Espacio de Balbino. Escritos de Ficción. Triana Baolívar, capítulos 7 y 8

 

7

Triana se marchó a casa de su padre con la intención de quedarse allí por unos días, a la espera de los resultados de la investigación policial. Se llevó a al niño y dejó solo a Juan, quien, de manera sorprendente, no puso obstáculos ni objeciones ante su repentina decisión. Triana siempre había sentido verdadera pasión por su padre. Evaristo Bolívar, que acababa de cumplir 80 años de vida a primeros de diciembre (en fecha aproximada a la del cumpleaños de Miguel), y que a pesar de su avanzada edad, conservaba un humor de diablillo, una irónica lucidez de filósofo presocrático, y una serena expresión en su cara en la que se reflejaban las alegrías de su existencia junto a sus penas y calamidades.

Su padre no la había defraudado en ninguna de las ocasiones que necesitó recurrir a él. Y no era que papa Eva, como lo llamaba desde la infancia, tuviese un temperamento dulce de pionono o de blanda manteca que se dejase cortar con cucharilla. Habrían hecho falta tenedor y cuchillo para sacar bocado de un hombre que a los 27 años de edad se salvó del paredón franquista, y se recuperó de enfermedades que redujeron el peso de su cuerpo a cuarenta kilos. La rebelión de los nacionales contra la Segunda República le interrumpió en el último curso su carrera de estudiante de Derecho en la Universidad de Granada, ciudad a la que se había ido a vivir desde Osuna -su pueblo natal- y en la que se costeó los estudios trabajando como pasante en el bufete de un prestigioso abogado socialista, fusilado por la Falange en los primeros días del alzamiento fascista. Evaristo Bolívar, militante de la CNT, pudo librarse de la misma suerte y huir a Córdoba, en cuya provincia pasó la guerra luchando en el bando republicano y resistiendo hasta el final en el valle de los Pedroches. Cuando se consumó la derrota, fue internado primero en el campo de concentración de Cerro Muriano y posteriormente en el de los Blázquez. Evitó el pelotón de fusilamiento de los legionarios que guardaban éste último campo, gracias a la tuberculosis pulmonar contraída por las enormes calamidades de los frentes de batalla: su estado físico era tan depauperado que no le permitía mantenerse en pie delante del muro de ejecución. Tras permanecer dos años en la cárcel de Belalcázar, siempre en el norte de la provincia de Córdoba, Evaristo Bolívar fue puesto en libertad vigilada por intercesión de un tío materno, médico y terrateniente sevillano, convertido en un influyente personaje del nuevo orden, quien al principio le proporcionó empleo como administrador del cortijo-castillo de Tobaruela, en plena campiña del Guadalquivir, y más tarde lo recomendó para ocupar una plaza de conserje en el Ministerio de Trabajo en Madrid, donde siempre había vivido desde entonces.

Triana se abrazó estrechamente a su padre durante largo rato. El niño se quedó mirándoles, extrañado de que los primeros besos y saludos del abuelo no fuesen esta vez para él, y, al cabo de unos segundos, se puso en medio de los dos para exigir el trato cariñoso acostumbrado. Triana, con ojos llorosos, le quitó la bufanda de lana y el acolchado plumero de cuadros tricolores. Víctor Manuel se pegó a las piernas aún fuertes de su yayo, que acarició sus abundantes rizos rubios y lo tomó de la mano.

-Ven, que te voy a enseñar el belén tan bonito que ha hecho la abuela –dijo al pequeño-. Y tú, ya sabes donde está tu cuarto.

El anciano, alto y delgado, de ojos claros y acuosos, nariz aguileña y ancho bigote blanco, no preguntó nada a su hija. Triana sabía que su padre la recibiría sin condiciones y que podría quedarse en su casa todo el tiempo que fuese necesario.

Por una puerta situada al final del largo corredor, apareció su tía materna, Aurora Maldonado, con el aspecto afable y elegante de una señora de 70 años muy bien llevados y en excelente salud. Triana corrió a echarse en sus brazos y la besó con intensidad. La consideraba como si fuera su madre biológica, Dolores, desaparecida en plena juventud dos días después de haberla traído a la vida.

-Hija mía, no me lo puedo creer. ¿Por qué no me llamaste anoche? ¡Lo has tenido que pasar fatal!

