Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar, capítulos 21 y 22

21

Los ocho cuadernos del diario de Miguel Ortega, que Triana había encontrado en un cajoncito de la biblioteca del dormitorio, eran del mismo formato, grosor y pastas duras en colores diferentes de la marca Le Conquérant (El Conquistador). Las hojas de cada uno, cincuenta exactas, estaban cuadriculadas en pequeños espacios, llenos regularmente cada uno por una letra o signo de puntuación que facilitaban su lectura y ponían de manifiesto el carácter ordenado de su autor. Las anotaciones de Miguel, que comenzaban en el otoño de 1989 y llegaban hasta el verano de 1990, no ofrecían una periodicidad diaria, ni siquiera semanal, y la mayoría carecían de fecha precisa. Existía otro fragmento de diario en el ordenador (Triana lo descubriría con gran sobresalto algo más tarde), y abarcaba desde 1992 hasta finales de 199… (faltaba la última cifra), aunque ocupaba una extensión muy inferior y sólo se refería a Susanna. Pese a sus dudas y temores, como si fuese a profanar un espacio sagrado, Triana se convenció de su derecho a sumergirse en las páginas confidenciales, por la razón de que ella aparecía también como protagonista (aunque no la única como se había imaginado). Pensaba establecer con Miguel algo así como un diálogo póstumo en el que siempre jugaría con ventaja, ya que ella tendría la última palabra.
“Cuando una puerta se cierra, otra se abre, dice el proverbio” –leyó en la primera línea del diario, fechado el 25 de octubre-. Parece ser que Andrea (Titti) no tiene mucha gana de que yo vaya a verla a Florencia por Navidad. Creo que no tengo nada más que rascar con la italiana. Pero, mira por donde, gracias a ella y a los poemas que me mandó, he conocido a Triana, una española, especialista de italiano, y una de las bibliotecarias de la Facultad, tan joven y casi tan hermosa como Titti y, desde luego, mucho más a mano. No quiero ser presuntuoso, pero tengo la impresión de que le gusto y le he caído bien. Además, le llevo trece años de diferencia, los suficientes para que T. ni se hubiera fijado en mí, de no ser porque debí tocar su fibra más sensible.
Y tanto que la había tocado, pensó Triana, quien había creído en el flechazo a primera vista, desde el preciso instante en que vio a Miguel en persona (ya lo conocía por sus escritos de La Opinión) en la cafetería de alumnos de la Facultad. Tenía una facha más original que la mayoría de los profesores de filosofía, impregnados muchos de un cierto tufillo clerical: unos centímetros más alto que ella, delgado y atlético, de rostro regular, con el mentón enérgico, ojos de azul pálido, casi grises, y cabello negro, fuerte y tupido, que comenzaba a poblarse con algunas rayas cenicientas. En seguida quiso saber quién era, y las referencias que le dio su compañera María no hicieron sino acrecentar el deseo de conocerlo: “Separado desde hace varios años, un verdadero ligón, un tipo super inteligente y muy bien relacionado”. Miguel se vestía con elegancia informal, a la manera de los intelectuales europeos, especialmente de los parisinos (lo que no dejaba de granjearle ciertas antipatías). Triana recordaba que el día que vino a su encuentro, llevaba una chaqueta vaquera, marca Newman, que no existía en las tiendas madrileñas, y cuando se le acercó con los poemas italianos preguntándole por su nombre, ella casi se desmaya de emoción, porque sintió como un fuerte flujo magnético que se desprendía del profesor, y supo desde ese momento que ya no iba a tener voluntad propia, y que si le hubiera pedido que se desnudara o la hubiese abrazado y besado, no se habría resistido. Y además, al poco tiempo, notó que era cierto que tenía experiencia con las mujeres, ya que supo captar, con olfato de sabueso, que le había caído muy bien a ella.
Creo que no me equivocaba. T. se interesa por mí. La he puesto a prueba en dos ocasiones, y las dos veces sus reacciones han dado positivo. Se trata de saber hasta dónde estará dispuesta a llegar, pues ya estoy escarmentado de esas mujeres que hoy te hacen creer que están locas por ti, y, en realidad, te están utilizando. ¡Y no se te ocurra pedirles cuentas! T. y yo hemos ido a bailar en compañía de una colega suya de la biblioteca y de un amigo de ésta. Un tipo que juega a parecer un ‘chorizo’, o que lo es de verdad, aunque simpático y nada agresivo. La noche fue muy agradable e insólita para mí. Felipe, que así se llama el amigo de la compañera de T., se empeñó en que fuéramos a jugar al casino de Madrid, donde no nos dejaron entrar porque no gastábamos corbata ninguno de los dos, y él iba con vaqueros. Luego nos llevó a una discoteca de la calle de la Reina, y allí nos dieron las cuatro de la madrugada. Después de acompañar a T. a su casa en mi coche, me quedé tirado sin gasolina en el camino de regreso a mi casa: ¿será esto un signo premonitorio de nuestras relaciones futuras? En todo caso, incidente aparte, el comienzo no está mal. T. es muy complaciente conmigo, parece inteligente y coincidimos en muchas cosas no necesariamente trascendentes.
