que yo, pero nadie lo hará más… Mi cultura, en realidad, era de primer o segundo curso de colegio. Leía novelas del oeste todo el tiempo, hasta que cayó en mis manos ´Doña Rosita la soltera´. Acostumbrado a historias de indios y vaqueros, pensé que aquello era otra cosa. Resulta curioso: despertó en mí un sentimiento poético… Ahora puedo decir que leer a Federico es una sorpresa constante, porque cada poema suyo es diferente cuando se vuelve a releer de nuevo.

Llanto en Fuente Vaqueros

26 de enero de 2010, Morente presentó en la casa-museo de Federico su último trabajo en el que da voz y sentimiento a la primera y última de las cuatro elegías que componen el ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, de Federico García Lorca. Al acto de presentación del nuevo disco en Fuente Vaqueros acudieron la sobrina del poeta, Laura García-Lorca, el presidente de la Diputación, Antonio Martínez Caler y el delegado de Cultura de la Junta de Andalucía, Pedro Benzal. “Otra vez, Morente es más Lorca”, dijo Martínez Caler. “Y ahora, otra vez, Lorca es más Morente, en una comunión perfecta para el Llanto de Ignacio Sánchez Mejías. Un réquiem para Ignacio y Federico desde lo jondo de la voz, la pena y el duende, desde la siempre maestría de Enrique Morente”. El cantaor ha grabado el disco completamente en solitario, cantando él todas las voces de lo que parece una completa coral flamenca y tocando incluso la guitarra. Tan sólo le ha acompañado en este aventura Eric Jiménez, batería de Los Planetas y Lagartija Nick, que incluye algunas percusiones. Se trata por tanto, de uno de los discos más personales del cantaor y una “pequeña joya”. Morente dijo que había grabado el disco “en agradecimiento por la concesión del Pozo de Oro de la casa en el año 2009″. “Esta casa ya es parte de mi vida”, declaró orgulloso el cantaor. Luego señaló: “Se trata de un trabajo inacabado. Faltan los dos poemas del centro del libro. Si llego a saber el recibimiento que está teniendo el disco, habría hecho esos otros dos poemas. El cantaor señaló que a él lo mueve una admiración personal hacia Federico García Lorca desde que cayó en sus manos la obra Doña Rosita la Soltera en los años en que él se había marchado a Madrid. Lo leí en plena fatiga emigrante y me recordó a Pinos Puente y La Vega, y en ese libro vi Granada. Ese libro tenía una belleza que explica por qué Lorca nos ha afectado a todos. También he querido rendirle tributo a Ignacio Sánchez Mejías, un torero absolutamente fascinado por la cultura y entrañable amigo y mecenas de la Generación del 27.

 

“¿Qué es el duende?”.

Se ha escrito mucho sobre lo que es el duende. No estoy seguro, pero creo que fue algo que inventó F.G.L., en esa forma suya abstracta de transmitir anti convencionalmente lo que quería expresar. Es una expresión que ha llevado a muchas confusiones. No por culpa de Federico, sino porque muchas veces no se ha entendido lo que quería decir. Es más sencillo de lo que parece. Se trata de la comunicación, de la inspiración. Un pellizco que vale tanto para el cante como para el toreo, la pintura o el arte. Cuando el público dice olé sin saber por qué lo dice. La misma sensación que todos hemos sentido ante un cuadro o una obra de arte“.

 

 

 

Son numerosísimas las opiniones de Enrique Morente vertidas a innumerables medios de prensa:

“…De Leonard Cohen escogí ‘Manhattan’, ‘Halleuljah’, ‘Priests’ y ‘Take this waltz’ (el pequeño vals vienés). Con este último descubrí Poeta en Nueva York. Así que el disco ha acabado siendo mi visión flamenca de Poeta en Nueva York con un artista invitado, Leonard Cohen, que es un extraordinario poeta…El ‘Poema para los muertos’ es el que da sentido a todos los demás. Nadie quería abrir con él, porque salir con un tema de once minutos y proponerse vender alguna copia parecía un disparate. Pero es imposible acercarse a una obra tan difícil y superrealista como Poeta en Nueva York si no te deshinibes, si no buscas…En Poeta en Nueva York, Lorca rompe con su manera anterior de escribir, crea un estilo nuevo que yo creo se parece más a la pintura que a la poesía. Por eso, al principio, todo parecía demasiado lunático, pero cuando subes la primera cuesta, todo es más fácil. Es curioso que en cuanto tocas las cosas un tiempo, lo raro se hace familiar, la oscuridad toma cuerpo y se convierte en algo muy cercano. La verdad es que parece mentira que tenga que pasarme por Nueva York para hacer un disco sobre Lorca, al que he tenido al lado toda mi vida. Omega no es un disco de ‘nuevo flamenco’, es un álbum de poesía cantada, siguiendo los cánones del jondo…Lo de Poeta en Nueva York es poesía del siglo que viene y yo tenía muy claro que necesitaba una música ácida, que no fuera convencional y que resultara superrealista como la obra de Lorca

(Más sobre Poeta en Nueva York) “… No es que Lorca se repita porque tiene muchas facetas; es la universidad, la taberna, el pueblo, el campo, la ciudad, el cabaret, el desdoblamiento de la personalidad del travestí, y también el tópico de la navaja. Poeta en Nueva York siempre ha sido un reto para cualquiera que haya querido cantar a Lorca, pero yo siempre me he tirado al vacío, ¿por qué no me iba a tirar una vez más?

