Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar. Capítulos 9 y 10

9

Amaneció un domingo húmedo, con la niebla reduciendo el amplio paisaje que se veía desde el ventanal a los tejados y terrazas del otro lado de la calle. Las ramas desnudas de las acacias del bulevar de Juan Bravo se habían cubierto de una capa blanca y helada que escarchaba igualmente las escasas hojas muertas que el viento no había arrancado aún. La aplastante tristeza exterior ahogaba todavía más el pecho de Triana cortando su respiración y bañando sus ojos de lágrimas. Trató de consolarse reconociendo que, dentro de su desgracia, podía darse por contenta de que Miguel le hubiese hecho un niño y no una niña. Triana había terminado creyendo que llamaban el sexo débil a las mujeres, simplemente porque tenían un órgano sexual mucho más delicado que el del hombre, y no por otras flaquezas comparables. Recordó como prueba el pavoroso rechazo que le produjo en una ocasión Miguel, cuando trató con cierta brusquedad de penetrarla con su gran pene erecto, viéndola desnuda y confiada sobre el borde de la cama con los muslos abiertos casi en ángulo recto. La agresividad de su amante –de costumbre, amable y atento- se manifestó a través de su poderoso miembro viril, capaz de perforar y desgarrar su delicada carne femenina.

Triana pensaba que los hombres eran conquistadores y las mujeres presas, que los hombres tenían espada y las mujeres escudo: y con un escudo no se podía atacar, sólo defenderse. Frente a Miguel nunca estableció defensas, frente a Juan, por el contrario, siempre se cubrió con el escudo. Miguel no la conquistó, fue ella la que nunca ofreció resistencia; con Juan, sí, aunque él acabó venciéndola. La diferencia radicaba en que deseaba a Miguel (anteriormente jamás había deseado con tanta fuerza a otro hombre), en cambio, Juan la deseaba a ella, y sus ataques fueron más obstinados que su aguante. Estaba convencida de que el impulso de las mujeres era menos audaz que el de los hombres, y ésa era la causa de que ellos lograsen casi siempre sus propósitos. Además, el atacante solía ser más violento que el defensor, y era por lo que éste acababa en general siendo el derrotado. Lo que no llegó a entender ni consiguió que Miguel le explicara fue por qué razón no se interpuso con mayor decisión entre ella y Juan, cuando éste había comenzado a cortejarla: ¿cómo consintió que se la arrebatara finalmente?

La boda se celebró a los ocho meses de conocerlo. Triana estaba furiosa ante la pasividad de Miguel por aquellos días: dejó de llamarla pura y simplemente como si no la quisiera ni la hubiera querido jamás. Una noche, de las pocas en que volvieron a quedar para cenar juntos en un restaurante de la calle Libertad, quiso provocarlo y le anunció a bocajarro que pensaba casarse con Juan unos meses más tarde. Miguel, con una extraña sonrisa, permaneció callado durante varios segundos que a ella le parecieron años; entonces le preguntó: “¿Es eso todo lo que se te ocurre decir?”, y le contestó con absoluta calma: “Creo que para haber tomado una decisión así, has tenido que pensártelo muy bien y saber lo que te conviene; de manera que si tú has decidido que eso es lo mejor para ti, yo me alegro de verdad, porque lo que deseo es que tú seas feliz”. Su respuesta altruista la había dejado helada, y ella le replicó con contenido y desesperado disgusto: “¡Qué fácil resulta hacer frasecitas!”.

Desde el salón, comenzó a llegar la cantinela monótona e interminable del popular sorteo de Navidad, transmitido por todas las radios y televisiones del país. “Dinero fresco para la fiesta mayor del consumo en la sociedad del consumo”, recordó que decía Miguel, quien solía permanecer solo durante las navidades en el apartamento que su amigo Luis, de Sevilla le prestaba casi todos los años en Cabo Trafalgar, frente al Atlántico y próximo a los Caños de Meca, al sur de la provincia de Cádiz. Pero Triana no deseaba seguir hurgando en la herida abierta de su pecho, y sus pensamientos volvieron a la época en que tomó -como lanzando un reto a Miguel- la decisión de casarse con Juan.

Las “frasecitas” iban muy en serio. Hora tras hora, días tras día, e incluso hasta altas horas de la madrugada, estuvo esperando con rabia y con ansiedad una reacción de celos, que nunca llegó a producirse: Miguel la dejaba enteramente sola disfrutar de su felicidad. No podía creer lo que le estaba sucediendo. O se había tomado a pies juntillas su farol, o pasaba completamente de ella. En los dos casos, la situación era lamentable y probaba la falta de confianza de su amante que tanto le había hecho sufrir. Triana no se había percatado de la extraordinaria credulidad de éste, ni de su inexperiencia para adivinar las verdaderas intenciones de sus palabras y gestos. Si ella hubiese reparado en aquella conversación en la cama cuando le hizo tragarse, después de varios meses de relaciones íntimas, que era madre de un precioso bebé rubio, habría corrido a gritarle: “¡Qué tonto eres, mi amor!”. Pero no acudió, porque atribuía al gran intelectual, al profesor universitario, al hombre maduro, el grado de perspicacia que ella y la mayoría de las féminas poseen desde la adolescencia. El despecho y el rencor acabaron por adueñarse de Triana, quien comenzó a mirar entonces con mejores ojos al impertinente aspirante a marido: “Juan no será una lumbrera, pero al menos es sincero y no va de nada”, decía a menudo para resignarse al cambio. Y así fue cómo había aceptado dejarse arrastrar hasta los juzgados civiles de la calle Pradillo, donde consumó su desafío.

