Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar, capítulos 19 y 20

19
Pasó la tarde de Navidad cuidando a su hijo, que sufría un fuerte catarro, y regresó a la mañana siguiente al apartamento, dispuesta a ocuparse el día entero en la tarea de rastreo que se había marcado. A su insoportable tristeza se añadían los nuevos motivos de abatimiento causados por los inesperados descubrimientos de la víspera. ¿Quién había sido Miguel realmente? De pronto, la imagen ideal del hombre fiel y cariñoso de los últimos años que conservaba de él, comenzó a esfumarse tras una sombra de aprensión, haciéndole recelar de la búsqueda de su pasado común que aparecía disperso por las traiciones de su amante. Triana temía que a su pérdida física se juntara también la pérdida moral de la confianza ciega que había depositado en Miguel. Sin embargo, ya no podía retroceder y permanecer con la espantosa incertidumbre acerca del papel exacto que ella había representado en su vida, y sin saber cuáles fueron las causas de su muerte.

La recuperación de la cinta le pareció un asunto previo a la lectura de los diarios. Miguel tenía cientos de grabaciones musicales y era probable que hubiera trastocado alguna de ellas, o quizá las fundas no correspondiesen con su contenido. Se puso a revisar una por una las casetes acumuladas durante años por la melomanía de su amante, a quien le había gustado siempre la buena música, de la clásica al flamenco, pasando por el jazz, el pop de calidad, la música celta, brasileña, argentina y cubana. La voluminosa discoteca reflejaba una parte antológica de la producción musical a partir de 1950. Halló igualmente grabaciones que recogían numerosas entrevistas sobre literatura y filosofía con diversas personalidades españolas y extranjeras.

A pesar del exhaustivo registro de Triana, el resultado fue negativo: alguien se había llevado la cinta con los sonidos del amor de ella y su amante y las declaraciones reveladoras de su paternidad. ¿Quién la habrá robado?, se preguntó angustiada. Si había sido Juan, habría precisado sus llaves para entrar, y ella siempre las llevaba junto a las de la casa y las de la biblioteca de la Facultad. Pero podía haber aprovechado un momento para fabricarse un doble, habida cuenta que, durante los fines de semana, el gran manojo de llaves se quedaba en una de las repisas del mueblecito que tenían a la entrada del salón. Nunca debí dejarlas tan a la vista, ¡era como una provocación!, se dijo. Sintió un largo escalofrío pensando que su marido había escuchado sus momentos de intimidad con Miguel, cuando ella se abandonaba en sus brazos hasta volverse pequeña como una niña, y competían con palabras y frases que solamente podían pronunciarse en esas circunstancias, con la mente nublada por la ternura y la voluptuosidad.

Además, estaban los ruidos y gemidos que producían durante el éxtasis sexual. ¡Pobre Juan!, exclamó, al comparar de forma involuntaria las desabridas escenas de sus tristes encuentros de alcoba, envueltos en la completa negrura de la noche para no ver sus rostros desencajados por el miedo a la impotencia y los fracasos. ¡Pobre Miguel y pobre de mí!, añadió susurrando, si es mi marido quien se ha llevado la cinta, porque eso significa que la ha escuchado, o mejor dicho –continuó sin darse cuenta de que hablaba en voz alta-: Juan ha ido al piso de Miguel guiado por la morbosa curiosidad de conocer la casa de mi amante, ha visto la cinta en el radio-casete, lo ha puesto en marcha por puro azar y…Arrancó el chaquetón y el bolso del perchero de la entrada, comprobó que llevaba las llaves del apartamento y salió disparada escaleras abajo hacia su apartamento de Alvarado. Se le había ocurrido repentinamente que la grabación delatora tenía que haberla escondido allí su marido, y debía encontrarla de inmediato con el fin de salir de dudas y defenderse de otro posible ataque. Tal vez, la vida de su hijo y la suya propia corrían ahora peligro, pensó angustiada y con la cabeza a punto de estallarle, mientras se dejaba caer en un banco de la estación de metro Sevilla, aguardando impaciente el próximo tren con dirección a Plaza de Castilla.

