Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar, capítulos 34 y 35

34

Triana pasó el último día del año en una especie de ensoñación vaporosa, que no le impidió dedicarse a diversas tareas domésticas (arreglar la casa, hacer algunas compras con su tía, y ocuparse más de Vitín que había acusado su ausencia de los días anteriores y se lo estaba haciendo pagar, acaparándola de manera exclusiva), aunque las realizaba como un autómata, igual que si estuviera en un ámbito aislado del resto de los mortales. La última página del diario –según creía- le había evocado con nitidez la época feliz que siguió a la reconciliación con su amante: la embriaguez del amor recuperado, el gozo y la ternura de los momentos consecutivos al deseo satisfecho. En aquellos días había conocido una llamarada de vitalidad semejante a la que siente, tal vez, quien recobra la salud tras una larga enfermedad que le hubiese llevado a las puertas de la muerte, y, al compararla con su angustia del momento, sintió que el mundo se disgregaba bajo sus pies y no era capaz de encontrar objetivo ni ser que la animara a encarar el porvenir.

La perspectiva de la reunión en casa de Matilde le pareció fastidiosa, pero se veía obligada a acudir. La mujer había vuelto a llamarla, ya desde Madrid, rogándole que no faltase a la cita y pidiéndole que llevara las cenizas de su ex marido, pues deseaba rendirle el último homenaje debido al no poder haberlo hecho en las horas posteriores al fallecimiento. Dejó a Vitín durmiendo y deseó una feliz entrada de año a su padre y a su tía, así como al viejo Atilio, a quien habían invitado esta vez a celebrar con ellos la señalada velada. Antes de marcharse, tuvo un equívoco detalle de humor recomendando a los tres ancianos precaución al tragar las uvas, no fueran a ahogarse.

La noche era de serena frialdad y brillaba la luna menguante que aún no dejaba ver más que unas pocas estrellas. Aunque se escuchaban las detonaciones cercanas de algunos petardos aislados, las calles del barrio de Salamanca permanecían todavía en calma antes de la explosión de sonidos ruido y agitación que se produciría tras las doce campanadas y continuaría durante las horas siguientes de la madrugada hasta el amanecer. Triana conducía su propio coche (lo utilizaba en poquísimas ocasiones), un Opel Corsa berlina, rojo, de cuatro puertas, temiendo, con toda razón, la imposibilidad de encontrar un taxi a la ida o a la vuelta de casa de Matilde que vivía al principio de la calle de Serrano, muy cerca de la Puerta de Alcalá. Además, hubiera ido caminando, de no ser porque debía pasar primero por el apartamento de Miguel para recoger la urna, acompañada de Vanessa que la esperaba delante del portal de la casa de la madre. La joven se abrazó apretadamente a Triana, que se había bajado para abrirle la puerta derecha del coche. Luego, sentadas dentro, prolongaron su abrazo silencioso durante un rato, unidas por las mejillas y notando cómo se mojaban con sus lágrimas mezcladas. Fue la única vez, desde el día de la muerte de Miguel que Triana sintió una auténtica descarga emocional que le produjo una placentera sensación de alivio. Vanessa era una joven encantadora: fresca, espontánea y muy afectuosa. Se parecía mucho a su padre: alta y esbelta, de pelo castaño tirando a rubio por las puntas, con bellos ojos marrones en un terso rostro ovalado. Permaneció unos segundos en silencio mirando fijamente a Triana, que volvió a poner el coche en marcha.

La Plaza de la Independencia y la calle de Alcalá eran un ascua rutilante de bombillas doradas. Las cruzaron rápidamente y se dirigieron por la Avenida de Alfonso XII, casi en penumbra y vaciada de luz en su acera izquierda por el fondo oscuro del parque de El Retiro.

-¡Pobrecita, qué mal has tenido que pasarlo! Mientras tanto, mi madre y yo de turismo por América con el odioso de Fuster.

Triana hizo una mueca de extrañeza sin dejar de vigilar el tráfico que había aumentado al llegar a la plaza de Neptuno, que atravesaron con dificultad por culpa de algunos conductores incontrolados. Vanessa notó la curiosidad que sus palabras habían despertado en la amiga de su padre que siempre le cayó bien, y añadió:

-Bueno, ya te contaré los detalles en un momento más oportuno, aunque no se trata de nada grave.

Rodaron al paso por la calle del Prado saturada de coches y giraron a la izquierda por Echegaray. Aparcaron sobre la acera y subieron al apartamento de Miguel. Entraron con gran sobrecogimiento en la vivienda, fría y desierta, cuya puerta, Vanessa olvidó cerrar tras de sí.

-Aquí está –dijo Triana con un suspiro mostrando la copa funeraria a la joven, que no careció de valor para tomarla en sus manos acariciándola, a la vez que permanecía rígida con la cabeza inclinada hacia el suelo y con los ojos cerrados, en una actitud de intenso recogimiento.

