Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 36 y 37

36
Entraron en el dormitorio de Matilde, al final del corredor. Era una habitación espaciosa de techo alto y ligeramente inclinado, con recias vigas pintadas de caoba, en la que había dos amplias camas antiguas, separadas por un metro de distancia. Matilde echó el pestillo a la puerta e invitó a Triana a sentarse en uno de los dos sillones de terciopelo rosa, delante de una mesa alta cubierta con un ancho tapete –del mismo color y tejido que los sillones y las colchas de las camas- que caía sobre una gran alfombra persa extendida por el suelo de madera. Triana nunca había pisado la alcoba de la pareja, y le extrañó encontrar el estilo, como de nuevos ricos, del mobiliario, la decoración y los numerosos objetos que saturaban el espacio, en vista de que allí dormía una mujer adinerada, de aspecto moderno, y su compañero pintor (en la línea de Eric Fischl), que se bebía los vientos artísticos que soplaban en la Gran Manzana y consideraba a Andy Warhol como el padre de todo el arte contemporáneo. Nunca había tenido tampoco un cara a cara con la que fuera esposa de Miguel, y ello le causaba un leve sentimiento de culpabilidad que no había experimentado antes, y que se reflejaba en perceptibles reacciones nerviosas de las manos y la cara.
Matilde comenzó anunciándole que iba a ser franca y directa, y no debía enojarse con ella, pues pretendía que fuesen buenas amigas en el futuro. Le aseguró, en primer lugar, que jamás le había tenido antipatía ni rencor, porque llevaba muchos años separada de Miguel cuando los dos se hicieron amantes, y ya antes de eso, había dejado de afectarle la vida sentimental de un hombre que nunca le tuvo demasiado respeto y le había sido infiel con su mejor amiga de la época, Rosa María, a la que le faltó tiempo para venir a contar su traición continuada de una semana, durante la cual ella se había ausentado de Madrid por motivos profesionales. Matilde -sin apenas respirar una sola vez- no le ahorró el detalle sobre la “estúpida” Rosa María, que se había ofrecido para hacer de canguro de la pequeña Vanessa, con siete años de edad entonces, y Miguel y la amiga se habían acostado seis noches seguidas en el lecho compartido del matrimonio, siendo a partir de ese episodio cuando decidió que pondría dos camas en su cuarto para que ninguna otra mujer volviera a joder sobre su propio colchón. Triana, sorprendida, se preguntó por qué Matilde aprovechaba una noche que iba a ser de homenaje a Miguel para airear los trapos sucios del pasado, ya tan lejano, y ésta, como adivinando sus pensamientos, prosiguió de manera aún más descarnada.
-Yo despreciaba al hombre y creo que él siempre lo supo. Otra cosa era su talento y su personalidad intelectual, que dicen que eran muy respetadas.
Y Triana (en lugar de creer con sobrados motivos, después de la lectura del diario, que Matilde llevaba razón, y en lugar de hacerle las preguntas que tenía en mente acerca de su embarazo de Vanessa) sintió un fuerte enfado repentino que le hizo perder la serenidad.
-Mira, Matilde. Yo no he venido aquí para oír hablar mal de Miguel, quien, por muy cabronazo que fuese contigo, era una persona maravillosa, cuyas cenizas te has empeñado en que trajera esta noche de su casa a la tuya.
-Cálmate, por favor, que no quiero que riñamos. Cálmate y disculpa si he sido muy brusca –dijo Matilde en tono conciliador, y añadió-. Y a propósito de las cenizas, ¿qué piensas hacer con la urna?
-Quiero estar en Granada el día 5 para arrojarlas en el lugar que Miguel me indicó –respondió Triana en tono cortante.
-Pero ¿acaso dejó un testamento o algún documento? –preguntó Matilde alarmada, temiendo que su ex marido, además de prever las circunstancias de su enterramiento, hubiera dejado como heredera a la amante.
-No, sólo fue de palabra, pero estoy convencida de que Miguel no bromeaba, así que supongo que tú no tendrás ningún inconveniente en cumplir su voluntad.