Lo que más me atrae del poema ‘Omega’ es que cada verso es una constante en la obra de Federico: ‘Tengo un guante de mercurio y otro de seda’. Las hierbas, la espera, son imágenes dentro de una idea superrealista-abstracta, repetidas en toda la poesía de Lorca. Muchas veces lees ese poema y no sabes lo que quiere decir, pero las frases te gustan y te atraen, que es lo que pasa con Federico, porque siempre son artísticas.

 

 

 

Opiniones sobre Omega:

La joven profesora Irene Mainer, de la Universidad de Zaragoza, realizó un estudio poético-musical, aportando un original e interesante punto de vista: “… La traducción que Morente ha hecho de Poeta en Nueva York no se queda en la mera transcripción de la obra de un lenguaje a otro, sino que es también un brillante trabajo de interpretación y de creación. Musicalmente es un disco difícil en una primera audición, pero como ocurre con las buenas novelas, cada nuevo encuentro resulta más agradable y siempre sorprendente. Literariamente es tan maravilloso como puedan ser Lorca, Cohen y Morente, cada uno en su especialidad. A pesar de que Morente no tenga el vasto conocimiento literario que pudo tener Lorca o pueda tener Cohen, tiene algo equivalente: una gran intuición y un exquisito buen gusto. La introducción de la poesía popular dentro de composiciones surrealistas es un ejercicio arriesgado que Morente hace perfectamente por instinto. No hay nada forzado o artificial en todo el Omega y la música discurre suavemente por entre las palabras de los poemas, unidos como un todo. Morente ha trabajado en este caso como haría un escultor, tallando en la piedra para sacar de dentro la figura. Escuchando los poemas para extraer su melodía y poderlos cantar con su voz tan flamenca. Por eso ha respetado tanto la forma de los poemas de Lorca, porque en vez de superponer una música al texto, ha dejado fluir la música que llevan las composiciones del poeta granadino…”,

 

 

 

Llanto

Y llegamos a la que sería la última producción discográfica en estudio del maestro. Una obra que podríamos titular “Réquiem por un cantaor”, réquiem por Enrique Morente. Me pregunto si él no sentiría o presentiría algo indefinible al componer esta obra. Obra conmovedora en el contenido y en la forma. El contenido literario: el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” de Federico García Lorca, no en toda su extensión sino en el primero y cuarto poema: ‘La cogida y la muerte’ y ‘alma ausente’. Versos terribles que por ser muy conocidos y escuchados no dejan de ser menos perturbadores y trágicos. El contenido musical: apuntes de cante jondo y recitados con voces graves, profundas y henchidas de seriedad

Los textos se disponen en tres partes musicales que van de lo complejo a lo elemental y a lo desnudo. En la primera parte Morente desgrana íntegramente los versos de ‘La cogida y la muerte’ en una pieza elaborada con elementos diversos que recuerdan otras composiciones anteriores, como ‘Martinete’ y ‘La última carta’ de Morente sueña la Alhambra, pero especialmente al tema ‘Compases y silencios’ del disco Pablo de Málaga. De los tres recupera los ecos polifónicos naturales o sintéticos que sirven de contrapunto a la línea melódica de su cante o recitados. Del tercer tema recupera, además, el compás por soleares que marcan continuamente los nudillos de Morente, la percusión electrónica y los golpes de batería Eric Jiménez que lo subrayan.

En la segunda parte se acompaña con guitarra Morente mismo – y esto es una auténtica novedad en toda su carrera-   en apuntes leves por soleares y fandangos. El toque lo ejecuta con los acordes básicos de la soleá para cantar y recitar las estrofas de ‘Alma ausente’. El resultado intencionado nos desvela un esquema primario del flamenco, del cante jondo. En la tercera parte vuelve a los versos de ‘La cogida y la muerte’, pero ahora se despoja de todo aditamento instrumental y deja en cueros su voz, una voz herida que grita, musita y tantea por soleares, siguiriyas y saetas: “A las cinco de la tarde…”. Y la voz herida de Enrique Morente se apagó para siempre casi a las 5 en punto de la tarde en un húmedo día del mes de diciembre, pero seguirá viva en sus discos…

 

 