-Parece mentira que esto sea lo que queda de él – dijo Vanessa con la voz estrangulada por la emoción y las lágrimas inundándole la cara. Al cabo de unos minutos se serenó y carraspeó para aclarar su garganta:

-¿Tú crees en el más allá?

-¡Quién sabe! Tu padre decía que no creía, ¿y tú qué piensas?

-Creo que el mundo ha sido creado por una inteligencia superior, pero, bueno. En todo caso, creo en las ideas, y papá tenía muchas ideas y era muy inteligente. Así que por lo menos, eso también queda de él –dijo Vanessa devolviendo la urna a Triana. Ésta la colocó en posición escrupulosamente vertical en el interior de un bolso de cuero marrón, el preferido de Miguel para sus viajes, y tuvo a propósito de la fatuidad de los seres humanos un pensamiento sarcástico que imprimió a su cara un rictus pasajero semejante a una sonrisa forzada.

-Debemos marcharnos, aunque preferiría quedarme en casa de papá. Tengo la sensación de que su espíritu anda flotando aquí y que lo dejamos solo –añadió Vanessa con la voz nuevamente quebrada; y, tras una pausa para sobreponerse, dijo-: ¡Ah, se me olvidaba! Mamá desea que esta noche, como homenaje a mi padre, cada una de nosotras ponga la música que a él le gustaba. Así que, si estás de acuerdo, tú también tienes que elegir la tuya.

Triana se quedó bastante desconcertada, no tanto por el tipo de ocurrencia de Matilde, sino porque no le hubiera consultado su parecer sobre una velada in memoriam de esas características. De todas maneras, ya era tarde para negarse a ir, aunque quiso conocer más detalles sobre la reunión.

-¿Sabes cuántos vamos a ser?

-Pues, creo que seis contándote a ti –respondió Vanessa-. ¿Te importa que escoja dos cintas para papá?

-Claro que no me importa –respondió Triana, y aprovechó la ocasión para averiguar si la joven tenía la casete que estaba buscando con ansiedad desde hacía varios días.

-A propósito de cintas, ¿no tendrás ninguna de tu padre en casa?

-Me parece que me llevé dos suyas, pero te las devuelvo dentro de un rato –se apresuró a responder Vanessa, creyendo que Triana se las reclamaba.

-No, no, si puedes quedártelas todo el tiempo que te apetezca, simplemente, me gustaría saber si se trata de una grabación que tu padre creía que había perdido.

-¿Ah, ya!, pues ahora no recuerdo cuáles son, pero en cuanto lleguemos a casa, te las enseño.

Entraron en el salón y cada una eligió en secreto dos temas musicales para que su escucha posterior constituyese una sorpresa, según lo establecido por Matilde.

Volvieron al coche. En el techo encontraron dos vasos de plástico de Coca Cola que Triana derribó de un manotazo. Mientras arrancaba el motor, Vanessa colocó el bolso con la urna encima de sus rodillas y estrechándolo contra su seno. En la calle del Prado, dos transeúntes borrachos y juguetones rodaron enlazados por el suelo y se quedaron a un palmo de caer bajo las ruedas del Corsa, dando un susto de muerte a Triana. Poco antes de llegar a la plaza de Cibeles, el tráfico estaba paralizado. El estruendo de cláxones y motores era ensordecedor. La mayoría de los automóviles los ocupaban jóvenes excitados, algunos las invitaban a unirse a ellos con voces y gestos. Triana comenzó a ponerse nerviosa creyendo que les iban a dar las doce dentro del vehículo. Vanessa permanecía impasible y miraba como alucinada a un punto indefinido delante de ella. La seriedad de su rostro contrastaba con el alegre y alocado ambiente exterior. De pronto, lanzó la pregunta que Triana esperaba y temía.

-¿Cómo murió papá? –dijo con voz casi inaudible pero firme.

-La policía asegura que fue un accidente –respondió Triana, que no deseaba comunicar a la joven ninguna de sus sospechas ni que conociera la tesis oficial del suicidio.

-Pero ¿un accidente de qué?

-No se sabe bien, todo fue muy confuso –respondió con voz grave y sin encontrar el modo de silenciar los detalles que Vanessa le pedía.

De manera oportuna, el atasco comenzó a disolverse y la circulación recuperó una cierta fluidez, obligando a Triana a concentrarse en la conducción del coche y a interrumpir sus explicaciones. Cuando entraron por la puerta del ático de Matilde, después de dejar el Corsa en el patio central del edificio, faltaban sólo tres minutos para que sonaran las campanadas que marcarían el nacimiento del nuevo año.