La voz de Aurora era fuerte y convincente. Se había dedicado desde la edad de 35 años a criar a su sobrina, por lo que tuvo que renunciar durante mucho tiempo a su carrera de actriz de teatro, iniciada siendo casi una niña en la compañía de María Fernanda Ladrón de Guevara. Fue y la habían transformado en una mujer de bandera, y todavía guardaba restos de su esplendor femenino ( mi glamor) como ella dijo siempre. Poseía un busto excesivamente turgente para una mujer de su edad. La explicación se la daba a algunos amigos no sin ruborizarse en cada ocasión. Había hecho de doble de una famosa actriz de cine norteamericana en unas escenas de baile flamenco, y como lo único que no daba con holgura la talla de la protagonista eran sus pechos, se la llevaron a Los Ángeles de California, donde le practicaron una de las primeras operaciones de rectificación de senos que allí se realizaron.

Aurora Maldonado y Evaristo Bolívar acabaron formando pareja, a partir de su contacto permanente por la crianza y educación de la pequeña Triana. Aunque vivían juntos en la calle de Juan Bravo, desde hacía más de treinta años, la actriz nunca aceptó las proposiciones de matrimonio de su cuñado y siempre se empeño en conservar su piso del barrio de Retiro, donde pasaba sola algunas temporadas. Decía que era porque no deseaba perder su independencia, pero en realidad, era por el miedo a traicionar la memoria de su “pobre hermana menor”. Creía supersticiosamente que si se casaba con su viudo, Lola se vengaría desde el otro mundo echándoles un mal de ojo que destruiría su felicidad.

Felices eran los recuerdos y las sensaciones que Triana guardaba de la casa de su padre. Allí volvía al tiempo de la infancia y adolescencia, a la atmósfera segura que la protegía de todo mal y peligro. Tuvo mucha suerte con los dos seres que la rodearon desde su nacimiento: buenos, inteligentes, divertidos, que se amaban y la querían con pasión. Que supieron comprenderla y enseñarle, y, también corregir la inclinación a ser una niña mimada y caprichosa que toda hija única lleva dentro de sí. Aurora y Evaristo envejecieron juntos como los buenos caldos. Al contrario de tantas otras personas mayores, grises, decrépitas y avinagradas que se veían por las calles y autobuses de Madrid. La plenitud del amor que compartieron durante décadas les había compensado de las frustraciones profesionales que tuvieron que soportar y de vivir en una de las épocas más grises y humillantes de toda la historia de España. Al final de la dictadura de Franco, aún conservaron arrestos para desarrollar actividades solidarias que les ayudaron a recuperar su dignidad de ciudadanos libres, perdida en su juventud. A principio de los años setenta, Evaristo Bolívar volvió a trabajar (gratis) colaborando en el despacho de un joven abogado laboralista. Aurora Maldonado, por su parte, impartió (también gratis) lecciones de arte dramático clásico a grupos de jóvenes actores. Los dos brindaron con champán el día en que murió el dictador, y sus dos figuras distinguidas, rematadas por blancas cabelleras, se hicieron familiares en muchas de las manifestaciones que reclamaban la democracia y la libertad para todos los españoles. Triana no olvidaba el susto que pasó, con 16 años de edad, viendo cómo los grises golpeaban a su padre ante la cárcel de Carabanchel, adonde habían ido para reivindicar la libertad de los presos políticos, el mismo día que coronaron rey a Juan Carlos de Borbón en la iglesia de los Jerónimos.

Cuando vivía con ellos, besaba más frecuentemente a su padre que a su tía-madre: “Déjame de besuqueos”, le decía Aurora, íntimamente complacida, “que yo soy castellana y no estoy acostumbrada a tantas zalamerías”. Evaristo, en cambio, era más sentimental y le devolvía los mimos. A veces, Triana temía sus crisis de cólera en las que manifestaba un genio vivísimo y una gran energía. Pero el estado normal de su padre era el buen humor. Le cantaba canciones populares andaluzas para dormirla: La Tarara, Los cuatro muleros, Las tres morillas, y otras que ella no se cansaba nunca de oír. Le gastaba bromas y le contaba chistes, no siempre graciosos, que él mismo se inventaba. Cuando era chica, la hacía rabiar hasta la pataleta antes de abrir el puño en el que guardaba un caramelo o una moneda para ella. Evaristo tenía por costumbre invariable ceder el paso en las puertas a cualquier persona que lo acompañara, incluida su hija. Triana le preguntaba entonces: “Papá, ¿por qué no quieres pasar nunca delante?”, y su padre le respondía siempre: “Por si me hacen algo”.

