Espacio de Balbino. Escritos de Ficción. Triana Bolívar (Cap. 5 y 6)

 

5

El cementerio del sur o de San Isidro había sido durante un tiempo un lugar tan degradado y espantoso como los barrios obreros y focos de chabolas que lo rodeaban. Triana recordaba con pavor los pormenores que acompañaron al entierro de su abuela materna, fallecida cinco años antes. El nicho, a una altura de varios metros rodeado de cientos y cientos de otros idénticos al suyo (tumbas anónimas para vidas anónimas), y luego, el montacargas eléctrico para aupar el féretro hasta el agujero que lo engullía como una tosca vagina de yeso y ladrillo; y por último, el sellado de la losa con silicona, que salía como masa de churros de la pistola de un empleado, tan preciso y eficaz en su cometido como los albañiles que le habían instalado el nuevo fregadero de su cocina. Triana sintió violentos escalofríos pensando que podían llevar a Miguel al mismo cementerio horrible. Por eso, cuando un funcionario de EMSF había venido a preguntarle durante la noche qué modalidad de inhumación prefería para su “esposo”, Triana, a pesar del dolor, estuvo a punto de abrazarse a su cuello y de besarle: “La cremación”, le respondió con extraña felicidad. Miguel le había dicho mitad en serio, mitad en broma, en varias ocasiones: “Cuando me muera, quiero que me incineren y eches mis cenizas en el sitio especial de Granada que ya sabes”. Triana recordó que justificó su deseo con un largo discurso de inspiración panteísta, en cuyos detalles no estaba ella en condiciones de pensar.

A las ocho de la mañana, se presentó el inspector Julio Belda, que también la había llamado por teléfono para darle la noticia que había alterado brutalmente su existencia. Llevaba gafas de sol marca Lotus sport, con montura negra y cristales ahumados, un poco grandes para el tamaño de su cara.

-¿Es usted Triana Bolívar, la compañera sentimental de …? –preguntó a la vez que señalaba con el dedo hacia el ataúd, que dos empleados acababan de cerrar.

-Soy su mejor amiga, digamos, ¿y usted? –replicó al policía, quien, tras identificarse, insistió con delicadeza para que le acompañara a la cafetería.

-¡Venga, vamos! He estado observándola un rato y tiene que tomar algo. Debe estar hecha polvo y necesito hablar con usted. Es muy urgente e importante –le dijo tomándola de un brazo y ayudándola a caminar.

La cafetería del tanatorio se encontraba abarrotada de gente que desayunaba tras las largas horas de velatorio.

-El cadáver no podrá ser enterrado hasta dentro de tres días –le explicó después de instalarse en la única mesa libre del local-. Todo parece indicar que la muerte ha sido accidental…voluntaria incluso, no obstante…

-¡Un suicidio! –exclamó indignada-. Si no fuera por las circunstancias, me reiría a carcajadas.

-Todo se aclarará cuando tengamos los análisis de las huellas y los informes completos de las pruebas periciales. Mientras tanto, el cuerpo permanecerá en el depósito de la Almudena, por si fuese necesario practicarle una nueva autopsia.

-Pues ya pueden empezar a practicársela, mi…marido no es un suicida.

Triana se quedó horrorizada y sus ojos se movieron a la deriva en sus grandes órbitas. Hasta entonces no se había parado a pensar en la causa de la muerte de Miguel. El trauma había sido tan brutal que se sentía desbordada por el dolor, sin que hubiera lugar para otro tipo de emociones o pensamientos. Rechazó de plano la idea del suicidio, pero eso suponía que todas las hipótesis eran posibles: una intuición punzante o, más bien, una terrible sospecha estalló en su cabeza, dejándola medio aturdida.

-He, oiga, termine de tomarse su café, eso la reanimará –le dijo el inspector sacudiéndola suavemente por los hombros-. Tengo que hacerle algunas preguntas delicadas, y no está en condiciones de responderme ahora. Necesita descansar, váyase a casa y esta tarde pasaré a hablar con usted.

Tras pagar las consumiciones, el policía la asió del brazo, la acompañó al exterior del tanatorio, e instaló a Triana, obediente como una ciega, en el asiento trasero de un taxi. Sólo cuando regresó a su casa, después de doce horas de suplicio y leer la acostumbrada nota de Juan: “Dejo a Víctor Manuel en la guardería”, Triana recordó que tenía una familia. Se tomó dos pastillas de Dormidina fuerte con un vaso de agua, y se metió en la cama que había quedado sin hacer. Dormitó con un sueño insólito: se veía en una habitación con su marido junto a otras parejas, desnudas como ellos, formando una especie de elipse. Una fotógrafa enfocaba su cámara sobre ella, que poseía un pene que iba creciendo a medida que la muchacha tomaba fotos sin cesar.

 

 

6

Triana se despertó al oír el timbre de la puerta del piso. Se cubrió con una espesa bata rosa de algodón y fue a abrir. Era de nuevo el policía.

-Creía que no había nadie, me duele el dedo de apretar al botón.

-Lo siento, parece ser que dormía más profundamente de lo que pensaba –dijo justificándose mientras lo hacía pasar al saloncito y lo invitaba a sentarse en un sillón del tresillo.

-Póngase cómodo, voy al baño y enseguida vuelvo.

Triana se miró en el espejo: tenía unas enormes ojeras violáceas y el pelo grasiento. Se frotó los párpados con agua caliente para activar la sangre, y se cepilló la hermosa melena. Bebió un poco de agua fría tras lavarse los dientes, y regresó a la habitación donde la aguardaba el policía con un paquete de tabaco en la mano.

-¿No la importa que fume?, ya sabe lo que pasa hoy, los fumadores somos como leprosos. ¿Quiere un cigarrillo?

