Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 41 y 42

41

De no ser porque había quedado con Vanessa y Luis para llevar las cenizas de Miguel a Granada, Triana las hubiese tirado con mucho gusto al río Manzanares. ¿Por qué cumplir con un hombre que no sólo la había engañado moralmente, sino que además no tuvo el menor escrúpulo de poner en gravísimo riesgo su salud corporal? Se sentía extenuada y deprimida, como el que ha asistido a pie de cama de un hospital a un familiar moribundo en sus últimos días. Perdió interés también por saber la causa de la muerte de Miguel. Su entrevista de la noche anterior con Susanna no había aclarado tampoco nada al respecto, y, en cambio, le hizo sufrir un tormento tenso y desabrido: la austriaca le pareció, al margen de la extraña belleza de su rostro con pómulos abultados y labios carnosos, una tipa neurótica que no paró de beber cerveza y de fumar cigarrillos rubios, ni dejó de hablar atropelladamente un solo instante, aunque con un acento castellano neutro. Las casettes contenían diversas piezas para piano de Schubert, Fauré y la cuarta sinfonía de Mahler, y Susanna, muy enfadada, le aseguró que no estaba contagiada por la terrible enfermedad de su novio –que había muerto dos meses atrás-, pues además de haber tomado siempre muchas precauciones, se había hecho análisis clínicos que habían dado negativo. Triana se tranquilizó por este lado al intuir que la modelo podía estar medio chalada, pero no le dio la impresión de que tuviera un solo pelo de tonta.

Era el 5 de enero por la mañana. Tras hablar por teléfono con Juan, que le ofreció con gran insistencia su Audi: “Porque es más potente y seguro”, Triana recogió con su Corsa a Vanessa en la plaza de la Independencia, esquina a Salustiano Olózaga, para emprender el fúnebre y desvirtuado viaje al sur, transportando con ellas la urna de las cenizas, que había permanecido en casa de Matilde desde la noche vieja. Triana tuvo que echar manos de toda su escasa reserva de disimulo, con el fin de no exteriorizar ante la joven la amargura que la invadía. Antes de salir de Madrid, sufrieron el caos de la circulación endiablada y la cretinez de ciertos automovilistas que la pagaban con dos mujeres solas, hermosas y jóvenes.

-Pero ¿qué les pasa a estos tíos? ¡Parece que están majaras! –dijo Vanessa indignada.

-¡Uy, hija, ya ves lo que te espera si aprendes a conducir! –dijo Triana-. Cuando van dentro de su coche, a algunos les sale toda la mierda que tragan durante el día de sus jefes o de sus mujeres.

Tomaron la autovía de Andalucía con un tráfico intenso, principalmente, camiones de gran tonelaje que daban pánico a Triana. Su falta de práctica y el miedo la obligaron a concentrarse en los mandos del coche que corría solo a 90 kilómetros por hora. Vanessa le hacía comentarios a los que ella respondía sólo por monosílabos. Al llegar a la altura de Ocaña, la circulación disminuyó, Triana pudo respirar algo más tranquila y atendió a la conversación de la joven, quien volvió a lanzar la pregunta que no cesaba de atormentarla.

-Triana, por favor, ¿cómo murió mi padre?

-No lo sé, de verdad que no lo sé –respondió con viveza y sin mentir esta vez.

Dudaba de todo y no se atrevía a rechazar la hipótesis del suicidio y, menos aún, a seguir sosteniendo la del asesinato. A decir verdad, desde el descubrimiento del último diario sobre Susanna, las causas de la muerte de Miguel habían dejado de atormentarla y casi de interesarle. Tenía la sensación de que su amante había desaparecido de su vida por partida doble, dejándola en un espantoso caos que no imaginaba siquiera cómo iba a afrontar: incluso el viaje ya le parecía carente de sentido. Triana sintió que la vuelta a casa con su marido, al regreso de Granada, sería como el ingreso en prisión tras haber cometido un grave delito, del cual no hubiera sacado provecho alguno.

-¿Lo querías mucho, no es cierto? –preguntó Triana.

-Papá era mi ídolo, y me iba a ir a vivir con él este mes, ¿lo sabías?

-Sí –respondió Triana mintiendo para tratar de complacer a Vanessa, aunque Miguel no le había hablado del tema.

-No quiero seguir en casa con mi madre y Bernardo.

-¿Y eso? –preguntó Triana intrigada.