Cantes de Enrique Morente con versos de F. G. L.:

I-Aires abandolaos:

  • Yo vuelvo por mis alas/dejadme volver…Canción del acto I de ‘Así que pasen cinco años’ (Disco En la Casa-Museo de Federico García Lorca 1990)

 

II-Bamberas:

  1. Ay, cómo relumbraba/ay, cómo se cimbrea, la casadaCanciones de la romería de ‘Yerma’ (En disco Morente-Lorca, 1998)

III-Bulerías:

    1. Señor, que florezca la rosa/no me la dejéis en sombra…coro del acto III, cuadro 2º de ‘Yerma’ (disco En la Casa-Museo de Federico García Lorca, 1990)
    2. Nana, nanica, nanacanción del acto I, cuadro 1º de ‘Yerma (disco anterior)
    3. Señor, calma con tu mano/las ascuas de su mejillacoro del acto III, cuadro 2º de ‘Yerma’ (disco anterior)
  • Yo vuelvo por mis alas/dejadme volvercanción del acto I de ‘Así que pasen cinco años (disco Negra, si tú supieras, 1992)
  • El pastor bobo guarda las caretasmonólogo del final de ‘El Público’ (disco Omega, 1996)
  • (bulería por soleá): La aurora de Nueva York tiene/ cuatro columnas de cieno… de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Omega)
  • (bulería por soleá): No solloces, silencio/que no lo sientan, que no lo sientan…’Omega’, ‘Poema para muertos’ (disco Omega).
  • (bulería por soleá): Por qué duermes solo, pastor…acto I canciones de ‘Yerma’ (disco La luz que se apaga, 2002 ).

 

IV-Cabales:

  • Empieza el llanto de la guitarrafragmento de ‘La guitarra’ (disco Morente Flamenco –Argentina- 2009)

 

V-Canciones:

    1. (por rumbas): No te pude ver/cuando eras soltera…canción del acto III, cuadro 2º de ‘Yerma’ (disco En la Casa-Museo…)
    2. (tangos lentos): Ay, mare, llévame a los camposcanción del acto II de ‘Doña Rosita la soltera’, disco En la Casa-Museo…. Este poema fue el primero de Federico que Enrique cantó (por tangos) en el disco “pirata” Morente en vivo (1974), también lo canta con variaciones rítmicas en el disco Morente-Lorca, 1998)
  • (por tientos): Nadie puede abrir semillas/en el corazón del sueño…poema del acto III, cuadro 1º de ‘Así que pasen cinco años’ (en discos En la Casa-Museo y en Morente-Lorca , con variaciones rítmicas)

 

VI-Caña:

  1. No duerme nadie/por el cielo nadie… ‘No es sueño la vida/alerta, alerta…de ’Ciudad sin sueño’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Omega). En la segunda estrofa, se mantiene el compás de la caña, pero Morente la canta en tono de siguiriya.

 

VII-Fandangos:

  • La esposa triste se bañaba/en el río de la sierra coro del acto III, cuadro 2º de ‘Yerma’ (disco en la Casa-Museo…)
  • Nadie comprendía el perfume/de la oscura magnolia de tu vientre…’Gacela del amor imprevisto’ de Diván del Tamarit. (disco Morente-Lorca)
  • Para ver que todo se ha ido/para ver los huecos y los vestidos … ‘Nocturno del hueco’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco anterior)
  • El brusco rumor del bosque/el cielo daba portazos …’Gacela del amor imprevisto…’ (disco anterior)
  • (En tonos de Huelva): Odian la sombra del pájaro/sobre la pleamar de la blanca mejilla …’Norma y paraíso de los negros’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Omega).

 

VIII-Granaínas:

  1. Entre las formas que van hacia la sierpe/y las formas que buscan el cristal…’Vuelta de paseo’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Omega).

IX-Jaleos:

  • Las estatuas sufren por los ojos/con la oscuridad de los ataúdes…’Niña ahogada en el pozo’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Omega)

 

 

 

X-Martinete:

  • Como la noche es interminable/cuando se apoya en los enfermos…’Luna y panorama de los insectos’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Omega)

 

XI- Nanas:

  • En el arroyo frío /lavo tu cinta…Canciones del acto II, cuadro 1º de `Yerma’, (cantada en el Festival Pirineos Sur, julio 97)

 

XII-Recitados:

  • Cuando llegue la luna llena/iré a Santiago de Cuba en un coche de agua negra…’Son de negros de Cuba’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Algo pa nosotros de La Barbería del Sur, 1997)

 

XIII-Rumbas:

  • En esta romería/el varón siempre manda…coro del acto III, cuadro 2º de ‘Yerma’ (disco En la Casa-Museo…)
  • El cielo tiene jardines/con rosales de alegría…Canciones de la romería de ‘Yerma’ (disco Morente-Lorca).