35

En el inmenso salón del gran piso abuhardillado, las esperaban Bernardo Fuster y Alberto Martín Mesa –escritor y periodista- por el que Triana sentía simpatía y admiración, y con el que, a su pesar, había tenido poco trato personal. Matilde dispuso sin apelación que la copa funeraria se colocase sobre la mesa grande, junto a un enorme jarrón lleno de flores, para que el espíritu de Miguel presidiera la noche y la reunión, justificando su decisión: “Porque es lo que se hace en Nueva York y en Los Ángeles de California” –precisó- “con las cenizas de los amigos que mueren a consecuencia del eids o de manera traumática…”. Fue interrumpida por la primera de las campanadas del antiguo reloj de pared. Justo un segundo antes, Vanessa había terminado de distribuir los cuencos de cerámica china conteniendo las doce uvas rituales. Triana y la joven tuvieron que hacer un esfuerzo heroico para tragarse menos de la mitad en el tiempo requerido. Ya otros años, en condiciones normales, Triana había sido siempre incapaz de comer más de siete u ocho uvas, de modo que aún seguía masticando cuando todos, salvo Vanessa, habían acabado y se besaban y abrazaban deseándose suerte para los meses venideros y toda la vida. Matilde, tras estampar dos sonoros besos en las mejillas de su hija, vino al encuentro de su “sucesora” –como le decía a sus amigos- hallándola con los mofletes hinchados por la pulpa azucarada de la fruta que se resistía a resbalar por su garganta.

Mientras se dejaba abrazar, Triana recordó fugazmente la última noche vieja que pasó sola con Miguel, y habían tomado las uvas introduciéndolas en la boca del otro con sus labios y lengua, en uno de los juegos más excitantes de todos los que habían practicado juntos. Al separar su cara de la de Matilde, observó que ésta tenía los ojos empañados de lágrimas y escuchó que le pedía perdón por no haber vuelto más pronto de los Estado Unidos.

-No supimos nada hasta que regresamos a Nueva York desde San Francisco, el día 28. No me lo podía creer. Bernardo pensó que se trataba de una inocentada de pésimo gusto –dijo Matilde al oído de Triana, y luego añadió en voz alta-: ¡No te irás enseguida!

-No, claro que no.

-Me gustaría que habláramos más tarde, pero antes tienes que comer algo: ¡te has quedado en los huesos! –dijo exageradamente Matilde llevándola de la mano hacia un ángulo del salón, donde había preparado un abundante y excelente bufé frío.

-No sabes cuánto lo siento –dijo el pintor.

-Lo siento muchísimo –dijo el escritor.

-Gracias, ya lo sé –replicó Triana a los dos amigos, que estaban charlando delante de la mesa repleta de comida y bebidas.

Bernardo comentaba los estragos que provocaba el sida entre los artistas neoyorquinos, y de cómo la terrible enfermedad les estaba obligando a cambiar sus costumbres libertinas por otras más “morigeradas”, dijo exactamente. Mencionó hasta siete nombres de amigos suyos, fallecidos todos por la misma causa, sin reparar en que el tema de la muerte no era el más apropiado para ser aireado en presencia de Triana. Matilde se unió a la conversación echando más leña al fuego y afirmó que en Madrid estaba empezando a suceder algo parecido, y empezó a contar el número de amistades y conocidos que se había llevado la “maldita plaga”. El escritor dio un cambio de orientación a la charla y preguntó si todavía esperaban que viniera Ángel Camba, al que Matilde había invitado igualmente en el último minuto, y para que “hiciera bulto” en tan reducida reunión. Bernardo aseguró que vendría, y añadió con afectación:

-Pero resulta que Ángel es de esa clase de personas que nunca tiene nada que hacer y siempre llegan tarde a todas partes.

-Bueno, no exageres –protestó Matilde intentando contrarrestar la malévola observación de su compañero, acerca del invitado que faltaba por llegar: un periodista en paro, no por despido o naufragio del medio de prensa (en los últimos años se habían cerrado cuatro diarios en Madrid, poniendo fin a la época dorada del periodismo), sino por voluntad propia.

-Ángel se encuentra en una situación económica tan precaria que no faltará a la cita, aunque sólo sea para no perderse la cena –dijo Alberto Martín Mesa, quien apreciaba a Ángel y al que debía en gran medida la publicación de su primera novela, en la editorial de la que éste había sido asesor principalísimo, así como el haber entrado de colaborador en La Opinión, del que Camba también había dimitido como crítico literario, porque no le trataban bien, según la escueta explicación que había dado a Alberto.

-Y hablando del rey de Roma… dijo Vanessa que había escuchado la conversación a cierta distancia y yendo a responder al telefonillo del portal que sonaba con insistencia.

-Es Ángel – confirmó al volver de la cocina-, ya sube, si no se pierde en el ascensor: ¡con lo despistao que es! Dijo la joven que sentía un gran afecto por el amigo de su padre y su madre, al que conocía desde que ella aprendió a dar los primeros pasos.