A Triana le agradó que el diario de Miguel siguiera reflejando el inicio de sus relaciones, lo que confirmaba que ella no le había sido indiferente. No se acordaba muy bien a qué pruebas se refería, pero supuso que debió ser algo sin mucha importancia, planteado más como apuesta silenciosa que como petición explícita: “¿Se subirá en el coche conmigo o en el de su amiga?”. “sí, está pendiente de mis palabras y no de las de Felipe”. Las cosas que le sorprendieron favorablemente de Miguel fueron su vitalidad y talante juvenil, así como su simpatía. No se trataba de fingimiento alguno para estar en el mismo plano que ella y sus amigos, de la misma edad aproximadamente, sino que no desentonaba como otros hombres de sus años en semejantes circunstancias, empeñados a toda costa en parecer más jóvenes y que a la vez no podían evitar ejercer un protagonismo impositivo. Miguel se había comportado con naturalidad y sentido del humor, pero sin buscar ser gracioso a toda costa y en todo momento, como hacía un compañero suyo que ocultaba su insignificancia tras una cortina continua de risas y frases pretendidamente ingeniosas. A Triana le gustó que él la considerase inteligente y no sólo una tía buena, que era lo único que valoraba la mayoría de los hombres con los que había salido y, sobre todo, con los que no había querido salir, precisamente porque intentaban acostarse con ella desde el primer día, como si sólo fuese un agujero con protuberancias. Miguel no demostró tener prisa ni, tampoco, intentó deslumbrarla.

22

20 de noviembre
Estuve cenando con T. en “La Chocolatería”, de la calle Barbieri. Me ha contado toda su vida sin que yo le pidiera nada. Me seducen sus ojos enoormes de puro color ámbar, con los que me mira tan profunda y fijamente que parece querer hipnotizarme. Cualquiera podía pensar por la intensidad de su mirada que está colada por mí, pero más vale no fiarse porque las féminas suelen enseñar todo aquello que saben (o creen) que tienen bonito, con el fin de despertar el deseo masculino. La crónica de su existencia no es hasta hoy realmente apasionante, aunque perdió a la madre al nacer y eso parece haberla hecho más madura. Puso especial interés en que yo supiera que estaba libre sentimentalmente, tras haber roto de manera definitiva con su primer gran amor de juventud, con quien estuvo a punto de casarse.
T. me obligó a corresponderle con la historia de mi vida: “Quiero saber todo de ti”, me dijo, mitad en serio, mitad en broma. Por primera vez en situaciones similares, no me apetecía mucho sincerarme y le di una versión ligeramente modificada a mi favor sobre mis relaciones con Matilde. T. ya se había informado previamente de mi “estado civil”, aunque quería conocer todos los detalles. Le oculté que mi esposa me había puesto de patitas en la calle, nada más enterarse de mi aventura con su mejor amiga. No sé por qué, quise dar a T. una imagen de hombre sensible y romántico que ha sido maltratado por la perfidia femenina. Después de cenar, fuimos al pub “Libertad 8”, que ella no conocía. Durante el corto trayecto nos agarramos de la mano, y de ahí no pasamos en el resto de la noche.