 

XIV-Saetas:

  • Cristo moreno pasa/de lirio de Judea… ‘Saeta’ de ‘Poema del cante jondo’ (disco En la Casa- Museo…)

 

XV-Siguiriyas:

  • Miradlo, miradlo/por donde viene…’Saeta’ de ‘Poema del cante jondo’ (disco anterior).

 

XVI-Soleares:

  • Árbol de sangre siembra la mañana/por donde gime la recién parida…’Adán’ (soneto) de ‘Primeras canciones’ (disco Omega)
  • (Morentina): No te conoce el toro ni la higuera/ni caballos ni hormigas de tu casade ‘Alma ausente’, en ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’ (disco Llanto, 2010)

 

XVII-Tangos:

  • La lola canta saetas/los torerillos la rodean/…Los saeteros están ciegos…’Balcón y madrugada’ del ‘Poema del cante jondo’ (disco En la Casa-Museo…)
  • Ay, cómo relumbraba/ay cómo relumbra…coro acto III, cuadro 2º de ‘Yerma’ (disco En la Casa-Museo…)
  • No te pude ver/mas de casada…Canciones de la romería de ‘Yerma’, (disco Morente-Lorca)

 

XVIII-Tanguillos:

  • Cayó una hoja/dos y tres/por la luna nadaba un pez… ‘Vals en las ramas’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Omega).

 

 

XIX-Tientos:

  1. (en ritmo de bolero): Y si el sueño finge muros/en la llanura del tiempo…final de “La leyenda del tiempo’ de ‘Así que pasen cinco años’ (disco Morente-Lorca)
  1. La noche se está muriendo/En el filo de la piedra/Pájaros de la mañana/Por los árboles se quiebran…(Leonardo en Bodas de Sangre) cantada el 11-10-08, XV Bienal de Sevilla. Recogida en el disco de Dorantes Sin Muros (colaboración grabada en 2010)

XX-Tonás:

  1. Ay, pero como el amor/los saeteros están ciegos/…sobre la noche verde… ‘Madrugada’ de ‘Poema del cante jondo’ (disco en la Casa Museo…)

XXI-Tarantas:

  • Cómo fue/una grieta en la mejilla/eso es todo… ‘Asesinato’ de ‘Poeta en Nueva York’ (disco Morente-Lorca)

 

XXII- Morentinas:

  • A las cinco de la tarde/eran las cinco de la tarde …’La Cogida y la muerte’, de ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’ (en disco Llanto. Morente canta dos variantes del mismo poema, la primera con composición vocal e instrumental compleja, y la segunda a capella y con entonaciones distintas)

 

 

 

Presentación de Soleá por mí con palabras de su padre, Enrique Morente

Lo de la saga de los Morente… Ahora parece que están de moda, pero lo que quiere decir es que me están creciendo los enanos [Enrique ríe a carcajadas]. Además, todos estos que vienen detrás de mí, de mi familia, cantan mejor que yo, que es una putada. Fuera de broma, al mismo tiempo, es una alegría, principalmente es una alegría. Soleá ha terminado la carrera de Hispánicas y estoy muy orgulloso no sólo por tener a una universitaria en la familia, sino porque ha terminado unos estudios que a mí me apasionan como cantaor; la literatura siempre me ha interesado. Pero ella ha cantado y ha bailado de siempre, desde pequeña, igual que Estrella y el Morente chico.

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos de Flamenco. 30 Conciertos de Enrique Morente

Adentrados ya en la programación de la Bienal de flamenco de Sevilla 2016, quiero recordar el concierto extraordinario con el que Enrique Morente clausuró la Bienal de flamenco 2008

 

11 de octubre de 2008, Teatro de la Mestranza. XV Bienal de Flamenco de Sevilla.

 

Guitarristas: Pepe Habichuela, David Cerreduela y Paquete.

 

Soleares          (Salida cuadrada de toque y cante)

Apolás:                      Le quise cambiar y no quiso,

                                   Que yo le quise cambiar y no quiso.

                                   Cambiar y no quiso,

                                   Un pañuelo de lunares

                                   Por otro de fondo liso.

                                   —————————

                                   De feria de Ronda.

                                   Vengo de feria de Ronda,

                                   Traigo camuesas y peros

                                   Y batatitas borondas.

                                   —————————

                                   Lo que pasó en Veracruz

                                   Horroriza y causa espanto.

                                   Dieron la muerte a un ministro

                                   Que llevaba el óleo santo.

                                   Lo que pasó en Veracruz

                                   Horroriza y causa espanto.

                                   ——————————

                                   Qué cosilla más sensible,

                                   Yo voy a pelear con la muerte

                                   Y alcanzarla es imposible.

                                   ——————————

Soleá petenera: En la Habana hice una muerte,

                                   La Puebla me sentenció.