 

 

8

Triana logró dormir siete horas de un tirón gracias a la tisana curalotodo de Aurora, a quien ya se oía trastear y moverse por la casa preparando el desayuno que servía a Evaristo a las ocho y media de la mañana, salvo los domingos que lo tomaban a las nueve y media. Supo que había soñado mucho, pero sólo consiguió rescatar con claridad un sueño reiterativo, idéntico al de la época posterior a la ruptura con Miguel, y que había tratado de olvidar: hacían el amor intensa y tiernamente en una atmósfera tan dulce y lírica como la de la primera vez que se acostaron juntos. Sintió una angustia en el pecho que le hizo estallar en lágrimas. Se levantó de forma precipitada, ahogada en náuseas, y corrió al cuarto de baño. Tras intentar vomitar sin conseguirlo, regresó a su dormitorio para cubrirse con una prenda de más abrigo que la combinación blanca de algodón con la que solía dormir en invierno. Su hijo, en una cama pequeña junto a ella, dormía profundamente sobre el costado izquierdo. Triana vio la mitad de su cara y la raya del pelo que le había marcado en el mismo lado que la llevaba Miguel, y observó de nuevo el parecido extraordinario entre los rasgos del niño y los del muerto. ¿Muerto?, se preguntó gritando.

Salió temblando del cuarto y al pasar por el largo corredor oscuro, entrevió las mismas sombras que cuando niña intentaban atraparla por las mangas y el pantalón de su pijama. Triana entró aterrada en la cocina donde estaba su tía sola y se echó en sus brazos.

-¡Vamos, vamos, hija! Tienes que ser fuerte. Y, además, siempre te queda Juan.

-Por Dios, no me nombres a Juan ahora, que me dan ganas de matarme.

Triana se sentó en una silla de anea, de estilo sevillano, sin ver sobre la mesa, delante de sus ojos, el tazón humeante de té con leche, el vaso de zumo de naranja y unas tostadas con mantequilla, que su tía le acababa de preparar.

-¿Qué significa eso, mujer? –preguntó Aurora alarmada-. ¡Anda, toma algo, que lo necesitas! –añadió, tendiéndole el vaso de zumo que Triana, como ausente, sostuvo entre sus manos.

Era por las mañanas cuando los recuerdos la asaltaban con la agudeza un cuchillo, con la agudeza penetrante de un súbito dolor de nuca. Se repetía una y mil veces la misma pregunta: ¿Por qué me casé con él? Era cierto que Juan, de su misma edad, tenía entonces mucho atractivo y lo lució ante sus dos mejores amigas: “Un tío macizo que mide un metro ochenta y cinco, moreno, velludo, atlético, jugador de baloncesto en un equipo profesional de Leganés, y corredor de rallies”, les había dicho como referencia. Además, se parecía bastante a Javier, su primer gran amor de juventud, con quien estuvo a punto de casarse y con el que acabó rompiendo de modo definitivo pocos meses antes de conocer a Miguel Ortega.

-¡Venga, hija!, bebe un poco de naranja, que te caerá bien –insistió Aurora viendo a su sobrina inmóvil y perfectamente absorta, como una alienada mental.

Triana pensaba en la insistencia machacona de Juan para casarse con ella, desde el primer día que se conocieron. Primero en broma, porque durante aquellas semanas proyectaban en todos los mejores cines de Madrid una película americana de gran éxito, Choose me, en la que el protagonista les pedía a todas las chicas que se le ponían a tiro que se casaran con él, y después, en serio: “Cásate conmigo, cásate conmigo, cásate conmigo”. De nada valió que se burlara de él siempre, replicándole: “Saca té conmigo”, ni que le dijera por activa y por pasiva que no lo quería, que estaba enamorada de un hombre mayor que ella, separado, que había sido su amante, y deseaba seguir siéndolo en cuanto volvieran a arreglarse. Al final, ella terminó tomando por amor apasionado la obstinación matrimonial del deportista.

Triana creyó que Juan la necesitaba más que Miguel. Un día, sin que mediara motivo, éste había comenzado a manifestar una conducta extraña. Desapareció sin despedirse de ella y no pudo localizarlo durante una semana seguida. Cuando volvieron a verse, Miguel no era el mismo de antes: cariñoso y galante como un antiguo enamorado. Se transformó en un ser contrario, frío y distante. Mientras tanto Juan era dócil como un borreguito y también muy simple, y llamándola a casa a todas horas del día y de la noche. Triana contó a Miguel que lo había conocido y lo que hacían durante sus salidas: nada que ella pudiera reprocharse en realidad, salvo la noche en que Juan, en contra de su voluntad, le chupó el cuello, dejándole una marca roja. Lo puso al corriente de todo con el fin de darle celos y poder recuperarlo. En lugar de lograrlo, Miguel se fue alejando cada día más. Dejaron de hacer el amor y hasta de acariciarse o rozarse la mano, y de nada sirvieron las maniobras de seducción en el probador del Corte Inglés, ni de pedirle a las tres de la mañana que la llevara a su piso para que le prestara una novela.

