Espacio de Balbino. Escritos de Ficción. Viena, noviembre del 88

VIENA, NOVIEMBRE DEL 88     -Ich bin kein Türke, sondern Spanier –respondió Ernest con el mayor tono de firmeza e indignación que pudo imprimir en su balbuciente alemán, al obeso policía austriaco que lo interrogaba. -La joven con la que te sorprendieron declara que tú eres turco –volvió a decir con voz cansina el inspector, sentado a un metro de distancia del detenido cuyo rostro, muy pálido, contrastaba con el tinte rubicundo de su interrogador. -¿Nieves dice que yo soy turco? Eso es absurdo, ella no puede afirmar una estupidez semejante –gritó Ernest al borde del ataque de nervios. Tras calmarlo a su manera, el policía continuó haciéndole preguntas que el español no comprendía; al cabo de un rato de interrogatorio de sordos, dos agentes uniformados se lo llevaron esposado a una celda vacía de la comisaría. Se sentó en uno de los camastros, limpios y duros. Ernest estaba aterrado. Se puso de pie maquinalmente y comenzó a pasearse por el calabozo, que debía de tener las mismas dimensiones que el cuarto de la residencia de Lazaretstrasse, en el que había pasado las dos noches anteriores con Nieves. Volvió a sentarse y se preguntó inquieto cuál sería la razón de que el inspector le hubiera confundido con un turco. Es verdad que él era moreno y con un marcado tipo mediterráneo, pero de ahí a parecerse a un otomano típico, había una gran diferencia. Lo peor es que se había dejado el pasaporte en la pensión, y no llevaba ningún otro documento encima que probase su nacionalidad española. De cualquier manera, esa cuestión no le preocupaba mucho en ese momento; lo grave del asunto radicaba en que su avión de regreso a Barcelona despegaba a las 17h. 30. Calculó que debían de ser las dos de la tarde (le habían despojado de su reloj para que no tuviera la tentación de tragárselo), y si no lo soltaban inmediatamente, no llegaría a tiempo al aeropuerto: el billete y todo su equipaje estaban en la pensión. Su cabeza era una coctelera de rabia, reproches y lamentaciones; maldecía la hora en que se le había ocurrido hacer este viaje a Viena para pasar el fin de semana con Nieves, desplazada allí durante tres meses por motivos de trabajo. Ella le pidió que fuera a verla, quejándose de lo terriblemente sola que se encontraba en una ciudad tan fría, y asegurándole lo feliz que sería con su presencia. Pero, en realidad, quien dio lugar a que eso ocurriera fue él, que la había llamado primero desde el despacho de la Facultad, sirviéndose de un teléfono oficial. Recordaba aquella intuición que tuvo, hacía ya algunos meses, acerca de la capacidad de liarla de la muchacha y se maldecía asimismo por no haber sabido cortar a tiempo con ella. Ernest había escrito entonces en su diario la siguiente frase: “Nieves es esa clase de personas que se crea fatalmente complicaciones, así como a cuantos tienen la desgracia de caer en su órbita”. Sintió una inmensa tristeza al pensar en Rosa y en su hija, que lo esperaban en Barcelona sobre las diez de la noche. Había mentido a su mujer asegurándole que se marchaba a París por motivos académicos: “Es un congreso que no puedo perderme si quiero estar à la page”, le había dicho. Pensó que tenía que avisarle y darle alguna explicación: ¡no la podía dejar esperándolo toda la noche! Saltó de la cama y se acercó a la puerta metálica golpeándola a puñetazos y patadas, pero nadie respondió a su alboroto y volvió a echarse en el camastro. Para no desmoralizarse completamente –Ernest estaba al borde del llanto-, intentó encontrar razones que justificasen su acción de ir a Viena para ver a Nieves. La había conocido un año antes en los ambientes barceloneses de jazz, por el que Ernest sentía rítmica adoración. Nieves era modelo publicitario con pretensiones tópicas de convertirse en actriz de cine: “Ésta es una loca”, se dijo premonitoriamente la primera vez que la vio. Sin embargo, la joven –diez años menor que él y seductora nata- supo interesarlo y hacerle cambiar de opinión mediante la táctica de dejarle entrever una auténtica personalidad espiritual, oculta bajo las apariencias del frívolo desarreglo de su fatal destino. Conversaciones sobre arte, filosofía y música, discusiones metafísicas en torno a Dios y la religión, y, hasta su diario íntimo de los últimos años, fueron las armas que Nieves utilizó para hacerse perdonar sus múltiples vicios, contraídos en el ambiente banal que frecuentaba, y donde se movía como pez en el agua. De repente, la puerta de la celda se abrió y una pareja de policías uniformados introdujo sin miramientos a un hombre joven, rubísimo, con aspecto de sucio perpetuo, que parecía estar totalmente borracho. Lo arrojaron en el camastro libre, le quitaron las esposas, volvieron a salir sin reparar en Ernest, cerraron la pesada puerta de hierro, y se alejaron por el estrecho corredor. El catalán se quedó mirando a su nuevo colega de calabozo, que se puso a dormir pesadamente y a emitir fuertes ronquidos. ¡Lo que me faltaba, la compañía de un vagabundo alcohólico!, pensó, mientras su angustia iba en aumento y trataba de regresar a sus pensamientos interrumpidos. El recuerdo de la escena con Nieves en la sala del Belvedere, consagrada a Gustav Klimt, lo asaltó con intensidad: “Siempre soñé con joder en una iglesia o en un museo”, susurró la joven al oído de Ernest (en admiración ante El beso), al tiempo que comenzaba a tirar con insistencia de su brazo izquierdo invitándolo a saltar el cordón de terciopelo rojo, que impedía el acceso de los visitantes a una gran sala en completa oscuridad, cerrada temporalmente al público. ¿Cómo se atrevió a dar aquel paso? Todavía sentía