Espacio de Balbino. Escritos sociales. Javier de Cambra, el inconformista

Javier de Cambra, el inconformista

He conocido casualmente la noticia del reciente fallecimiento de quien fuera mi amigo en otros tiempos, a través de Luz Divina que ignoraba la intensa y extensa relación que mantuve con el desaparecido. Durante la década de los 70 fuimos compañeros de Facultad y camaradas del Partido y en muchas ocasiones colegas de jocosas cogorzas en los bares de la progresía de aquellos años; recuerdo una en especial en el Pub Santa Bárbara que no referiré por respeto a los lectores. Pero principalmente compartíamos sensibilidades afines, largas conversaciones sobre lo divino y lo humano y el mismo gusto por las buenas músicas, del jazz para él y del flamenco y la clásica para mí. Sencillamente nos apreciábamos y nos considerábamos amigos. En los ochenta nuestras trayectorias se separaron y entrecruzaron, yo en la enseñanza y Javier en el periodismo, primero como redactor de Mundo Obrero y luego como crítico de jazz de El País. Simultaneó este trabajo durante un tiempo con el de asesor literario y responsable de relaciones públicas de la Editorial Alfaguara. Ambos puestos de Cambra los abandonaría más tarde voluntariamente. En sus cometidos de la editorial Alfaguara entraba la atención y acompañamiento a las grandes figuras literarias de la editorial en sus visitas a Madrid o Barcelona. En una ocasión, me invitó a que hiciera de cicerone por el Madrid flamenco para el escritor Salman Rushdi, al que acompañamos conjuntamente hasta altas hora de la madrugada por los locales más atractivos de la “movida flamenca” madrileña de mediados de esos años ochenta.

Fue gracias a los contactos de Javier de Cambra que comencé mis primeras colaboraciones flamencas en la revista Qué Madrid, de corta existencia, pero en la que escribieron nombres como Diego A. Manrique, Moncho Alpuente y el propio Javier, entre muchas firmas del mejor periodismo cultural, escrito y radiofónico. En 1990, en correspondencia, fui yo quien le abrió la redacción del diario El Sol, en el que de Cambra quiso entrar a trabajar aun a costa de despedirse de El País, “porque no le trataban bien”, según justificó. Ya antes, había abandonado también de forma repentina y por los mismos motivos de trato su goloso  puesto de Alfaguara. El negocio de El Sol, que se mantuvo durante menos de dos años, fue ruinoso para la empresa pero sobre todo para Javier. Se quedó sin nada y tuvo que subsistir durante un tiempo vendiendo parte de su extensa biblioteca y discoteca. Fue por entonces cuando se inició  nuestro distanciamiento que fue haciéndose progresivamente insalvable a excepción de cortos y efímeros encuentros.

Javier vivió en solitario y por largos periodos de tiempo en soledad en el piso heredado milagrosamente, en la calle Amado Nervo con vistas espléndidas al Retiro. Una vivienda que fue degradándose a medida que se acentuaba el inflexible carácter de su ocupante. Un carácter al que se le realzó su misantropía hasta niveles difíciles de soportar. Pero quiero recordar al Javier brillante de juventud, al hombre de excepcional capacidad intelectual y fina ironía, tanto de una y de otra que junto a amigos empezó a cosechar enemigos, y estos pesaron más en la conformación de su destino que los primeros. Javier no soportaba la mediocridad ni a los mediocres. Lo que no fue capaz de imaginar es que cada vez que él dejara un puesto influyente y de futuro, lo podía ocupar automáticamente la clase de trabajador y persona de la que abominaba. Su inadaptación acabaría por favorecer a personajes mediocres que se frotarían las manos por la oportunidad que el intransigente Javier les procuraba. En uno de nuestros pocos encuentros hace ya muchos años le reproché sus deserciones y como es lógico no le gustó porque me contra atacó con una queja circunstancial de discutible demostración.

Javier fue malviviendo año tras año con colaboraciones poco rentables y empleos poco durables. Así en los últimos tiempos, volvimos a coincidir con nuestras respectivas colaboraciones de jazz y flamenco en el diario La Razón, colaboraciones que yo dejé voluntariamente esta vez por fundados motivos, unos pecuniarios y otros de escrúpulos políticos. Javier de Cambra no desertó ahora. Paradojas de la vida, quien había comenzado a escribir en un diario comunista -porque Javier fue marxista y progresista- iba a acabar sus días profesionales en un periódico de derechas y órgano oficioso de propaganda del Partido Popular. Las contradicciones señaladas (¡quién no las tiene!) no restan limpieza a la imagen de persona íntegra que conservo de Javier de Cambra, integridad natural que fue su cara y su cruz a lo largo de su abrumada existencia. ¡Descanse en paz!

 

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