Espacio de Balbino. Escritos de Ficción. Triana Bolívar

 

 

 

TRIANA BOLÍVAR

(Capítulo 1 y 2)

        

 

 

 

 

 

 

 

Registrado en la propiedad intelectual de la Comunidad de Madrid a 6 de julio de 1998 (RPI nº 66331)

 

 

“Nunca puede olvidarse el amor que se ha roto cuando aún estaba vivo”

(Pedro Almodóvar)

1

Un hombre cubierto con un elegante batín de casa acababa de precipitarse al vacío desde la planta alta de un edificio antiguo. Quedó tendido, casi desnudo, con medio cuerpo en el pavimento y el otro medio sobre la acera, entre la parte delantera abollada de un SEAT Toledo y un contenedor atestado de escombros y basura que amenazaban con sepultarlo. Tenía la cabeza destrozada y permanecía boca arriba en perfecto reposo, rodeado por un charco de sangre espesa: era evidente que había muerto. En cinco minutos, el estrecho callejón que comunica las calles de Echegaray y León se llenó de curiosos, coches de la policía, bomberos, y una ambulancia del Samur de Madrid en la que podía leerse: Fundación Pelayo. Se creó división de opiniones entre varios transeúntes acerca de la identidad del individuo y del balcón exacto desde el que se había producido la caída. Una anciana menuda y arrugada, con rulos en el pelo grisáceo y recién lavado, puso fin a la confusión. Era vecina del fallecido, y el inspector de la policía judicial, Julio Belda, comenzó a tomar nota de su testimonio voluntario.

 

 

2

Triana, o María Triana (el nombre compuesto con el que un prepotente funcionario obligó a su padre, Evaristo Bolívar, a inscribirla en el registro civil de Bellavista) llegó a su casa al borde del ataque de nervios tras recorrer la distancia que separa las estaciones de metro de Antón Martín y Alvarado. Le extrañó un poco que Juan, su marido, no hubiera regresado aún con el niño, pero imaginó que se habría entretenido comprándole alguna golosina o subiéndolo en el tiovivo instalado en un pequeño solar cercano a su vivienda. Eran las seis de la tarde de un movido jueves de diciembre, y en el metro había notado, en dos ocasiones, cómo la sobaban de manera disimulada. Y es que Triana, de treinta y tres años de edad, aparentando algunos menos, era como un dulce de miel para las moscas: un metro setenta de altura, abultada de pecho y estrecha de cintura, caderas torneadas, firmes piernas largas, piel blanquísima, abundante pelo casi rubio ondulado, e inmensos ojos claros inundados de ámbar. Su amante, a quien había dejado en su apartamento hacía sólo media hora, la llamaba a veces “mujer de ojos galácticos”.

Eran pocas las ocasiones en que tomaba el metro que no tuviese que esquivar el apetito incontrolado del algún salido. Se atrevían a manosearla incluso en horas valle que no favorecían la promiscuidad. Afortunadamente, hasta hoy nadie había intentado llegar más lejos en sus tanteos, tal vez porque era una hembra que superaba con creces el grado nueve con cinco en la escala Internet de belleza. Triana entró en el cuarto de baño para ducharse y poder relajarse. También, y sobre todo, para que se le fuera el olor a sudores, el suyo y el de Miguel, que se le habían quedado impregnados en el cuerpo. Normalmente se duchaba en el apartamento de su amante tras cada encuentro amoroso, pero hoy, por los motivos de costumbre, habían discutido en tono airado, y Triana se marchó dando un portazo después de haber llorado.

La casa donde vivía con su marido y su hijo le gustaba cada día menos y, aunque no disponían de muchos medios para comprar otro piso, buscaba con regularidad en las guías inmobiliarias esperando encontrar alguna oportunidad que le conviniera, y que debía contar inexcusablemente dos cuartos de baño completos, uno de los cuales se lo quedaría para su uso exclusivo. Ya no soportaba tener que compartir con Juan el único minúsculo que tenían, y que parecía más una farmacia que un lugar para el aseo. A medida que progresaba de manera imparable la enfermedad de su marido, se fueron acumulando en los armarios y anaqueles toda clase de medicamentos con nombres agresivos: Rútice fuerte, Tiadipona bentazepán, Halción triazolam, Fastum ketoprofeno, Listrán nabumetona, Ossopán, etc. Comprimidos para el corazón, colutorios y vitaminas para la vista, pastillas para activar el sistema nervioso central, otras para sedarlo, y, lo que le producía una extraña repugnancia, los aerosoles. Triana se imaginaba que al final de sus tubitos en forma de clarinete se acumulaba un ejército viscoso de bacterias chillonas.

