Espacio de Balbino. Escritos de ficción. El L.E.M.

Hoy, 20 de julio de 2013 se cumplen 44 años de la llegada de dos humanos estadounidenses  a la Luna. Hace algún tiempo publiqué en la revista Cuadernos del Matemático un relato titulado EL L.E.M. Deseo ofrecerlo a los lectores de mi página y amigos, con la clara intencionalidad de subrayar la paradoja existente entre los avances científicos y tecnológicos de la especie humana y el trabajoso y pobre desarrollo vital de los individuos.

 

 

 

Hacía veintitantos días que Juan y yo estábamos en Estocolmo. Habíamos llegado desde París a pasar los meses de verano con la intención de ganar algunas coronas, y comprobar de forma empírica (decía mi amigo que era marxista e iba para filósofo) si era justa la fama amorosa de las mujeres suecas.

Encontramos alojamiento en una céntrica y confortable residencia para estudiantes católicos latino-americanos, situada en Snickerbaken, de la que, con gran desvergüenza por nuestra parte, no marcharíamos sin pagar el último mes de alquiler. Conseguimos pronto un empleo fácil y no muy mal remunerado en un gran restaurante de Gamla Sta’n, la ciudad vieja. A mí me contrataron para recoger las basuras y los desperdicios: la mierda hablando en plata; Juan, que tenía toda la pinta de un nativo (en la calle siempre le preguntaban a él por direcciones o datos urbanos) tuvo más suerte  y pasaba sus ocho horas de trabajo preparando en cadena platos de melón con jamón y de melón con gambas. Creo que desde entonces aborreció las tres cosas juntas y por separado.

Transcurrían las semanas y seguíamos sin estrenarnos ni con nacionales ni con foráneas. Esa noche, después de terminar nuestro turno de trabajo, fuimos a tomar unas cervezas al pub de Kungsgattan que solíamos frecuentar. No pensábamos permanecer mucho tiempo en el bar, pues queríamos presenciar (como tantos cientos de millones de terrícolas) la retransmisión en directo por televisión del histórico momento de la llegada del hombre a la Luna. Era la noche del 20 de julio de 1969. Faltaban pocos minutos para que las manecillas de todos los relojes suecos entraran ineluctables en la épica madrugada del día H. El sol, remiso en el interminable crepúsculo estival del Norte, estaba sin duda celoso del protagonismo que iba a tener nuestro yerto y apagado satélite.

Justo al filo de la medianoche, y cuando estábamos a punto de irnos del pub, vimos (al principio indiferentes) acercarse a nuestra mesa a dos chicas con pinta clavada de finlandesas, una de las cuales era también empleada del mismo restaurante en el que trabajábamos Juan y yo: “¿Podemos sentarnos?”, preguntaron en un inglés más gesticular que fonético: “Of course”, respondió mi amigo, a quien le chiflaba la única  expresión inglesa que conocía. Intercambiamos nuestros nombres y entablamos una conversación forzada y absurda a la que, inadvertidamente, la carísima (para nosotros) cerveza Tüborg dio mayor fluidez. Mi interlocutora era una gordita prieta, sana y alegre, que no dejaba de reírse por cualquier cosa y en todo momento, aunque no creo que allí se entendiera nada especialmente gracioso.

Al llegar la hora de cierre del local, Maë y Betty, así decían llamarse nuestras dos jóvenes conquistadoras, nos propusieron seguir tomando copas en su apartamento: “¡Vaya, hombre!”, exclamó Juan, “hemos estado durante todo este tiempo sin comernos una rosca, y, precisamente hoy que queríamos ver en televisión el acontecimiento de la llegada del hombre a la Luna, vienen estas a ligarnos”. “¡Que se vayan al carajo los norteamericanos y su luna!”, dije despectivamente. Yo siempre había preferido las cosas del amor a las de cualquier otro orden. “No es que me queje, pero esto podía habernos sucedido ayer o mañana”, replicó Juan. “¿No será que tienes miedo?”, le pregunté guasón. “¿Miedo a qué, estúpido!”, contestó mi amigo algo cabreado. A sus veinticuatro años de edad, Juan era virgen. Formaba parte de esa legión de españoles que habían sido reclutados adolescentes, para las huestes de la Santa Madre Iglesia Católica durante la década de los cincuenta, y que más tarde desertaron de seminarios y conventos, no sin haber quedado seriamente traumatizados.