-Yo no, en absoluto. Es más, me da exactamente igual lo que hagas con sus restos. Por mí, lo hubiera enterrado como Dios manda. Sin embargo, ni yo estaba aquí cuando murió, ni me quedaba ya ningún vínculo con él. Pero, a lo mejor Vanessa quiere acompañarte, ¿te parece bien que se lo preguntemos?
-Por supuesto que sí –dijo Triana.
Ya había pensado en pedirle a la joven que fuera con ella porque creía que era lógico que la hija de Miguel participara en el acto funerario, y también por el pánico que le daba viajar sola en coche, aunque no le quedaba más remedio que hacerlo de ese modo. El autobús, el tren o el avión, le parecían medios poco adecuados para transportar las cenizas de su amante.
Hizo ademán de levantarse dando por finalizada su conversación con Matilde (que no parecía sentir curiosidad por conocer las causas de la muerte de ex marido), pero, ésta la retuvo con un gesto de su mano derecha, indicándole que aún quería hablarle de otros temas.
-Me pregunto si Miguel habría redactado algún documento notarial con relación a sus bienes, ¿tú sabes algo?
Triana se quedó boquiabierta y no supo qué contestar durante varios segundos. No era que se negara a tratar del asunto o tuviera alguna intención turbia sobre la futura propiedad de la vivienda de su amante, simplemente, no se le había pasado por la imaginación pensar en ello, y menos en ese momento y durante esa noche en que las cuestiones materiales debieran haber quedado relegadas. Sin embargo, reaccionó ingenuamente con una generosidad que iba en contra de sus legítimos intereses.
-Que yo sepa, no, y por lo tanto puedes disponer de su piso desde este mismo instante. Ahora, si no te importa, quisiera que me dejaras estos días para seguir aclarando varios puntos que me preocupan, y poder llevarme mis cosas. De manera que, al volver de Granada, le doy las llaves a tu hija.
Matilde habría preferido que se las entregara en el acto, porque temía que Triana se pudiera llevar el dinero o las joyas que hubiera en la casa. Pero pensó -conociendo la manera de ser de su ex marido- que ni lo uno ni lo otro valdrían la pena de una pelea con Triana que, sin duda, las enfrentaría para siempre. Sin embargo, tampoco estaba dispuesta a no ejercer ningún tipo de control sobre un patrimonio que pertenecía ahora a Vanessa, y comunicó a Triana su intención de visitar el apartamento al día siguiente para “efectuar un inventario con el fin de que no haya ningún malentendido entre nosotras”.
Regresaron al salón donde los tres hombres discutían con acaloramiento de los temas más variados, sin que parecieran reparar demasiado en los compases finales de la Patética que Vanessa se había encargado de poner, siguiendo las instrucciones de su madre. Triana, que deseaba marcharse sin dilación, quiso anticipar su turno y pidió un poco de silencio para poder escuchar las sevillanas de Camarón de la Isla que había seleccionado: ¿Por qué me llamas, prima, por qué me llamas? Preguntaba con infinita amargura el genial cantaor gitano, como si hubiera presentido la sombra de su cercana muerte. La misma muerte que había convocado esa noche en casa de Matilde a unos amigos, que, principalmente, hablaron sobre cosas de la vida.

37
El primer día del año, frío, desierto y mudo, no fue tampoco impedimento para que Matilde, provista de un gran bloc de notas y varios bolígrafos, se presentara en casa de su ex marido. Vino con Vanessa, remolona y bostezante por la falta de sueño, y las recibió Triana que acababa de llegar al piso algunos minutos antes, y se había ocupado de ordenarlo y limpiar superficialmente el polvo inevitable y constante que penetra en las viviendas de Madrid. Eran las doce en punto, y un sol amarillento y oblicuo entraba por el balcón, inundando con sus rayos tibios toda la superficie del salón. A pesar de la luz tamizada, Triana se fijó en que el rostro de Matilde, sin el maquillaje de la noche anterior, ofrecía un lustre ajado y estaba surcado, junto a los ojos, por un haz de arrugas propias de una mujer de más edad: Matilde andaría en torno a los 40 años. Triana sabía por Miguel que era cinco o seis años menor que él, y, sin embargo, había perdido en gran medida el brillo de la juventud, y su cara presentaba síntomas de reducción irreversible. Donde más se apreciaba la mengua de los rasgos faciales era en el mentón, marcadamente huidizo, y que daba su cara un perfil de garbanzo, tanto más acentuado por causa de la nariz que, sin ser prominente, dibujaba una ligera línea arqueada. Pese a ello, Matilde continuaba siendo una mujer atractiva, sobre todo, por su figura esbelta y bien moldeada, en la que destacaba la firmeza de los senos y la persistencia de un vientre plano.
