Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 25 y 26

25
9 de enero
Había pasado una semana desde la noche fantástica y no la habíamos repetido. Yo iba a ver a T. a la biblioteca, y nunca tenía tiempo libre para salir conmigo. Ayer, por fin, conseguí que viniera nuevamente a mi casa. La llevé a almorzar en la antigua destilería de Chinchón, en la que ella tampoco había estado. Durante la comida, me estuvo hablando de una pareja amiga que se parecía bastante a nosotros por edad y circunstancias, pero que se habían casado y tenían una chiquilla preciosa, llamada Paula. T. se refería a la nena, de un año de edad, con verdadero entusiasmo y manifestaba su fuerte deseo de tener una parecida. Le he replicado, un tanto burlón, que los bebés son muy lindos a cierta distancia, pero que de cerca era otro cantar y…llorar. Me preguntó entonces si me gustaban los niños, y le he respondido (mitad en serio, mitad broma) que, como decía Sartre, me gustaba más hacerlos que tenerlos. A pesar de mis respuestas frívolas, no cambió mucho el excelente humor de T. Después de haber comido, hemos paseado por el pueblo con un sol radiante y una temperatura casi primaveral. Nos hemos sentado en una terraza de la plaza balconada, y T se ha bebido el resto de mi copa de ‘Chinchón’ seco: eso bastó para ponerla eufórica y afectuosa.
Regresamos a Madrid anocheciendo, y he traído a T a mi apartamento, aunque cuando se lo propuse ofreció una ligera resistencia. Me di cuenta de que lo deseaba, pero estaba recelosa y no comprendo muy bien por qué. Supongo que debe de ser porque no está muy convencida de quererme, pues ya no es ninguna chiquilla para andarse con tanto remilgo. El caso es que hemos vuelto a acostarnos y ha sido formidable. T ha gozado de nuevo repetidas veces y yo también, aunque practicando el “coitus interruptus”. Yo quise utilizar un preservativo, pero T. se opuso tajantemente. La verdad es que no lo entiendo, y tendremos que aclarar esta cuestión si seguimos juntos.
Pero nunca llegaron a discutir seriamente el tema durante este primer año de sus relaciones. Miguel no comprendía los íntimos anhelos de Triana ni adivinaba la verdadera naturaleza y profundidad de sus sentimientos. Ella nunca creyó del todo que él estuviera en su misma onda y se temía –no sin fundamento- que la estuviera utilizando como objeto de placer, a la vez que de reafirmación de su vacilante sexualidad. Aceptó volver esa tarde a su casa y dejó de lado durante varios meses las reservas que había mostrado. El inicio al goce del amor físico y la esperanza de que Miguel cambiara de actitud, la impulsaron a seguir adelante, aunque sin renunciar a sus propias reglas de juego que consistieron en no trivializar sus contactos sexuales, tal como su estrenado amante pretendía.
Hoy hace dos meses que T. y yo nos amamos por primera vez, y desde entonces todo va a las mil maravillas. ¡Y yo que creía que era patizamba y con tripa! ¡Qué figura, Dios mío! Tiene unas tetas como las de Marilyn Monroe, unos muslos de seda, y un culito respingón en forma de guitarra española que quita el ‘sentío’. T. ha dejado de resistirse y viene a mi piso casi todas las tardes y noches. Me dice: “Vamos a casa”, lo que significa, vamos a acostarnos, ya que cuando estamos aquí no hacemos otra cosa, aparte de comer algo para reponer fuerzas. T. es muy divertida, no sólo en la cama sino fuera. Le gusta escuchar música y bailar desnuda, incluso por sevillanas, que ahora se han puesto muy de moda y ha comenzado a aprenderlas. Las canciones que más bailamos son: una de Leonard Cohen, ‘Dance me’, y otra de Alaska, ‘Deseo carnal’. Lo que me fastidia es que no quiere quedarse nunca la noche entera conmigo, ni tampoco los fines de semana. Le digo que, a sus veinticinco años, ya es hora de empezar a pasar un poco de sus padres. Pero se cierra en banda y no adelanto nada.
