Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Triana Bolívar

(Ofrezco los capítulos 3 y 4 de Triana Bolívar para celebrar hoy a mi modo el día del libro)

3

Las sociedades desarrolladas suprimieron la muerte física y real de lo cotidiano, sin embargo aquélla estaba más presente que nunca en un plano estadístico y ficticio. La prensa, la radio y la televisión nos agobiaban en permanencia con cifras e imágenes de las víctimas de la barbarie automovilística, las guerras, el terrorismo, la delincuencia y las catástrofes naturales. Las películas también nos ofrecían sin cesar auténticas orgías de sangre. La muerte filmada de los otros se había convertido en espectáculo favorito de las masas, servido como plato del día, y todos los días, por la industria cinematográfica norteamericana y sus imitadores del mundo entero. Pero apartaban de nuestro lado a los familiares y amigos que se morían de verdad, y los jóvenes no veían nunca un cadáver ni en el propio hogar, ni en el de los vecinos. Las grandes urbes y sus florecientes negocios sanitarios y funerarios levantaban clínicas, hospitales y tanatorios con aspecto de hoteles y centros comerciales, en donde disimulaban a sus enfermos y difuntos cercanos.

Un gran centro fúnebre era el lugar al que Triana se dirigía en taxi. La nueva sede de la Empresa Mixta de Servicios Funerarios (EMSF), situada en el borde noreste de la M-30, estaba perfectamente integrada en el paisaje urbano circundante. Su moderna línea arquitectónica sintonizaba con el resto de construcciones próximas: el hotel Novotel, la Gran Mezquita de Madrid y diversos edificios residenciales de alto estánding. El interior del tanatorio (palabra enigmática y terrible para muchos) se organizaba en torno a un amplio patio central, adornado con plantas y árboles, donde se congregaban, cuando el tiempo lo permitía, la familia y amigos de los clientes en animada y hasta alegre conversación, a excepción de algunos rostros desencajados por el dolor y la vela. Formando una elipse alrededor del ajetreado espacio común, se distribuían las dependencias mortuorias denominadas cabinas, que constaban de dos habitaciones: una sala de visitas de las dimensiones de una tienda de mercería, y otra más pequeña o trastienda, en la que yacían solitarios y de cuerpo presente los muertos.

Cuando Triana, como una sonámbula, se bajó del taxi delante de la puerta del tanatorio, acababan de instalar el cadáver de Miguel Ortega en la Cabina número 6. Obtuvo la macabra información nada más entrar en el vestíbulo principal, a través de uno de los monitores de televisión que colgaban del techo, igual que en los aeropuertos o las estaciones de ferrocarril. Dudó antes de buscar el lugar indicado y anduvo dando vueltas en redondo. No recordaba muy bien cómo había llegado hasta allí. No creía posible que el nombre anunciado en la pantalla del televisor correspondiese al del mismo hombre que había estado amando por la tarde. El trayecto desde su casa hasta la entrada del tanatorio había durado más de una hora por los atascos monumentales que paralizaban la ciudad, pero Triana perdió la cuenta del tiempo y de la grosera perorata del taxista, que no había dejado de gruñir y de insultar a los automovilistas que bloqueaban su coche por todos los lados. Únicamente existía ella con su inmensa pena: la realidad exterior dejó de ser diáfana para convertirse en un punto diminuto de insoportable tensión.

Triana sólo había visto dos cadáveres en su vida: el de un compañero de trabajo, y el de su abuela materna. Lo que más le había impresionado, en ambos casos, fue la absoluta rigidez y la sensible ausencia de soplo vital en los cuerpos, y, con su abuela, al besarla en la frente, el inhumano choque helado de la carne. Sabía que no podría besar a Miguel, no sería capaz de soportar el contacto brutalmente extraño de un ser al que había acariciado y sentido dentro de ella unas pocas horas antes.

Pasó la noche sentada delante del cadáver de su amante, envuelto en un saco de plástico dorado y reluciente, y con una venda en la cabeza que no dejaba ver más que su cara de facciones finas y regulares (Miguel tenía 45 años recién cumplidos). Triana no se acordaba con claridad de cómo habían transcurrido las horas de vela. Unas veces, había delirado soñando con extrañas fantasías, algunas placenteras, otras, creyó que iba a morir de forma repentina. También tuvo momentos de perfecta resignación con su destino y de armónica comunión con el mundo. Sabía que había tenido fiebre y que lloró sin cesar en varias ocasiones. Siempre permaneció sola (en realidad, un empleado del servicio funerario vino a hacerle una consulta). Nadie más que ella parecía haberse enterado de la desgracia, ni siquiera la ex mujer de Miguel y la hija se habían acercado al tanatorio.

