Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar, capítulos 15 y 16

15

Llegó con cinco minutos de adelanto a su cita en el café J MA (al rótulo le faltaba la U). Era uno de esos establecimientos cutres –comenzando por el nombre- que tanto abundaban en Madrid. Triana se acomodó en un ángulo de la barra, cerca del escaparate, embadurnado con un letrero que anunciaba el precio del desayuno, y despejó un círculo en el suelo con la punta de su bota derecha para preservar sus pies de la espesa capa de porquerías, todavía sin barrer, que los clientes habían ido tirando fuera de las papeleras. Parecía mentira que personas civilizadas pudieran consumir encima de tanta suciedad, pensó. Lo peor era que se diría que les gustaba ese ambiente y lo preferían a sitios más limpios y bonitos. Juan siempre la citaba en J MA, pese a que le había repetido en muchas ocasiones que el lugar le repugnaba. Cuando hacía buen tiempo, lo aguardaba en la acera, pero esa mañana, el aire estaba helado y caía sin pausa una lluvia muy fina.

Vio a Juan aproximándose a ella con una sonrisa puesta de oreja a oreja, y envuelto en su sempiterno abrigo beige.

-¡Vaya mañanita! –exclamó al besarla en las mejillas, como si hubieran estado separados un rato solamente-.¿Qué tal estás tú –añadió, produciendo con su lengua el pequeño chasquido característico que tanto molestaba a Triana.

-Bien, supongo –dijo esta vez sin segundas-. ¿Y tú, cómo estás? –preguntó, poniendo sus ojos en los de su marido con el fin de retenerle la mirada, que él siempre desviaba alternativamente hacia cada una de las mejillas.

-Bueno, la verdad es que no lo estoy pasando muy bien. Por cierto, no has traído a Víctor Manuel.

-No pensé que fuese conveniente que el niño estuviera hoy con nosotros. Escucha, Juan, necesito hablar contigo, pero me gustaría que fuéramos a otro sitio menos desagradable.

Salieron de la mugrienta cafetería y, sin posibilidad de elegir un local más conveniente, entraron en el VIPS que hacía esquina con Doctor Castelo. Buscaron una mesa tranquila y apartada. Triana pidió un café con leche, y Juan una cerveza sin alcohol.

-¿Quieres un cigarrillo? –dijo Juan sacando un paquete de Winston, ante la sorpresa de Triana que le había visto fumar en contadísimas ocasiones. Encendieron los cigarrillos cada uno con su propio encendedor y permanecieron durante unos segundos en silencio. Ambos evitaban ser el primero en romper a hablar porque tenían cosas terribles que decirse. Pretendían mantener una atmósfera de cordialidad, pero debajo de sus medidas palabras se reprimían odios, recelos, sospechas y acciones que no podían confesarse al otro ni a nadie. Por una vez fue Triana quien inició la conversación yendo directa al grano:

-Ayer incineraron a Miguel y guardo sus cenizas en una urna en su apartamento para llevarlas a Granada. Quiero estar sola estos días. El niño y yo nos quedaremos en casa de mi padre, y volveremos contigo después de los Reyes.

Planteó sus intenciones con tanta seguridad y rapidez, que su marido no tuvo oportunidad de interrumpirla para colocar una tímida protesta, a la que se sentía obligado en su calidad de jefe de familia.

-Así que fue un suicidio –dijo con un hilo de voz tan apagado al final, que Triana apenas si escuchó la última palabra.

-Bueno, la policía ha cerrado el caso, pero a mí nadie va a sacarme de mis trece –afirmó con vehemencia, escrutando en actitud desafiante a Juan, que no fue capaz de mantener la agresiva mirada de ella, y se limitó a responder con fingida indiferencia alzando los hombros.

-¡Quién puede saber lo que ocurrió de verdad, pasan tantas cosas raras…!

-En efecto, pasan muchas cosas raras, pero yo las averiguaré –interrumpió Triana casi amenazante.

Juan produjo un chasquido más fuerte que de costumbre y le preguntó con un ligero tartamudeo:

-¿No te crees la versión de la policía? – y añadió poco después-. Tal vez fue un desgraciado accidente.

-¡Un accidente! –exclamó indignada-. ¡Ni que Miguel fuera un niño o un inválido!

Juan, que no parecía tener mucho interés en seguir con el tema, dio un quiebro a la discusión.