He perdido prácticamente el miedo al “patinazo”, que al principio pegué con ella, y que tan malas pasadas me hizo con otras mujeres. T. me suele decir sin pudor: “Tu chisme me va”, o, tú no eres como Javier, que se corría nada más verme desnuda”. Otras veces me asegura que yo le he enseñado lo que es el placer y a asociarlo con la ternura. Sin embargo, continúa sin querer que use el condón, obligándome a estar siempre alerta, con lo cual no me siento del todo seguro, ni disfruto tanto como ella. Tengo que estar siempre vigilante, porque sería una locura que T. se quedara preñada. Para evitarlo, me está sirviendo mucho el ‘Tao del amor y el sexo’, y otros libros sobre técnicas sexuales. Necesito estar a su misma altura, pues es mucho más joven que yo y me pide más de lo que cualquier hombre de mis años puede dar. Estoy convencido de que si no le respondo en la cama, T. me dejará por un tío de su edad.
Ésas fueron siempre las dos preocupaciones de Miguel, derivadas de la diferencia de edad entre ellos. Por un lado, veía rivales peligrosos en todas las amistades jóvenes de Triana, masculinas o femeninas. Cuando ella le contaba algunas veces que había salido con un grupo de amigas y amigos, se ponía de malhumor si le daba detalles relacionados con la salida, tales como que había bailado con mengano, o había tenido a zutano de pareja jugando al mus, al que Triana era muy aficionada. Él le decía entonces sin que viniera a cuento: “Te quieres vengar de mí por tenerte tan amarrada”. Por otro lado, estaba obsesionado por quedar siempre bien en la cama, y, aunque no lo quería admitir, lo expresaba a través de apuestas extravagantes como proponerle en ciertas ocasiones que el primero que se corriera pagaba la cena. Estas actitudes frívolas le disgustaban profundamente, ya que ponían de manifiesto su falta de confianza en ella y la incapacidad de leer en sus sentimientos. Miguel no se daba cuenta de que si estaba con él, era porque lo amaba profundamente y lo prefería a la gente de su edad y de cualquier edad. Ella era hija única y Miguel representaba entre otras muchas cosas al hermano mayor que siempre había anhelado conscientemente, y en sueños. En cuanto a su jactancia de buen follador, Triana hubiera preferido mil veces que él se hubiese abandonado con más frecuencia, en lugar de hacerlo una sola vez, o quizá dos. Además, se ponía furiosa cuando en los momentos de mayor comunión entre ambos, él le leía fragmentos del libro citado en su diario y de El placer de amar, y El Goce de amar, y Los secretos del orgasmo femenino, así como de ocho o diez más de idéntico tema, que Miguel buscaba y coleccionaba.

26
15 de marzo
Anoche hemos tenido la primera desavenencia seria desde que nos conocimos, y desde que somos amantes. Estábamos descansando tras haber hecho el amor, y voy y le digo que yo era muy feliz de ver lo bien que nos iba; que con ella las cosas funcionaban fácilmente en comparación con lo que me había sucedido con mi ex mujer, y que ahora estaba conociendo la ‘cara’ del amor, después de la ‘cruz’ que había vivido con Matilde. Esto vino a cuento de que, por primera vez, T. me había invitado a comer a su casa, y que el encuentro con sus padres había sido muy natural y agradable. Entonces, sin que yo me lo esperara, me suelta a bocajarro que ella no podía decir lo mismo, y que empezaba a no tenerlo muy claro conmigo. Me dejó de piedra y sin saber qué responderle. T. añadió que había conocido a un chico en la Plaza Mayor, durante las fiestas del Carnaval: que no significaba nada importante para ella, pero que le había hecho darse cuenta de que le convenía distanciarse un poco de mí, y llevar una vida más propia de una muchacha de su edad.
