Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 13 y 14

 

13

Solía decir Miguel Ortega que las personalidades geniales eran el resultado de una mezcla de ingente energía y de inteligencia superlativa. Las que disponían sólo de la primera cualidad y muy poco de la segunda eran, a lo sumo, personajes ingeniosos. En la categoría de estos últimos clasificaba Triana a Rafael, quien había insistido en estar a su lado en la fría mañana del lunes, para acompañarla en las diligencias sin oficio religioso de la incineración del cadáver de Miguel. Era doce años mayor que el hermano muerto (al que no se parecía más que por un leve aire de familia), y se había enterado de su fallecimiento gracias a las noticias de la prensa, pues vivía semi inválido, y casi sin contacto con el mundo exterior, en un ruinoso caserón de Miraflores que había heredado de sus padres. Rafael andaba de forma dificultosa ayudándose con dos bastones, uno con pomo de cruceta y otro curvado, y debía detenerse cada diez pasos. A Triana le parecieron eternos el tiempo y el corto trayecto que caminaron juntos, tanto a la entrada como a la salida del cementerio de la Almudena. El hombre, además, hablaba sin parar a pesar de su jadeante respiración, y no cesaba de exclamar: “Lo que es la vida, yo era el mayor, y ahora soy el único que queda de los tres”, refiriéndose también a Pablo, el hermano intermedio, que a los siete años de edad se había ahogado al caerse al aljibe de una finca del abuelo Ortega, en Cájar, cerca de Granada.

Delante de la explanada del gran cementerio madrileño se subieron en un taxi que los llevó hasta el apartamento de Miguel, donde iba a depositar durante las navidades la urna (o copa) con sus cenizas. Antes, hizo todo lo posible para empaquetar a su “cuñado” -como él le pidió que lo llamara-, pero Rafael se empeñó en acompañarla: “Mi conciencia no me permite dejarte sola en este trance amargo de volver a la casa desierta portando los restos mortales de mi difunto hermano”, le dijo, empleando un lenguaje como de una época antigua que no se correspondía con sus sesenta años de existencia. Una existencia ratée, como Miguel solía afirmar, por culpa de su desastrosa cabeza.

Rafael había llevado una vida de bohemio. Dejó los estudios de medicina por rechazo a la profesión del padre y se exilió en Francia para no tener que hacer el servicio militar. Viajó por Europa y vivió sin domicilio fijo en Londres, Lovaina y París. Logró subsistir gracias a diversos oficios pasajeros y pintorescos (bombero de verano en la Renault, auxiliar de imprenta, guardián de obras y portero de noche), que abandonaba invariablemente en cuanto conseguía saciar el hambre atrasada. Su extraordinaria memoria y un agudo sentido musical le proporcionaron un cierto respiro económico durante temporadas, en que trabajó también de pianista en pequeños restaurantes y clubes. Sabía tocar el piano de oído de manera tan hábil que fue capaz de engañar a oyentes poco expertos. Cuando regresó a Madrid, a principio de los años setenta, se presentaba a todo el mundo como director de cine, pese a que solamente llegó a realizar dos cortos que nunca fueron proyectados en salas comerciales. Hacía cinco años, había logrado finalmente, sin que nunca se supiera por qué milagrosa intervención, que le dieran la dirección de su única película. Se trataba de filmar un guión que era un refrito de varias novelas: Guzmán de Alfarache, Lazarillo de Tormes y El Buscón. Una historia de pícaros modernos que le iba como anillo al dedo. Su impenitente afición a las mujeres le impidió continuar con su ópera prima tardía. Durante el primer mes de rodaje, se lió sentimentalmente con la joven protagonista del filme, y tras una semana de saltar sin cesar de la silla de dirección a la cama de la joven y viceversa, le sobrevino una apoplejía que lo dejó paralítico y casi afásico.

Su extraordinaria voluntad de vivir y los cuidados continuos de un familiar médico consiguieron devolverlo al estado de recuperación en que Triana lo halló, después de seis meses sin haberle visto. Rafael era la última persona del mundo con la que hubiese deseado estar ese momento. Su tía se quedó en casa con el niño. El trámite de la incineración se había desarrollado dentro de la más estricta profesionalidad funeraria. La ex mujer y la hija de Miguel seguían sin responder a los mensajes que les había dejado en el contestador automático de Nueva York. Los escasos amigos íntimos se enteraron demasiado tarde, no estaban en Madrid, o no supieron localizar a Triana. Resultaba aterradora la situación de soledad en la que se encontraba, y ello a pesar de que Miguel Ortega no hubiera sido un ciudadano anónimo.

