Espacio de Balbino. Escritos de ficción, Triana Bolívar. Capítulos 23 y 24

23
22 de diciembre
Era el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad, y los estudiantes de los primeros cursos habían organizado una fiesta. T. ha venido arreglada y maquillada para la ocasión, y con la misma ilusión que si fuese todavía una alumna: al fin y al cabo, por su edad y estilo, no se diferencia mucho de ellas. Me la he encontrado a eso del mediodía y me pidió que la acompañara a la cafetería para unirnos al jolgorio estudiantil. Yo le he dicho que no podía en ese momento porque tenía que resolver algunos asuntos, y que iría a buscarla más tarde. Por primera vez desde que la conozco, no me ha parecido tan tía buena como pensaba. Creí ver bajo su falda ancha unas piernas ligeramente arqueadas y el vientre hinchado. Me encerré en el despacho y me olvidé de T. Sobre las dos y media de la tarde, cuando iba a marcharme solo, apareció sonriente en el umbral de la puerta y me dijo, con leves reproches, que había estado esperándome todo el tiempo. Le respondí que me disponía a ir a su encuentro y que la invitaba a almorzar…
A Triana le molestaron mucho estas frívolas y falsas observaciones acerca de su apariencia corporal, sobre todo porque Miguel la valorase, después de tres meses de relaciones, con la misma superficialidad e indelicadeza de cualquier tipo que ve a una mujer por primera vez. Además, tampoco fue muy perspicaz. Quizás ella tuviera durante esos días la regla que le solía hinchar algo la tripa –habitualmente plana como una tabla de planchar-, pero la afirmación de que sus piernas estaban torcidas era pura desidia, atribuible al tibio entusiasmo de Miguel por ella al principio de conocerla, según comprobaba con profundo disgusto.
T. aceptó encantada, pero con la condición de que ella pagaría y advirtiéndome de que le apetecía comer en una pizzería. Me he dejado guiar hasta un establecimiento de comida italiana del barrio de Argüelles, donde compartimos una magnífica pizza con salmón y unos monumentales pasteles de chocolate. Después hemos ido a tomar café al ‘Comercial’, en la glorieta de Bilbao, donde suele parar en permanencia mi hermano Rafael, quien, por mera casualidad no se encontraba allí. Nos hemos sentado en una mesa del fondo dando la espalda a los espejos que cubren las paredes y hemos repasado nuestras relaciones, aunque sin exponer demasiado nuestros verdaderos sentimientos. T. se mostraba abiertamente feliz de estar conmigo y me ha preguntado muy interesada por mis planes para las vacaciones. Le he contestado que pensaba ir a Sevilla a casa de mi amigo Luis, pero que volvería para noche vieja y que si ella quería, yo la llamaría a mi vuelta. En realidad Titti, mi amiga florentina, llega mañana a Madrid a pasar una semana conmigo, y me muero de ganas de verla.
Triana se pellizcó dos veces antes de seguir leyendo el diario. Miguel se había estado burlando de ella. El muy pícaro se percató de la naturaleza de sus sentimientos y se dejaba cortejar, aunque sin la menor intención de corresponder en igual medida, bastándole con ser amable. Se vio como una tonta al pensar que ese día estuvo en un tris de perder los papeles y a punto de declararle su amor, cuando Miguel le planteó que había llegado el momento de hacer un “chequeo” a sus relaciones. Si no le confesó entonces que estaba enamorada de él, fue porque se dio cuenta de que él se había guardado una carta en la manga y declinaba la apuesta… Miguel jugó sin intención de arriesgar y se comportó de forma descarada e incluso vulgar. Triana no lo podía entender, pues parecía tan encantador y sincero con ella que creyó que ésa era su auténtica personalidad, su naturaleza profunda. ¿Por qué no le había dicho la verdad con respecto a la italiana? ¿Qué necesidad tenía de mentirle si aún no existía entre ellos ningún compromiso sentimental ni moral?
