Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 28 y 29

28

24 de julio
¡Impertinente curiosidad! Empujado por ella, anoche fui con mi amigo Víctor (antiguo abogado laboralista reciclado en matrimonialista. A quien acababa de encargar el asunto de mi separación) a tomar una copa al ‘Elígeme’, un pub musical de moda de Malasaña, y, cuando iba a llevarme la jarra de cerveza a los labios, he visto a T. en los brazos de un desconocido. He sentido algo así como si me hubieran metido un clavo ardiendo por toda la columna vertebral, y deseos violentos de desaparecer tragado por el linóleum gris del suelo. La pareja se encontraba al fondo del local, en penumbra, casi oculta por una columna cuadrada, y creo que T. no llegó a verme. Me puse pálido, al tiempo que sentí un fuerte retorcimiento de estómago que me produjo ganas de vomitar. Mi amigó me preguntó alarmado qué me ocurría. Le dije, trémulo, que hiciera el favor de invitarme y que lo esperaba en la puerta del local. Allí me despedí de él inmediatamente con el pretexto de fuertes molestias de una úlcera de estómago, y me subí en un taxi. He pasado la noche delirando después de haber vaciado media botella de ginebra, que me hizo arrojar mucha bilis. ¡No recuerdo cuál fue la última vez que me he sentido tan desmoralizado y humillado!
Ahora fue Triana quien permaneció atónita al conocer el origen de la ruptura con su amante, que tan tristes consecuencias trajo a sus vidas. La mala suerte y el orgullo –pensó- se habían aliado para dar un giro de 180 grados a sus relaciones y existencias. De haber sospechado que Miguel visitaría el maldito lugar, nunca se lo hubiera mencionado; pero era que, para colmo, la sorprendió en el único momento comprometedor que se había producido en esos días que salió con Juan, cuando éste, sin que ella lo esperara ni pudiese evitarlo, la estrechó en sus brazos y le dio un ligero mordisco en el cuello que le dejó una pequeña marca. Fuera de ese gesto que la enojó, no había ocurrido estrictamente nada, ni antes ni después que Miguel los hubiera cazado.
Triana se quedó con la mente en blanco y comenzó a vagar semi inconsciente por el apartamento, balbuceando sonidos incomprensibles, luego se echó en el sofá del salón, donde se había prohibido entrar, preguntándose mil veces por qué Miguel no le pediría aclaraciones sobre lo que había visto, y cómo era posible que le hubiese dado tanta importancia a su desliz del que ella no había sido enteramente responsable y habría intentado explicarle sin mentiras. Al cabo de un rato, durante el que permaneció con la mirada perdida en un pequeño cuadro abstracto colgado en la pared, cuyas tonalidades le habían agradado siempre, sintió apaciguarse su desesperanza y volvió al dormitorio para seguir con el cuaderno 6 del diario, que ahora estaba llegando a su final.
Ayer, hacia el mediodía, T. me ha telefoneado lamentándose del tiempo que hacía que no quedábamos. Yo creía que me estaba tomando el pelo y no quise disculparme para no seguirle el juego. Deseaba venir a ‘casa’, pero yo le di cita en el mismo pub donde la había sorprendido, con las excusas de que antes debía pasar por el Comercial para hablar con alguien y de sentir curiosidad por conocer el bar del que ella tanto me había hablado en las últimas semanas. Nos encontramos al anochecer, exactamente a la misma hora en que la había ‘espiado’. Aunque el calor de Madrid era todavía insoportable, T. llevaba al cuello un fular rosa bajo el que pude observar, con disimulo, la huella evidente de una pequeña succión. La prueba inequívoca de su frivolidad acabó de encolerizarme por dentro y me impidió pedirle ningún tipo de explicación, tal como era mi intención. A pesar de mi enorme enfado, adopté un aire de lejana frialdad. T. se percató de inmediato de mi actitud, y trató de contrarrestarla mostrándose zalamera y como si no hubiese ocurrido nada desde la última vez que nos habíamos visto y amado. Sentí rabia, y hasta cierto desprecio de verla fingir penosamente para que yo soltara lo que me atormentaba, pero decidí castigarla sin consideración.
