Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 17 y 18

17

En casa de Evaristo Bolívar había un comensal imprevisto para la cena de la nochebuena. Se trataba del octogenario Atilio Larrea, que se había auto invitado esa misma tarde cuando telefoneó a su amigo para comunicarle, en tono quejumbroso, que se sentía muy solo y hasta un poco deprimido. “Bueno, vente, pero que sepas que en esta casa no te vas a morir nunca de indigestión”, le respondió el padre de Triana, queriendo advertirle de que su mesa era de las más austeras que podían encontrarse. Los dos ancianos se habían conocido, hacía dieciocho años, en el primer mitin autorizado que celebraron los anarquistas españoles en la plaza de toros de San Sebastián de los Reyes, en los alrededores de Madrid, presidido por la legendaria Federica Montseny, y desde entonces se reunían regularmente para jugar al mus y al dominó. A pesar de una cierta tendencia a la fanfarronería, atenuada por la edad, Atilio hacía reír mucho a Triana y algo menos a su tía-madre. “Me cago tres veces en el sombrero del Papa”, era su expresión favorita, impregnada aún de marcado acento andino, pues había pasado treinta y cinco años de exilio en Santacruz de Bolivia, donde se había ganado la vida fabricando y vendiendo catalejos, “para ver las estrellas”, así como cajitas y estuches con ilustraciones de Don Quijote y Sancho.

Atilio Larrea regresó definitivamente a España, a mitad de la década de los setenta, con la firme intención de hacer saltar por los aires el monumento a los caídos de su pueblo de Santurce. Pensaba actuar solo aprovechando la experiencia de joven dinamitero en la defensa de Bilbao, a principio de la Guerra Civil, y planeó durante meses el atentado de “desagravio”, como él lo llamaba: la carga explosiva exacta para dar en el suelo con la cruz de granito rosa y la hora apropiada para que no causara daño alguno a las personas. Sin embargo, el viejo anarquista no pudo cumplir su meditado sueño. Cuando llegó a la plaza de los fueros a colocar el artefacto casero, a las cinco y media de la madrugada de un lluvioso domingo de febrero, no encontró ni rastro del monumento franquista: el nuevo Ayuntamiento democrático lo había desmontado limpiamente durante la noche anterior.

Triana se ofreció para ayudar a su tía en la preparación de la cena, pero Aurora prefería estar sola en la cocina y le pidió que se encargara de poner la mesa y de entretener a Vitín, que había pasado la tarde un tanto gruñón y caprichoso.

-Ocúpate de tu hijo, que no es bueno que un chiquillo de su edad esté rodeado nada más que de viejos.

En el salón familiar, los dos veteranos correligionarios competían con ahínco por acaparar la atención del pequeño. Atilio trataba de enseñarle a simular la amputación del dedo índice de la mano izquierda, a la vez que le decía con su enérgica y potente voz de vizcaíno:

-Tú no te llamas Víctor Manuel, que es un nombre de rey, tú te llamas Garibaldi, Ga-ri-bal-di –repetía, mientras el niño gritaba enfadado “no”, e iba a refugiarse entre las rodillas del abuelo, donde acababa poniéndose más rabioso todavía, tratando con toda su fuerza infantil de robar el caramelo que Evaristo apretaba en sus dedos artríticos.

-Papá, Atilio –exclamó Triana enternecida-: Dejad de jugar con el niño, que me lo vais a poner muy excitado y luego no va a haber quien lo duerma.

-¿Y tú cómo te llamas, Triana o Tirana? –Le preguntó Atilio, como era su costumbre cada vez que la saludaba desde que la conoció, y luego, dirigiéndose a su amigo-: ¡Mira que ponerle Tirana a una hija! ¡Menudo anarquista estás tú hecho!

-Atila, Atila, déjate de bromas, que no está el horno pa bollos! –cortó Evaristo, que no había informado a Larrea de la muerte de Miguel Ortega, para evitar que creyera que se lo decía como excusa para no invitarlo a la casa.

La cena transcurrió con largos silencios que el viejo luchador no supo interrumpir con su humor inocente. Triana daba de comer a su hijo, inapetente, sin dejar de hacer hipótesis sobre la identidad de la persona que Tomasita había visto salir de la casa de Miguel. Aurora miraba con ojos adormilados las infames variedades de las distintas cadenas de televisión, mientras que los dos ancianos estaban pendientes de saber si sus gastadas dentaduras serían capaces de acabar con la fuerte carne de pavo que tenían en el plato. Solamente se animaron a hablar con la aparición en pantalla de Juan Carlos, en su tradicional discurso de Navidad.