En el piso vacío desde hacía varios días, olía a humedad y faltaba el aire. Triana se sintió por primera vez extraña en su propia casa, e incluso se apoderó de ella un ligero sentimiento de culpa, como si estuviese allí para cometer un robo, y decidió actuar con la mayor rapidez. A pesar de su calamitoso estado de nervios, repitió el registro metódico que había realizado en la vivienda de Miguel, con la diferencia de tener que revisar un número infinitamente menor de cintas. A Juan le interesaba muy poco la música, y toda su colección de discos y casetes se limitaba a las obras completas de Ana Belén y su marido, Víctor Manuel, más unos pocos cantantes y grupos ligeros de moda. Buscó la grabación entre las cintas de cuentos y canciones de su hijo, donde creyó que Juan la habría podido esconder

20
Triana regresó a casa de sus padres para estar con el pequeño y comer algo caliente. Se sentía super cansada y desmoralizada. No había encontrado tampoco el móvil de la presunta acción criminal de su marido, en los estuches de Vitín: Bambi, Alicia en el País de las maravillas, Pulgarcito, La Cenicienta, ni en los de Antón Pirulero, La gallina papanatas, Veo, veo, y otras invenciones del mismo género que Juan le compraba con ilusión. Su tía Aurora le ofreció una taza de consomé caliente al tiempo que le aconsejaba cuidarse, porque la veía muy desmejorada y con grandes ojeras. Se echó un rato en su cama para descansar, pero no dejó de suspirar y dar vueltas y respingos, presa de una incontrolada crisis nerviosa. Por la tarde regresó al piso de Miguel. No perdía la esperanza de encontrar la casete y pensó que cabía la posibilidad de que apareciera en el lugar más insospechado, o incluso que se la hubiera llevado Vanessa, que visitaba a su padre con frecuencia y también tenía llaves de la casa. Cayó en la cuenta de que tanto ésta como la madre permanecían todavía sin dar señales de vida e ignorando la tragedia. Volvió a llamarlas al número de teléfono de Nueva York, donde serían las nueve de la mañana, pero nadie respondió.

Triana pulsó nuevamente la tecla “lect” del contestador automático, que lanzaba cortos destellos intermitentes. Seguían las condolencias, casi todas ahora de colegas de la Universidad: “Miguel, aunque nunca nos tratamos mucho en vida, tu muerte me ha conmocionado. Un abrazo muy fuerte de Pepe”. “Soy Mari Carmen Corrales. Ya no te guardo rencor. Perdóname por no haber intentado conocerte mejor, pero dejas tus libros que prometo devorar”. “…Me costaba trabajo corresponderte, parecías tan cínico cuando nos cruzábamos en los pasillos, y me lanzabas aquellos holas tan fríos y sonrientes…¡Nunca te olvidaré! Un beso de Eugenia”. No cabía duda de que algunas de esas personas que se sentían obligadas moralmente a expresar su pésame por la desaparición trágica del compañero de profesión, habían manifestado muy poco aprecio por el mismo y por su trabajo cuando lo tenían a su lado. Otros lo calumniaron o lo habían menospreciado. Triana pensaba en lo vano que era esperar recompensa mundana para la obra bien hecha, porque era corriente que la gente sólo se inclinara ante los poderosos vivos y los talentos muertos.

El aparato descargó todo su contenido de circunstancias. Unos instantes después sonó el teléfono. Triana, desconfiante, dejó que emitiera varias señales, tras la cuarta, saltó la voz de Miguel Ortega invitando a dejar un mensaje. Un frío punzante se le clavó en las sienes, mientras se reprochaba no haber borrado la grabación para evitar la sensación de burla macabra que la técnica podía causar a las personas que llamaban. Descolgó con alivio el auricular al reconocer la voz de Luis Bermúdez. Éste se mostró consternado por lo sucedido y muy cariñoso con ella, quien no pudo evitar sus lágrimas, que empañaron sus ojos y alteraron el eco de su garganta. Quería venir a Madrid, pero Triana le rogó que fuese a Granada el 5 de enero para acompañarla en el momento de derramar las cenizas del ser que los dos habían querido. Luis le dijo también que había mandado una carta al director de El Tiempo, en protesta por los artículos aparecidos en ese periódico tras la muerte de Miguel, aunque todavía no se la habían publicado y no creía que ya lo fuesen a hacer. Triana le agradeció su gesto y le pidió que no se olvidara de llevarle una copia de su escrito.

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