Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Premio de Honor SGAE 1998 a Enrique Morente

En vísperas de la presentación en Madrid de la 3ª edición del libro, Enrique Morente. La voz libre, creo conveniente saludar tan feliz iniciativa con el texto que escribí en 1998 para glosar el Premio de Honor de la SGAE al maestro Enrique Morente.

 

Enrique Morente, libertad y creación.

El cantaor granadino, recién cumplidos sus 63 años de vida se encuentra en el momento más dulce de su larga carrera, libre y creadora. En los últimos tiempos, y tras haber recorrido anteriormente un camino sembrado a veces de espinas, se ha convertido en un coleccionista de premios y elogios. De los primeros posee algunos de los más importantes que se conceden en España dentro de la musica en general y en el flamenco en particular: Premio Nacional del Ministerio de Cultura, Compás del cante, Galardón Calle de Alcalá, Premio de Honor de la SGAE, el Pastora Pavón Niña de los Peines, El Castillete minero de la Unión, la Medalla de Andalucía…A este respecto, el poeta Luis García Montero, su amigo y exegeta circunstancial, señalaba en 1995 a propósito del acto de entrega a Morente de la medalla al mérito artístico de la Fundación Rodríguez Acosta de Granada: “…En los últimos meses Enrique Morente ha recibido numerosos premios. Las condecoraciones y los homenajes son ya una costumbre, que él acepta con timidez agradecida, pero con los dedos cruzados. En los ojos de Enrique hay siempre un pudor penetrante, una segunda sabiduría. Guarda silencio, mira, se toma la molestia de escuchar, sonríe, deja que pase el tiempo, se limita a seguir con su copa, y su silencio, lo mismo que el decoro de su mirada, no significan falta de opinión, sino toda una experiencia de la vida, una respetuosa seguridad en sí mismo, la lección de todo lo que ya sabe, de todo lo que ha visto…”.

La actitud sinceramente humilde de Morente ante los honores, que describe tan certeramente el poeta granadino -también Premio Nacional de Poesía-, se corresponde a la perfección con la personalidad libre del hombre, que nunca fue eclipsada por la del artista: “Nuestro arte nos hace independientes, no hace falta que seamos independentistas, porque nuestro arte nos hace independientes“, declaró Enrique Morente en la entrega del Premio Pastora Pavón a la mejor trayectoria en el ámbito del flamenco, y en respuesta a la entonces Consejera de Cultura, Carmen Calvo, quien había dicho previamente: “Este premio se le otorga por su amor al clasicismo y por su rebeldía, todo ello desde el andalucismo”. En otras ocasiones, así comentaba el cantaor los últimos premios recibidos : “En esta vida hay que ser agradecido, y yo lo soy, pero no puedo evitar sentir que todo eso le está sucediendo a otro. Los premios se los dan a una persona, a un Enrique Morente que es como fue hace uno, cinco o diez años. Pero aquel ya no soy yo… Los premios me sirven de estímulo, pero a mí me mueven otras cosas”.

Las “cosas” que mueven a Enrique Morente son aquellas por las que lucha y ha luchado a lo largo de su carrera y han hecho de él un artista imprescindible, “todo un lujo para nuestra época”; y, citando nuevamente a Luis G. Montero, éste afirmaba: “Enrique Morente supone más que una figura del flamenco, significa una manera de estar y vivir en el arte, un modo de situarse en las encrucijadas de la creación…”. Sí, creador de uno de los repertorios más extensos y posiblemente el más importante desde el punto de vista ético y estético de toda la historia del Flamenco. Creador e intérprete de sinfonías flamencas, de bandas de música para el teatro, cine y televisión; actor, autor, poeta, productor; adaptador al flamenco del mayor número de poemas y textos diversos, compositor de sus ‘morentinas’… “Una vez le puso música a Las Arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca, y ahora le está cantando a Edipo coplas que huelen a tierra de Tebas y a los vinos de Chipre”, dijo de él, el desaparecido Adolfo Marsillach, que añadía emocionado: “…En Zambra (el tablao) enpezó a mi jicio, la bonita historia de un hombre tímido y luminoso al mismo tiempo, que canta como los ángeles. O mejor, porque no sé yo si los ángeles serían capaces de cantar con tanta filigrana, no fuera a ocurrir que el altísimo se encelara al escucharlos”.

Decía al principio que Enrique Morente coleccionaba también elogios. Elogio blasfemo como el publicado en el mes de febrero de 2006 en La Vanguardia por su crítico musical Mingus B. Formentor: “Gloria a ti en las alturas”. O elogio patriótico como el de Carles Torra en 1997, lanzado igualmente desde La Vanguardia: “Gracias Morente, muchas gracias. Tu presencia en nuestros escenarios nos hace más catalanes y muchísimo más universales”. O este otro de entrega total como el de Ángel Álvarez Caballero tras el último paso del cantaor por el Teatro Albéniz de Madrid: “Morente se confirmó una vez más como un creador de excepción en el cante flamenco de esta época…Tiene grandeza, tene duende, tiene jondura. Pocas veces un cantaor nos deja una sensación tan plena de conformidad, de aplauso sin límites en nuestro interior…En esta época tan avara de auténticos valores del flamenco es evidente que los cantaores del tipo de Enrique Morente brillan por su ausencia. Sólo hay éste y debemos mimarle para que dure, a ver si en el ínterin surgen otros que ocupen su lugar”. Entrega incondicional que no estuvo ausente de agravios en el pasado, como el crítico citado no tuvo reparos en reconocer valientemente hace ya algunos años: “…Y cuando surgió un cantaor con vocación y verdadera capacidad inventiva, casi, casi, lo crucificamos. Hablo de Enrique Morente, una figura absolutamente singular en la panorámica del cante actual. Excelente conocedor e intérprete del cante clásico, llegó un momento en que la ortodoxia ‘pura y dura’ dejó de ser suficiente para él y fue cambiando, intentando cosas nuevas… Todo esto le costó a Morente, sangre, sudor y lágrimas …”. Y también risas. Morente no ha dejado nunca de sonreír. Su proverbial ironía. Y como decía Borja Casani, editor del disco Omega: “Pero dejemos las palabras por respeto a su imbatible sentido del humor”.

Sentido del humor y generosidad. Nada más llegarle la noticia de su Premio Nacional de Música, Morente declaró que se lo brindaba a todos los compañeros de la profesión. Y la noche del 16 de abril de 1999, en que recibió el Premio de Honor de la SGAE 1998, en la gala que se celebró en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, y presentada por el Gran Wyoming, Enrique estuvo celebrándolo luego con el que fuera su joven guitarrista Manzanita, que también se le fue para siempre, como Camarón, como Luis Habichuela. Seguro que a todos ellos y a cuantos estuvieron alguna vez a su lado, Enrique Morente volverá a brindar el homenaje y los honores que a él, con grandes merecimientos, se le tributan.

 

 

 

 

 

 

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