Espacio de Balbino. Escritos sociales. ¡Que se callen los cainitas!

¡Que se callen los cainitas!

De todo el conflicto independentista catalán que estamos viviendo en España, tal vez el efecto más perverso sea el de las voces de odio de uno y otro lado que están desenterrando el hacha de guerra. Españoles contra españoles, catalanes contra catalanes, argumentan su defensa o rechazo a la independencia basándose en supuestas o imaginarias afrentas y agravios presentes o pasados. Insultos, calumnias, desprecios, humillaciones: todo vale para denigrar al enemigo y justificar así la ruptura o, por el contrario, la aplicación de soluciones autoritarias que acaben con los sediciosos. Estos cainitas jalean la lucha abierta entre de un lado el Gobierno que se escuda tras el imperio de la ley emanado de la Constitución, y del otro el Govern que se ampara en los supuestos derechos democráticos de los pueblos y naciones a auto determinarse.

Nos esperan unos meses desquiciantes y alucinantes, sin más alternativa que el sí o el no (en menor medida), a una independencia cuyo contenido y maravillas sus partidarios son incapaces de explicarnos y sus detractores no aciertan a denunciar.

Porque se está soslayando el verdadero debate que consiste en saber: ¿independencia para qué? ¿En qué van a cambiar las cosas para los catalanes y los españoles? Detalles tales como si se crearán aduanas, control de fronteras, nuevo ejército, reparto de la hacienda, jubilaciones, libertad de circulación de los ciudadanos por carreteras, aeropuertos y ferrocarriles; y, moneda, ¿qué moneda para el nuevo estado desconectado? Todas esas “naderías” se silencian y se ignoran.

Porque se está soslayando desde el lado del Gobierno su plan de integración en el Estado español de los millones de catalanes que desean marcharse…

Pues cueste lo que cueste, en términos civilizados, es necesario abandonar esas sendas monstruosas que solo al desastre pueden conducirnos.

En nombre de nuestros hijos, en nombre de nuestros nietos, que se imponga la templanza, la empatía, el seny catalán y el sentido común universal.

¡Que se callen las voces cainitas!

 

 

 

 

 

 

 

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