Se quedó bastante perpleja: ¡Dios mío!, exclamó Triana. Miguel le había mentido en toda la regla, y nunca rectificó más tarde. Le contó que era él quien se había separado de su mujer al enterarse de que se había convertido en la amante de uno de sus amigos, el pintor Bernardo Fuster. Fue por cierto esta circunstancia una de las que más influyó para que se enamorara de Miguel, pues justificaba de algún modo la fama donjuanesca que le acompañaba y humanizaba su personalidad inspirándole ternura. Esa misma noche, le dijo también que se casó con Matilde principalmente porque la había dejado embarazada, y sus padres querían obligarla a abortar si él la dejaba. ¿Sería otra mentira? ¿Y si hubiese sido al revés?, se preguntó, diciéndose que tenía que hablar con Matilde a su regreso de los Estados Unidos para aclarar esa terrible duda. Triana había deseado tanto entonces que Miguel le hiciera un hijo, pensando que ésa sería la demostración más auténtica de su amor, al mismo tiempo que la prueba del suyo. Nunca le había exigido el matrimonio: lo que sí le pidió continuamente fue que se le entregara sin reservas, de igual modo que ella lo hacía. La impresión de que Miguel había abusado de su ingenuidad se le confirmó a continuación:
Ayer viernes se cumplió un mes desde que conocí a T., y es el único en que no hemos salido juntos. Fui a hablar con ella al terminar mis clases, para decirle que yo no iba a estar libre por la tarde (era el cumpleaños de mi hija Vanessa) con el pretexto falso de un compromiso poco importante, pues no quiero que piense que estoy atado todavía por lazos familiares. T. fue incapaz de disimular su contrariedad y hasta llegó a preguntarme qué inconveniente había para que ella no pudiese ir conmigo. Tuve que mantenerme firme, explicándole que se trataba de una fiesta de antiguos compañeros de carrera a la que sólo asistían hombres. Me sorprende y, sobre todo, me satisface mucho la reacción de T.: ¡Creo que está cayendo en el saco!
Hubiera sido más legal que Miguel le hubiese dicho la pura verdad, que ella habría comprendido sin discusión. En cambio, se inventó un rollo con el fin de darle esquinazo y comprobar su reacción sin importarle que se molestara, e incluso alegrándose, de la misma manera que sucedió en otra ocasión.
La impresión anterior se confirma. T. y yo hemos ido a cenar con un grupo reducido de compañeros míos, su amiga María, la otra bibliotecaria, y Felipe, el chorizo simpático, que volvió a llevarnos a la misma discoteca de la calle de la Reina, donde deben de darle alguna comisión. Desde el principio de la noche, T. ha mostrado una actitud extraña conmigo: no se fijaba en mí. Por el contrario, no ha parado de hablar animadamente con el colega de su amiga, hasta el punto de dar la impresión que trataba de ligárselo. Permanecimos sentados en una parte retirada del gran local, donde podíamos charlar en grupo sin que la música a tope, como de costumbre, nos lo impidiera. Yo empecé a mosquearme con T., que siguió ignorándome; sin embargo, en lugar de ponerme mohíno con ella, he sacado a bailar a Julia, una de las compañeras de la Facultad, con la que he tenido el curso pasado una aventura sin consecuencias. Nos fuimos al centro de la pista, fuera de la vista de T. y hemos estado moviendo el cuerpo sin parar más de dos horas seguidas. Durante ese tiempo, todos los amigos se incorporaron al baile. Regresé al rincón para ver qué pasaba con T., pero no quedaba nadie. He pensado que estaría en el baño y me senté a esperarla. Al cabo de un rato sin aparecer, comencé a buscarla por toda la discoteca. Me acerqué a María, acaramelada de forma ostensible con su Felipe, y me ha dicho que T. no se encontraba bien y se había marchado sola a su casa. En lugar de sentarme mal, he sentido como una pizca de inconfesable gozo.
Triana creía en la relatividad y aceptaba un margen de error en la subjetividad personal, pero el punto de vista de Miguel sobre lo ocurrido aquella noche superaba todos los límites. Era verdad que ella estuvo charlando con Felipe –quien por cierto no era ningún chorizo, sino un ácrata militante y baterista de un grupo modesto de rock- and-roll, llamado Vallekano`s-, sin embargo, no mucho más tiempo que con otras personas de la reunión. Miguel, en cambio, no dejó de coquetear un solo instante con la tal Julia que estaba a su lado, y de la que sabía por María que había intentado inútilmente “pescarlo”, y con la que luego pasó bailando más de dos horas sin hacerle a ella puñetero caso. Se había marchado cabreada y ofendida, y si no quiso ir a despedirse de él, fue porque no le dio ocasión ni por un instante, estando ocupado en demostrar a la colega universitaria sus grandes dotes de bailarín. En cuanto al “gozo inconfesable”, le pareció que se trataba de algo cercano al sadismo, una inclinación atenuada de Miguel que tendría tiempo de ver confirmada más adelante.
Después de aquella faena, Triana hubiera puesto punto final a su incipiente relación con el profesor, de no ser porque éste dio un tímido paso conciliador para restablecer la confianza, que le permitió alimentar esperanzas en un futuro común.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Libros y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s