Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 11 y 12

11

Aurora Maldonado condujo al inspector Belda hasta el pequeño recibidor junto a la puerta de entrada del piso. Los muebles que decoraban la sombría habitación eran los más viejos de la familia, y algunos habían sido comprados en el rastro, en los años posteriores a la Guerra Civil. El policía se sentó en un sillón de terciopelo que antiguamente fuera de color granate, pero se había decolorado hasta ofrecer un tono indefinido entre pardo y negro, como el pelaje manchado de algunos gatos que nacen y viven en sótanos y espacios sin luz. El funcionario dejaba pasear su vista por las barras salomónicas de un imponente aparador de caoba oscura, cuando Triana apareció silenciosa. El policía se levantó con cortesía y le estrechó la mano.

-No lo esperaba hasta mañana –le dijo con intencionada frialdad. Triana estaba convencida de que el agente de la brigada judicial había sido el responsable de filtrar a El Tiempo la versión del suicidio de Miguel, y deseaba reprochárselo.

-Bueno la verdad es que en mi profesión no tenemos domingos ni días de fiesta.

-Como los delincuentes –apostilló Triana.

-Exactamente, usted lo ha dicho, como los delincuentes –repitió el policía-. Siento tener que molestarla, pero hoy se cumple el plazo que marca la normativa en estos casos, y quería informarla sobre los resultados de la investigación de la muerte de Miguel Ortega Ramírez. Resultados que ya están en conocimiento del juez que se ha ocupado del asunto, y ha dispuesto que…

-¿Fue usted quien dijo a la prensa que él se había suicidado? –interrumpió sin importarle la reacción del policía. Éste se quedó mudo un instante, pero luego replicó con calma y firmeza:

-Lo siento mucho, señora, pero no sé a qué se refiere.

-¿No ha leído usted estos días El Tiempo?

-Pues, la verdad, no suelo leer ese diario, y desconozco lo que hayan podido publicar, pero le aseguro de que, en ningún modo, de mi boca nadie ha sabido una palabra sobre el caso.

-De acuerdo, no quiero discutir con usted –dijo Triana conciliadora viendo que el policía parecía sincero en su respuesta.

-Sin embargo, y para que se quede tranquila, tengo que decirle que no hemos hallado pistas ni huellas de ningún tipo. El resultado de la autopsia fue negativo y no se ha podido determinar que la víctima recibiera un golpe previo para dejarla inconsciente. Todo estaba en orden en su piso, sin rastros de pisadas, sangre o signos de pelea. No, no hemos encontrado absolutamente nada que pruebe que Miguel Ortega fuera asesinado. Por lo tanto se archiva el asunto y puede usted disponer de su cadáver a partir de las ocho de mañana lunes, según ha dispuesto el juez Becerra que ha dirigido todas las diligencias.

Triana palideció intensamente. Vestida con un suéter gris de cuello alto y vaquero añil muy ceñido, había permanecido en tensión, sentada en el sillón gemelo del tresillo, con el cuerpo echado hacia adelante y las manos cruzadas entre las piernas. Se puso de pie bruscamente y comenzó a dar pasos agitados a lo largo del recibidor. Las ideas se agolparon en su cabeza. A punto estuvo de comunicarle al policía su terrible sospecha y el motivo de la misma, pero temió que la tomara por loca o, peor aún, por perversa, y exclamó y preguntó con voz ronca:

-¡Eso es imposible! ¿No les queda ninguna duda, no cuentan con sospechosos?

-No, ninguna. En cuanto al único sospechoso…Juan, su marido…

Triana se paró en seco y lanzó una mirada tan angustiosa al policía que cortó sus palabras. Luego volvió a sentarse, pero sobre el sofá, más cerca de Belda, quien prosiguió con sus explicaciones tras reacomodarse en el asiento y encender un mini Montecristo, que había sacado de una cajetilla de veinte unidades.

-Yo, personalmente, verifiqué su coartada. Las horas de los partes de reparaciones coinciden con las declaraciones de los responsables de las oficinas donde estuvo trabajando la tarde del jueves: así que resulta materialmente imposible que él pudiera cometer la acción, a menos que tuviera un cómplice en la segunda de las empresas, y le firmara más tiempo del que empleó en su servicio. Pero eso lo hemos descartado completamente.

-No lo puedo creer. Miguel no tenía motivos para suicidarse –repitió Triana, que sentía deseos de revelar al policía la verdad sobre el padre de Vitín, pero optó por callarse. Si no veía ningún móvil que pudiera justificar un crimen, ¿cómo iba ella a señalárselo? Si Juan era inocente, según afirmaba la policía, sería realmente, más que una canallada, una estupidez que ella destapara la caja de los truenos que terminarían por estallarle encima de su cabeza. Tampoco le contó –tal como pensaba hacerlo de darse otras circunstancias– la existencia de las dos cartas anónimas que había recibido durante los últimos meses, en su casa de Alvarado: Triana, eres una puta, le habían escrito en la primera, y: Triana, tu hijo es un hijo de puta, en la segunda.

