Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 38 y 39

38

Miguel Ortega había publicado dos libros: Conocimiento y Arte y Experiencia y Arte, que se convirtieron en manuales de obligada lectura tanto para especialistas como para alumnos de filosofía. Además, como colaborador habitual del diario independiente madrileño La Opinión, lanzó constantemente sus dardos envenenados contra la estulticia de la sociedad y, también, de ciertos profesionales de la cultura. Sus juicios críticos, impregnados de cruel ironía, le habían procurado el aplauso y respeto de muchos lectores, e igualmente, el desdén de escritores, periodistas, políticos y artistas, que despreciaban el anticonformismo de Ortega y lo tachaban de resentido y moralista. Los sarcasmos ingeniosos con los que solía atacar a los personajes, ideas y obras que no le gustaban, le valieron un número más o menos equivalente de escritos de protesta y felicitación, en la sección de Cartas al Director de su periódico.

Triana admiraba ya de manera incondicional a Miguel Ortega antes de conocerlo personalmente. Muchas de sus invectivas y butadas suyas le parecían graciosas y acertadas: “El periodismo se ha convertido en el gran arte de la nadería, el tópico y la propaganda. La mayor ruina de un periodista es creerse noticia….Habría que procesar al mundo editorial por delito ecológico, a causa de las cantidades ingentes de papel que malgastan…Habría que cortar las barbas de todos esos opinadores que están convencidos de que el mundo se parará el día que ellos dejen de opinar”.

Pero no fueron sus ácidos comentarios lo que proporcionó más notoriedad a Miguel Ortega, sino sus duras polémicas, públicas y privadas, con tres literatos y periodistas famosos: Fermín Nombril, Federico Chico y Artemio Gaya. Por ahí continuaba creyendo Triana que se abrían líneas de investigación, que podrían llegar a aclarar la muerte de su amante. No ignoraba la soterrada carga de odio de que eran capaces de acumular los poetas y espíritus exquisitos, contra todo aquel que osaba, aunque fuera en poco, afearles su conducta o dejarles en ridículo. Además, el testamento imprevisto y la pistola que encontró en el piso de Miguel, eran signos evidentes de que éste había temido por su seguridad.

Triana ideó un plan extravagante para llegar hasta sus tres presuntos, e ilustres, asesinos, con el fin de descubrir cuál de ellos era el verdadero culpable. Pensó en ponerles cebos apetecibles a sus respectivas y públicas inclinaciones sexuales. Puso un anuncio en Segunda Mano, solicitando dos jóvenes estudiantes de periodismo, chico y chica, en torno a los veinte años de edad y excelente presencia física para realizar entrevistas a famosos. El muchacho se lo enviaría a Fermín Nombril, y la jovencita, a Artemio Gaya. Ella misma se encargaría de Federico Chico, dada la reputación de Casanova crepuscular que le envolvía.

La misión que asignó a los dos atractivos candidatos apurados de dinero, consistía en llamar a los dos escritores y conseguir acceder en sus respectivos domicilios con el pretexto de hacerles una entrevista exclusiva, destinada a un número especial de la revista universitaria Los Cuadernos de Einstein, que iba a rendir un homenaje al llorado profesor. Triana estaba convencida de que, debido a las circunstancias, ni Nombril ni Gaya rechazarían la petición, y, menos aún, si imaginaban que los bisoños entrevistadores podían ser deseables y presas fáciles para sus desbordantes lujurias.

Fermín Nombril había perdido, hacía más de diez años, su columna diaria de La Opinión, a raíz de un escrito con varias firmas, encabezadas por la de Miguel, aparecido en el mismo periódico acusándole de ignorante, pedante e impostor, por varias citas erróneas que el famoso hombre de letras introdujo en sus artículos, saturados de nombres consagrados y referencias artísticas y literarias, que le hacían figurar como periodista de fastuosa erudición: Nombril atribuyó en una ocasión a Marcel Proust la autoría de una novela escrita por Gide; y, acerca del genial escritor inglés Malcolm Lowry (fallecido en su casa de Ripe, East Sussex, Inglaterra), se atrevió a proclamar con desfachatez: “Como todo el mundo sabe, es un autor americano que murió alcohólico en México”, confundido (y confundiendo a los lectores) sobre la personalidad del protagonista de Bajo el volcán y el autor de la obra.