-Ya te dije que me cae muy mal. Es como un niño egoísta que sintiera celos de mí. Pero lo peor es que mi madre también tiene celos de mí, y se cree que trato de acapararlo.

-¡Qué cosas!, ¿estás segura?

-Completamente segura. Fíjate que él es cinco años menor que ella, y, además, tiene un carácter muy infantil. Mamá es, en cambio, muy posesiva y mandona –ya te habrás dado cuenta-. Durante el viaje a Estados Unidos lo he pasado fatal, hemos tenido unas broncas horrorosas entre los tres, pero por cualquier tontería. Así que me he convencido de que yo sobraba.

-¿Y Matilde sabía que tenías la intención de irte a casa de tu padre?

-Sí, claro, y me dijo que le parecía muy bien, y que era normal que ahora fuese él quien cargara conmigo.

-Bueno, pues el apartamento está vacío y te pertenece, así que…

-También es tuyo –interrumpió Vanessa.

-Por mi parte, puedes disponer de él cuando te parezca –replicó Triana.

-Gracias, pero es que irme ahora, me da bastante miedo. No creo que sepa vivir sola.

-Puedes intentar una mudanza progresiva, es decir, primero, llévate tus cosas, tus discos, tus libros…Allí puedes estudiar, comer algunas veces, y, ya sabes: estar con tus amigos. Más tarde, poco a poco, te irás acostumbrando a tu independencia.

-¡Triana! – exclamó Vanessa.

-¿Sí?

-¿Y tú, no piensas también utilizar el apartamento?

-Pues la verdad es que no he decidido aún…

-Resulta que, si tú te instalaras un poco, yo me sentiría mucho más segura. Tú me caes muy bien, ¡sabes! –dijo Vanessa, que la había interrumpido nuevamente.

-Tú también me caes muy bien –replicó Triana.

Creía que Vanessa era una joven sana, deliciosa e inteligente, y muy distinta de tantas otras de su edad. Además, no olvidaba nunca que la hija de Miguel era la medio hermana mayor de Vitín, y que algún día, tal vez no muy lejano, se vería en la obligación de decírselo. Había constatado que se parecían muchísimo en la expresión de los ojos, en la textura de la piel, y también en la manera de sonreír, franca y encantadora. Las dos se encontraban a gusto en compañía de la otra y, pese al triste motivo por el que viajaban, comenzaron a experimentar un leve estado de euforia, al que contribuyó, sin duda, el sol radiante y el cielo luminosamente azul que se dibujaba hacia el sur, después de haber dejado atrás unos negros nubarrones y el viento fuerte del norte a la altura de La Guardia. Triana, que no había desayunado, sintió un agujero en el estómago y decidió parar en un típico mesón manchego de carretera, cercano a Puerto Lápice, llamado El Aprisco.

Cuando reanudaron el viaje, la conversación decayó entre ellas y, como daban las dos de la tarde, Triana conectó la radio para escuchar las informaciones: Empezaron hablando del País Vasco. Quince minutos después, seguían hablando del País Vasco, y Triana, harta, sintonizó un programa de música clásica.

-¡Uf, qué alivio…me tenían ya hasta el culo! –dijo Triana con coraje.

-¿Sí, por qué? –preguntó Vanessa con un ligero sobresalto. Había comenzado a adormilarse tras el espléndido bocadillo de lomo a la brasa que se había comido en el mesón manchego.

-Porque los imbéciles de esa emisora no saben hablar de otra cosa más que de Euskadi: que si la ETA por aquí, que si el lehendakari por allá, que si el inefable Arzalluz. ¿Sabes lo que te digo?, pues que como sigan dándonos el coñazo, no van a ser los del PNV y los de HB los que pidan la independencia, sino al revés. Vamos a ser el resto de los españoles los que pidamos autodeterminarnos de ellos, ¿no crees? –y sin esperar respuesta, añadió-. Me gustaría que el País Vasco fuera como Portugal: la otra cara oculta de la Península Ibérica.

-Pero ¿quién está detrás de la independencia y a qué bancos les interesa? –preguntó Vanessa, sorprendiendo a Triana.

-Eso mismo me pregunto yo desde hace tiempo y nadie me responde –dijo Triana, y agregó-. En fin, que todo esto es una locura, pero, por favor, que nos dejen en paz.