El sueño italiano se ha esfumado (sfumatto, aunque no sé si se dice así). Andrea volvió a su país a los tres días de haber llegado a Madrid. Se ha marchado muy enfadada conmigo, asegurándome que la he decepcionado. Todo ha ocurrido de esta forma. Titti vino a alojarse a mi apartamento avisándome que todavía no tenía muy claro lo que sentía por mí (en términos muy parecidos a su última carta), y previniéndome que no debía esperar nada de ella en el plano amoroso y menos aún sexual. Que aceptaba mi hospitalidad por comodidad y porque confiaba en mi caballerosidad. Las cosas no fueron mal hasta el momento en que, estando sentados en el sofá de mi salón, no pude resistirme más a su extraordinario encanto y comencé a besarla. Ella no ofreció resistencia al principio y yo creí que todo el monte era orégano. Cuando empecé a acariciar sus fantásticos pechos, la muchacha se levantó de un salto y, reabotonándose la blusa que tanto trabajo me había costado abrir, fue a encerrarse en el cuarto de baño, de donde no quiso salir en casi toda la noche. A la mañana siguiente, me pidió que la llevara al aeropuerto y se subió en el primer avión para Roma. Una hora más tarde, tomé el avión de Sevilla. Mi amigo Luis debe de estar riéndose todavía de mi aventura, o más bien de mi desventura. He vuelto a Madrid y tengo la intención de llamar a Triana: esperemos que no me deje tirado también.
Es lo que hubiera hecho de haber sabido lo anterior. Miguel había jugado con dos barajas durante todo ese tiempo. Triana pensó por un instante dar por finalizada la lectura del diario, al que le iría muy bien el título de Diario de un tramposo, sin embargo la curiosidad por seguir adelante era invencible. Al fin y al cabo, sólo estaba en el comienzo y confiaba en que el resto de notas de su amante fuesen de un tono y contenido más acorde con su propia experiencia e interpretación de los hechos ocurridos. En el peor de los casos (los escritos trataban sólo de la primera etapa de sus relaciones), su opinión sobre Miguel no iba a quedar destrozada, pues tenía la certeza absoluta de que en la segunda etapa su amor por ella fue constante, y su entrega no conoció el egoísmo ni la frivolidad que acompañaron a la primera, tal como iba a seguir comprobando.

24
2 de enero
T. se me ha adelantado. Me llamó mientras yo dormía después de haber comido copiosamente en un pequeño restaurante argentino de la calle Santa María. Me ha dicho que me había telefoneado durante mi ausencia en un par de ocasiones, pero que no había querido dejarme ningún recado en el contestador automático, porque la pone muy nerviosa y por miedo a que yo no le respondiera. Me maravilla su sinceridad conmigo. Es la primera mujer transparente que he conocido en mi vida. T. carece de los resabios y dobleces que forman parte inherente de la condición femenina; además, su disponibilidad hacia mí ha sido total hasta ahora. He pasado a recogerla al anochecer a la puerta de su casa donde estaba esperándome a la hora convenida. Se había maquillado a conciencia y venía vestida con elegancia. Su talante denotaba claramente su intención de seducirme sin más dilación.
La he notado feliz de volverme a ver y ha comenzado a mostrarse animada y locuaz. Le pregunté a dónde quería que fuésemos a cenar, y me contestó que a cualquier parte fuera del centro de la ciudad. T. acompañó su respuesta con un gesto encantador del dedo índice de su mano derecha señalando al norte. Por primera vez, he sentido auténticas ganas de comérmela a besos.
Fuimos por la carretera de Colmenar hasta un antiguo mesón-asador castellano, próximo al campus de la autónoma. A T. le ha gustado el lugar y la comida, aunque apenas si la probó, como la noche que estuvimos cenando en La Chocolatería. Me ha contado lo que había hecho durante los días anteriores y especialmente la fiesta de noche vieja. Me ha reprochado que no la hubiera llamado, ya que le hacía mucha ilusión estar conmigo. Me aseguró que no se lo había pasado bien porque no encontró a nadie de su agrado y, sobre todo, por el rifirrafe que había montado María por culpa de su Felipe. Éste se ligó a otra tía que se encontraba muy desconsolada, y su amiga los sorprendió chingando como monos en una de las habitaciones del piso alto del chalet donde la fiesta tuvo lugar.