-Triana, ¿estás bien? –preguntó Aurora Maldonado desde el pasillo, y luego añadió-. Ya son las diez.

-Sí, tía, entra. Estaba despierta y como he visto que el día era tan malo, me he quedado vagueando un poco.

-Me parece muy bien. ¡Mira cómo duerme este angelito! – exclamó con ternura la antigua actriz señalando al pequeño, que comenzó a abrir los ojos en ese instante-. Es idéntico a Carlitos Larrañaga, el hijo de Aurora Bautista en Pequeñeces.

-¿Y quién es ese Carlitos Larrañaga? –preguntó Triana intentando esbozar una sonrisa.

-Carlitos Larrañaga es el actor que interpretaba el papel del niño protagonista de la película, en la que yo hice un papelito insignificante –explicó Aurora, asiendo a Víctor Manuel de las manos y haciéndole saltar sobre su cama.

 

 

 

10

El franquismo no sólo había suprimido partes de la historia en los libros de texto, sino que también suprimió la historia de las calles y plazas en los pueblos y ciudades, ensañándose con los nombres de los personajes de conocido talante progresista y los hechos relacionados con ellos. Nacida y criada en el barrio de Salamanca, Triana no descubrió hasta ese domingo de diciembre un detalle importante que iba a conmoverla y a hacerle reflexionar sobre la muerte, que de modo tan brutal había trastornado su vida. Salió de casa de su padre para dar un paseo corto con su hijo, aprovechando los tímidos rayos de sol del mediodía que habían perforado la espesa niebla. En la esquina de Conde de Peñalver con Juan Bravo, se fijó en una placa de mármol –contra el muro de una residencia de ancianos- que no había visto anteriormente y en la que leyó la siguiente inscripción: En este lugar estuvo prisionero en 1939 el poeta alicantino Miguel Hernández. Aquí encontró la inspiración para escribir uno de sus más bellos poemas: “Nanas de la cebolla”. El Ayuntamiento de Madrid le dedicó esta lápida para honrar su memoria en 1985.

Sintió un amago de dicha al chocar con la huella cercana en el espacio de uno de sus poetas más admirados. En su estima hacia el “poeta mártir” –según escribió Miguel Ortega- mezclaba la devoción al santo y la admiración al artista cabal. Pensó en su dramática vida y en su trágico final, con un hijo pequeño al que no llegaría a conocer ni a disfrutar, y, sin poderlo evitar, lo comparó con el destino de su Miguel, a quien la muerte súbita, imprevista, absurda y cruel, se había llevado para siempre. Triana pensó que había circunstancias en que la desaparición de una persona era algo absolutamente intolerable. Y sintió gana de ir corriendo hasta el apartamento de su amante para abrazarlo y hablarle, porque tenía que encontrarse allí. No, no era posible que se hubiese marchado y no volviera a verlo jamás. Sentía un desconsuelo irremediable, como si le hubieran arrancado la mitad de su interior y lo hubiesen arrojado a un pozo sin fondo. De nada le valían las reflexiones de Miguel Ortega sobre la necesidad de estar siempre preparados para morir: Desde que los hombres inventaron la caverna comenzaron a construir un mundo artificial, del que han pretendido ilusoriamente desterrar a la muerte…La vida es un prodigio pasajero, lo real y eterno es la nada. La muerte, pensó Triana, únicamente era aceptada con sabiduría por los muertos; los vivos, en cambio, no podían asumir la aniquilación ni la ausencia, y no existía más remedio para su dolor que el que les proporcionaban el tiempo y el olvido: el voraz olvido que acabaría por disolver el presente en sus oscuras entrañas.

Encendió un cigarrillo, el tercero desde el fatídico jueves, aprovechando que Vitín jugaba con la barandilla metálica que protegía la entrada de un transformador subterráneo, en el paseo central de Juan Bravo. El pequeño se subía a caballo y daba volteretas con imprecisa agilidad. Su rostro puro, todavía con rasgos de bebé, adquiría un aspecto rubicundo en los abultados mofletes a causa del frío y del esfuerzo. Triana apuró el pitillo hasta el filtro y regresaron al domicilio próximo, mientras la bruma, de la que se desprendían heladas gotas minúsculas, ocultaba de nuevo al blanquecino sol de invierno.