                                   La Habana dice que muera,

                                   alma y vía de los dos,

                                   La Puebla dice que no.

                                   En la Habana hice una muerte

                                   La Puebla me sentenció.

 

Cabales:                     Empieza el llanto de la guitarra,

                                   se rompen las copas de la madrugá.

                                   Empieza el llanto de la guitarra.

                                   Llora como el viento sobre la nevá.

                                   Es inútil callarla,

                                   es imposible callarla.

                                   Ay, llora monótona, como llora el agua.

                                   Ay, es inútil callarla,

                                   es imposible callarla.

                                   Ay, llora por cosas lejanas.

                                   (Texto de Federico García Lorca)

                                   ——————————-

                                   Ábrase la tierra,

                                   no quiero vivir.

                                   Ábrase la tierra,

                                   no quiero vivir.

                                   Que pa vivir como yo estoy viviendo,

                                   Ayay, prefiero morir.

                                   ———————————

                                   De un buen morito a un buen cristiano

                                   eso nunca se dará,

                                   así se vuelva mora

                                    (semi tonos)

                                   toíta la cristiandad.

 

Alegrías:                    (Salida cuadrada)

                                   Leleleleleleleleelellelee

                                   Tirititrán….

                                   Grande locura era negarlo,

                                   que es verdad que te había querío.

                                   Pero, tú pa mí acabates,

                                   así vivieras cien años.

                                   ————————

                                   Que una tórtola canta

                                   en un almendro,

                                   y en su cante decía,

                                   viva mi dueño,

                                   viva mi dueño, niña,

                                   viva mi dueño,

                                   una tórtola canta

                                   en un almendro.

                                   ——————————

                                   El cielo se me nubló,

                                   las nubes se oscurecieron.

                                   El cielo se me nubló,

                                   el día que me dijeron

                                   que tu querer se acabó.

                                   ——————————-

                                   Ay que por las calles de Cádiz

                                   van pregonando,

                                   cañaíllas y bocas de San Fernando.

                                   ——————————–

                                   Un diita de San Juan,

                                   un torito de Cabrera,

                                   le hizo bailar a matraca

                                   al marqués de la Torre Nueva.

                                   ——————————

                                   Estoy por decir,

                                   no quiero a nadie,

                                   a nadie quiero

                                   na más que a ti.

                                   ———————————–

                                   Quién me va a entender a mí,

                                   si yo mismo no me entiendo.

                                   Quién me va a querer a mí.

                                   que yo digo que yo no te quiero

                                   y estoy loquito por ti.

                                   Decía yo que no te quiero,

                                   y estoy loquito por ti.

                                   ——————————

                                   Yo pegué un tiro al aire

                                   cayó en la arena,

                                   confianza contigo,

                                   ay no hay quien la tenga,

                                   confianza contigo, hermana,

                                   no hay quien la tenga,

                                   yo pegue un tiro al agua,

                                   cayó en la arena.

                                   ——————————

                                   Que a los titirimundi

                                   que yo te pago la entrá,

                                   que si tu mare no quiere,

                                   que qué dirán, qué dirán,

                                   que qué tendrán que decir,

                                   que yo te quiero y te adoro

                                   que yo me muero por ti.

                                  

 

Tientos:                      (Oles de Enrique a la guitarra de Pepe)

                                   A aquel que le pareciere

                                   que mis penitas no eran ná.

                                   Que mis penas no eran ná,

                                   siquiera por un momento,

                                   que se pusiere en mi lugar.

                                   Siquiera por un momento

                                   que se pusiere en mi lugar.

                                   ———————————

                                   La noche se está muriendo

                                   en el filo de la piedra.

                                   Pájaros de la mañana

                                   por los árboles se quiebran.

                                   La noche se está muriendo

                                   en el filo de la piedra.

                                   (Oles de Pepe a Enrique)

                                   (Texto de F. G. Lorca)

                                   ———————————-

                                   Ay, cómo canta la noche, cómo canta,

                                   qué témpanos de hielo azul levanta.

                                   Ay, cómo canta la noche, cómo canta,

                                   qué témpanos de hielo azul levanta

                                   (Enrique se rompe de emoción)

                                   (Texto de F. G. Lorca)

                                   ———————————

                                   Lo que te camelo,

                                   si tú me vieras el cuerpo por dentro,

                                   lo tengo más negro que el terciopelo.

                                   ————————————

                                   Mi pare y mi mare,

                                   grandes tormentos me daban,

                                   porque camelan de que no te quiera

                                   y yo te estoy queriendo más.

                                  

Granaína:                  Pregúntale si me quiere

                                   como que sale de ti, ay.

                                   Tú le preguntas si me quiere,

                                   y si te dice que no,

                                   dile qué motivos tiene,

                                   o que daño le he hecho yo.

                                  

                                    ——————————-           

Malagueñas:              Que va siempre de tormentos.