El agua jabonosa remojó su piel brillante dejándola lubricada y deslizante como la de un pez. Tomó asiento sobre el borde de la bañera y abrió sus muslos para observar la oscura grieta de su sexo, cuyos labios internos estaban levemente inflamados y presentaban el fresco tono rosáceo de algunas flores de buganvilla. Sintió un profundo escalofrío placentero al recordar los instantes que acababa de vivir con Miguel, mientras se aplicaba una crema suavizante en los pliegues húmedos y pulposos. Se alteró también con ligera indignación por la escena que su amante le había vuelto a montar, sin sospechar en absoluto que ésa había sido la última de sus vidas.

-¿Qué tal te ha ido? – le preguntó con indiferencia su marido, que acababa de entrar en el piso con el pequeño.

-Supongo que bien –respondió con marcada sorna que no pasó inadvertida para Juan.

-Hola, mi amor –dijo mimosa a su hijo de tres años, estrechándolo entre sus brazos.

-Mamá, hoy me han enseñado en la guardería una canción en inglés –balbuceó el pequeño.

-¿De verdad?, ¡anda, cántamela, cielo mío!

-Ya no me acuerdo como era, mami, es que es la primera vez que la hemos cantado y decía unas cosas muy raras –dijo Vitín con dificultad.

-Seguro que sería el Jingle bells o cosas así, como estamos en Navidad –dijo Juan convincente.

-O quizás el I’m dreaming of a white Christmas, o cosas así, que para el caso es lo mismo –apostilló Triana, llevándose al pequeño Víctor Manuel al lavabo del baño para limpiarle la cara, churreteada de crema marrón.

-¿Ya has vuelto a comprarle una palmera gigante? – preguntó a su marido-. Lo vas a poner tan cachas como tú

-No ha sido una palmera, sino un donut de chocolate, y no sigas con tu mal humor, por favor, que hoy no estoy para broncas, y menos delante del niño –protestó Juan, quien, desde la aparición de su enfermedad, había engordado más de quince kilos, que se acumularon a sus ochenta habituales, desdibujando su juvenil figura atlética con anillados y fofos michelines abdominales.

El pequeño arrancó varios adornos del árbol de Navidad, y se puso a dar pataditas a un Papá Noel, o Santa Claus –como lo llamaban ya los más esnobs-, a un gnomo y a una bolita roja tintineante. Triana Comenzó a preparar la cena de Vitín y de Juan en menús separados a causa del régimen especial de su marido, que no tomaba más que determinados alimentos y en proporciones tan exactas de proteínas, sal y azúcar, que sus comidas se parecían a fórmulas magistrales. Ella sólo cenaría un poco de queso y fruta. La riña con Miguel y la perspectiva de estar separados por su viaje a Cabo Trafalgar, la habían dejado sin apetito.

Sonó el teléfono en el salón, y Juan dio un respingo.

-Contesta tú – gritó Triana.

Sentía verdadero pánico cada vez que oía una llamada. Creía que el teléfono era uno de los aparatos más inquietantes que se habían inventado: cualquiera podía introducirse fácilmente en el momento más íntimo y el espacio privado de las personas, y había aprendido por experiencia propia, que era posible cambiar el rumbo de la vida de uno marcando un número, descolgando el aparato, o, también no descolgándolo. Escuchó a su marido repetir cuatro veces “sí”, como suspirando, sin embargo, no pudo observar el temblor de su brazo izquierdo, y su dificultad para sostener el viejo aparato. Salió alarmada de la cocina secándose las manos con un pequeño mandil de colores subidos -regalo de Juan-, y lo miró con ojos expectantes.

-Es para ti –dijo él con un eco de voz semejante a un sollozo.

Mientras escuchaba las explicaciones claras y concisas que salían del auricular, Triana sintió que el suelo del salón se derrumbaba bajo sus pies y que un violento torbellino la arrastraba vertiginosamente hasta la nada. Cayó sobre un sillón con el teléfono encima del pecho y permaneció en estado cataléptico durante largo rato. Al recobrar la conciencia, vio al pequeño Víctor Manuel y a Juan sentados frente a ella. Tardó varios instantes en reconocerlos y comprender la causa de que los dos la miraran con espanto. Tenía un dolor tan insoportable en el corazón y un peso tan descomunal en todos sus miembros que no podía incorporarse.

-Llévame al baño –suplicó con voz extraviada.

Las piernas se le doblaron y estuvo a punto de desplomarse sobre el gastado parquet. Su marido se apresuró a cargarla en sus brazos. Triana se arrodilló delante de la taza del water y vomitó hasta arrojar la bilis. Cuando salió tambaleándose del pequeño cuarto de aseo, su hermoso rostro, descolorido, reflejaba la palidez de un cadáver.

-Miguel ha muerto. Se lo van a llevar al tanatorio de la M-30. ¿Quieres encargarte de Vitín?

Juan no protestó ni hizo comentario alguno, sólo le preguntó con aparente indiferencia.

-¿Y su mujer?

-¿Qué mujer? –replicó Triana con frialdad.

 

 

(Seguirá)

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