-Pero, además de mi marido, Miguel tenía otros rivales y enemigos, ¿sabe, Julio? Fue la primera vez que llamaba al policía por su nombre. Lo hizo con el fin de propiciar una mayor confianza entre los dos, que le diera la oportunidad de dejar abierto el camino para buscar otra clase de culpables.

-¡Ah, sí! ¿Qué tipo de enemigos? – preguntó sorprendido el policía.

-Escritores, periodistas, críticos, personas del mundillo cultural madrileño, con los que Miguel había mantenido algunas polémicas muy serias, e incluso peleas.

-Triana –dijo el inspector queriéndole demostrar que también le hablaba en confianza -. Un crimen perfecto sólo puede cometerlo un asesino profesional. ¿Piensa que algún intelectual de esta ciudad lo sea? Con esa clase de gente nunca llega la sangre al río, ya debe saberlo. Se ponen a parir, se llevan a matar, es verdad, pero todo lo arreglan luego con un abrazo o unas palmaditas en la espalda: son exageradamente civilizados, o cínicos.

-Miguel no era sí –afirmó Triana con vehemencia.

-No lo dudo –replicó el policía estrechándole la mano derecha por unos instantes, con la intención de mostrarse amistoso y convincente.

Sin embargo, hubiera sido preciso algo mucho más fuerte que un leve apretón de manos para disuadirla de la certeza de que su amante había sido asesinado. Ni la justicia ni la policía del mundo entero lograrían hacerle tragar la idea del suicidio de Miguel que, de ser cierta, supondría una traición absoluta hacia ella, y no tenía razones para dudar de la fidelidad ni de la autenticidad del amor que había recibido del hombre que ahora yacía muerto en un helado depósito de cadáveres. Ella trataría de dar con el asesino, o los asesinos, y encontraría las pruebas de su culpabilidad.

 

 

 

 

12

Triana era licenciada en lengua y literatura italianas, y trabajaba de bibliotecaria en el Instituto de Estudios Italianos de la Facultad de Humanidades y Lenguas Modernas, de la Universidad de Madrid. Al poco tiempo de terminar sus estudios, comenzó a desempeñar un puesto semejante al actual, aunque en grado de ayudante, en la biblioteca de la misma Facultad donde Miguel Ortega daba sus clases de estética. Triana y el profesor habían iniciado su amistad una mañana, a punto ya de cerrar la sala de lectura, cuando Miguel fue a pedirle que le tradujera unos cuantos poemas en italiano que “alguien” le había enviado desde Florencia. Ese alguien resultó ser –Miguel se lo contó más tarde – una joven toscana llamada Andrea (de piel cobriza y excepcional belleza, según las fotos de ella que posteriormente iba a encontrar en el apartamento de Miguel), con la que había mantenido una breve y frustrante relación, después de haberse conocido los dos durante unos cursos de verano en París, hacía ya unos cuantos años.

Fueron cinco las poesías que había traducido para el profesor, escritas por la mano de Andrea: tres de Eugenio Montale, una de Giuseppe Ungaretti y otra de Salvatore Quasimodo. Los versos tristes de estos dos últimos surgieron de los labios de Triana como expresión adecuada del sentimiento que la dominaba, sobre todo, después de la entrevista que había mantenido con el policía, y de la melancólica atmósfera que bañaba Madrid en ese domingo de diciembre:

Il sole rafsisce la citta

         Non si vede più

         Neanche le tombo resistono molto.

 

        

Ogiunno sta solo sul cuor de la terra

         Trafitto de un raggio di sole

         Ed è subito sera.

La memoria de Triana, normalmente floja, se había agudizado con la desgracia, y, sin proponérselo, se puso a recordar estos otros versos de Montale:

Non recidere, forbice, quel volto

         Solo nella memoria che si sfolla

         Non far del grande suo viso in escolto

La mia nebbia di sempre.

         Un freddo cala…

“El frío se abate”, repitió varias veces, para luego seguir musitando, también en español, los versos de Quasimodo: “Cada uno está solo en el corazón de la tierra, herido por un rayo de sol, y de repente cae la noche”. Evaristo Bolívar vino a sacarla de sus tristes ensoñaciones: Rafael, el hermano mayor de Miguel Ortega, esperaba al teléfono para hablar con ella.

 

 

 

 

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