                                    Yo soy como aquel barquito

                                    que va siempre de tormentos,

                                    cuando no lleva penitas,

                                    va lleno de sentimientos.

                                    ——————————–

                                    Ay, de la pena.

                                    Yo vi a mi mare salir

                                    en el carrito de la pena.

                                    Se me ocurrió a mí el decir

                                    siendo mi mare tan buena,

                                    no se debía de morir.

                                                                      

Siguiriyas:                 A qué tanto he dormío,

                                   que s’han llevao a la mare e mi alma

                                   y no lo he sentío.        

                                   Tanto he dormío,

                                   que tanto he dormío.

                                   ————————

                                   Ayyayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy

                                   Por aquella ventana

                                   que al campo salía.

                                   Por aquella ventana

                                   que al campo salía,

                                   voces le daba a la mare e mi alma

                                   y no me respondía.

                                   Por aquella ventana

                                   que al campo salía.

                                   —————————–                      

                                   Ay, en contra

                                   ay en contra,

                                   ay en contra,

                                   ay en contra.

                                   Tó me viene en contra,

                                   el tiempo,

                                   el tiempo                    

                                   y la mar ay, tó me viene en contra.

                                   Los golpecitos de este mar furioso,

                                   se me salen por la popa.

 

La aurora de nueva York

(Soleá por bulerías)

(Guitarras de

David Cerreduela

Y Paquete)                La aurora de Nueva York tiene

                                   cuatro columnas de cieno.

                                   Huracán de negras palomas

                                   que chapotean las aguas podridas.

                                   La aurora de Nueva York tiene

                                   cuatro columnas de cieno.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca

                                   porque no hay mañana ni esperanza posible.

                                   A veces las monedas en enjambres furiosos,

                                   taladran y devoran abandonados niños.

                                   La aurora de Nueva York tiene

                                   cuatro columnas de cieno (Bis),

                                   buscando entre las aristas

                                   nardos de angustia dibujada.

Los primeros que salen

comprenden con sus huesos,

que no habrá paraísos

ni amores deshojaos.

Saben que van al cieno de números y leyes,

a los juegos sin arte,

a sudores sin fruto.

La aurora de Nueva York tiene

cuatro columnas de cieno (bis),

buscando entre las aristas

Nardos de angustia dibujada.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

                                   en impúdico reto de ciencias sin raíces.

                                   Por los barrios hay gentes que caminan insomnes

                                   como recién salidos de un naufragio de sangre.

                                   La aurora de Nueva York gime

                                   por las inmensas escaleras.

                                   La aurora de Nueva York gime

                                   por la inmensas escaleras.

                                   La aurora de Nueva York gime…

                                   Por las inmensas escaleras

                                   Gime.

                                   (Sobre texto de F. G. Lorca)

 

Enrique Morente: “La Bienal ha avanzado, han pasado cosas, buenas y cosas dramáticas y desafortunadas y desgraciadas, como la desaparición de un genial artista, al que todos admirábamos y respetábamos. Bueno, vamos avanzando poco a poco, vamos avanzando en nuestro concierto. Vamos haciendo memoria de algunos retazos, retrospectiva. El culpable es el Paquete porque se le ocurrió a él el título. Dijo: ‘¿por qué no le pones Flash Back?’, ¿eso que es, Paquete? ‘na es un título muy bonito, pónselo’. Total que estamos haciendo el concierto con arreglo al título y le tengo que dar comisión al Paquete, y lo tengo que invitar, en fin, un lío, pero bueno.”

 

 

La soleá de la campana

(Morentina):              Y se quedan dormidas para siempre,

                                   las horas caen en el pozo,

                                   y se quedan dormías para siempre,

                                   cada reloj que toca su campana

                                   ya sabe lo que es y no se hace,

                                   y nos hacemos ilusiones,

                                   ay, y no se haga nadie ilusiones.

                                  

                                   Yo, he nacío de un padre blanco

                                   y de un pequeño vaso de agua.

                                   De tierra andaluza.

                                   Yo he nacío de una madre,

                                   hija de una hija de quince años.

                                   Nacía en Málaga,

                                   en los Perchheles.

                                   El hermoso toro que me engendra la frente

                                   coronada de jazmines.

                                   Jazmines del violín

                                   y farolillos de papel encendíos de la jarra de agua

                                   del puesto de higos chumbos.

                                   (Basado en textos de Pablo Ruiz Picasso)

Soleá:                         De bronce.

                                   Mira, que no soy de bronce,

                                   que una piedra se quebranta

                                   ay, a fuerza de muchos golpes.

                                   Compañera, no más penas

                                   mira, que no soy de bronce.

                                   ——————————–

                                   (Tonos muy agudos)

                                   Tú vienes vendiendo mil flores,

                                   tú vienes vendiendo flores,

                                   las mías son amarillas,

                                   las tuyas de tós colores (bis)

                                   —————————–

                                   Un doble,

yo sentí un doble de campanas,

                                   creímos que era una reina

                                   y era una pobre gitana.

