Espacio de Balbio. Escritos de ficción. Triana Bolívar, capítulos 32 y 33

32

Al día siguiente, la niebla y la contaminación del aire cubrían la ciudad con un denso baño de baba plomiza, que contaminaba el asfalto y las carrocerías de los millones de coches, invasores de todo el espacio urbano. Cuando Triana regresó a casa de Miguel, escuchó en el contestador automático un mensaje de Matilde desde Nueva York, anunciándole que llegaba a Madrid el 31 por la mañana y citándola para esa misma noche en su casa, donde pensaba reunir a un grupo íntimo de amigos. Dio un suspiro de alivio: por fin iba a poder compartir su desgracia con los familiares del fallecido, y averiguar si Vanessa tenía la cinta comprometedora, cuya existencia y desaparición la habían llenado de tanto desasosiego. El silencio era de nuevo total en el apartamento, así que Triana pudo seguir tranquilamente con la lectura del diario al que sólo le faltaban diez páginas para el final.

Si T. me hubiese llamado para preguntarme qué quería decirle con la frase de mi tarjeta de Navidad: “Pienso en ti y en tu felicidad”, no hubiera sabido muy bien lo que responderle. Creo que no puedo negar que la amé. Sin embargo, había muchas reservas en mí, hasta el extremo de hacerme dudar de la realidad de ese amor. Por otro lado, creo que yo actuaba también de forma altruista, es decir, pensando en hacer lo que era más conveniente para ella. Así, le podría decir: ‘Yo he antepuesto casi siempre lo que estimaba mejor para ti, a mi propia necesidad de ti. En definitiva, he preferido siempre tu felicidad a la mía’. Sinceramente, ha llegado el momento de la verdad. Creo que T. me necesita.

El generoso desinterés de Miguel le pareció una forma de auto exculpación por su sádico comportamiento expeditivo cuando rompió con ella. No le había pedido explicaciones ni tampoco la había dejado explicarse, sencillamente se quitó de en medio obligándola a echarse en brazos de Juan. Parecía que hubiera estado esperando a que ella sacase una sola vez los pies del plato para hacer cruz y raya en sus relaciones. Las desavenencias de fondo se debían a motivos muy serios y para solucionarse habrían exigido grandes dosis de buena voluntad y decisiones firmes de las dos partes. El aparente flirteo con Juan no podía ser de ningún modo una causa de ruptura, pero fue el pretexto de Miguel para terminar con una situación que requería un mayor grado de implicación al que no estaba en disposición de acceder.

Entre T. y yo ha habido siempre un gran desfase sentimental tanto en el fondo como en la forma. Ella estaba enamorada mientras que a mí me gustaba. Ella se puso a darme celos, que era su modo de atraerme, y yo la rechacé. Hice una hija a Matilde, que no la deseaba, y se la negué a T. que la anhelaba. Y ahora he comprendido la ocasión perdida de poder vivir con una mujer hermosa que me quería como nadie me había querido antes. Un ser maravilloso que me pedía amor con desesperación y al que ahuyenté en varias ocasiones acusándolo de frivolidad: defecto que creí ver en ella y que no era sino el reflejo del mío propio. Creo que nunca llegué a quererla de verdad, sin embargo, el amor puro de T. despertó en mí una pasión sexual: eso que vulgarmente llamamos ‘encoñamiento’.

Pongamos por ejemplo, la noche de septiembre en que T. vino a mi piso por primera vez tras nuestro distanciamiento, con la excusa de pedirme un libro a las tres de la madrugada. Yo estaba tan ciego que no me di cuenta de sus verdaderas intenciones, ni siquiera ante su evidente estado de nerviosismo (nerviosismo que se debía seguramente a que yo no respondía a su deseo) cuando dejé el coche aparcado a la puerta de mi casa. Pero ¿por qué no facilité la reconciliación que ella buscaba?

En realidad, yo andaba muy lejos de desearla. Su actitud ambigua, las historias que me contaron de ella ciertas ‘almas caritativas’ de mi Facultad, las historias que ella me contaba de los tíos que conocía. Para mí, todo eso eran síntomas diversos de que T. no estaba enamorada de mí. Tampoco comprendía que esa era su forma juvenil de darme celos, pensando que iba a funcionar conmigo como con su joven novio anterior. Pero yo era diferente, aunque pensaba como ese joven personaje de Rohmer en ‘Pauline à la plage’ que le dice a la chica que pretende seducir: “Si tú prefieres salir con tipos vulgares que valen menos que yo, es porque tú también eres vulgar y, por lo tanto, no eres digna de que yo te ame”.