en la garganta el sabor del pánico que lo invadió cuando fueron sorprendidos in fraganti por tres enormes vigilantes del museo, instantes antes de concluir su alocada cópula sobre un banco, al pie de un inmenso cuadro del siglo XVIII representando escenas aristocráticas galantes. ¿Por qué la seguiría, por qué?, se preguntaba Ernest con desesperación. En el catre vecino, el hombre se removió, se incorporó con los ojos cerrados durante un segundo, volvió a tumbarse y continuó durmiendo en silencio. La tentación de Nieves había revestido todas las características de un desafío: Ernest llevaba más de cuarenta y ocho horas en Viena y todavía no se habían acostado juntos. Como tampoco se acostaron en las numerosas ocasiones que tuvieron a lo largo de sus relaciones durante los últimos meses. Ni siquiera cuando viajaron a París para asistir a unas jornadas sobre Moda y Arte, y eso que entonces la muchacha lo deseaba y dio pruebas inequívocas de estar dispuesta a entregársele. Una tarde, después de almorzar, se echaron para descansar en la habitación de hotel que compartían, pues la noche anterior la habían pasado de juerga con otros amigos en la casa de un conocido fotógrafo parisino, ex amante de la modelo. Ernest dormitaba mientras que Nieves, desnuda e impaciente de deseo, simulaba leer un libro bajo las sábanas de la cama contigua. Cuando Ernest se despertó, la joven comenzó a hablarle con acentos de cariñoso abandono para atraerlo hacia ella; al poco rato de conversar, él, que estaba vestido con el pantalón del pijama se levantó de su cama y trató tímidamente de meterse en la de Nieves, pero ésta, sintiendo vergüenza de su desarmada desnudez, lo rechazó con tibieza. Entonces Ernest no tuvo el valor de quitarse la leve prenda que lo distanciaba del hermosísimo y cálido cuerpo de la modelo, y regresó abochornado a su cama, donde permaneció tumbado en silencio y con la mirada extraviada en el techo de la habitación. “Si he intentado antes acostarme contigo es porque creo que me estoy enamorando de ti”, le dijo después Ernest tratando torpemente de santificar su deseo carnal de la muchacha, quien esbozó una doble sonrisa de lástima y asco, viendo confirmada la estéril manía que dominaba al sesudo profesor de racionalizar sus impulsos y apetitos sensuales. Sin embargo, Ernest no había aprendido nada de su experiencia de París. Recién llegado a Viena, declaró de nuevo su quimérico amor a Nieves que había acudido a recibirlo al aeropuerto. Ella, para agradecérselo no le permitió que la besara en la boca ni tan siquiera una sola vez; y las dos noches que pasaron juntos en la misma habitación, lo mantuvo en vela hasta altas horas de la madrugada contándole toda la admiración y añoranza que aún sentía por un antiguo amante –un duro rockero que estuvo a punto de matarla de un navajazo-, y reprochando a Ernest su ateísmo y culpabilizando a su falta de fe de la incomunicación profunda que existía entre los dos y que le impedía poder amarlo. Por eso, cuando Nieves se le entregó apremiante en el tercer y último día de su estancia en la capital austriaca, Ernest la aceptó gustoso pese al peligro del lugar; no sólo deseaba evitar que su viaje fuera un fracaso absoluto (considerando que le había costado más de cien mil pesetas, amén de los riesgos corridos), sino que además, quiso cautivar definitivamente a la modelo demostrándole que a sus años él era tan osado e instintivo como ella. El rubio vagabundo salió bostezando de su sueño y se quedó mirando con insolencia a Ernest, tras dirigirle unas palabras en lengua eslava, a las que el español replicó con un hola malhumorado. En ese momento, la puerta del calabozo volvió a abrirse y uno de los policías que aparecieron en el umbral hizo un gesto a Ernest para que los siguiera; el borracho intentó evadirse burlescamente, y los dos agentes lo empujaron sin miramientos hacia el fondo de la celda. Ernest, esposado, fue conducido nuevamente ante el mismo inspector, flanqueado en esta ocasión por una joven de rostro marchito, aunque de cierta belleza, y por un hombre miope cercano a la edad de jubilación, sentado delante de una vieja máquina de escribir. La mujer, que era intérprete, comenzó a traducir al español, con fuerte acento alemán, una larga parrafada del grueso policía, expresada en el mismo tono fatigado del interrogatorio anterior. -Se le acusa formalmente de intento de violación en lugar público, sobre la persona de Nieves Abad. Recuerde que a partir de este momento, cualquier declaración suya podrá repercutir negativamente en el proceso que se le incoa. Diga usted su nombre, edad, nacionalidad… La voz mecánicamente acariciante de la azafata lo despertó con un ligero sobresalto: “…ras y señores, acabamos de aterrizar en el aeropuerto de El Prat. La temperatura exterior es de 15 grados centígrados, el cielo está cubierto y llueve ligeramente. En nombre del comandante Max Kraüsen y de su tripulación les deseo hayan efectuado un excelente viaje esperando tenerles a bordo de las Austrian Airlines. Les rogamos no desabrochar sus cinturones hasta la inmovilización total del aparato. Ernest bostezó y se estiró sin decoro. Pensó que había debido de dormirse mucho antes de que el avión iniciase la fase de aproximación a Barcelona, pues su cinturón de seguridad estaba sin cerrar bajo su abrigo. Miró su reloj: eran las diez y cinco minutos de la noche. En ese instante, el super DC-9 se detuvo completamente a la vez que dejó de oírse el zumbido mitigado de sus reactores. Ernest se puso de pie exhalando un hondo suspiro de alivio, y se preparó como el resto del pasaje para desembarcar.      

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