-Triana, no te atormentes más y sé razonable. Necesitas descansar y no me importa que os quedéis estos días, tú y Víctor Manuel, en casa de tus padres. Yo me iré a casa de mi madre…También necesito de descanso y no me gusta estar solo. Te llamaré de vez en cuando para tener noticias vuestras. Como tú nunca quieres telefonearme cuando estoy en su casa.

-Mira, Juan, no te hagas de nuevas –replicó Triana bruscamente-. Tu madre nunca me ha tragado, y, amor, con amor se paga.

Pronunció la última frase casi en un puro grito. Juan la sacaba de quicio cada vez que le hacía alguna alusión a la actitud de rechazo que mantenía frente a doña Amalia.

-Vale, mujer, vale. No son horas de enzarzarse en la misma pelea de siempre. ¿Me dejas que te invite? –dijo Juan en tono apaciguador y haciendo una señal al camarero para pagar.

Antes de despedirse a la salida del establecimiento, Triana, displicente, prometió a Juan que regresaría con él tras las vacaciones. Al margen de su deseo de vivir sola, no existía ningún motivo patente, ni ninguna razón de peso que justificara una negativa de su parte a la continuación de la vida común. Además, desde el punto de vista de la lógica social y oficial, Juan era la víctima, el marido ultrajado por mujer malvada que se aprovechaba de su debilidad para engañarlo y humillarlo con la imposición de un amante. Tenía encima que estarle agradecida por la generosidad que demostraba al no haberla repudiado, cuando cualquier juez podía condenarla y quitarle la tutela del niño. El pequeño Víctor Manuel era quien la obligaba a volver con su marido. Juan iba a poder manejarla en adelante a su antojo con un hijo que, para colmo, no era suyo.

 

 

16

Triana fue al apartamento de Miguel. Quería empezar cuanto antes a echar una ojeada en sus papeles, pues sólo disponía de quince días escasos para ordenarlos y estudiarlos. Confiaba encontrar en ellos respuesta a las dos cuestiones que le quitaban y le habían quitado el sueño. La primera de las respuestas la darían las pruebas con que poder demostrar a los demás que Miguel Ortega no se había suicidado. La segunda sería la consecuencia de la búsqueda sin límite en la vida íntima de su amante, semejante a una especie de violación post mortem, que no dejaba de suscitarle escrúpulos de conciencia y de producirle una sensación de vértigo. Sentía una curiosidad ilimitada por conocer la versión escondida de Miguel sobre sus relaciones mutuas desde que comenzaron, hacía siete años. Pese a la existencia del amor, de la pasión y de la unión entre los dos, hubo muchos silencios y misterios que ahora ella podría conocer con entera libertad. Sin embargo, esa libertad absoluta de fisgar en los papeles de un muerto –aunque fuese su muerto- le creaba un inquietante complejo de saqueadora y el temor a que le correspondiera su lote de castigo.

Se organizó para marcharse antes de las cinco y media de la tarde, hora que se había fijado como límite máximo a su tarea incierta de buceo en el pasado (aún casi presente) de su amante. Le espantaba la idea de permanecer en el apartamento cuando cayera la noche y especialmente durante el momento en que se había producido su muerte. Triana se sorprendía de su propio temple, que le permitía estar allí sola. También, decidió limitarse ciertos espacios de la vivienda como el salón, por cuyo balcón…El ordenador y el archivo principal de Miguel estaban en el amplio dormitorio, así que trabajaría todo el tiempo en ese reducto íntimo (y ya sagrado para ella), donde había vivido tantos instantes de felicidad y placer. Para paliar la angustia opresiva que le producía la ausencia definitiva del propietario, intentaría convencerse de que se encontraba pasando la Navidad en Cabo Trafalgar, tal como lo había planeado, y como era su costumbre desde hacía varios años.

Triana comenzó a liarse al cuello su bufanda roja, cuando llamaron a la puerta. Permaneció indecisa unos segundos en el pasillo mientras la campanilla volvió a sonar con insistencia: cualquiera que fuese el extraño, sabía que había alguien en el piso. Antes de abrir la pesada puerta, echó una mirada por el visor telescópico, recién instalado: era Tomasita. La vecina de Miguel apareció cariacontecida con un paquetito en la mano derecha.

-¿Molesto, ya te marchabas?

-¡Pase, pase! –exclamó Triana, aliviada por la presencia de la anciana.

-No quiero entretenerte porque veo que ya te ibas, pero te quería dar el pésame y esto…Es una torta de Navidad de las que hacen en mi pueblo. Pensé que te vendría bien para la merienda.

Llevó a la viejecita hasta la cocina y le rogó que se sentara en la silla y en la misma posición que ella ocupaba cuando estaba con su amante.