La reacción de Triana marcaría el principio del fin de la primera época, y se originó por el parco comportamiento de Miguel durante la mencionada invitación a su casa. Triana había puesto a tía Aurora al corriente de los detalles principales de sus relaciones, de manera que confiaba en que Miguel iba a hacer si no el papel del novio que viene a pedir formalmente la mano de la ‘niña’, sí a actuar con afecto y familiaridad. Sin embargo, se mantuvo en todo momento dentro de una distante frialdad no sólo con sus padres sino también con ella, hasta dar la sensación de que trataba de ocultar su posición de amante, y ofreciendo, en cambio, la imagen de un buen amigo o la de un simple compañero de trabajo. Miguel había sido tan insensible a la ocasión que Triana sufrió pensando que se avergonzaba de quererla, como si se sintiera culpable de alguna falta inconfesable. Durante las tres horas que Miguel pasó en su casa, estuvo esperando que se dirigiera a ella con una palabra amable, con un gesto cariñoso. Aguardó con impaciente ansiedad una señal que demostrase a los ojos de su padre, y, sobre todo, de su tía, que Miguel era el hombre atento y maravilloso que ella había elegido para entregarse. No sucedió nada: éste se entretuvo casi todo el tiempo hablando de política con Evaristo, y a Aurora y a ella no les dirigió prácticamente la palabra.
Jamás le pidió explicaciones por aquello. Pensó que no valdría la pena porque Miguel no entendería lo que ella pretendía. Estaba segura de que le hubiera replicado: “¡Pero, eras tú quien quería guardar el secreto!”. Lo que Triana deseó después fue castigarlo, tratando de ligar con un joven ingeniero de aeronáutica o de telecomunicaciones, aunque con resultado negativo: llevaba ya a su amante metido en la piel.
T. se contradice y no parece saber muy bien qué quiere. Tras nuestra última conversación, decidí dejarle la ‘rienda suelta’, y permanecer unos días sin buscarla. No se trataba de castigarla, sino de poner en práctica una táctica de ‘ventilación’, que casi siempre suele dar buen resultado con las mujeres. Y así ha sido. Al cuarto día de alejamiento, T. se ha presentado de improviso en mi despacho de la Facultad. Llegó algo angustiada y con algún reproche, pero dulce y sumisa al recalcarme que una cosa era que ella me hubiese dicho que deseaba sentirse más libre, y otra que yo la olvidase por completo. Aproveché la rendición para llevarla a casa y meternos en la cama toda la tarde y gran parte de la noche. Durante una pausa amatoria, T. me ha montado un numerito que se las trae: me ha confesado con la mayor seriedad que tenía un niño de dos años, y que era de Javier, su antiguo novio. Ante mi incredulidad, comenzó a darme todo tipo de detalles sobre la criatura y a jurarme solemnemente que no me mentía. Insistió tanto en la autenticidad de la existencia de la criatura –Eduardo de nombre- que para contentarla, tuve que terminar por decirle que la creía, que me apetecía conocer a su hijo lo antes posible, y que eso no iba a alterar en nada mis sentimientos por ella.
Volvimos a hacer el amor, y T. se ha mostrado más voluptuosa que nunca cayendo en su propia trampa y entregándoseme sin pudor ni reserva. Al final de la noche, cuando no le cabía ninguna duda de que me había tragado su extravagante fantasía, acabo por desdecirse y se justificó argumentando que le interesaba mucho saber cómo iba a responderle yo. En fin, puro infantilismo de T. que me obliga a reflexionar sobre su grado de madurez.
Triana se avergonzó en su día de este episodio, fundamentalmente porque creyó que había engañado al pobre Miguel con una historia tan truculenta, sometiendo su buena voluntad a una prueba excesiva. Pero ahora, averiguaba que su amante nunca se la tomó en serio y que, por consiguiente, su reacción positiva no tuvo ningún valor al estar basada en el fingimiento. Con relación al invento del bebé, lo había ideado para saber si Miguel estaba enamorado de veras y la aceptaba con todas las consecuencias, o si, por el contrario, sólo la buscaba para satisfacerse sexualmente: una duda que empezó a roerla y entristecerla.

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