Estaban llegando a Despeñaperros, a la “frontera”, como la llamaba Triana, donde los montes están más bajos que la llanura manchega. La música comenzó a tener interferencias y apagaron la radio. Vanessa miró el paisaje con los ojos muy abiertos. Hacía más de diez años desde el último viaje con sus padres a Andalucía, y no lo recordaba bien. Los campos de olivos cercanos al valle del Guadalquivir llamaron con fuerza su atención y se maravilló de observar su inmensidad, geométricamente alineada. Era la época de recogida de la aceituna, y vio a las cuadrillas de hombres y mujeres alrededor de los árboles, que nunca perdían su verdor. Tras rodear la ciudad de Jaén, la autovía se adentró en un paisaje montañoso. Después sobrevolaron el cauce del Gauadalbullón –un pequeño río siempre con agua- que había sido salvajemente impactado en aras de la santa velocidad, y entraron en la provincia de Granada, ante cuya recortada Vega llegaron poco antes de las cinco de la tarde. La gigantesca mole de Sierra Nevada, casi tapada por espesas nubes grises bajo las que se adivinaba un espeso manto de nieve, provocó la admiración de las dos, y especialmente de Vanessa.

-¡Qué alucine! –gritó entusiasmada, pensando en su padre que tanto le había hablado de estas montañas.

42

Triana y Vanessa tenían reservada una habitación doble en el pequeño y encantador hotel América, situado en la calle Real de la Alhambra. La idea de alojarse en un sitio tan alejado del centro de la ciudad fue de Luis Bermúdez, que no soportaba las zonas modernas de Granada a las que llamaba con intencionada pedantería “execrables excrecencias urbanísticas en la ciudad mágica”. El amigo sevillano de Miguel, que había hecho las reservas, llegó esa misma mañana al América, y las estaba aguardando con impaciencia en la salita de invierno del establecimiento. Vino a abrazarlas, muy emocionado, en cuanto las vio aparecer por la puerta del zaguán y dirigirse al reducido mostrador de la recepción. Tras subir a la habitación para dejar el equipaje (con la urna funeraria incluida) y asearse, las dos mujeres bajaron a reunirse con Luis, que había permanecido sentado en un sofá de la sala de huéspedes, rodeado de platos, macetas, jarrones, bastoneras de cerámica, peroles, sartenes y braseros de cobre: todo dentro del tradicional estilo artesano granadino. Sonaron las seis en punto de la tarde, en el cercano campanario de Santa María de la Alhambra, y salieron a dar un paseo por los exteriores del palacio nazarita para familiarizarse con su atmósfera, fría, vivificante, y contemplar desde la plaza de los aljibes el panorama del Albaicín, iluminado por los últimos rayos de sol que –en esa estación del año- ascendían desde el fondo de la Vega, paralelos al valle del Darro.

-Antes, podían oírse desde aquí los sonidos del barrio, pero como ya está casi deshabitado, ahora solamente se le puede ver –dijo Luis nostálgico, enfundando su corpulencia en un elegante abrigo de color antracita.

-¡Qué romántico! –exclamó Triana, con las mejillas intensamente coloreadas de rosa a causa de la helada brisa que llegaba desde el silencioso Albaicín.

Vanessa asintió con la cabeza y dijo que comprendía muy bien la veneración que su padre tuvo siempre por Granada y que se sentía orgullosa de que una parte de su familia fuese granadina.

-Mi padre, aunque sevillano, estudió aquí e hizo la carrera de derecho como tú –dijo Triana a Luis.

-¿Ah sí?, pues no lo sabía –dijo Bermúdez-. De manera que compartimos, además del frío, más cosas de las que creía…

Luis tomó a las dos jóvenes del brazo para continuar el paseo por las murallas de la Alcazaba hasta la Puerta de la Justicia, y después las invitó a bebidas reconfortantes en la taberna de El Polinario, en la misma entrada de la calle del hotel, y próxima a la desaparecida del mismo nombre que había sido hogar de ilustres contertulios en los años anteriores a la Guerra Civil: “Manuel de Falla, Santiago Rusiñol, Zuloaga, Ángel Barrios, García Lorca, etc.”, según afirmó. Vanessa quería bajar a conocer la ciudad y, tras acabar su chocolate caliente y comerse dos magdalenas caseras, dejó solos a Triana y Luis, sabiendo que tenían pendientes muchos y apremiantes temas de los que tratar.