Hemos vuelto a Madrid sobre la una y media de la mañana, y T. me ha llevado a una “boîte” de música latinoamericana de la calle Segovia, muy cerca del viaducto. Yo no había estado nunca en el local, un semisótano con arcadas antiguas de ladrillos, que estaba abarrotado de parejas amarteladas de edad aproximada a la de T. Ella sí lo había frecuentado anteriormente y conocía a dos de los músicos que deben de ser chilenos o peruanos. Nos sentamos en una mesita pegada a uno de los muros, justo en la parte opuesta al sitio ocupado por el pequeño escenario. T. continuaba más feliz si cabe que al principio de la noche y se ha mostrado muy atenta conmigo y velando para que me encontrara a gusto.
Nos hemos agarrado de la mano y he sentido la limpia frialdad de las suyas, de un tamaño pequeño y algo desproporcionado con relación a los brazos. Son unas manos como para acariciarlas, calentarlas y besarlas –que es lo que hice en tercer lugar-, después que T pusiera en mis labios un pitillo que me había encendido en los suyos. Mi gesto delicado y “cursilón”, que casi siempre ha funcionado en circunstancias parecidas, fue como la llave que abrió la válvula del deseo. Nuestras bocas se juntaron con ansiedad y han permanecido pegadas durante más de diez minutos seguidos hasta sentir que el cigarrillo me quemaba entre los dedos.
El resto del tiempo hasta la hora de cierre del local, transcurrió en una sucesión de caricias y abrazos prolongados, interrumpidos sólo por instantes para dar algunos tragos a nuestras respectivas bebidas. Nuestro volcánico idilio no pasó inadvertido a los músicos del grupo, uno de los cuales nos dedicó de forma expresa una canción de amor: “Va por los enamorados y para que su pasión dure eternamente”, dijo.
Y salimos verdaderamente borrachos de amor al frío de la madrugada, y T. se ha dejado llevar sumisa, enroscada a mi cuerpo como una serpiente, hasta el calor de mi piso. Ella quiso pasar a la cama inmediatamente porque estaba temblando de deseo, pero yo elegí el sofá del salón. T. se echo encima de mí. Ella se quitó el jersey de lana y yo le desprendí con habilidad el sujetador, y, nunca, pechos tan hermosos y suaves se habían ofrecido a mis ojos y a mi boca. Nos hemos quedado los dos desnudos de cintura para arriba y nuestros besos se han multiplicado y nuestros cuerpos se han estrujado. Entonces a causa de tanto ardor, he tenido una “eiaculatio praecox”, que he sabido disimular. Me ocurrió lo que otras veces, y es por lo que no quise pasar a la alcoba de inmediato.
He ido un momento al baño para lavarme y he vuelto al salón donde T. permanecía expectante y trémula. La abracé por la cintura y esta vez la llevé a mi cuarto, encendí el radio-casete, puse una cinta de Leonard Cohen al nivel audible más bajo, y nos quedamos desnudos. Afortunadamente, había recuperado mi erección anterior. El cuerpo de T. era una pura llama y sus formas y volúmenes perturbaron mis sentidos, pero no perdí la cabeza. He querido deslumbrarla con mi control y conocimiento. He lamido y besado su piel milímetro a milímetro por el vientre, la espalda y los costados. La cubrí y rocé su sexo, sintiendo cómo se mezclaban nuestros fluidos, y cuando ella me ha atraído jadeante para que la colmara, me he vuelto a retirar y he succionado sus volcanes y su cráter de fuego. Yo estaba seguro y orgulloso de mi dominio y disfrutaba lo indecible viéndola rendida a mi voluntad. Sólo cuando exhaló un quejido animal de impaciencia, entré dentro de ella con suma dulzura y lentitud. Su cuerpo ha reaccionado con una intensa sacudida, como si un rayo placentero lo hubiera recorrido. Cuando ya estábamos descansando, tras horas de faena sin solución de continuidad, T. me ha preguntado: “¿Tú siempre esperas tanto tiempo antes de la penetración?”.