El casus belli con Gaya era mucho más reciente. El venerado y pedante murciano (“siempre enchufado a su repelente tono lírico de voz, conocido también por su cursi sentimentalismo hacia los animales y señoras maduritas”), participaba activamente en una de esas innobles tertulias radiofónicas financiadas por la derecha del país, durante los años finales de acoso y derribo al gobierno socialista de Felipe González. Una mañana, Miguel Ortega logró infiltrarse en los teléfonos de Onda Nada, camuflado de incondicional oyente, y puso a caldo al lenguaraz grupo de opinadores profesionales, animado por Biliar Mecano. Artemio Gaya fue el blanco favorito de la telefónica incursión de Miguel Ortega, quien lanzó contra el ególatra escritor una batería de improperios faunísticos y mitológicos, y lo desafió a negar que era cierto que había firmado un substancioso contrato con la emisora, por el que le salía a mil duros cada injuria lanzada a las nauseativas ondas.

Triana se había enterado de la tercera agarrada de Miguel, durante el rastreo sistemático y minucioso que realizaba en los papeles de su amante. Encontró una insultante carta airada, firmada por Chico y dirigida a Miguel, entre las páginas de un número monográfico de la revista La Lira, dedicada al poeta Jaime Gil de Biedma, con motivo del primer aniversario de su muerte.

         Señor Miguel Ortega, comenzaba escribiendo el poeta Federico Chico, En un principio, pensé que lo más prudente sería dar la callada por respuesta a su insidiosos artículo de La Lira, en el que me imputaba una serie de felonías con motivo de la publicación en diversos diarios madrileños de varios escritos míos, a la muerte de nuestro llorado (quiero creer que por usted también) Gil de Biedma. Dejé transcurrir las semanas y los meses para permitir que mi ira se aplacara, pero, pero hoy, mi pluma sosegada no puede seguir guardando silencio…Y tras unos extensos párrafos justificativos, la “pluma sosegada” terminaba diciendo:…Usted no es nadie en la vida literaria española, es sólo un mezquino mequetrefe al que todos olvidarán dentro de un tiempo, cuando pierda su capacidad de insultar y difamar aprovechándose de las páginas que tan generosa y lamentablemente le brindan sus amiguetes de La Opinión –ya sabe a qué me refiero-, mientras que mis poemas y mi prosa habrán entrado en todas las antologías. En algún momento –hace muchos años de eso-, pensé que nosotros podíamos haber sido amigos, pero aquello fue un espejismo que usted se encargó de disipar; hoy, únicamente desprecio puede esperar de mí y un odio sólo comparable a mi infinita capacidad de amar…

La “infinita” capacidad de odio de Federico Chico para con Miguel Ortega se originó porque en su artículo de la mencionada revista, el crítico se limitó a señalar: Mi enorme extrañeza ante la prolijidad elegiaca del conocido poeta madrileño, vertida en cinco periódicos del mismo día de la capital, haciendo gala de su hiperbólico y reiterativo estilo.

         Triana preparó el contenido de la entrevista que los dos estudiantes –pendientes de contratación- debían presentar a Nombril y a Gaya. El cuestionario se componía de un número igual de preguntas convencionales, acerca de la opinión que les merecía a los dos escritores la personalidad y la obra del profesor y crítico fallecido. Además, y aquí estribaba lo fundamental y lo que le interesaba sobremanera, los entrevistadores tenían que preguntar a quemarropa a sus respectivos interlocutores y observar después atentamente sus reacciones para contárselo a ella: ¿Cree usted que Miguel Ortega se suicidó o piensa que algún amigo suyo pagó a un matón para que lo asesinara?