                                   —————————–

                                   Lerelerelelelelelelelelelel

                                   Larga procesión ohoooo,

                                   andando de puntillas ahahahahah,

                                   sobre el abanico abierto,

                                   echao a la cara ahahahahah.

                                   Le hago a la sombra del bosque de jazmines ehehehehe

                                   Hehehehehheehhh.

Se fueron a cantar por esos cielos de azúcar y alfajores,

y biznagas de jazmines,

y se pusieron de pie y a fuerza de viznues

y de puñados de rosas

se desnudaron el pelo.

(Texto de Pablo Ruiz Picasso)

(Distorsiona los tonos de manera nunca vista ni oída en el flamenco)

——————————-

Sentaíto en la escalera,

sentaíto en la escalera,

sentaíto en la escalera,

esperando el porvenir

y el porvenir nunca llega.

Sentaíto en la escalera…

(Tonos diversos y corte abrupto)

 

Aleluya

(Soleá por bulerías):

Enrique Morente: “Bueno, les pedimos…Teníamos un tema preparado, el CD no funciona. Pero, vamos a hacer este tema, como tantos compañeros lo han hecho, por obligación de amor a nuestra profesión, y a los grandes artistas, como ha sido Mario, y le dedicamos este Aleluya laico a este genial artista que ha desaparecido en medio de la Bienal. Aleluya por Mario Maya”.

                                  

                                   Estuve aquí antes,

                                   conozco este cielo,

                                   estaba tan solo antes de conocerte.

                                   Ahora, he visto tus banderas

                                   por las puertas de mármol

                                   de la gran ciudad, pero el amor

                                   no es una marcha triunfal

                                   sino un frío y solitario

                                   aleluya.

Aleleuya, aleluya, aleluya.

En tiempos me contabas

lo que había dentro de ti.

Hoy tu boca no habla

sabes, que es cierto.

Recuerdo nuestros cuerpos

rezando juntos con el espíritu santo,

y cada aliento era un frío y solitario

aleluya.

Aleluya, aleluya.

(Tonos altísimos)

Quizás, haya un Dios arriba,

pero yo, lo que aprendí del amor

es a disparar a quien te amenaza.

Pero no es un lamento

lo que oyes esta noche,

es la risa malvada de alguien

que ha visto la luz de un frio y solitario

aleluya.

Aleluya, aleluya

(Tonos altísimos acompañados por una aceleración rítmica de la instrumentación y que desatan el entusiasmo desenfrenado de la audiencia del Teatro de la Maestranza. Palmas de tango repetidas que reclaman un bis)

 

Tangos, con la guitarra de Pepe Habichuela

(Casi recitativo):      Quisiera yo por horitas

                                   ser nacío de las yerbas,

                                   porque ojitos que no ven,

                                   corazoncito no quiebran.

                                   ———————————

                                   Por ti la vida.

                                   Ay, mi vida,

                                   que se me va, que se me va,

                                   que se me va…

                                   ————————————-

                                   Eres tú como la caña,

                                   la caña criá en umbría.

                                   que a tós los aires le hace,

                                   les hace su cortesía,

                                   mare, mare, mare, mare

                                   —————————–

                                   Te tenía,

                                   El querer que te tenía

                                   (Se le rompe la voz en agudos, pero muy, muy afinados

y el teatro se sobrecoge)

                                   como era de polvo y arena,

                                   el aire lo deshacía,

                                   el aire lo desahacía.

                                   —————————–

                                   Agua clara, clara clara,

                                   es la que cae cuando llueve.

                                   Dime claro, claro, claro.

                                   si es verdad que tú me quieres.

                                   Tu palabra es lo primero,

                                   tu palabra es lo primero

                                   sin que lo sepa la tierra.

                                   ————————

                                   Yo no sé lo que le dio

                                   a la yerbabuena, mare,

                                   a la yerbabuena, mare,

                                   que era verde y se secó,

                                   mare, mare, mare.

                                   ———————–

                                   La luna solitaria baila,

                                   baila en el cielo,

                                   como de amor la llama arde en mi pecho.

                                   Y es que la luna pasa,

                                   y el amor se queda,

                                   y el amor se queda.

                                   (Copla popular anónima en Cantos Populares Españoles 2.268, aunque parezca de autor)

                                   ———————-

                                   Ay, por ti mi vía.

                                   Ay, mi vía..

                                   Que se me va, que se me va,

                                   que se me va, que se me va.

                                   (Impresionante final)

 

Bulerías (2º bis)                               

Pepe, David, Paquete:                                

                                   Si yo encontrara

la estrella que me guiara,

yo la metería

muy dentro de mi pecho

y la venerara,

si encontrara la estrella

que en el camino a mí me alumbrara.