Luis Bermúdez había sido el mejor amigo de Miguel a partir de haber coincidido ambos como becarios en una universidad alemana, hacía más de veinte años, y desde aquellos días, no habían dejado de estar unidos por la amistad, pese a que siempre vivieron en ciudades separadas (o tal vez debido precisamente a esa circunstancia). Miguel Ortega nunca tuvo reservas con Luis, que se convirtió en su mejor confidente y conocía al detalle la intimidad del amigo, sobre todo en lo referente a su vida amorosa y sentimental. Triana estuvo siempre al corriente de la posición de confesor del sevillano y, sin embargo, nunca sintió celos de él, contrariamente a lo que les suele suceder a la mayoría de las mujeres, que no soportan compartir la complicidad del amante con otra persona, aunque sea del sexo contrario. Luis se había declarado homosexual legal cinco años atrás, después de haber vivido un infierno por igual espacio de tiempo, casado con una mujer de la que no tuvo ningún hijo, y con la que rompió de forma traumática, a la vez que pidió excedencia como profesor de la Universidad de Sevilla. Desde entonces, vivía dedicado a negocios relacionados con la industria cultural, para los que disponía de una importante fortuna heredada de diferentes parientes cercanos.

Triana, que había deseado tanto que llegara el momento de hablar con Luis, no sabía qué decir ni por dónde empezar. Unos días antes, se imaginaba que su encuentro con él sería muy emotivo y le iba a servir de válvula de escape para aliviarse la tensión y la pena acumuladas a raíz de la muerte de su amante. Pero, después, del descubrimiento de la víspera, se había quedado como yerma de sentimientos, y tenía la rara sensación de que el papel en la situación que debía resolver había perdido su valor de protagonista, trastocándose por el de artista de reparto. Luis intuyó el estado de confusión de la compañera de su amigo, y trató de ayudarla a explayarse:

-¿Qué te han hecho, chiquilla, qué te han hecho?

Como si le hubiesen traspasado el corazón, un río caudaloso de lágrimas comenzó a brotar de los hermosos ojos de Triana que se desplomó en los brazos de Luis, apoyando la cabeza sobre sus anchos hombros. Cuando se le calmó el llanto, y Luis la miró a la cara, sintió un impulso irrefrenable de besarla y acariciarla: reflejaba una belleza sublime, como los rostros de las imágenes de las vírgenes andaluzas.

-¡Guapa, guapa, guapa! –dijo Luis emocionado.

-¡Déjate de bromas, mariquita –exclamó Triana enternecida estrechándole la mano.

-Te he traído una copia de la carta que mandé al cabrón de director de El Tiempo –dijo Luis dándole el escrito del que le había hablado por teléfono, y en el que protestaba por la malévola interpretación que el periódico había hecho de la muerte de Miguel Ortega.

-Gracias, la leeré más tarde, si no te importa –replicó Triana guardando el folio en el bolso, a la vez que sacaba un pañuelo de papel para secarse las últimas lágrimas.

-¿Te sientes mejor?

-Bueno –respondió Triana sin mucho convencimiento, y añadió -: No sabes lo horrible que ha sido todo. ¡Menudas navidades!

-Navidades de ceniza –dijo Luis entre serio y veladamente guasón.

-¡Exactamente! –exclamó Triana sin escamarse, y como si quisiera devolverle la broma, añadió-: Ya que hablamos de cenizas, ¿te parece que cuando vuelva Vanessa, vayamos los tres al Darro y arrojemos las de tu amigo?

-Creo que es lo que procede. Durante el día puede haber gente que nos moleste: desde turistas a algún obrero o barrendero, y, además, mañana tengo que estar de vuelta en Sevilla por la mañana –explicó Luis, para quien no había pasado desapercibido el tono recalcitrante de las últimas palabras de Triana.

-¿Por qué has dicho “tu” amigo y no nuestro amigo?

Triana le contó entonces grave y detalladamente las últimas anotaciones que había encontrado en el ordenador de Miguel. Luis aparentó sorpresa para no incomodarla, aunque él conocía todas esas peripecias y otras paralelas de menor calibre de Miguel, pero que no hubieran dejado también de dañar a Triana.

-A pesar de todo, chiquilla, Miguel te quería, de eso puedes estar totalmente segura.

-¡Vaya manera de demostrármelo, sin importarle poder pegarme el sida!

-¡Mujer! Creo que si él hubiese temido algo, te lo habría dicho.

-Supongo que sí, pero lo que le reprocho es que se acostara conmigo sin haber estado seguro de que no se lo habían contagiado. Y, en primer lugar, lo que no le perdono es que me haya engañado con esa subnormal.

-¿La has llegado a conocer? –preguntó Luis.