-¡Mira, ahí está tu rey! –dijo Atilio para provocar a su amigo.

-¡Anda, y el tuyo!, que si no llega a ser por él, te hubieras tenido que volver con los indios –replicó Evaristo.

-Pues igual me vuelvo cualquier día. Esto está lleno de insensatos. Y para vivir en un país sin nombre…Que si Estado español, que si este país, para eso, regreso a Santa Cruz, porque por lo menos allí me llamaban con respeto el españolito. Pero aquí, si voy a Santurce, mi pueblo, ni siquiera puedo decir que me siento español.

Triana apenas si escuchó los comentarios de Atilio Larrea al estar pendiente del pequeño Vitín que, tras comer con resistencia, daba muestras de estar muriéndose de sueño. Lo tomó en sus brazos y, dando con él una vuelta a la mesa para que los tres ancianos lo besaran, lo metió en la cama. Media hora después ella también se acostó. La tranquila respiración de su hijo que ya dormía profundamente, le permitió relajar su cuerpo, mientras su mente se adentraba por el laberinto del insomnio, que se había convertido en el compañero habitual de sus noches y madrugadas. Pero no deseó dormir como en otras ocasiones, cuando los conflictos fueron de menor envergadura y se desesperaba por encontrar el sosiego que le abriera la puerta del sueño. Creía, por el contrario, que las siete u ocho horas de descanso nocturno eran un periodo de tiempo insuficiente para poder pensar en todos los problemas que comenzaron a asaltarla con la desaparición traumática de Miguel. Tuvo una pesadilla de repetición que la aterró varias veces durante la noche: Juan aparecía con el rostro ensangrentado, sosteniendo en las manos una escopeta con la que acababa de dispararse a quemarropa. Después se daba furiosos navajazos hasta caer al suelo junto al cadáver de una mujer. Triana se acercaba para averiguar su identidad, y se veía a sí misma muerta.

 

 

 

18

El día festivo de Navidad no fue obstáculo para que Triana se dispusiera a encerrarse gran parte de la mañana en casa de Miguel. En el zaguán oscuro, desprendiendo siempre un hedor dulzón a alcantarilla, abrió su buzón repleto de papeles: propagandas, felicitaciones comerciales navideñas y envíos de banco. Sólo había una carta personal procedente de Kioto, Japón, que parecía contener una tarjeta postal. Subió hasta el apartamento (esta vez por el ascensor, que ya utilizaría a partir de entonces), y, tras quitarse el chaquetón gris en piel de conejo que solía ponerse en invierno, rasgó, no sin cierta repugnancia moral, el sobre dirigido a su amante y leyó el siguiente texto, escrito en un español deficiente:

Querido Miguel. No te dejes vencer por el mal, sino supere el mal con el bien. Romanos 12-21.

Creo que Christo ha dicho algunas cosas muy buenos…¡Feliz Navidad!, y ¡te deseo un feliz año nuevo!!

Era de Yuki (sin apellido), una bailaora de flamenco aficionada, que había protagonizado junto a su mejor amiga, Yuriko, un melodramático episodio que estuvo a punto de costarle muy caro a Miguel, y le proporcionó un susto que nunca olvidaría –según le había contado en tono divertido a Triana-. Las dos jóvenes japonesas habían pasado, hacía ya algunos años, una temporada estudiando flamenco en Madrid y Granada. Fue en esta última ciudad, durante los meses de verano, cuando las dos lo conocieron y se enamoraron de él, quien prefiriendo a Yuki, de gran belleza exótica, dio esperanzas igualmente a Yuriko, no desprovista de atractivo sensual. Enteradas del juego doble del español, decidieron cuartearlo al alimón con los respectivos cuchillos japoneses de gran tamaño (“símbolo de amor eterno en Japón”, le explicaría más tarde a Miguel su amiga Kioko: “como kiosco” –según ella misma aclaraba contagiada por la guasa de la tierra-, una pintora de Osaka residente en Granada), que cada una por separado le había regalado. Una tarde, Yuki y Yuriko se presentaron de improviso y de manera alternativa en la vivienda del casquivano intelectual, que hubo de escapar corriendo escaleras abajo en zapatillas y pijama, para huir de la rabia de las celosas muchachas, decididas a sacrificarlo a la manera ancestral de su país.