Yo sabía que ella podía echarse literalmente en mis brazos y tuve miedo, otra vez, al fracaso. Creía que si fallaba sería una catástrofe y esperé a que T. se me entregara también verbalmente, explícitamente, cosa que casi nunca había hecho. Después de darle el libro, ‘El amante de Lady Chatterley’, la acompañé en mi coche a su casa y hablamos en el camino. T. me preguntó si yo pensaba que se había acostado con el francés que había conocido durante las vacaciones. Le contesté que no, puesto que ella me había dicho que no lo hizo. Entonces le pregunté: “¿Tú querías hacer el amor conmigo esta noche?”. Y como me respondiera afirmativamente, le repliqué que sentía que se había roto la confianza entre nosotros dos, y que si lo hubiésemos hecho, habría sido un ejercicio puramente físico. Cuando regresé a mi casa, me metí en la cama, pero no pude dormir en toda la noche.

Ella tampoco había podido pegar un ojo y su cuerpo saltó sin cesar por causa de los nervios. Se había sentido humillada y frustrada como jamás anteriormente en su vida: había puesto toda su ilusión en aquella salida con Miguel. Habían cenado en Alcalá de Henares, y después estuvieron en una discoteca al aire libre, cerca de la calle de Arturo Soria. Iba decidida a arreglarse con él de una vez por todas, pues ya no soportaba más su situación. Había pasado unas vacaciones horrorosas buscándolo por las ciudades y las playas en las que él le había dicho que se encontraría, aunque no se lo confesó por dignidad, y le mintió con el cuento de que se había ido con su amiga María a Ibiza, donde se había enrollado con un marsellés, hijo de un capo de la mafia: y Miguel se lo creyó como un bobo.

Pero, lo que más la sacaba de quicio era verificar, por enésima vez, que Miguel no pensaba ni sentía el amor más que con el pito. Lo único que le había preocupado aquella noche tan decisiva para los dos, fue no quedar mal como macho, cuando a ella le hubiese bastado con un solo gesto delicado de su mano, con una sola palabra mimosa de su boca para refugiarse sin defensas entre sus brazos. ¿Dónde guardaba el cariño, la ternura y delicadeza que le demostraría en los años posteriores?, se preguntó. Sin embargo, y pese a que Triana se había visto chasqueada entonces por la pasividad del amante que intentaba recuperar, volvió a la carga pocos días más tarde y dispuesta a jugarse los pocos restos de orgullo femenino que aún conservaba.

33

5 de mayo del 94

No hay mejor solución que presumir de listo para andar equivocado. He necesitado casi tres años para enterarme de los errores tan estúpidos que cometí a la vuelta de las vacaciones de aquel verano infausto. Ya he repasado la ‘noche del libro’, y ahora le toca el turno a la tarde del Corte Inglés. T. me llamó por teléfono para pedirme que la acompañara de tiendas. A mí me encantó la propuesta, tal vez porque ya anteriormente me había sentido orgulloso de que las vendedoras creyeran que estábamos casados: “A su mujer le sienta todo bien, con esa percha que tiene”. Fuimos a la sucursal de Argüelles de los almacenes citados, subimos a la sección de señoras, T. eligió tres pantalones y, ante mi asombro, me pidió que entrara con ella en uno de los probadores.

Por tres veces seguidas se quedó en bragas (esas bragas grandes de algodón que acostumbraba a ponerse) delante de mis narices, mientras yo permanecía sentado mirándola como un eunuco. Ni siquiera tuve la idea de acariciarla, no hice un solo intento, no moví un solo dedo para tocar sus piernas, sus muslos o su vientre, que se me ofrecieron del modo más explícito que una mujer puede idear. Y, para colmo, creí que actuaba de forma correcta, a la manera de un hombre moderno que respeta a una mujer moderna que le trata con confianza. ¡Qué maricón tan grande! Eso es lo que ella tuvo que pensar de mí. Además, se fue sin comprar ningún pantalón. ¡Cómo hubiera podido hacerlo!