-Sí, anoche tuvimos una breve y desagradable conversación. Me dio la impresión de que está bastante mal de la cabeza. ¿Miguel no te habló nunca de ella?

-Bueno, sí, de pasada, pero sólo que más tarde. Cuando dejó de verla –respondió Luis, minimizando su grado de complicidad con el amigo muerto.

-Yo no lo puedo entender, Luis, ¿qué necesidad tenía de enrollarse con esa tía que, según decía él mismo, le causaba tantos problemas?

-Ya sabes que la había conocido antes de que vosotros volvierais a estar juntos, y no podía quitársela de encima. Por lo que él me contaba, trataba de ayudarle.

-¡No me vengas con esas! –protestó Triana con acaloramiento-. Lo que Miguel trataba era de follársela, mientras más, mejor. ¡Estaba más claro que el agua!

Luis no supo qué replicar, pues conocía perfectamente la obsesión de Miguel por el sexo de las mujeres, solamente comparable con la que él sentía por el de los hombres. Sin embargo, intentaba reivindicar el lado noble del amigo muerto, no tanto para dignificar su memoria, cuanto para que Triana guardara de su existencia en común algo más que el poso del dolor y el desprecio.

-Miguel apreciaba la belleza, la prueba es que te quería a ti. Pero, era débil y no siempre sabía resistirse a la belleza de otras mujeres: era un verdadero esteta –añadió Luis con énfasis.

Triana permaneció callada durante un buen rato, rumiando la definición que Luis acababa de hacer. No podía esperar que este le diera la razón, pues sería como pedirle consejo al diablo. Ella estaba al corriente –por Miguel y otros amigos comunes- de la clase de vida sexual que llevaba, basada en la multiplicidad de sus contactos y en la promiscuidad más absoluta, hasta el límite de poner continuamente en peligro su integridad física. Sabía que últimamente iba a buscar sus ligues entre muchachos de zonas marginales de Sevilla. Pero no quería ofenderlo porque, al margen de sus inclinaciones peligrosas, Luis le había demostrado ser una persona culta, fina y de una enorme generosidad.

-En fin, las mujeres nunca podremos comprender lo que les pasa a ciertos hombres para que sean tan poco respetuosos con las que más nos entregamos, y busquen, en cambio, a las que se burlan de ellos.

-En realidad, Miguel acabó rompiendo con Susanna y eligiéndote a ti –replicó Luis.

-¡Claro, a la fuerza ahogan! –respondió Triana.

-Además, no podemos olvidar los atavismos, que son diferentes para cada uno de los sexos –añadió Luis-. Las mujeres coleccionistas de hombres son las que más les atraen, porque son especímenes raros.

-Y de ese modo, el hombre que es capaz de dominarlas se siente más macho que los demás, ¿no es cierto?

-Se lo preguntas a quien no te puede responder –dijo Luis sacando un paquete de cigarrillos y ofreciendo uno a Triana, que lo aceptó y lo encendió tras darle fuego.

Eran las ocho de la noche y El Polinario estaba a punto de echar el cierre, después de vaciarse de los pocos turistas que habían cenado en su bufé libre. Salieron del local y fueron a recoger las cenizas al hotel, situado a unos cien metros escasos de distancia, aunque los suficientes para que sintieran en sus carnes la baja temperatura de enero en la colina de la Alhambra, y con un cielo raso sin luna donde las estrellas destacaban en relieve sobre la oscuridad de vértigo. Vanessa, que había estado visitando el centro de Granada, ocupado durante horas por familias al completo para no perderse la cabalgata de Reyes, se reunió con ellos quince minutos más tarde.

El atípico trío, apiñado en el asiento trasero de un taxi, recorrió primero el bosque de la Alhambra, envuelto en neblina y desprendiendo un olor dulzón a humus, y luego la Cuesta de Gomérez y la Carrera del Darro hasta el Paseo de los Tristes, sin un alma, casi en sombras, y barrido por la fría brisa que bajaba por el valle de Valparaíso. Los tres eligieron un punto a la izquierda del puente del Rey Chico (en el eje imaginario exacto entre el Generalife y las torres de la Alhambra). Sacaron la urna del bolso, en el que había permanecido durante los últimos días, la abrieron y, al tiempo que arrojaban –a puñados alternativos- las cenizas humanas sobre el agua rumorosa y negra del río, Triana recordó, con extraño y limpio relieve, las excelencias absolutas de los puros cubanos, según la detallada tesis que le expuso Miguel en la primera de todas las noches que habían salido juntos.

 

 

 

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