Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar, capítulos 30 y 31

30
El domingo 29 amaneció limpio, luminoso y azul, como pocos días lo fueron durante ese otoño-invierno, generalmente húmedo y frío, que había roto la tónica contraria dominante de los últimos diez años, que llevaba a hablar a los científicos de cambio climático. Triana aprovechó la bonanza excepcional de la mañana para sacar a pasear a Víctor Manuel por El Retiro, en donde se daban cita decenas de miles de madrileños las mañanas y tardes de los fines de semana. El pequeño se quedó absorto viendo el teatrito de marionetas instalado junto al paseo principal del estanque, convertido en una auténtica feria de artistas callejeros: saltimbanquis, mimo, músicos, payasos, comedores de fuego, echadores de cartas, etc. Triana le había comprado un barquillo de canela que Vitín guardaba intacto en su mano, viviendo de manera total las peripecias ruidosas y peligrosas de los ingenuos cristobitas. Era la primera vez que salía sola con su hijo al Retiro. Normalmente Juan y ella iban con el niño hasta la Dehesa de la villa, el parque más cercano a su casa de Alvarado, que presentaba un marcado aire rural y resultaba un tanto silvestre para Triana. Ésta se sintió con una cierta serenidad de ánimo, dentro de sus desgracias, llevando a su hijo por los lugares que su tía y su padre le habían enseñado a amar de pequeña. Pero la tristeza volvió a dominarla, reparando en que nunca podría sentarse con Miguel en cualquiera de las terrazas del parque y observar a Vitín jugando con la arena o con otros niños.
Al regresar a casa de su padre, tía Aurora le dijo que Juan había vuelto a telefonear confirmando que había comprado el triciclo para el pequeño y que más adelante se pondría en contacto con ella para dejarle el regalo. Después de almorzar, fue a encerrarse de nuevo en el apartamento de su amante. Ahora, las páginas finales del diario sólo reflejaban los hechos que ocurrieron a partir de la ruptura, así como durante el largo espacio de tiempo que transcurrió hasta el día de la reconciliación total. La mayoría de las observaciones de Miguel, en parte aún contradictorias, manifestaban una sincera voluntad de comprender sus errores pasados, al tiempo que un deseo de rectificación en su conducta futura.
Los sueños se toman la revancha sobre el olvido, ya sea intencionado o inconsciente. Creemos estar curados de los recuerdos y, entonces, mientras dormimos, nos asaltan las vivencias del pasado de forma tan nítida que cuando despertamos, nos dejan el alma hecha polvo de tristeza. Lo terrible de mis relaciones con T. consiste en que no conservo de ella una sola foto, una sola carta, ni siquiera una línea escrita de su mano: ninguna prueba material que demuestre que ha existido en la realidad.
Era cierto lo que señalaba Miguel en segundo lugar. Ya fuese porque creyeron que su amistad iba a durar siempre, o porque nunca confiaran en el futuro, no habían quedado más huellas visibles de sus primeras relaciones que algunas manchas de semen sobre el colchón de sus amores. En lo concerniente al papel de los sueños como testigos contumaces del pasado, Triana poseía una extraordinaria experiencia, igual que en insomnios. Sobre todo a partir del momento en que tomó la decisión de casarse con Juan. Las interminables noches en vela y las continuas pesadillas (las pesadillas que se muerde la cola) se convirtieron en los grandes monstruos de su descanso. Lloraba porque no dormía y le despertaban las lágrimas cuando el sueño la vencía. El pensamiento de Miguel, dulce o vengativo, no la abandonaba jamás.
En los encuentros esporádicos que mantengo con T. me sorprendo al observar que estoy más preocupado por darle una imagen interesada de mí, que por descubrir su situación y el fin real que la mueve a seguir viéndome. Trato de convencerla o ‘reconquistarla’ con mis razonamientos, en lugar de intentar saber qué significo para ella y hasta dónde quiere llegar conmigo, y qué espera de mí.