Al final, Triana había acabado por aceptar el espíritu amoroso de Miguel, citándolo en el terreno que pensaba que pisaría: el terreno de la piel y la carne a manos llenas. Ella se le había entregado sin disimulo diciéndole: ¡Aquí me tienes! Y su decepción no conoció límites ante la pasividad del hombre elegido, que no se portaba como un “hombre de verdad”. ¿Qué más podía hacer a partir de ese fracaso? Se fue a ver a Juan, con quien había quedado, intuyendo y temiendo que ocurriera lo que ocurrió, y que estaba esperándola aún, tras dos horas exactas de plantón, en la cervecería Santa Bárbara. Y Juan la tocó, como la tocaba siempre que ella se lo permitía, y la acarició y la estrechó en sus brazos cuando estalló en un llanto convulso, aunque ella no le dijo una palabra sobre la causa de su desconsuelo. Un desconsuelo que duró meses y que la impulsó a casarse por despecho. ¡Pobre Juan!, se dijo, extrañándose de experimentar un sentimiento parecido a la piedad por la persona que, con tan poca fortuna, se le había cruzado en su camino.

He soñado con T. (sólo sueño con ella). Me urgía a que le demostrase el amor que le declaraba. También había con nosotros otra pareja. La chica era desconocida para mí, una especie de prostituta, y él era un amigo, aunque no podía identificarlo con nadie que yo conozca en la vida real. Pues bien, esta pareja se ponía a follar delante de nosotros, y T. me reprochaba que no quisiera hacer lo mismo con ella. Después había otro episodio en un aparcamiento subterráneo de una ciudad irreconocible que se parecía a Toledo, pero que no lo era, y no encontrábamos el lugar donde habíamos estacionado el coche.

Triana pensó que no había que haber leído mucho a Freud para entender el significado del sueño de Miguel, que resumía de manera clarividente su conflicto con ella; un conflicto extenuante que no tardaría en resolverse de manera feliz.

         La posesión de T. puede llenar la vida de un hombre, y ella se me entregó de manera total sin estar segura de nada. Pero yo soy un individuo egocéntrico, y no supe ir a su encuentro cuando ella me necesitaba. ¡Oh, Señor, ya han pasado tres años desde que la perdí, y no he podido olvidarla ni un solo día! Me he vuelto loco dándole vueltas: si me quiso o no me quiso, si la quise o no la quise, y me destroza el remordimiento como a aquel poeta anónimo que cantó esta copla terrible:

                   La tierra, con ser la tierra

                   No comerá mi dolor.

                   Que al pie del almendro estuve

                   Y no le corté la flor.

         Es más fácil creerse dominado que dominador, víctima que verdugo, perdedor que ganador, y, sobre todo, uno tiende a enojarse con el otro, que tuvo la culpa de todo. Ha sido preciso que pasen tres años para que me entere de la suerte inmensa que conocí, de haber sido escogido por una mujer joven y maravillosa para que fuera el padre de su hijo.

         Hoy es un día capicúa y T. no se digna a responder a mi carta ni al ramo de flores que le mandé para su cumpleaños.

         Por fin, por fin, el día 3 de julio de 1994, T. y yo hemos vuelto a amarnos. Habíamos quedado a almorzar en un restaurante cercano a la Cava Baja, para despedirnos antes de empezar nuestras vacaciones. Terminando de comer, nos estrechamos la mano como si fuera la cosa más natural del mundo. Yo me quedé pensativo y T. me preguntó en qué pensaba. Le respondí con toda naturalidad que la seguía queriendo y nunca había dejado de quererla. Entonces me besó en la boca con tanta pasión, que sentí que mi cuerpo se licuaba…Nos levantamos sin comer el postre, pagué la cuenta, y, sin decir una sola palabra, la llevé hasta mi casa. Subimos en el ascensor, enlazados y apretándonos como si quisiéramos fundirnos en el otro. Nos fuimos directos a mi habitación y nos desnudamos mutuamente.

         Esta vez no hubo ‘juego erótico’ previo. Caímos en el futón, y nuestros cuerpos se juntaron como dos potentes imanes de signo contrario, como un protón y un electrón, como dos mamíferos en celo. Permanecimos así un tiempo indefinido, sintiendo un mágico e increíble estado de dicha.

 

 

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