Triana les ofreció café que Matilde rechazó por las dos, pretextando falta de tiempo por haber quedado a almorzar en casa de sus padres, a quienes no había visto todavía durante esas navidades. Vanessa fue encargada de levantar acta de los objetos y valores existentes en el apartamento, que su madre comenzó a detallar empezando por los que había en el salón, donde colgaba cinco cuadros al óleo de pintores amigos de Miguel, novecientos noventa libros, doscientos diez discos, trescientas casetes, una colección de tinteros con veinte piezas de diversos modelos y materiales, una vajilla antigua para doce personas con sus respectivos vasos, copas y cubiertos de plata…Decorando las paredes del corredor había tres dibujos de calidad, enmarcados y protegidos con cristales, que no escaparon a la disposición contable de Matilde. Como tampoco escaparon los dos grabados más un cuadro (de tema erótico), colgados en el dormitorio de Miguel. Aquí, Triana abrió a tope todos los cajones del armario, cómoda y mesitas de noche, que fueron registrados con minuciosidad e inspeccionados por los ojos ávidos de Matilde. Aparecieron dos cartillas de ahorro y un talonario de cuenta corriente con los nombres y apellidos de Miguel y Vanessa, hecho éste que la joven conocía y del que no había informado a su madre por advertencia del padre.
-¿Y esto, cómo es que está también a tu nombre y yo sin enterarme de nada? –preguntó Matilde con acritud.
-Ah, sí –se limitó a responder la hija en tono displicente, y añadió-. Papá me dijo, el día que cumplí dieciocho años, que había puesto todo su dinero también a mi nombre.
-¿Y por qué no me dijiste nada? –volvió a preguntar Matilde aún más irritada.
Vanessa se alzó de hombros por toda respuesta, y su madre continuó examinando varios documentos, uno de los cuales se puso a leer con gran atención. Al cabo de unos segundos, levantó la vista del papel y, enseñándoselo a su hija y a Triana las interrogó como si les presentara la prueba de algún delito:
-¿Tampoco sabías nada de esto, doña Vanessa Ortega, ni tú tampoco, doña Triana Bolívar?
La causa de la indignación de Matilde era un reciente documento notarial mediante el que Miguel había testado la propiedad y las pertenencias del piso a Vanessa y Triana, en porcentajes iguales, y estableciendo una serie de cláusulas en cuanto a la capacidad legal de venta de cada una de las partes que le correspondían.
Las más sorprendidas por la aparición del testamento fueron las dos herederas, pues Miguel no les había comunicado absolutamente nada, y no podían imaginar que éste hubiera tomado semejante decisión, no estando justificada por motivos de edad, salud o de cualquier otra índole.
-Bueno, bueno, pues aquí tenéis cada una vuestra copia de titularidad, señoritas –dijo finalmente Matilde, controlando su tono de voz, al observar la expresión de inocente sorpresa que se reflejó tanto en la cara de su hija como en la de la joven amante de su ex marido.
El seguimiento del inventario transcurrió con mayor rapidez. Los discos y los libros del dormitorio y del resto de la vivienda se contaron a bulto. No apareció ningún cofre que contuviese alhajas, ni títulos de la renta, ni bonos del tesoro, ni planes de pensiones, ni seguros de vida ni de muerte. De todos modos, Matilde pensó inmediatamente en hablar con su abogado para exponerle la situación, con el fin de saber si ella podía reclamar en derecho parte de la herencia. Para Triana, la existencia del testamento, con fecha del 2 de diciembre pasado, fue la confirmación definitiva de que Miguel había recibido alguna amenaza seria contra su vida.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Libros y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s