-Piensa al menos en vuestro hijo, Víctor Manuel –dijo Aurora.

-¿Y papá Eva? –preguntó Triana con sigilo.

-Aún no se ha levantado, no ha pasado buena noche y me ha pedido que no lo despierte hasta las diez.

-Escúchame bien, tía –dijo bajando la voz-. Esto no debe salir de nosotras dos. Papá no tiene que saberlo nunca. ¿Me lo prometes?

Aurora Maldonado, sobre ascuas, se tocó los labios con sus dedos índice y pulgar juntos, para jurar a su sobrina que su boca sería como la de una muda.

-Vitín no es hijo de Juan, sino de Miguel. Ahora que él ya no vive, no me importa que lo sepas. Además, yo no puedo llevar sola esta carga.

-Ya me decía yo que este niño no se parecía en nada a su padre –exclamó Aurora en tono disimuladamente alegre.

-Juan no paraba de atosigarme preguntándome por qué no me quedaba embarazada, pero yo no quería ni oírlo. Me daba miedo pensar que el bebé podía heredar su enfermedad, a pesar de las palabras tranquilizadoras del médico. Y más que nada, porque desde que conocí a Miguel, había deseado un hijo suyo: me moría de ganas por tener un hijo de él. Ya sabes, tía, como somos algunas mujeres.

-Hija mía, ¡qué valor! Aunque te comprendo –dijo Aurora, y luego le preguntó con sumo interés-. Pero ¿y Juan?, Juan no sabe nada, ¿verdad?

-Claro que no. Sin embargo, no estoy tan segura de que no se huela algo, sobre todo porque su madre…

-La señora del turbante a lo Simone de Beauvoir –dijo Aurora, que siempre llamaba así a la suegra de Triana y nunca la llamaba por su nombre.

-Porque Amalia –continuó Triana -, siempre estaba repitiendo con su repelente voz de falsete: “Desde luego, hijo mío, no sé cómo te las has arreglado para que el niño no tenga nada, pero que nada tuyo: no se te parece ni en el blanco de los ojos”.

-¡Qué mala uva tiene esa señora! – exclamó la anciana, poniendo los codos sobre la mesa -también de artesanía sevillana- y dejando ver unas manos pequeñas, tersas y blancas, como esculpidas en marfil-. ¡Todavía no me puedo creer que le cobre las clases de piano a su única nieta!

-Tiene a sus dos hijos en un puño, y a las nueras, no nos puede ni ver. Desde hace dos meses no ha consentido que le dejemos al niño ni una sola vez. Cuando no es la jaqueca, son las piernas o el estómago o la espalda o la nuca: ¡Siempre se está muriendo por algo! –replicó Triana-. Qué razón tenías cuando me decías que antes de casarse, todo el mundo debía conocer cómo son los padres del futuro marido.

Abuelo y nieto se despertaron a la vez, y al mismo tiempo entraron en la espaciosa cocina, donde había una agradable temperatura y los reconfortantes olores de las infusiones preparadas por la anciana. Triana fue al encuentro de su hijo y lo acomodó al lado de papá Eva.

-¿No te importa vigilar un poco a Vitín?, necesito tomar un buen baño caliente –le dijo a su padre-. Y tú, mi cielo, cuando termines el desayuno, te vienes conmigo, que también tienes que bañarte.

El cuarto de baño, amplio y destartalado recordaba un poco el aspecto rancio de la cocina. La bañera fue el único sanitario que se había cambiado desde la construcción del edificio, a principio de los años treinta; los demás, estaban fabricados con un tosco y duro material ceniciento que pretendía inútilmente imitar el mármol. La puerta y la ventana, que daba a un oscuro patio de luces, eran de madera sólida, ya carcomida en algunos puntos. La única nota moderna la daba un armarito para el aseo -encima del lavabo- de cristal y metal, pintado en blanco y azul marino, pero que databa de 1970. Triana abrió alternativamente los viejos grifos de palometa de la bañera (C y F) para que el agua alcanzara la temperatura adecuada, especialmente para el niño, que vino a acompañarla inmediatamente después de desayunar. Los dos se sumergieron en el líquido espumoso y humeante que desprendía un limpio perfume de sales tonificantes. Mientras enjabonaba la suavísima piel del pequeño cuerpo de Vitín, que se había puesto a jugar con un patito amarillo de goma, vinieron a la mente de Triana los recuerdos de los baños que solía tomar con Miguel, y más precisamente el recuerdo del último, del que se cumplía una semana exacta ese sábado anterior a la Navidad. Tras refregarse con el jabón y acariciarse mutuamente, se habían amado –como tantas otras veces- en un progreso placentero de lúbrica ternura. Juan y ella, en cambio, sólo llegaron a bañarse juntos en una ocasión, recién casados, y antes de que se manifestara de manera fulminante su enfermedad al volante de un Golf Gti preparado.