Le dije únicamente que durante mi viaje a Santander, había estado analizando nuestra situación y había llegado a la conclusión de que era mejor que nos separásemos por un tiempo indefinido, porque creía que la estaba agobiando, tal como ella me dio a entender en algunas ocasiones. Le dije también que me iba pasado mañana a descansar unos días a la costa de Cádiz, y que hablaríamos a mi vuelta. Ni siquiera me interesé por lo que ella pensaba hacer de cara a las vacaciones. Entonces T. se ha echado a llorar como una Magdalena y cuando se calmó un poco, me pidió que la llevara a su casa. En el coche volvió su llanto silencioso y su mano izquierda buscó mi mano derecha, como en los días felices, cuando yo cambiaba de velocidad. Sin embargo, la rechacé de manera brusca: por una vez, he actuado con la misma determinación y crueldad que algunas mujeres habían empleado antes conmigo.
Los dos últimos párrafos la dejaron en un estado de inconsolable tristeza. Ahí encontró la causa del alejamiento entre ella y su amante. Qué raros son los tíos, se dijo. Había bastado una simple metedura de pata sin importancia, para terminar con una relación amorosa que hubiera podido salvarse y encauzarse por caminos más felices, de no haber mediado la falsa dignidad, el falso orgullo de un hombre que ya había vivido media parte de su existencia y aún no había aprendido a querer. Triana seguía también estupefacta: ¿Cómo era posible que Miguel hubiese hecho una montaña de un solo grano de arena? Lo peor es que nunca quiso hablar de lo que había visto o imaginado, cerrándose en banda entonces, y mucho más tarde cuando ella le preguntó qué le había ocurrido para que cambiara de actitud de la noche a la mañana. Sin duda su carácter receloso de zorro urbano había intervenido igualmente en aquellas extrañas reacciones: ver, callar, desaparecer, sin dejar sitio al diálogo y la confianza. Cuánto daría Triana porque Miguel se hubiera sentado normalmente a la mesa con ella y con Juan, demostrándole así su cariño, en lugar de pensar mal y sacar de quicio el asunto. Si al menos le hubiese montado una escena como cualquier enamorado celoso en esas circunstancias.

29
Era el último sábado de diciembre y día de los Inocentes. Juan había llamado a casa del padre de Triana para que ella dijera los juguetes de Reyes que había que comprarle a Víctor Manuel. Tía Aurora le respondió, por su cuenta, que lo mejor que le podía comprar era un triciclo, pues con sus tres años recién cumplidos, al niño le vendría mucho mejor pedalear por los largos pasillos del piso, en lugar de “corretearlo corriendo”. No se interesó por Triana, se refirió a ella limitándose a comentar que suponía que debía de estar bien cuando no le daba ningunas noticias suyas. Tampoco quiso hablar con el pequeño, pese a que Aurora le dijo que estaba a su lado mirando los dibujos animados de la televisión. La llamada de Juan desconcertó bastante a Triana acerca de sus sospechas. Se le hacía difícil admitir que demostrase tanta sangre fría y doblez si había descubierto que Vitín era hijo de Miguel. Claro que, por otro lado, la táctica podía ser inspiración y obra de doña Amalia, una mujer calculadora como pocas, aconsejando a Juan el modo de actuar en tales (y supuestas) circunstancias.
Regresó al apartamento de Miguel donde volvió a registrar cajón por cajón, intentando ahora con desánimo encontrar la cinta que no aparecía. Después continuó con su lectura de los dos últimos manuscritos del diario. Las notas del que llevaba el número 7, escasas y muy separadas en el tiempo, comenzaban un año después de haber dejado de ser amantes.
Mis encuentros espaciados con T. son una ocasión excepcional para el análisis a fondo de mi situación vital, sentimental, psicológica, etc. No deseo aparecer ante ella con careta sino auténtico y transparente. De ese modo, me doy cuenta de que en mi relación con Susanna estoy haciendo no sólo el papel de amante circunstancial, sino el de un psicoterapeuta. Mi última salida con ella ha tenido todas las características de una sesión de cura mental, en la que S. habla por los codos, es decir, cuenta lío tras lío. Y yo la escucho, y, de vez en cuando, intento colocar algún comentario rápidamente interrumpido por su réplica. No ha habido una sola vez en la que haya podido contarle mis cosas, mis problemas, durante más de un minuto seguido: S. es una egocéntrica total.