No le extrañó demasiado a Triana encontrar la descripción un tanto cursi y pornográfica de Miguel, sabiendo que esta primera noche había sido para él una experiencia erótica muy satisfactoria, y no una experiencia amorosa total como para ella. Sí volvió a asombrarse, en cambio, por los comentarios vanidosos de su amante –a quien consideraba entonces mucho más maduro- manifestando su jactancia por el trabajo bien hecho, como si todavía no tuviera confianza en su maestría amatoria, a pesar de su edad y de las numerosas ocasiones en que, sin duda, la habría demostrado. Por otro lado, sus palabras denotaban un miedo al fracaso que era más fuerte que la normal inquietud de la mayoría de los hombres a no saber cumplir en el momento requerido. Pensó que Miguel debió haber sufrido un trauma importante en el pasado, que le había dejado lesiones aún no cicatrizadas de manera definitiva. Sin embargo, él nunca le hizo la más mínima confidencia al respecto, sino que, por el contrario, siempre quiso darle la imagen de amante curtido y seguro.
Hoy me duele la pelvis y tengo la sensación de que me han machacado toda esa zona. Lo de anoche será irrepetible. He estado dos horas haciendo el amor sin correrme una sola vez. Mientras tanto, T. tuvo dos orgasmos: ¡cómo gemía…jamás había visto ni oído nada igual! Esta tarde he pasado a recogerla por la biblioteca y me la he encontrado absolutamente entregada. Estaba hablando con María y, nada más verme, ha interrumpido su conversación y, sin despedirse de ella, se ha venido derecha hacia mí, como si una fuerte corriente magnética la hubiese empujado.
Fuimos a comer a la misma pizzería de Argüelles, y a tomar café en el ‘Viena’, que T. no conocía. “¡Qué sitio tan romántico!”, ha dicho al entrar. Nos hemos instalado en una mesa semioculta de la gran sala, y nos hemos besado intensamente como dos pipiolos. T. me miraba con sus ojos galácticos como si deseara meterse dentro de mí. Me confesó en tono especialmente mimoso que estaba preocupada, pero que no se arrepentía de nada. Le he preguntado por el motivo de su preocupación, y me ha contestado que era debido a la posibilidad de haberse quedado embarazada “por lo de anoche”. Me he reído y le he dicho orgullosos que no tenía nada que temer, puesto que yo no había llegado a eyacular.
T. se ha puesto muy fría y pensativa y, al cabo de un rato, me ha respondido que no se lo podía creer. Le he pedido que fuésemos otra vez a mi casa, y le he asegurado que la deseaba. Sin embargo, T. no ha aceptado y se ha inventado sobre la marcha la excusa de que había quedado para ir de compras con su tía: ¡T. es muy ingenua!
Y Miguel era entonces demasiado sinvergüenza para ella, comenzó Triana a creer desde ese día. Las únicas relaciones sexuales que había mantenido con anterioridad fueron con su primer novio, que subía al cielo siete u ocho veces en un rato. Tampoco había visto aún películas eróticas para recibir lecciones y disponer de elementos comparativos. Se decepcionó porque ella se había entregado aquella noche a Miguel con todo su ser, en una vivencia total donde se mezclaron la ternura y el placer, el corazón y la cabeza. Mientras tanto, él había estado observándola como si hiciese un experimento para probarse y probarle que hacía el amor de maravilla. No comprendía su superficialidad ni su frialdad emocional en momentos de vértigo indecible, cuando se sintió arrebatada hasta una dimensión vital en donde jamás había estado. Si no consintió en ir al apartamento de Miguel por segunda vez, fue porque intuyó el desequilibrio sentimental que existía entre los dos. Ella se había quedado exhausta, y necesitaba tiempo antes de estar en disposición de volver a entregarle el cuerpo y el alma.

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