Recordó la galante morosidad de Miguel durante aquel tiempo, cuando se preguntaba con enojo qué era lo que pretendía de ella. Habían reanudado sus salidas en la Navidad siguiente a la boda con Juan. Miguel le envió un Christmas que la llenó de felicidad, y a los pocos días, la llamó por teléfono para invitarla a comer. Volvieron a verse un 2 de enero tras haber estado un año sin saber nada absolutamente el uno del otro. Miguel se comportó con su anterior cortesía, pero manteniendo la misma distancia que precedió a su ruptura. Triana no había dejado de quererlo y desearlo un solo instante, tanto más cuanto que la vida sexual con su marido estaba resultando una auténtica calamidad y la mantenía en estado permanente de ansiedad. Si Miguel le hubiera pedido que volviera a ser su amante, se habría echado en sus brazos sin dudar. Pero no se lo pidió, ni se lo pediría hasta mucho más tarde. La segunda vez que se vieron, pocos meses después, fue porque ella lo buscó en su Facultad. Entonces Miguel le dijo que había conocido a la austriaca, y Triana tuvo que morderse los labios para reprimir un grito de dolor. Él se dio cuenta probablemente de su consternación, porque se apresuró a añadir con insistencia que no se trataba de nada importante.
Un año más me dispongo a vivir solo estas ‘entrañables’ y consumideñas fiestas navideñas. Ayer no pude ver a T. Después de llamarla cuatro veces con la esperanza de un encuentro, éste fue imposible. Le había preparado una bolsa con un regalo y una copia de mis últimos artículos publicados en diversas revistas. Dentro del libro le metí una postal con una frase a modo de felicitación navideña y generoso contenido sentimental: “Pienso siempre en ti y en tu felicidad”.
Esta frase no llegará posiblemente nunca a ella, de manera que yo sigo siendo el guardián de su significado: ¿es sincero? Mi actitud con T. viene siendo la de manifestarle un constante y profundo cariño, pero de tipo más bien platónico. No hay ningún gesto de invitación o de ofrecimiento. Deseo mostrarle que la quiero sin exigir nada a cambio. Sin embargo, en realidad, esto no es una estrategia, sino una táctica con el fin de llevármela a la cama. Eso es lo que pretendo: que T. vuelva a ser mi amante.
¿Táctica o estrategia? Si es lo segundo debo olvidarme que deseo acostarme con ella y practicar una política de verdaderos amigos: llamadas espaciadas, nada de exigencias ni impaciencia, ningún reproche, y siempre ser amable y ‘caballero’ –como ella dijo que yo era, la última vez que quedamos-. Tengo que hacerle sentir que la quiero sin pedirle nada a cambio. Pero ¿es esto verdad? NO. En realidad deseo que sea mi amante: Entonces, ¡qué hacer!
Quizás, lo mejor será mantener una actitud ambigua: paciencia y más paciencia, amabilidad y galantería. Celebrarle el peinado o el vestido, la belleza de su rostro, etc., y, sobre todo, regla principal: no pedirle más de lo que esté dispuesta a dar: para exigencias y modales vulgares, ya están los esposos o los ‘compañeros sentimentales’. Yo tengo que ser la personificación de la libertad y la comprensión.
La confusión mental y sentimental de Miguel sorprendió a Triana hasta el punto de que habría dudado que él fuese el autor de las líneas anteriores, de no ser porque recordaba que se correspondían con sus actos de entonces. Se preguntaba el porqué de tanto subterfugio y retorcimiento de su parte, en lugar de plantear las cosas llana y simplemente. Cómo es posible que no entendiera que si ella había aceptado seguir viéndolo después de todo lo que había pasado en sus vidas y de lo que fueron el uno para el otro, era ni más ni menos porque no había dejado de quererlo. O, al revés, en qué cabeza cabía que una mujer recién casada se citase con cierta regularidad con su ex amante, si no era porque seguía enamorada de él. Pero Miguel no lo comprendió. ¿Acaso su herida, su decepción, su humillación, habían sido mucho más graves de lo que Triana pudo sospechar? Al fin y al cabo, ella no se sentía responsable de la ruptura, sino más bien la víctima, así que lo culpó nuevamente por su indecisión, pensando que había estado liado con Susanna.