Se indignó de nuevo. Miguel la había engañado con respecto a Susanna, pues le había asegurado siempre no haber mantenido con ella más que una relación de amistad. Le dijo que la conoció pocos meses después de la ruptura entre los dos, y que se trataba de una tía muy interesante, aunque bastante alocada y con quien era necesario tener mucho cuidado de no liarse sentimentalmente. La carta de la modelo austriaca, y ahora la confesión de Miguel, le hicieron pensar que no podía seguir esperando signos positivos del hombre que había conocido hasta 1993, y debía de estar preparada para leer cualquier tipo de barbaridad.
Estoy convencido de que fue la ambigüedad la causa del fracaso en mis relaciones con T. y S. Con la primera, el orgullo fue más fuerte que el deseo de volver a poseerla. Todo hubiese cambiado aquella famosa noche en que vino al apartamento con el pretexto del libro. Con respecto a S., le he estado pidiendo el amor total mientras fingía ofrecerle sólo amistad. Ella me daba su cuerpo, pero yo no quería aceptarla sin estar seguro de su incondicionalidad.
Así pues, se me presenta con claridad meridiana que el origen de los problemas en mis relaciones con T. y S. ha sido la disminución del instinto, la pérdida del deseo. En ambos casos, la continuidad de las mismas ha dependido estrictamente de un acto sexual que ellas me reclamaban abiertamente. Pero en mí han pesado más las consideraciones mentales que el impulso carnal.
A Triana no le hacía mucha gracia ver mezclado su nombre y su “caso” con el nombre y el “caso” de Susanna, cuyos detalles le repugnaba conocer. Desde luego, Miguel se había equivocado de forma total pensando que únicamente el sexo habría solucionado la situación entre los dos. Era entonces –y sería por mucho tiempo- incapaz de enterarse de que las verdaderas causas de su conflicto con ella fueron precisamente sus carencias de humanidad y su desequilibrio sentimental.
No puedo vivir en paz en el presente. El pasado me acosa. Los fantasmas de S. y sobre todo de T. no dejan de asediarme. El origen de todo el problema es básicamente sexual. ‘Hic et nunc’, necesito follarme a una de ellas…
Ya no le quedó ninguna duda de que la soledad y el caos anímico debieron trastornar la razón a Miguel durante esos meses: las confesiones anteriores y siguientes lo demostraban a sus ojos.
Al margen de mis errores, hubo, tanto en la personalidad de T. como en la de S., elementos inestables e infantiles que yo no podía comprender.
Igual que muchos precisan las drogas o el alcohol para vivir, yo preciso el amor. Si no estoy enamorado, me deprimo. Y nunca he querido reconocer este hecho tan simple, este rasgo fundamental de mi personalidad. Creo que los problemas de mis últimas relaciones estuvieron motivados por un bloqueo sentimental, por un falso orgullo que me impedía sincerarme y declarar abiertamente la atracción sexual que por ellas yo sentía, fingiéndoles, en cambio una pura y falsa amistad.
Pienso que fue tan grande el choque que sufrí la tarde que encontré a T. en los brazos de J. Que no pude superarlo después, y no fui capaz de volver a amarla -amarla desde el punto de vista físico- en las numerosas ocasiones que seguimos quedando, antes y tras de su boda. Por otra parte, está la jugadita de S. Esos dos hechos, que nunca he analizado en todas sus consecuencias, son los que han motivado mi miedo posterior a entregarme a ellas.
Haciendo balance de los días de Navidad –a la que habría que llamar Consumidad- que he pasado en Cabo Trafalgar, he de reconocer que son los más demenciales de los que he conocido hasta ahora. Me han dominado todos los demonios que me persiguen desde hace años, especialmente los demonios del sexo. Y otra vez, los fantasmas de T. y S. Quizás, también tuvo algo que ver con mi horroroso estado de ánimo el maldito levante que no dejo de soplar ni un solo instante, impidiéndome salir a pasear por las playas, o andar hasta la punta encantada del faro, y que arrastraba desde África esos millones de insectos voladores que se estrellaban contra los cristales de las ventanas intentando entrar en el apartamento de Luis. Al final tuve que recurrir de nuevo a María –la más cariñosa putita de Cádiz-, que pasó otra noche conmigo.

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