Espacio de Balbino. Escritos flamencos. El ballet soñado

TVE2 emitió anoche, 19 de junio de 2015, un documental que reflejaba la carrera artística de Cristina Hoyos. Hoy quiero recordar la reseña sobre la gran bailaora sevillana, entusiasta reseña, que publiqué hace ya unos cuantos años.

El ballet soñado
(Publicado el 10-9-1990)
“Sueños flamencos”
Ballet de Cristina Hoyos
Coreografía: C. Hoyos y Manolo Marín
Fecha: 8 de septiembre de 1990
Local: Teatro de la Zarzuela (Madrid)
Apareció Cristina como un rojo clavel sobre la caja oscura del escenario. Siguiriyas, bata de cola y palillos, como queriendo anunciar: lo que ustedes van a ver es flamenco. La voz de Juan José Amador y las guitarras hicieron el resto, todo dentro de los cánones del arte. Estallaron los primeros aplausos, se retiró y ya nos había deslumbrado. Sólo un anticipo maravilloso, después seguiría lo inefable. En el taranto, Cristina alcanzó el brillo de la genialidad. Recordaba a la madre coraje de Brecht: la ternura dio paso a la rebelión. Este palo, de resonancias mineras, precedido de unos tangos, cortos y sobrios, ejecutado por los cuatro bailaores, tuvo un sello épico, muy difícil de imaginar en el flamenco. En las bulerías por soleá, la artista nos sorprendió al alternar uno y otro ritmo en breves secuencias.
La farruca, las bamberas y las alegrías, en las que no intervino, pusieron la nota lírica y festera, justo el tiempo para que se nos borrara el escalofrío de la piel. Nada de concesiones ni falso folclore: sensualidad y gracia, con perfección técnica y una total sincronización del ballet. Las bulerías finales lograron hacernos olvidar el papel convencional que muchos le asignan, veinte minutos de aplauso con el público puesto en pie, capaz de saltar al escenario para sumergirse en el júbilo de los artistas.
Que nadie se equivoque, lo que describimos no se consiguió con una coreografía al servicio de un argumento. Es una obra flamenca, flamenca. El decorado, en su mínima expresión, la puesta en escena basada en el juego de luces, el vestuario y el talento. Descubrimos a una Cristina Hoyos dulce y exacta, distinta de la imagen adusta y seca que tantas películas nos han dado. Una artista tierna y desafiante, intuitiva y técnica: sus desplantes y contoneos, sus vueltas y piruetas desafiaban la gravedad y la anatomía.
Y era tanta la pureza, que uno se preguntaba si no sería posible seguir contemplando indefinidamente su capacidad de inventiva y de creación estética. Nadie quería que se terminaran los espléndidos sueños que Cristina Hoyos nos había hecho compartir.

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