Triana fue capaz de tomar alimentos sólidos por primera vez desde que ocurrió la muerte de Miguel. Aurora, que era una excelente cocinera, había preparado un apetitoso plato de mero al horno, con pimientos rojos rellenos de gambas y congrio desmenuzado. Durante la sobremesa, Evaristo dejó a su hija dos números de El Tiempo, diario al que estaba suscrito por considerarlo erróneamente de tendencia anarquista, ideología con la que había simpatizado desde su juventud. Eran del viernes y sábado últimos, en los que aparecían sendos artículos referidos al fallecimiento de Miguel Ortega. El primer artículo venía en el suplemento de Madrid y lo firmaba una redactora de local con el nombre de Nuria Maravillas: Se suicida un conocido escritor y periodista madrileño. Miguel Ortega, profesor y colaborador del diario “La Opinión”, muere al caer a la calle desde el balcón de su domicilio. El luctuoso suceso acaeció en la tarde del jueves pasado sobre las cinco y media, cuando varios transeúntes pudieron ver el cuerpo de un hombre con la cabeza destrozada, tendido sobre la acera de la madrileña calle de X. Miguel Ortega Ramírez, de ascendencia andaluza, nació en Madrid en 1950. Era escritor y profesor titular en la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad de Madrid, Conocido sobre todo por sus polémicos artículos semanales en las páginas de nuestro colega de la prensa madrileña, su desaparición representa una notable pérdida para la vida cultural de la ciudad. El intelectual madrileño, divorciado de su primera mujer desde hacía más de diez años, deja una hija de 20 años de edad.

Varios vecinos del inmueble declararon a “El Tiempo” que el fallecido sufría frecuentes estados depresivos como el que, en fecha reciente, le hizo arrojar desde su vivienda un televisor, que fue a estrellarse contra la carrocería de un automóvil que circulaba por la calle, con grave riesgo para la seguridad de sus ocupantes. Los mismos vecinos afirmaron que Miguel Ortega mantenía frecuentes disputas con su compañera sentimental, igualmente profesora de su misma facultad, a la que vieron salir del domicilio del profesor pocos minutos antes de producirse el mortal accidente. Al cadáver de Ortega se le practicará la autopsia en el IAF, para determinar las causas que motivaron su muerte; aunque, según fuentes policiales consultadas por este diario, los primeros indicios de la investigación apuntan hacia la tesis del suicidio…

Triana se quedó de piedra con el periódico abierto entre las manos. El texto que acababa de leer era una desvergonzada falacia, comenzando por el título donde se afirmaba sin fundamento que Miguel se había suicidado, y continuando por el carácter depresivo que se le atribuía cuando ella no había conocido nunca a nadie que tuviese un temperamento más optimista. Era cierto que Miguel había arrojado la televisión, harto, según le dijo, de toda la porquería que saturaba la mayor parte de sus programas, pero lo hizo depositando civilizadamente el aparato en el sempiterno contenedor de ruinas de la calle, y del cual, luego, unos gamberros nocturnos sacaron para estrellarlo contra un coche estacionado, que resultó pertenecer al inquilino del 1º C de su propio edificio.

La segunda de las referencias a Miguel Ortega se encontraba en un artículo de opinión titulado: Contra la historia nadie batalla, firmado por un afamado columnista de ese diario, que descargaba su cólera y su burla contra los intelectuales europeos que se habían quitado la vida en los últimos años, …debido a sus frustraciones existenciales y principalmente profesionales, ante su manifiesta incapacidad de adaptación a los tiempos actuales…Un ejemplo todavía caliente, nunca mejor dicho, escribía el periodista, nos lo acaba de brindar el profesor madrileño Miguel Ortega. Él y el resto de sus maestros (Louis Althusser y Gilles Deleuze) –el último de los cuales se suicidó, por cierto, del mismo modo hace un año exacto- atacaron en cuantas ocasiones tuvieron a la sociedad de hoy, calificándola de inhumana e inmoral por cuanto no respetaba ni protegía a los más débiles, olvidándose de que a pesar de las injusticias -¡cuándo no han existido¡- es en nuestros días cuando se han alcanzado las cotas más altas de libertad y bienestar de toda la historia.

El “leitmotiv” de todas sus fobias, la bestia negra de todos sus escritos fueron los conceptos de competitividad y leyes del mercado, que despreciaban y odiaban en un nivel visceral únicamente comparable al de su incompetencia para entender el mundo que les había tocado vivir. Porque, en el fondo de todos sus rechazos, en sus cacareados anhelos de solidaridad e igualdad –ellos, que formaban una casta elitista superior al resto de los mortales-, lo que encontramos en definitiva es la conciencia de su profunda inanidad y su miedo de saber que habían perdido el tren de la historia, de saber que ya no podían “transformar”la realidad: de saber que ya no eran necesarios.

A Triana le costó dar crédito a sus ojos ante el oportunismo y agresividad del artículo, basado en una información falsa del mismo periódico acerca de un suicidio que todavía estaba pendiente de confirmación oficial. Ésta se produciría esa misma tarde, por conducto del policía que se había ocupado del caso, quien vino por sorpresa (como es norma en su profesión) para hablar con Triana en casa de sus padres, tras haber obtenido la dirección por Juan.

 

 

 

 

 

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