Triana no pudo encontrar a ninguna jovencita adecuada que le sirviera para interpretar un papel parecido al encomendado por Hamlet a los cómicos daneses. Así que tuvo que renunciar a saber si Gaya era el responsable de la muerte de Miguel. Con respecto al segundo sospechoso, no obtuvo tampoco ningún dato significativo sobre su culpabilidad. Un joven homo, a quien había pagado quince mil pesetas para que se prestara a la farsa, consiguió hacer la entrevista, pero tomó el pelo de lo lindo a Triana: se tragó las preguntas comprometedoras, aprovechó el tiempo para que Nombril se lo despachara, y luego le contó a ella la mayor sarta de mentiras que se le pasó por la cabeza.

39

A Triana sólo le quedaba intentar su suerte con Chico, a quien nunca había tenido ocasión de conocer en persona. Decidió acudir por la tarde a la Casa de América, donde el poeta iba a oficiar de presentador de un libro. Aunque era el principio del invierno, hacía una temperatura superior a la normal para esas fechas, hasta el punto de muchos jóvenes lucían atuendos propios de la costa sur de California. Triana se vistió de la manera más sexi e incitante (“sexcitante”, según decía Miguel): iba dispuesta costase lo que costara a enganchar a Federico Chico, aunque le habían dicho que el hombre se contentaba con poca cosa en los últimos tiempos.

El libro presentado se llamaba Una llaga en el corazón, y formaba parte de los 65.056 títulos que se habían editado en España durante los últimos doce meses. Su autora, una inteligente y encantadora muchachita de 18 años, estudiante de COU, en Albacete. La joven poetisa, que se llamaba Penélope Pérez, se manifestó en su intervención, tras Federico Chico, con un desparpajo y un aplomo dignos de una top model en la pasarela. Firmó decenas de ejemplares de su ópera prima y llegó a sonreír tanto que hasta se le quedó marcada para siempre su primera arruguita en sus pómulos de pomelo. Triana pensó que la alumna-escritora, podía ser una rival y, antes de que tuviera tiempo de unirse a su presentador, se lanzó en picado hacia Chico mostrándole su más encantadora pose.

El poeta, que siempre se creyó un hombre guapo, había ya perdido parte de su característica esbeltez. Los hombros los tenía caídos y el estómago, otrora terso, presentaba una notable convexidad que la chaqueta negra de lino no llegaba a ocultar. Sin embargo, sus rasgos faciales se mantenían regulares, enmarcados por una leonina cabellera blanca. Era cierto que, pese a haber superado ampliamente los sesenta años y pese a los desvíos corporales señalados, el famoso continuaba siendo atractivo. Triana se presentó a él como una ferviente admiradora de su obra, de la que, en verdad, no era capaz de recordar un solo título. También le dijo que hacía mucho tiempo que deseaba conocerle, pero que le intimidaba el alto pedestal en el que lo había subido.

Federico Chico pensó que era un hombre muy afortunado por los halagos y cumplidos que recibía de una mujer como la que tenía delante. Se fijó en su talle de estrecha cintura, en sus carnes prietas y brillantes, casi al aire, a causa de la corta minifalda y del amplio escote. Pero, sobre todo, se quedó electrizado por los ojos que miraban fijamente a los suyos, y no le permitían desviar su vista hacia el corro de personas que esperaban impacientes su turno para saludarlo. El poeta era muy popular no sólo por su poesía sentimental, sino por su abrumante participación televisiva en toda clase de programas, en los que opinaba con pasmosa suficiencia sobre amor, política, filosofía, ciencia, ficción, ciencia-ficción, dieta mediterránea, cine, fútbol, música, pornografía, lo divino, lo humano…Se había creado a pulso una aureola de anarquista y disidente. Su lema era: discrepar o morir, y pensaba sostenerlo hasta la tumba.

El rostro de Federico Chico palideció levemente cuando Triana, temiendo que el grupito de admiradores al acecho acabara por arrebatárselo, le espetó de repente que había sido la compañera sentimental de Miguel Ortega, y tenía que comunicarle algo muy importante de su parte.

-Pero, si prefieres, podemos quedar para otro día –añadió al observar la reacción de disgusto de Chico.

-No, vale, me libro ahora mismo de toda esta gente y nos vamos a cenar, te invito yo –dijo el poeta telefamoso, que no acostumbraba a andarse por las ramas cuando una mujer le atraía.