El periodista sin periódico entró en el salón con un paso inseguro y varios discos de vinilo bajo el brazo. Primero se dirigió titubeante a Triana, a la que besó diciendo:

-Trini, hermosa –siempre la llamaba así-. ¡Para qué te voy a contar! – y luego a Matilde, en broma y como disculpándose por haberla preterido-. ¡Señora, es un gran honor! – Después abrazó a los demás y saludó al pintor en último lugar-: Bernardo, mamón, ¡qué bien te veo! -, y añadió ya con más aplomo-: bueno, ¡feliz año a todas y a todos a pesar de los pesares, ea!

Matilde, a continuación, solicitó dos minutos de silencio en memoria de Miguel, y, una vez transcurridos, volvió a llamar la atención de cada uno para que le dieran sus discos, casetes o “si dis”, y que le dijeran los nombres, -no más de dos- de las piezas musicales, conciertos o canciones, con el fin de establecer “un orden armónico de audición”. Ella, en cambio, en calidad de anfitriona y mujer legal del fallecido, se reservó el derecho a seleccionar un número mayor de composiciones que, de llegar a ponerse todas, necesitarían más de dos horas ininterrumpidas de escucha. Triana se extrañó por la selección de Matilde, pues abundaba principalmente la obra sinfónica de Beethoven, Brahms, Schumann, Mendelson, Chaikowski y hasta de Strvinsky, al que no había oído casi nunca en casa de su amante; de manera que pensó que se trataba más bien del gusto personal de ella, a menos que fuese la música que interesaba Miguel cuando vivían juntos. Vanessa seleccionó Michelle y Yesterday de los Beatles, Ángel había elegido dos piezas de Charlie Parker: Happy bird blues y Scrapple from the apple. El escritor escogió Oda para un hippie y Verano Porteño, ambas de Astor Piazzola, al que Miguel le había hecho descubrir. Por último, Triana dio a Matilde los títulos de Omega de Enrique Morente, con letras de García Lorca y Leonard Cohen, y unas sevillanas estremecedoras de Camarón de la Isla, que el cantaor había grabado pocos meses antes de morir.

Nadie había pensado en Bach. Su obra, junto a flamenco, era la que más solía escuchar Miguel en los últimos años, así que Triana quiso añadir una tercera pieza del genio alemán: la Suite inglesa, en versión de Wilhem Backhaus, que acabó encontrando en el único elepé de Bach de toda la discoteca de la anfitriona, compuesta en su mayoría de sinfonistas clásicos y, sobre todo, de jazz. Cuando se lo dio, Matilde no pareció aprobar alegremente el extra musical de la amante de su ex marido y, aunque no llegó a rechazarlo, lo aceptó acompañado de un comentario que no agradó a Triana:

-Bueno, lo dejaremos para el final.

Bernardo, que estaba a su lado, se dio cuenta de la salida poco amable de su compañera, e intervino para complacer a Triana diciendo que él aún no había seleccionado ningún título y le cedía su tiempo, a lo cual Matilde replicó inflexible:

-Ni hablar, las normas son las normas.

Vanessa, que había notado la tirantez del trío, acudió al quite para enseñar a Triana las casetes que se había llevado de casa de su padre, que eran tres en lugar de dos, como creía.

-Vale, puedes quedártelas si quieres –le dijo Triana aliviada, al comprobar que no estaba la cinta que esperaba.

-¿De quién es la que buscas? –quiso saber Matilde, que no desaprovechaba una sola ocasión para figurar de protagonista.

-Es una entrevista con Federico Chico, aunque no estoy muy segura –respondió Triana para salir del paso.

-¿Federico Chico?, pero, si no se hablaban desde hacía mucho tiempo: ¡se llevaban a matar! –replicó Matilde.

-Pues entonces será con otro. No tiene importancia –dijo Triana poniendo fin a la discusión y tomando nota de la observación de Matilde acerca de la hostilidad que había existido entre Miguel y el conocido poeta.

La dueña de la casa fue a poner en la cadena de alta fidelidad La sinfonía pastoral de Beethoven, la primera de las obras dedicadas al muerto, que resultaba prácticamente desconocida para Triana, y no recordaba haber escuchado nunca en casa de su amante.

-¡Qué serena belleza!, ¿no os parece? –dijo Matilde y, sin esperar respuesta, tomó a Triana por el brazo para llevarla por el largo y ancho pasillo que dividía la vivienda, de trescientos metros cuadrados, en dos partes simétricas; pero antes de abandonar el salón, se dirigió a los demás en voz alta, tratando de ser graciosa:

-Vamos a hablar entre mujeres. ¡Y tú, Vanessa Ortega, ten cuidado con esos tres hombres!

        

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s