Triana preparó café para Rafael, que se había hundido con su voluminoso vientre en uno de los sillones del salón, desde donde mantenía su constante monólogo sin importarle que ella no pudiera escucharlo.

-¿Y tú no tomas nada? – le preguntó, viendo que traía una única taza en la bandeja.

-No, tengo el estómago revuelto.

-Pero, mujer, ya sé que esto es tremendamente doloroso. Sin embargo, hay que sobreponerse a la desgracia y al dolor y seguir viviendo. Mira lo que hacen los rusos. Después del sepelio, van todos a casa del finado donde dan buena cuenta de un ágape y, a veces, hasta se embriagan. Y, a propósito, aunque me lo ha prohibido taxativamente mi médico, te aceptaré una copita, dadas las circunstancias, y tú debes acompañarme.

Mientras preparaba un vaso con whisky para Rafael, Triana sentía una opresión terrible en el corazón y grandes deseos de llorar. La vuelta al piso de Miguel le había supuesto un choque muy fuerte, y tenía una inmensa necesidad de anegarse en lágrimas, pero la presencia del inválido se lo impedía. Quiso pedirle que se marchara porque quería enfrentarse sola a la ausencia de Miguel y al vacío que había dejado. Deseaba afrontar cuanto antes el silencio de la vivienda, de los muebles y objetos, que permanecían en el estado exacto de la última tarde que había pasado con él.

-Ya sé que estas no son las circunstancias apropiadas y que tú eres una persona noble que nunca ha actuado por intereses mezquinos –dijo Rafael tomando la copa que Triana le ofreció-. Pero no podemos obviar la cuestión de la herencia de mi hermano, quien me imagino, no habría testado antes de su desgraciado accidente.

-¡Rafael! –exclamó Triana-. ¿Cómo se te ocurre hablarme de eso a mí y ahora?

En el fondo no se extrañó excesivamente de que el hombre sacara a relucir el tema del testamento, y quizás era sólo con el fin de tratar de ese asunto por lo que la había acompañado. Miguel le comentó en alguna ocasión que después del derrame cerebral que había sufrido su hermano, el dinero se convirtió en su principal obsesión.

-No, si lo decía sobre todo por ti, pues también te corresponderá algo en derecho, ya que has sido, si no su esposa legítima, su fiel compañera sentimental.

-Pues a mí no me interesa en absoluto, y te ruego que no sigas con ese tema.

Sus nervios comenzaron a removerse como peces atrapados en la red. En condiciones de normalidad, el temperamento expeditivo de Triana hubiera solucionado la situación de modo radical. Sin embargo, su estado de debilidad y la invalidez del hermano de Miguel la obligaron a soportarlo dos horas más, desquiciantes, interminables, durante las cuales le contó –mezclando los tiempos- su juvenil afición por los cementerios a la luz de la luna, lejos de cualquier veleidad poética, y su actual inquina contra los comerciantes y los camareros que lo trataban con cierta displicencia.

Bajó a la calle con Rafael para ayudarle a subirse en el taxi que le pidió por teléfono, y prefirió volver al apartamento por las escaleras –en contra de su costumbre cuando Miguel vivía- evitando utilizar el ascensor. No se atrevió a soportar las sensaciones recientes de tantas subidas prometedoras con su amante, que sin duda la asaltarían en su solitario ascenso. Al entrar de nuevo en el piso y cerrar tras ella la puerta blindada –que ni siquiera fue precintada-, no fueron lágrimas lo que brotó de sus ojos, sino regueros de agua salada, acompañados de sollozos incontenibles. Se tendió boca abajo en la cama (aún deshecha desde el jueves anterior), tapándose la cabeza con la almohada hasta quedar en reposo con sus ojos rojos y escocidos; sin advertirlo ni poder remediarlo, se durmió. Cuando Triana despertó del sueño, que le pareció muy corto, comprobó que ya era noche cerrada. Había permanecido tumbada durante tres o, tal vez, cuatro horas. No supo precisarlo. Sentía su cuerpo aterido de frío, encendió la lamparilla de las dos mesitas de noche: en el despertador de pilas que había sobre la de la izquierda, eran las siete y media de la tarde.