Salieron casi huyendo y a escondidas de los aduladores, de los barrocos salones del palacio. Chico llevaba varias semanas sin ligar nada que fuese realmente de su agrado, y que tenía que ser “necesariamente fresco y hermoso”, según su propia expresión. Ya empezaba a creer que se había vuelto opaco para las mujeres jóvenes. Notaba que pasaba entre ellas y no lo miraban: “Que como que fuera invisible”. Sintió de repente que se llenaba de euforia y vitalidad. Detuvo un taxi y le dio la dirección de un restaurante muy chic, cercano a la plaza de Oriente, donde solía llevar a las presas que deseaba seducir.

Durante la cena, Chico se creyó obligado a comenzar hablando de Miguel Ortega, pero Triana lo interrumpió en seco tapándole la boca con los dedos de su mano derecha, mediante un gesto de rechazo enérgico a la vez que sensual. Quería reservar el tema para cuando estuvieran en el estudio del poeta, donde estaba segura que acabarían yendo. Para conseguirlo, fingió hallarse encantada y disfrutando de su compañía. Deseaba hacerle sentir que era un hombre irresistible y original. Pero, antes, debía vencer sus recelos, motivados principalmente por la gran diferencia de edad y haber sido la amante de Miguel. Las mesas vecinas del restaurante estaban ocupadas por señoras y señores de porte elegante y próximos a la edad de jubilación, y hombres más jóvenes con pinta de ejecutivos que fijaban la vista en el famoso, con miradas furtivas a la hermosa mujer que lo acompañaba.

La desigual pareja fue la última en abandonar el local, obligada por el indisimulado merodeo de los camareros. Triana propuso ir a tomar una copa a un pub de Huertas donde las canas del poeta no llamaran mucho la atención. El hombre no se había atrevido aún a soltar la proposición que ella aguardaba, y era preciso seguir haciéndole creer que la estaba fascinando. En realidad, sentía impulsos de salir corriendo y dejarlo con la boca abierta como un pasmarote. Se le hacía insufrible la conversación excluyente de Chico, tan insoportable de cerca como en sus apariciones televisivas. Tenía un ego más subido que la joroba de un dromedario. No paraba de poner a caldo a todas las personas de las que hablaba. Nadie era más inteligente ni sensible que él, y, en su afán por deslumbrarla, se atrevió a decirle en “confianza y de manera confidencial”, después de enumerarle su lista de premios de poesía y prosa que se abría con la A de Alicante y se cerraba con la Z de Zaragoza, así como de enseñarle a hurtadillas una galleta como la de los militares, prendida en el forro de su chaqueta, en la que había representado todos los galardones en diferentes colorines:

-Me han nominado como candidato al premio Miguel de Cervantes de este año.

Mientras lo observaba charlar por los codos, infalible y prepotente como suelen serlo algunos hombres mayores que han llevado una vida pública, Triana se imaginó que Federico Chico se transformaba en un chucho gana concursos de lanas limpias y relucientes, festoneadas con ricitos y cintas, que se exhibía altivo y desdeñoso. La música clásica convencional que se escuchaba en el pub dio pretexto al cabo de un tiempo, que a Triana se le hizo interminable, para que el poeta lanzase, de forma indirecta, la invitación que ella esperaba tediosamente.

-¿Te gusta Wagner?

-Me arrebata –contestó arrastrando las consonantes y mirando intensamente los ojos turbios del hombre.

-Pues vámonos a mi estudio. Allí tengo a Wagner completo.

-¿No te parece que es un poco tarde para escuchar a Richard? –replicó guasona, a la vez que hacía una señal al camarero para pagarle las consumiciones.

Cuando llegaron al reducido estudio del poeta, eran más de las dos de la madrugada. Por la atmósfera opresiva y el polvo que cubría el suelo y los objetos, Triana dedujo que en el picadero no había entrado nadie desde hacía varias semanas. Como si le hubiese adivinado el pensamiento, Federico Chico trató de justificar el abandono, diciéndole que la mujer de la limpieza se había puesto enferma y no había podido asear el estudio, y que él era un negado para esas cosas.