Hace tiempo que no veo a T. He estado telefoneándole desde Navidad con el fin de quedar un día para comer juntos, y nunca hemos encontrado el momento adecuado. De modo que al final me he hartado y no la he llamado más. Tampoco creo que ella lo haga por ahora.
Triana sí lo había llamado para verlo, pero Miguel tuvo la ocurrencia de invitarla a una cena colectiva con gente que ella no conocía (periodistas y profesores de ambos sexos), y, lógicamente, muy decepcionada, rechazó la invitación.

31
23 de febrero del 94
Al fin vi a T. el jueves pasado. Fuimos a almorzar a la Taberna del alabardero. T. me regaló un libro sin dedicatoria, y me dijo que se lo pasara cuando yo terminara de leerlo, pues le interesaba mucho. Sin ninguna duda, creo que una vez más quiere tenderme un puente a través de los libros, igual que en aquella ocasión cuando me pidió a las tres de la mañana que fuéramos a mi casa para que le dejara uno.
Como siempre, T. se entrega a la conversación mirándome fijamente a los ojos sin apartarlos de los míos. Yo me doy cuenta, a veces, que desvío mi vista poniéndola sobre su boca, sus mejillas o su frente. Pero ella siempre me lo reprocha mentalmente con sus maravillosos ojos, sus ojos galácticos, que no aparta de mí ni una sola fracción de segundo, para observar o dejarse distraer por otras cosas. Come poco y con desgana. Tengo la impresión nuevamente de que se siente angustiada conmigo, que espera que le diga algo trascendente, pero no lo hago…
Interrumpió la lectura del diario por culpa de unos fuertes golpes, como de picos y mazos, que empezaron a sonar con violencia desde una vivienda vecina. El estruendo hacía temblar las paredes del apartamento y Triana comenzó a irritarse. Salió al descansillo y vio, dos plantas más abajo a un obrero, alto y rubio, con aspecto de eslavo, sacando una espuerta llena de cascotes. Le gritó por el hueco de la escalera pidiendo que respetaran el derecho de los vecinos al descanso dominical, pero el individuo hizo como que no la oía o no la entendía y continuó con su faena sin molestarse siquiera en levantar la vista para mirarla. Triana volvió al piso cerrando la puerta violentamente. Al cabo de un cuarto de hora, que aprovechó para prepararse un té, los golpes se atenuaron y los muros dejaron de vibrar.
…Después, fuimos al Café de Oriente y hemos continuado hablando de temas ajenos a nosotros. Yo no tengo la intención de comenzar una conversación íntima y, entonces, es T. la que me pregunta: “¿cómo te van las cosas?”. Ya lo sabe, pero esto es una manera de que le diga algo importante, o ella pueda decirlo aprovechando mi ‘saque’.
Me vuelve a hablar del pánico que le tiene a la soledad y asegura que admira, o envidia (no recuerdo bien) mi valor por pasar solitario una semana en un sitio tan aislado como Trafalgar. Me pregunta muy interesada si yo no me angustio de vivir siempre solo. Le respondo, con cierto engreimiento, que es cuestión de acostumbrarse y que tiene sus ventajas indudables como poder escribir o pensar sin que nadie te moleste. Siento la tentación de añadir que la deseo y que me gustaría tenerla a mi lado, pero al final no lo hago por vergüenza y, en cambio, le señalo el reloj indicándole que ya es hora de despedirnos, porque ella me había prevenido que había quedado en recoger a su marido a las cinco y media. Me hace un gesto enérgico que significa: Espera todavía. Se ve que quiere agotar al máximo su tiempo conmigo y no desea dejarme.
Los golpes procedentes del piso en obras volvieron a oírse con intensidad, y Triana se dispuso a marcharse, llevándose un sabor de tristeza en la boca y en el alma. Así pues, Miguel también la había estado necesitando durante todo ese tiempo en que ella creía haberlo perdido para siempre. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos meses antes de que el vano orgullo y los irritantes prejuicios de conquista amorosa desaparecieran de la mente del filósofo, y dejaran latir libremente a su corazón.

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