 

 

4

El oficial de guardia del juzgado central de Madrid, don Cayetano Hernández Becerra, encargado del levantamiento del cadáver de Miguel Ortega, estableció que A la vista de la autopsia practicada por el médico forense, don Paulino Fernández Ros, la muerte del llamado Miguel Ortega Ramírez se ha producido por severo politraumatismo craneal con importante pérdida de masa encefálica, sobre las 17h45 de la tarde del jueves 19 de diciembre, a consecuencia de la caída del cuerpo desde una altura aproximada de 15 metros, contra la parte delantera del capó de un vehículo, estacionado delante del número 7 de la calle X. El informe del juez concluía: De las diligencias provisionales practicadas por el agente de policía judicial, don Julio Belda Titos, se establece que, la caída de Miguel Ortega Ramírez desde el balcón de su domicilio ha sido accidental, excluyéndose la intervención o presencia de cualquier otra persona, ya fuere como autor, inductor o testigo, de la acción fatal que ha causado la muerte del citado individuo.

Cuando la ambulancia del Samur ya trasladaba el cadáver de Miguel Ortega al depósito forense, el inspector Julio Belda subió al apartamento del fallecido acompañado por la anciana que había comenzado a proporcionarle información. La señora Tomasa, conocida en la zona por Tomasita, disponía de un doble de llaves de la vivienda de su único vecino de planta, con quien había mantenido unas relaciones muy cordiales. El policía comenzó a observar con minuciosidad a su alrededor y a tomar datos en un pequeño carné de pastas negras, seguido de cerca por la anciana que se encontraba muy afectada por lo sucedido y no paraba de gimotear y repetir: “Pobre don Miguel, era todo un señor”.

El interior de la vivienda –decorada sobriamente con materiales a base de madera, cuero y cristal- ofrecía un aspecto ordenado y limpio, a excepción del dormitorio que tenía la ropa de cama revuelta, algunas prendas de vestir del fallecido esparcidas por el suelo, lo mismo que varias colillas y la ceniza de un cenicero, volcado encima de las tablas de madera del parquet. Se respiraba todavía, en la alcoba cerrada, una atmósfera pegajosa donde se distinguía un delicado perfume de mujer flotando sobre diversos olores corporales. Al lado derecho de la cama, un futón de las dimensiones de un campo de fútbol, había un preservativo usado semioculto por el pico de una manta de lana.

El policía pensó que el hombre que vivía allí no tenía que habérselo pasado nada mal antes de morir.

-¿Ha visto usted entrar o salir del piso a alguien, antes o después de que el hombre cayera por el balcón?

-Sí, a la señorita Triana. Se fue diez minutos antes de ocurrir la desgracia. Ya se lo he dicho, pero usted no me ha escuchao. La señorita Triana venía muchas veces a casa de don Miguel, era su…

-¿Compañera sentimental? –interrumpió el policía.

-¡Uy!, qué tonterías, qué cursilerías se dicen ahora –dijo Tomasita burlándose del joven inspector-. Era su amante, su querida, vamos. Pero la señorita es muy maja: ¡cuando se entere! Hacía ya muchos años que estaban liaos. Por lo menos seis años.

El policía pasó al salón, que tenía el balcón abierto y, tras examinar detenidamente el exterior, lo dejó en el mismo estado para que los peritos tomaran las posibles huellas.

-Hace mucho frío. ¿Así que dice usted que la vio?

-Sí, hombre, sí, además, antes de irse, oí que discutían y me pareció que ella estaba llorando. No es que a mí me guste cotillear, pero desde que hicieron obras en la casa, nos pusieron las paredes muy finas y se oye todo –añadió la vieja justificándose.

-El inspector se sentó en uno delos anchos sillones del tresillo, tapizado en color crema, y siguió tomando notas rápidas. Observó que el apartamento era muy acogedor, y que el muerto había sido un hombre de gustos refinados.

-¿Sabe usted a qué se dedica?

-No estoy muy segura, creo que es secretaria o trabaja en algo de libros.

-No, perdone, me refería a don Miguel –le precisó.

-El señor era profesor de la Universidad y escritor. Dicen que era muy conocido y que vale mucho –dijo Tomasita alternando el presente y el pasado, incapaz de asimilar aún el accidente.

-¿Estaba casado?

-Llevaba separado muchos años, yo no conozco a su mujer. A su hija sí, creo que se llama Pamela, o Pavesa…un nombre de esos raros que se han sacao de la televisión. Tendrá unos diecinueve años y es también muy maja.

-Debe de ser Vanessa –aclaró el policía mientras escribía en su bloc. Luego agregó titubeando-. Y su mujer de ahora, su amante, ¿sabe usted, Tomasa, si está casada?

-Pues mira, -comenzó a tutearlo-, no lo sé porque no me lo ha dicho, ni yo se lo he preguntao. Lo que sí sé, es que tiene un niño pequeño, porque algunas veces lo ha traído aquí: un chiquito rubio con los ojos azules, como usted –concluyó la anciana cambiando de nuevo el tratamiento al policía, a quien su poblada barba y su espeso cabello, prematuramente entrecano, le hacían aparentar más edad de la real.

(Seguirá)

 

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