Espacio de Balbino. Escritos de ficción: La Exposición

Mañana, día 2 de septiembre de 2013 se clausura en el Museo Reina Sofía, la magna exposición de Dalí que ha sido visitada por varios cientos de miles de personas. Hace unos años, con motivo de otra magna muestra dedicada a Goya, se produjeron una serie de alborotos que me sirvieron de motivo para escribir entonces el relato que sigue:

La Exposición

 

 

        

         La mañana se presentó templada y diáfana tras la lluvia que había caído abundante durante toda la madrugada, después de varias semanas prolongadas de sequía, barriendo la atmósfera contaminada de la gran ciudad. Las nubes y el viento del suroeste le hacían sentir fugaces emanaciones marinas arrastradas desde el lejano océano. Rafael se dirigía al Museo para visitar la gran exposición del maestro G. del siglo XIX. Subía caminando junto a la verja del Real Jardín Botánico y miraba el verde lustroso de las nuevas hojas de los árboles que habían recibido gozosas las primeras aguas de la estación. El hermoso día de primavera y la perspectiva de admirar la obra antológica de uno de sus pintores favoritos, le llenaron el pecho de una placentera exaltación.

Al principio, creyó que se trataba de una manifestación al ver la ingente cantidad de personas que ocupaban  la esplanada del Museo, pero pronto pudo observar que a las entradas principales del noble edificio llegaban largas hileras de gente como de unos trescientos metros de longitud. Se abrió paso a codazos hasta una de las filas y preguntó a un señor de pelo cano por la causa de semejante aglomeración: “Para ver a G.”. Rafael se quedó anonadado con la respuesta preguntándose incrédulo cómo era posible que la llamada del arte hubiera convocado a semejante multitud. Todas las veces anteriores que había ido al Museo lo encontró tranquilo y más bien mortecino, sin que hubiera tenido nunca que esperar o hacer cola para poder entrar en él.

Sin embargo, no experimentó ningún sentimiento de rechazo hacia la muchedumbre de competidores, cultos admiradores del genial pintor, sino que por el contrario las lágrimas estuvieron a punto de empañarle sus ojos, y tuvo que sobreponerse para rebajar la emoción producida por la exhalación entrañable de las aspiraciones colectivas de degustación artística. Se resignó solidariamente a ser el último de la fila, y se dispuso con paciencia a aguardar  que le correspondiese su turno de acceso a las salas de la magna exposición.

La interminable columna humana la componía un público heterogéneo: escolares y profesores, turistas extranjeros, familias nacionales al completo, universitarios, funcionarios, monjas y soldados. Los jardines que embellecen el sitio ofrecían un ambiente de feria: vendedores de chucherías, propagandistas de partidos políticos, estatuas vivientes, mimo, ilusionistas, prestidigitadores, comedores de fuego, demandantes de firmas y dinero para causas filantrópicas, músicos, incluyendo a un zíngaro con trompeta, cabra y escalera. La cola siguió estirándose detrás de Rafael y en escasos segundos acabó perdiendo de vista su final.

Los comentarios más peregrinos llegaban hasta sus oídos: “Es la tercera exposición que visito esta semana, no hay derecho a hacernos esperar tanto tiempo”. “Pues G. a mí me parece un loco, pero mi amiga Pepi me dijo que no me la perdiera”. Rafael llevaba más de treinta y cinco minutos aguardando y sólo había avanzado tres metros, hizo un cálculo de la distancia que lo separaba de la puerta de entrada y dedujo que aún tendría que aguantar dos horas más de espera. Pensó que eso era intolerable, pero quiso ser optimista y se dijo que seguramente la fila comenzaría pronto a moverse con más rapidez.

Transcurrió otra media hora y Rafael no se había movido prácticamente del mismo sitio, incluso tuvo la impresión de que había retrocedido algo, achacando el fenómeno a los listillos de siempre que se colaban. Para colmo, un oscuro nubarrón se puso a descargar un fuerte aguacero sobre sus cabezas, y él no llevaba paraguas ni capucha para protegerse. Afortunadamente, un viejecito previsor, como la mayoría, tuvo la amabilidad de invitarlo a resguardarse bajo el suyo: “Venga, venga, que se va a poner hecho una sopa”, le dijo con voz temblorosa.