Cuando terminó con el resto de las cartas, comerciales, Triana se sentó en el borde del futón y apretó la tecla “lect” del contestador automático del teléfono, preñado de llamadas, colocado sobre la parte izquierda del gran mueble biblioteca que rodeaba la cabecera de la cama. Comenzó a oírse una amalgama de pitos y voces: unas entrecortadas, otras claras y redundantes. Todos los mensajes decían sólo el nombre del emisor, pero había uno anónimo, patético, despistado o intencionado, que empezaba por invocar al fallecido: “Hola Miguel, soy Pedro, que me he enterado que has tenido un accidente grave, y te llamo para saber cómo ha sucedido, un abrazo”. No podía tratarse más que de Pedro Escobar, pensó Triana, un pésimo publicista y ex periodista casposo, a quien Miguel (en vida) y ella no gustaban ver ni en pintura. Un tipo oportunista que se jactaba de estar al corriente de todo lo que sucedía en el mundillo madrileño, un factótum inútil que se creía imprescindible, y que debía de estar disfrutando con el trágico destino del profesor, al que había jodido siempre que tuvo ocasión.

En muchas llamadas se apreciaba un cierto nerviosismo de los autores, provocado seguramente por la incertidumbre de adivinar quién sería la persona que iba a escuchar sus palabras. Triana identificó la mayor parte de los nombres y voces grabadas: las de los mejores amigos, los compañeros de Facultad, de la La Opinión y resto de diarios de Madrid; Federico Chico de Diario 16, Artemio Gaya de El Tiempo y Fermín Nombril del Abc, así como conocidos diversos de los ambientes literarios, pictóricos y musicales que Miguel había frecuentado. Era una larga lista de personajes que componían un amplio muestrario del establishement cultural del Madrid fin de siglo.

En medio de tanta voz masculina expresando sus pésames y lamentaciones, escuchó con atención un eco femenino y un nombre que le eran totalmente desconocidos: “Hola, Miguel, soy Maricel, de Cádiz, ¿te acuerdas de mí? Pues nada, que como me dijiste que ibas a pasar aquí las navidades, como el año pasado, he estado esperando a que me llamases y bueno…llámame si vienes, que nos lo vamos a pasar pipa: un beso muy fuerte y con Dios”. Triana, muy intrigada, repasó el fragmentó de grabación de tono tan familiar y con un fuerte acento andaluz. No había duda sobre el significado explícito del mensaje. Quienquiera que fuese la tal Maricel, confiaba en ver a Miguel en el apartamento de Cabo Trafalgar, donde debiera encontrarse de no haber sido por…Volvió a escuchar la frase: “Que como me dijiste que ibas a pasar aquí las navidades, como el año pasado”, y sacó la cierta y dolorosa conclusión de que su amante la había engañado con esa mujer desconocida, cuya identidad se le iba a desvelar en el diario que comenzó a leer esa misma mañana.

El diario de Miguel se encontraba repartido en ocho cuadernillos a pluma y bolígrafo que reflejaban principalmente su vida sentimental y sexual, salteada con breves apuntes sobre los más variados temas: desde la filosofía a la política, pasando por el arte, la literatura, o simples observaciones superficiales. Otros archivos estaban almacenados en el ordenador y contenían cartas, artículos, ensayos, relatos cortos, y el esquema de una novela a imitación de las novelas negras de Georges Simenon, de quien Miguel Ortega fue siempre un gran admirador. Encontró también un anecdotario en el que figuraban, detallada y minuciosamente, datos sobre sus relaciones amistosas y profesionales, así como sucesos cotidianos tanto de tipo personal, como reflejados en los periódicos. En este último archivo, Triana iba a profundizar en las polémicas que Miguel había mantenido con periodistas y escritores de renombre, y en las que creyó encontrar motivos para que alguno de ellos (o en complicidad) decidiera asesinarlo.

Cuando pensaba dejar para otro día la lectura del anecdotario, se detuvo estupefacta en un párrafo fechado dos meses antes de ese mismo año:

Estoy realmente extrañado o, mejor dicho, muy preocupado por saber qué ha podido ocurrir con la cinta en la que he venido grabando fragmentos de mis horas de amor con T. La tenía metida en el radio-casete y me ha desaparecido. La señora de la limpieza me aseguró que no había tocado nada, y a T. no me atrevo a preguntarle porque sería ponerla al corriente de que he estado “espiándonos” durante meses, en los momentos más íntimos e inefables de nuestras sesiones amorosas: canciones y juegos ridículos (que tanto gustan a T.), palabras mimosas, ruidos de besos y caricias, susurros, suspiros y jadeos: en definitiva todos los sonidos del amor producidos por nosotros dos en la cama. Lo peor de todo es que estoy seguro de que la cinta contiene también algunas conversaciones en las que hablamos de nuestro hijo Vitín…Triana sintió que el corazón le daba un vuelco completo y se llevó las manos al pecho. Recordó la información de Tomasita sobre el hombre joven al que había visto salir y cerrar con llave el apartamento. La fecha que le dijo la anciana coincidía con la del anecdotario: ¿Y si aquel hombre hubiera sido Juan?, se preguntó aterrada. Rechazó la terrible conjetura sintiendo que se le helaba la sangre en las venas. Necesitaba creer que su marido no podía ser el autor de un crimen semejante, y trató de convencerse con la idea de la mansedumbre de Juan, y su incapacidad para hacer daño a nadie. Pero ¿y su madre?, ¿y si le hubiera contado el secreto a doña Amalia? Las dos cartas anónimas que había recibido eran posteriores al día en que Miguel echó en falta la casete, de modo que las dos cosas parecían estar relacionadas. Para no seguir especulando angustiosamente, se puso a buscar la grabación de manera sistemática.

Primero miró por todas las superficies de los muebles, después registró en su interior removiendo ropa, papeles, cajas de puros, cartas y documentos. Le sorprendió el peso de una cajita: contenía una pequeña y auténtica pistola marca ME 8 Combat, de 8 mm. (Made in Germany), con su correspondiente cargador y munición: ¿Para qué querría un hombre tan pacífico como Miguel un arma como ésa?, se preguntó en voz alta, mientras volvía a colocar con aprensión la pistola en el mismo sitio donde la había encontrado. ¿Habría recibido amenazas de alguien?, pero ¿de quién? Aplazó de momento la búsqueda de la cinta, y leyó los remites de la pila de cartas que encontró en su armario, tratando de descubrir un nombre sospechoso o, tal vez la esquela anónima que le hubiera hecho temer a su amante algún daño.

Los sobres estaban ordenados por fechas que se remontaban a veinte años atrás. Las más antiguas correspondían a cartas de sus padres, de su ex mujer y de su amigo sevillano Luis Bermúdez, que Triana se prohibió leer por pudor y respeto a la intimidad de Miguel. Obedeciendo a un impulso ético, descartó también todas aquéllas anteriores al comienzo de sus relaciones con él, muchas de las cuales habían sido remitidas por mujeres con nombres españoles y extranjeros. La correspondencia que comenzó a seleccionar cuidadosamente se repartía entre un apartado sentimental y otro profesional, los únicos susceptibles de interés para el conocimiento de la personalidad del hombre que había amado, así como para el descubrimiento de datos que arrojasen luz sobre el misterio de su muerte. Se sintió muy dolida por la existencia y el contenido de cartas en las que se evidenciaba que Miguel había tenido aventuras con otras chicas, no sólo durante la primera etapa de sus amores con ella, sino también durante la segunda, cuando se convirtieron públicamente en amantes.

Leyó con profundo disgusto tres cartas de otras tantas mujeres, cada una de distinta nacionalidad. Patty, una española que debía de llamarse Patricia, se quejaba de que Miguel no le telefonease más, después del fin de semana inolvidable que habían vivido juntos. Otra era de Titti (Andrea, la florentina que había enviado los poemas que ella tradujo) en la que se lamentaba que no hubiese respetado sus sentimientos amistosos hacia él, defraudando mi confianza y rompiendo toda posibilidad de entendimiento futuro entre los dos. La tercera, fue la carta que más daño causó a Triana (incluso percatándose de su tono pretencioso o, tal vez, precisamente por eso). La remitía Susanna, una joven modelo austriaca que había sido amiga de Miguel: …Había puesto tanta ilusión ante la perspectiva de tu venida a Viena, que me sentía la mujer más feliz del mundo. Pero al poco tiempo de que llegaras y estuvieras conmigo, me di cuenta de lo tontas e inocentes que eran mis esperanzas…Tienes miedo al conflicto y eres incapaz de terminar con Triana. Tienes miedo al amor y a la pasión sin límites que yo represento. Me quisiste hacer creer que eras romántico hasta la muerte, aunque yo sólo veo tu egoísmo fundamental y tu alma de burgués… El timbre del teléfono interrumpió la lectura de Triana. Su tía Aurora la reclamaba: el pequeño Vitín tenía 39 grados de fiebre.

 

 

 

 

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