Como relámpago de fuego fuites

que en mi corazón entrates.

Dejates encendío el fuego

y entre llamas me dejates.

Estrella, llévame a un mundo

con más verdades, con menos odio,

con más clemencia y más piedades.

Romperemos, ay, las nubes negras ahaha,

que nos engañan y nos acechan.

Abriremos un mundo nuevo

sin fusiles ni veneno.

(Aplausos a un cante por bulerías inicialmente compuesto para tangos, como fue La Estrella)

————————–

Yo escucho los cantes

de viejas cadencias que

cantan los niños

cuando en corro juegan.

Y vierten en coro sus almas

que sueñan cual

vierten sus aguas las fuentes de piedra.

Con monotonía,

de risas eternas,

que no son alegres,

con lágrimas viejas,

que no son amargas y dicen tristezas,ay,

tristezas de amores, ay,

de antiguas, de antiguas leyendas.

(Texto de Antonio Machado)

——————————–

Yo traigo remedio

pa tós los dolores,

pa lo que no traigo

es pa el mal de amores.

——————————-

Las cosas de amores

que nadie ha escuchao,

de esas que se dicen los que bien se quieren.

Los que bien se quieren a eso de las cuatro,

a eso de las cuatro, yayayayayayy

Ayayayayaya de la madrugada.

(Texto de Manuel Machado)

———————————–

Ojalá contigo fuera,

ojalá contigo fuera,

pero, nunca caen los rayos

los rayitos no caen,

no caen los rayos,

donde cae la tormenta.

———————-

Desde mi ventana,

campos de Baeza.

A la luna clara,

Aznaitín y Mágina,

también los cachorros

de Sierra Morena.

Pardos borriquillos,

de ramón cargados

entre olivos.

Tus sendas de cabra

y tus madroñeras,

Córdoba la llana,

la del romancero.

Córdoba, la llana

la llana, ay, la llana,

Guadalquivir hace vega

y el campo relincha, ay, y brama.

(Texto de A. Machado)

————————–

Adiós, Málaga la bella,

voy a recorrer el mundo

no pintaré más la flecha,

ni la hora escrita en el columpio.

Picasso y María Zambrano

La Repompa y el Chaqueta,

Juan Breva y Ángel de Álora,

El Niño las Moras y la Cañeta.

Instinto, niño, pinto, lienzos, colores, papeles,

no pintaré más la flecha

ni la hora escrita que el columpio se lleva con su risa,

prefiero escribir la palabra sola,

prefiero escribir tu palabra sola, sola,

palabra que han de cantar tu nombre.

(El teatro se viene abajo con los aplausos)

Bueno, pues después de este recital fabuloso y extenso, con decenas de palos y cientos de tercios, todos de una  impecable calidad de ejecución, hubo un “crítico” de Sevilla que se permitió escribir que Morente había venido a la Bienal a llevárselo. ¡Qué les parece!

                                  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos sociales. Presunto culpable

Presunto culpable

 

El paso del partido Ciutadans a Ciudadanos se presentó como una formación política  nueva que venía a acabar con el turbio monopolio del poder ejercido por el PP y el PSOE durante las últimas décadas. La imagen de juventud de la mayoría de los dirigentes de la formación naranja se reforzaba con las proclamas democrático-liberales y los referentes o modelos en los que decía inspirarse el partido: los estados nórdicos social-liberales, especialmente Dinamarca. Estas propagandas de principios calaron positivamente en buena parte del electorado español que les otorgó de manera generosa e impensada varios millones de votos en las recientes elecciones del 20-d y 26-j. El desarrollo de los acontecimientos políticos posteriores de los últimos meses y el papel desempeñado por Ciudadanos en los mismos, me hace pensar que hemos asistido a un inmenso engaño político. Ciudadanos ha demostrado  en este tiempo que no es un partido que busca desplazar a los dos viejos instalados en el bipartidismo secular, sino que ha sido diseñado desde los poderes fácticos para apuntalarlos. Primero trató de apuntalar al PSOE negociando con este un programa de investidura, descafeinado e inasumible por los partidos de izquierda. Segundo, negoció con el PP un acuerdo que blanqueaba con torpes trazos el ideario conservador y retrógrado de la formación corrupta.

Ciudadanos es pues, por sus hechos y sus manipulaciones el presunto culpable de la situación de bloqueo en el que se encuentra la política española desde hace más de ocho meses. Sedujo con cantos de sirena al apocado partido socialista de Pedro Sánchez llevándole a un terreno que excluyó a la izquierda. Y luego entregó sus votos y escaños a un partido y a un dirigente que solo merecen el repudio de todos los demócratas de izquierdas y de derechas. ¡Seguro que la historia juzgará a Ciudadanos con el veredicto inapelable de culpable!

 

 

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