-Casi todos los hombres lo sois, no se os puede dejar solos.

-No lo sabes tú muy bien, y menos a los poetas: necesitamos siempre una musa.

-Pues aquí, lo que hace falta es un plumero y una fregona –dijo Triana con sorna.

Federico Chico, visiblemente nervioso, guardó silencio y se puso a dar palmadas a un viejo diván marrón de cuero, tratando de adecentarlo y levantando nubecillas de partículas.

-Creo que ya está mejor. Ponte cómoda- dijo a la joven-. ¿Qué quieres tomar? Tengo vodka, whisky, ginebra…

-Agua del grifo –interrumpió Triana secamente, pensando que ya había bebido bastante por esa noche, y no era cuestión de perder los papeles cuando llegaba la ocasión que aguardaba desde hacía tantas horas.

El poeta –que se había servido un vaso de ron puro- le trajo el agua y se sentó en un puf, justo enfrente y a escasos centímetros de Triana, que tuvo un movimiento reflejo intentando en vano alargar el corto vestido, que dejaba al descubierto sus hermosas piernas.

-¿Nunca has follado escuchando la muerte de Isolda? –preguntó Chico con desvergüenza, aunque pretendiendo ser refinadamente moderno.

-No empecemos, no empecemos –respondió Triana en tono cortante, pero todavía con risueña ambigüedad.

Federico Chico vio que era conveniente no precipitar las cosas y le preguntó:

-¿Y qué es eso tan importante que querías decirme de parte de Miguel Ortega?

Triana dio un suspiro interior de alivio: por fin iba a poder terminar con aquella farsa que ya comenzaba a parecerle odiosa.

-¿Sabes?…Miguel trató de reconciliarse contigo –afirmó, siguiendo el guión marcado para llegar a la pregunta clave-. Él no era rencoroso con nadie y le dolía mucho vuestra pelea.

-¿De veras…y por qué no me escribió una carta? Tuvo tiempo de responder durante los tres años que han pasado desde que le envié la mía. Te aseguro que todos los días miraba mi buzón esperando encontrarla, hasta que me llegó la noticia de su…

Triana volvió a taparle su boca con los dedos, silenciando la palabra que iba a pronunciar y que le sonaba a cruel revancha. Chico, entonces, aprovechó ese gesto, sensualmente perturbador, para retenerla por las manos y abalanzarse con decisión sobre ella, aprisionándola con su cuerpo. Triana tardó unos segundos en reaccionar, los suficientes para que el hombre creyera que consentía y comenzara con furia inusitada a levantarle la falda y acariciar sus muslos desnudos, buscando frenéticamente quitarle las bragas. Cuando sintió que si no actuaba de manera rápida y enérgica el poeta podría violarla, chilló como una salvaje a la vez que dio una fuerte sacudida con todo su cuerpo, que la liberó del frágil esqueleto de Chico. Éste quedó tumbado boca arriba en el suelo, entre el puf y el diván, derribando al caer el pequeño velador donde habían puesto las bebidas. Triana saltó como un felino, recogió al vuelo su pequeño bolso colgado de una silla, abrió la puerta del apartamento y, tras dar un sonoro portazo, salió volando escaleras abajo, sin abrigo y sin zapatos.

En la calle, desierta, de madrugada de invierno, no le fue fácil encontrar un taxi dispuesto a recogerla. Los conductores debían de pensar que se trataba de una prostituta o drogadicta, o las dos cosas a la vez, con problemas. Al aproximarse a la muchacha, ligera de ropa, descalza y con el pelo revuelto, aceleraban la marcha del vehículo y pasaban de largo. Triana continuó alejándose a paso ligero del estudio de Chico. Tenía miedo de que el poeta la siguiera e intentara causarle daño. Desembocó en la calle de Miguel Ángel donde, al fin, un taxista joven accedió de inmediato a subirla. Cuando le indicó la dirección de casa de sus padres, y se dejó caer rendida y congelada en el asiento trasero del coche, las lágrimas brotaron incontenibles y silenciosas de sus ojos, locamente bellos.

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