La gente no pareció arredrarse por la intensidad del chaparrón, pues no solamente nadie desertaba de su puesto, sino que las nuevas personas que afluían sin cesar consiguieron que la cola desapareciera por la esquina sur del Museo. Al poco rato escampó y el cielo se tornó de un azul limpísimo. Los primeros sentimientos de emoción de Rafael se convirtieron en otros donde la  irritación era la dominante, además, no disponía de mucho tiempo libre ya que debía ir a trabajar después de almorzar, y todavía le faltaban unos doscientos metros hasta la anhelada entrada.

Leyó el periódico de cabo a rabo, incluidas las páginas de economía y deportes. Aprendió el nombre del nuevo presidente de la Asamblea nacional de Shri-Lanka, se enteró del porcentaje aplicado a la última devaluación del peso argentino, y hasta el color del vestido de novia de una famosa tonadillera que acababa de casarse con un no menos famoso torerillo. Sus compañeros de infortunio, así comenzó Rafael a considerar a cuantos a su alrededor albergaban la vana esperanza de contemplar la obra pictórica de G., daban ya clara muestras de cansancio. Los más jóvenes se sentaban sobre el césped, pese a que había quedado muy mojado, y los más viejos se apoyaban con aire desolado en sus parejas o en sus bastones.

La columna comenzó a desplazarse con mayor ritmo durante unos segundos, luego, se inmovilizó definitivamente: acababan de cerrar las puertas del Museo. La protesta estalló de forma general: “Esto es un abuso, no tienen vergüenza, nos hacen esperar más de dos horas y luego nos dan con la puerta en las narices”, se quejó un anciano de barbita blanca bien cuidada. “¡Y así quieren que el pueblo tenga cultura!”, gritó una señora enjoyada, que terminaba de despachar a un mendigo diciéndole que fuera a pedir dinero al presidente del Gobierno. “Unos demagogos, eso es lo que son los ministros de ahora, ponen los museos gratis y las personas decentes ni siquiera pueden ya visitarlos”, terminó aullando la dama dando rienda suelta a su cólera.

Un sordo rumor de rabia fue recorriendo la interminable cola de ciudadanos con la misma celeridad que la llama por un reguero de pólvora. Hacia el final de la serpiente humana se escuchaban gritos pidiendo la cabeza del señor Solana, ministro de Cultura a la sazón, del director del Museo, de los conserjes: “¡Son unos paletos!”, bramaron a los oídos de Rafael unas señoras de porte distinguido. Un joven barbudo arengó a la muchedumbre: “¡Los museos son del pueblo y no pueden cerrarlos como si fueran un coto privado de caza!”. “¡Que los abran las 24 horas del día, incluso los fines de semana!”, añadió su acompañante femenina.

Un grupo muy numeroso de amateurs d’art, con aire amenazador, se puso en movimiento hacia la gran puerta central y, al ir pasando a lo largo de la densa cadena humana, otras personas fueron  uniéndosele hasta formar una inquietante concentración, vociferante y agresiva. Comenzaron a oírse golpes de puños y patadas contra las hojas de las puertas cerradas a cal y canto. Alguien pedía insistentemente un ariete, creyéndose tal vez un guerrero al asalto de una fortaleza. Al cabo de un tiempo vergonzante, en el que el escándalo llegó a rebasar la barrera de la decencia, los accesos se abrieron de nuevo, y aparecieron dos conserjes, aterrados, en el umbral.

La turba se precipitó por los huecos, golpeando, derribando y pisoteando a los dos incautos funcionarios, para dispersarse en desbandada por las espléndidas galerías del Museo hasta ganar las salas donde se exponían los cuadros del genial G. Rafael se sintió tremendamente confundido por las escenas presenciadas y se volvió abochornado a su casa, absorto en reflexiones sobre el sentido último del arte.

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