Se levantó y arregló la ropa de la cama. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal: el último preservativo utilizado por Miguel apareció semi oculto por una esterilla de lana a los pies del futón. Se le cortó la respiración y no supo qué hacer durante unos minutos. Cuando pudo reaccionar, pensó enseguida en recoger la goma y depositarla en el cubo de la basura junto con las colillas de los cigarrillos que habían fumado la tarde del jueves, que también continuaban en un gran cenicero que había en el suelo. Luego, ganada por la nostalgia, cambió de idea e introdujo todo en una bolsita de plástico, que guardó en un cajón del armario del dormitorio como si se tratara de unas reliquias, al lado de la urna que contenía las cenizas. En ese momento, tomó la decisión de cumplir con la voluntad de Miguel, y pensó en llevarlas, al final de las vacaciones, a Granada, para arrojarlas al cauce del río Darro: “Aquí quiero que echen mis cenizas cuando me muera”, volvió a recordar que le había dicho muy seriamente su amante en la terraza de un bar del Paseo de los Tristes, un mágico anochecer de junio de ese mismo año, durante el único e inolvidable viaje que habían hecho juntos a la ciudad andaluza.

 

 

14

Triana fue hasta la estación de Sol para regresar a casa de su padre. No quiso tomar el metro en Antón Martín, que le quedaba más cerca, para no rehacer el itinerario de la última tarde que había estado con Miguel. A pesar del frío y de la ligera llovizna que caía sobre Madrid, las calles eran un caos de gente y vehículos. En la Plaza de Santa Ana, la movida juvenil se remansaba dentro y fuera de las numerosas cervecerías de la acera sur, donde habían existido dos librerías con solera que sucumbieron una tras otra ante el avance del frente etílico. Las guirnaldas e iluminaciones de las fiestas se extendían por Príncipe, Sevilla y la Carrera de San Jerónimo, estallando en efectos multicolores en la populosa Puerta del Sol, salpicada de rutilantes árboles de Navidad (“al modo centro europeo”, según había declarado a la prensa el feliz alcalde de la villa). Triana tuvo que abrirse paso a codazos hasta una de las bocas de metro de la plaza, por culpa de la ajetreada muchedumbre y de las barreras que levantaban las largas colas de compradores a las puertas de las administraciones de lotería.

La ruidosa animación del casco antiguo chocó con la calma y semi penumbra de la calle de Juan Bravo. Triana se sintió aliviada a la salida de la estación de metro Núñez de Balboa y al recorrer la corta distancia que la separaba del edificio en donde vivían sus padres. Nunca le habían gustado mucho las fiestas de Navidad, y menos aún las de los cinco años anteriores, cuando Miguel salía huyendo de Madrid dejándola sola con Juan y su familia. Su padre siempre fue agnóstico, y su tía Aurora era una creyente mediocre, por lo que se limitaban a seguir ciertas tradiciones solamente de manera formal. Celebraban la nochebuena reunidos alrededor de una sencilla cena, en la que la única nota extraordinaria la ponían los típicos dulces navideños: mazapán, mantecados, polvorones, turrones, y unos alfajores caseros, deliciosos, que la misma Aurora fabricaba siguiendo una antigua receta toledana. En casa de la madre de Juan, en cambio, las cenas eran pantagruélicas. Doña Amalia se gastaba la pensión mensual de su difunto marido en comprar los productos más caros del mercado: “¡Que no nos falte de nada!”, decía arrogante: era la única ocasión del año que se mostraba generosa.

Besó a las tres personas que más quería en el mundo y que le hacían soportar todavía la vida. Vitín le contó en tres segundos su fantástica salida con la abuelita, quien lo había llevado a visitar la micro disnilandia que los grandes almacenes del Corte Inglés establecían cada año en la plaza de Felipe II. Aurora le había pedido, inútilmente, al pequeño que no dijera nada a su madre, sabiendo que Triana aborrecía el invento comercial navideño. Habían comenzado apenas a cenar, cuando sonó el teléfono. Triana adivinó que era Juan y se levantó de la mesa para atender la llamada. No se equivocó: “Sí, espera un momento, que me voy a otra habitación”, le dijo a su marido, y luego a su tía:

-Por favor, cuelga, cuando te diga.

Cerró la puerta del dormitorio de Papá Eva y siguió hablando con Juan, cuya voz le sonaba excesivamente cariñosa. Le preguntó en tono afirmativo si pensaba celebrar la nochebuena con sus padres: “Es para que mamá no se mate a trabajar, ya sabes cómo se desvive y todo lo que compra”. Triana se mostró muy comprensiva con la inquietud de doña Amalia y tranquilizó al hijo pidiéndole que no se preocupara, y asegurándole que no era tan grave que por una vez no estuviesen sentados en la misma mesa de Navidad. Quedaron en verse a las doce del día siguiente en el café de costumbre de la calle O’Donnell, muy cerca de la oficina de Juan. Triana quería explicarle su intención de pasar todas las vacaciones en casa de su padre: “Para reponerme del golpe”, según le adelantó, aunque su propósito real consistía en tener tiempo libre para permanecer en el apartamento de Miguel. Había pendientes cuestiones de mucha importancia que confiaba descubrir en sus papeles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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