-¿Quiere usted tomar algo, señora Tomasa?

-Si tú me acompañas, sí.

-Yo me haré un té, ¿y usted?

-Ponme un descafeinado con leche caliente, si puede ser.

La cocina era nueva, aséptica, con muebles color crema, moteados de marrón oscuro y placas de vitrocerámica, que la propia Triana había elegido y comprado el año anterior por la misma época. Tenía la superficie justa para que dos personas pudieran hacer sus comidas. Sirvió las infusiones y se sentó frente a Tomasita en el lugar que ocupaba habitualmente Miguel, y de repente, se dio cuenta de que había comenzado a imitarlo. La señora Tomasa le ofreció un trozo del nochebueno que había desempaquetado, sacándola de su ensimismamiento.

-¡Vamos, cielo, come un poco, verás que rico está!

-Se lo agradezco, pero es que no me entra casi nada.

-Pues te vas a quedar en las guías, con lo flacucha que eres.

Tomasita trataba con familiaridad a Triana -a quien siempre habían divertido mucho sus ocurrencias y expresiones- por la que sentía mucha simpatía. En correspondencia, la viejecita recibió las atenciones de la “amiguita de don Miguel” –como la llamaba siempre-, mediante algunas compras de alimentos y medicinas en las ocasiones que caía enferma. Otras veces, también por Navidad, Triana la invitaba a tomar una copita de Chinchón, en un café-pizzería que hacía esquina con la calle de León. Le gustaba su rostro ovalado de facciones dulces, hecho a imagen y semejanza de una virgen gozosa, y no a imagen y semejanza de demonios caprichosos, como algunos de los rostros de los ancianos que se encontraba por las calles y autobuses de Madrid.

-Te he traído las llaves de tu… –Tomasita titubeó un segundo, rectificando a continuación-. Don Miguel. Después de lo que le pasó al pobre, es mejor que ya no las tenga yo.

La anciana dio un trago largo de su taza, todavía humeante, y añadió de forma inesperada:

-¡Hay que ver la lata que me dio el policía del pelo blanco!

-¿El inspector Julio Belda? –preguntó Triana.

-Me traía mareada a preguntas: que si yo conocía a éste o al otro, que quién venía a visitar a don Miguel, que si notaba cosas raras. Se tiró un día entrando y saliendo del piso con más policías, de uniforme y de paisano. ¡Yo no sé para qué querría tanta tropa!

Tomasita bebió el resto de su descafeinado, colocó cuidadosamente la taza y el platillo sobre la mesa, miró hacia las baldosas del suelo y, como avergonzada, confesó:

-Hay una cosa que no le dije al policía. ¡No sé dónde tendría yo la cabeza en ese momento!

Triana soltó la taza que se iba a llevar los labios y miró a Tomasa con gran interés.

-Hace más de dos meses, por la mañana, cuando yo salía de mi casa a comprar el pan en la tienda de Antonio, vi a un señor muy joven saliendo del piso.

-¿Y qué tiene eso de raro? –interrumpió Triana.

-Calla. Pues verás, es que aquel joven le echó la llave a la puerta de don Miguel. Yo me quedé mirándole, pero no le dije nada, claro. Él tampoco me dijo una palabra, y se bajó corriendo por las escaleras, sin esperar al ascensor.

Triana tuvo un instante de asombro, tras el cual replicó a la anciana para desdramatizar su información, a sabiendas de la poca consistencia de su explicación:

-Pudo ser un amigo a quien Miguel dejó sus llaves para que pasara a recoger un libro o un disco o…

-¡Quía! – exclamó la mujer acompañándose con un gesto de la cabeza-. Si no llevaba nada en las manos.

Triana se quedó pensativa y preocupada sin atreverse a interrogar a Tomasa, quien, acto seguido, proporcionó las respuestas.

-Aunque ya no tengo la memoria de cuando joven, me acuerdo de que era un muchacho más o menos de tu edad, muy alto y fuerte, moreno, vestido con traje oscuro y corbata.

La descripción somera de Tomasita correspondía con la fisonomía de miles de madrileños entre los que podría estar el marido de Triana. Ésta, cuya, inquietud iba en aumento, quiso saber más y preguntó con voz muy apagada:

-¿Recuerda si era un poco calvo?

-Hija mía, ¿quieres que te diga también si tenía los ojos verdes y el número de sus zapatos? ¡Cómo me voy yo a acordar de todos los detalles!

 

 

 

 

 

 

 

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