Triana aceptó el cigarro que Belda le ofrecía, lo encendió con la llama de su mechero y aspiró intensamente el humo. Permanecieron unos segundos en silencio. El hombre intentaba no ser brusco y buscaba el punto y las palabras convenientes para no sobresaltarla. Triana trató de adivinar su edad, difícil de precisar por las amplias zonas de pelo gris en la barba y el cabello. La personalidad del policía no coincidía con el cliché que se había formado (joven frío, atlético, encorsetado en traje oscuro y corbata). El aspecto de Julio Belda era muy similar al de alguno de los jóvenes profesores que ella frecuentaba en la Facultad.

-Me imaginaba que estaría usted acompañada –dijo el policía mirando a su alrededor.

-Mi hijo está en la guardería y mi marido trabaja hasta las cinco de la tarde. ¿Qué hora es?, por favor.

-Son las tres y cuarto. ¿En qué trabaja?

-Es técnico de telefonía, repara centralitas de oficinas en Madrid ciudad: se pasa el día entero en la calle de un lado para otro.

-¿Y usted a qué se dedica? –preguntó el policía encendiendo otro cigarrillo con la colilla del anterior que todavía humeaba.

-Soy bibliotecaria en la Universidad

-¿En la misma Facultad que Miguel Ortega?

Triana prefirió terminar con el juego de preguntas y respuestas y contó a Belda casi todo lo que ella creía que necesitaba saber. Sus relaciones con su amante y su marido, la grave dolencia crónica de éste. Cuándo y cómo los había conocido. Lo único que se guardó de desvelar fue el secreto absoluto que mantuvo a solas con el fallecido: la identidad del padre del pequeño Víctor Manuel (Vitín para ella).

-Parece ser que usted y el fallecido discutieron antes de producirse el…accidente –dijo de repente el policía.

-Sí, discutíamos a veces, siempre por el mismo motivo. Miguel me pedía que me fuera a vivir con él, y además, quería que pasáramos juntos estas vacaciones. Pero yo no podía abandonar a mi marido, tenía miedo de que hiciese una locura.

-¿Qué clase de locura? –preguntó interesado el policía incorporándose en el sillón, donde había adoptado una postura relajada.

-Me juraba que si yo me iba con Miguel, él se dejaría morir.

-¿Dejarse morir…?

-Bueno, ya sabe, a causa de su enfermedad, de sus ataques, Juan necesitaba una medicación muy precisa.

-Comprendo –dijo Belda-. Sin embargo, parece que él no se oponía a que usted tuviera relaciones con el otro.

-¡No tenía más remedio! Si lo hubiera intentado, yo le habría dejado sin dudar –replicó Triana sorprendiendo al policía por la fuerza de su voz.

El teléfono sonó varias veces en la habitación del matrimonio sin que Triana fuese a atenderlo. Saltó el contestador automático y se escucharon las siguientes palabras titubeantes: “Soy yo, hija…¿Qué ha pasado?…¿Estás en casa?…Acabo de leer en El Tiempo algo que…bueno. Llámame cuando puedas. Estoy muy preocupado por ti. ¡Un abrazo muy fuerte! ¡Hasta luego, hija!

Se produjo una breve pausa durante la cual Triana recordó de nuevo los detalles de la pesadilla del día anterior. La conversación con el policía le había calmado levemente su insoportable angustia, pero la llamada volvía a situarla en el centro de la cruel realidad.

La sección de necrológicas del periódico en el que Miguel Ortega colaboraba se había hecho eco de la noticia esa misma mañana. El policía conoció por ese medio una serie de datos sobre el muerto, de quien no había podido obtener más información que la que le proporcionó la señora Tomasa, y ahora su amante. Matilde, la ex mujer, no respondió a sus repetidas llamadas.

-¿Conocía a su antigua esposa?

-Muy poco. Nos hemos visto dos o tres veces en los cumpleaños de Vanessa. Miguel y ella no tenían más contacto que el que la joven les imponía entonces.

-¿Sabe dónde está?, no he logrado localizarla.

-Miguel me dijo que se iba a pasar las navidades a Nueva York, porque se llevaba a la hija. Vive con un pintor que trabaja la mitad del año en los Estados Unidos. Las señas tienen que estar en la agenda de…

El policía sacó del bolsillo interior de su chaqueta un cuaderno con pastas de cuero negro, y se lo tendió a Triana.

-Aquí la tiene, se la doy. He estado hojeándola con detenimiento y ya la hemos fotocopiado. Figuran decenas de nombres, direcciones y teléfonos. Hay uno de Nueva York que debe de ser el de ese pintor, me imagino.

-¿Le puedo pedir un favor? –preguntó Triana con amabilidad, mientras depositaba la gruesa agenda sobre una mesita de cristal-. Tenga la bondad de llamarles, yo no tengo ánimo para hacerlo.

-De acuerdo, no se preocupe –dijo Belda sonriendo, casi con afecto. Le caía bien Triana, que seguía siendo muy atractiva a pesar de la desolación que se había marcado en su rostro, y se manifestaba por un aire de permanente ausencia en sus hermosos ojos, que lo miraban ahora fijamente sin parecer verlo.

Se oyó el chirrido de la puerta del piso al abrirse, y apareció el pequeño Víctor Manuel, que paró en seco su carrera viendo al extraño sentado frente a su madre. Triana se levantó, lo estrechó en sus brazos, lo besó, y se lo llevó a la cocina para prepararle la merienda. En el pasillo estaba Juan, tenso y expectante, que continuaba sin quitarse su gran abrigo beige. El inspector de policía deseaba interrogarlo.

 

 

 

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