Nuestras dos finlandesas residían en una urbanización de los alrededores de Estocolmo, donde los edificios no levantaban más de cuatro plantas de altura, y se hallaban en medio de una espesa arboleda y de céspedes impecables. Daban ya las dos de la mañana en mi reloj, y recordé que esa era la hora marcada, según había oído decir, para que los astronautas Armstrong y Collins iniciaran la fase de descenso a la superficie lunar, a bordo de un pequeño aparato de extrañas formas y siglas. Me pregunté, sin mucho interés, si serían capaces de realizar felizmente tan arriesgada y compleja maniobra.

El apartamento era pequeño y muy acogedor. Hicimos los preámbulos en el salón bebiendo whisky con soda, la única bebida que había en la casa, aunque sin duda la más apropiada tratándose de una noche americana. Juan se mostraba bastante nervioso y apocado pese a que Betty parecía estar colada por él y tomaba la iniciativa que mi amigo no quería, o no sabía llevar. Yo me comportaba, en cambio, de forma atrevida con mi gordita, ya que Maë era extremadamente complaciente y nada remilgada. Se escuchaban sin cesar chasquidos de besos ardientes, suspiros y risitas tontas: las dos chicas debían de haber pasado también por un periodo de prolongado ayuno, aunque seguramente no tan largo como el nuestro, y se mostraban ávidas de nosotros y generosas con sus cuerpos. Yo miraba de vez en cuando con el rabillo del ojo, y veía cómo mi amigo era montado literalmente por su fogosa y desmelenada compañera.

Maë me llevó hasta su cama, en el cuarto contiguo al salón; nos desnudamos y nos metimos entre las sábanas. Al poco rato entraron Betty y Juan que fueron a acostarse en otra cama, a los pies de la nuestra. Mi compañera no tenía el sexo difícil, pues nada más instalarme en su húmeda cavidad comenzó a dar sacudidas como si estuvieran aplicándole descargas eléctricas. Nos lanzamos a dos placenteras carreras sobre el terreno, a cuyo término permanecimos calmados durante un buen rato.

Juan daba la impresión de tener problemas. Al mismo tiempo, los astronautas de los Estados Unidos ya debían de estar a punto de posarse sobre la superficie de la Luna. Mi amigo, empero, no lograba conectar su apéndice con el orificio de entrada anterior de la muchacha que tanto ansiaba explorar. Existía algún fallo de transmisión entre el computador cerebral y el cilindro fálico, que no se mantenía lo suficientemente tenso para iniciar la operación final de acoplamiento: Juan no había ensayado nunca la maniobra y se encontraba sin técnica ni recursos. “¡No puedo, coño!”, gimió desesperado e histérico.

No ocurría lo mismo con Armstrong y Collins, quienes a las 3 horas y 56 minutos exactamente, tal como previsto, estaban haciendo realidad el viejo sueño de la humanidad: conquistaban el polvoriento suelo de nuestro satélite. En ese histórico momento, en ese preciso instante, fallidos todos los intentos de penetración, mi amigo saltó desnudo de la cama en la que permaneció su pareja no explorada, encendió nerviosamente un cigarrillo, pasó al salón, y le oí pulsar el botón del aparato de televisión: en la pantalla aparecieron las primeras imágenes fluctuantes de los hombres del espacio que se divertían brincando por la polvorienta superficie lunar, como dos chiquillos sobre un gigantesco y mullido colchón neumático.

Balbino Gutiérrez

 

 

 

 

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