Las relaciones sexuales de la joven pareja no habían sido nada satisfactorias desde el principio. Triana siguió deseando a Miguel, y los torpes y continuos acosos amorosos de su marido los soportaba como un auténtico fastidio. Al producirse la quiebra de su salud, Juan se convirtió en un discapacitado sexual que ya no podía gozar de sus derechos conyugales más que de tarde en tarde, y siempre de manera bastante insatisfactoria. Por esa razón, creía Triana que Juan debía de tener muy serias dudas sobre su paternidad, tanto más cuanto que le comunicó de inmediato su reconciliación con Miguel, cuando aquélla se produjo, y estaba al corriente del tipo de sentimientos que les unían: situación que fue aceptada a regañadientes por Juan, a cambio de hacerle jurar con gran solemnidad que nunca lo abandonaría.

-Mami, tengo frío –dijo el pequeño interrumpiendo los pensamientos desbocados de su madre. Triana intentaba protegerse del intenso dolor producido por la reciente tragedia, ocupando su mente con un exceso de información que embotara la conciencia de su sufrimiento. Experimentaba a la vez un extraño impulso de revisar todas las circunstancias que rodearon y rodeaban su triste vida con Juan, con el que se casó por despecho, ahora que se habían acabado los momentos de felicidad y el apoyo que le había proporcionado la presencia de su amante. Trataba de decidir, en definitiva, si sería capaz de soportar sola la convivencia con su marido.

Sacó al niño del baño y frotó vigorosamente su suave cuerpecillo. A pesar de su corta edad, sentía en él la misma nerviosa delgadez de su verdadero padre. Desde luego, pensó Triana, doña Amalia, “la señora del turbante a lo Simone de Beauvoir”, lo había percibido: Víctor Manuel no tenía nada en absoluto de Juan. Triana le telefoneó en diferentes horas del día sin obtener respuesta. Deseaba saber cómo había sido su conversación con el policía. Ella se había marchado con Vitín aprovechando la presencia del inspector para que su marido no pudiera reaccionar, ni oponerse a que se llevase al niño. Se dijo que estaría en casa de su madre, pero allí no lo quería llamar. Sentía terror ante la idea de enfrentarse con Amalia. Seguramente, estaría hablándole pestes de ella a su hijo, quien sólo protestaría tímidamente: “Mamá, no tienes derecho a tratar así a mi mujer”, aunque no sería capaz de hacerla callar ni de dejarla y de volver a casa. Juan, como los niños y muchos adultos, no podía vivir ni estar solo. La arpía de su madre lo martirizaba, tal como había hecho con su difunto marido y con su hijo mayor, sin embargo Juan prefería la tortura de su compañía al vacío de la soledad, y aún más desde que cayó enfermo. De manera que Triana nunca puso en duda la gravedad de sus palabras amenazadoras: “Si me abandonas, me mataré”.

Le sorprendía, a pesar de todo, que no le hubiera telefoneado para preguntarle por el niño, al que adoraba. En otras ocasiones que estuvieron separados, solía llamarla tres y cuatro veces al día para interesarse por lo que el pequeño hacía, hablaba o comía. Juan siempre se había comportado como un auténtico padrazo. Además, lo lógico era que quisiera también hablar con ella y apoyarla en los momentos terribles que estaba viviendo. Ahora que su rival ya no existía, Juan debía ser generoso para intentar recuperar todo su cariño, en caso contrario, si él se atrevía a remover el cuchillo en la herida, ella no tendría tampoco piedad y lo abandonaría sin apelación. Triana se temía alguna maniobra de la madre de Juan. Éste ponía a su madre al corriente de todas sus desgracias, incluida la existencia y el papel de Miguel. Desde entonces, Amalia la odiaba, y, por otro lado, no cesaba de humillar a su hijo exigiéndole que echara de su casa a su mujer. Las continuas indirectas de la suegra sobre el nulo parecido de Víctor Manuel con su hijo desvelaban también a Triana por las noches: estaba segura de que la “bruja” había adivinado la verdad.

 

 

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