Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Fuenlabrada y Enrique Morente

 

El espejo de Fuenlabrada y Enrique Morente

 

(El presente texto fue escrito para figurar en un libro colectivo de conmemoración de las XXV Jornadas Flamencas de Fuenlabrada, Madrid… La crisis dejó el libro inédito, pero yo os ofrezco mi escrito)

 

Balbino Gutiérrez

 

 

 

 

 

El maestro granadino Enrique Morente manifiesta nuevamente y ha manifestado a lo largo de su dilatada carrera profesional el afecto entrañable que siempre sintió por Fuenlabrada, afecto plasmado de forma especial en los miembros de la asociación El Planeta: aficionaos extraordinarios y personas todas maravillosas,  según sus propias palabras.

La relación del cantaor con Fuenlabrada, propiciada gracias al apoyo y admiración que siempre le mostraron Eduardo Pedrero, Manuel Valenzuela y Bruno… –los miembros principales de la asociación-, presenta por sus características una naturaleza excepcional, desarrollada a lo largo de más de un cuarto de siglo y sustentada, por un lado, en las cuatro Jornadas Flamencas -las  II, IX, XVIII y XXII– en las que participó como figura destacada, y por otro, a través de tres citas memorables con la afición, en 1982, 19891998. Las dos primeras fueron trascendentales en la carrera profesional del artista, una, por la influencia posterior que pudieron ejercer en determinados ámbitos y personas algunos de los juicios vertidos en una reseña de la actuación, y la otra por tratarse del estreno en España de uno de las obras más creativas  de toda la producción artística de Enrique Morente.

 

Citas trascendentes

El 30 de abril de 1982 se celebró el primer recital de Morente en la localidad, que tuvo lugar en el cine Avenida. En dicha cita, organizada ya como siempre por los jóvenes Planetas, el cantaor, acompañado por la guitarra brillante de Juan Habichuela, ofreció un recital de los más clásicos que solía hacer por entonces. Comenzó con siguiriyas de El Mellizo, Chacón y cabal grande de Silverio, malagueñas de El Canario y La Rubia de Málaga -interrumpidas por los aplausos de una entusiasta audiencia que jaleaban sin cesar a cantaor y tocaor-, soleares de Frijones, Mairena y Niña de los Peines, siguió por fandangos, siempre dentro del más puro clasicismo y terminó por tientos-tangos. Y sin embargo, a pesar de esa fidelidad a la tradición y a la pureza flamenca, recibió una crítica de Ángel Álvarez Caballero, probablemente la primera, en la que, dentro del tono respetuoso del veterano crítico de El País, se vertió una serie de conceptos y valoraciones que otros recogieron después  e iban a colgarse a Morente como un San Benito en diversos momentos de su carrera:

“…Enrique Morente, por último. Su inquietud creadora le lleva a buscar nuevos caminos para el cante, lo que es siempre peligroso en el flamenco, pues ocurre que las siguiriyas no suenan a siguiriyas y, a veces, el cantaor no conecta con el público. Pienso que Morente reelabora demasiado los cantes, en una tarea puramente intelectual que le hace perder frescura, espontaneidad. No cabe duda que esta búsqueda de Morente es interesante, aunque nos deje algo fríos…”.

 

La Misa en España

            Tras su presentación en la abadía francesa de Fontfroide (por cierto otra Fuente), Morente trajo a España su ejemplar Misa Flamenca para que fuese estrenada en Fuenlabrada, e inaugurase en 1989 el primero de los conciertos anuales organizados por El Planeta que, desde entonces, se vienen celebrando todos los diciembres en la monumental iglesia de San Esteban con el nombre de Navidad, templo y música. Grabada posteriormente en disco en 1991, esta obra representa una de las más altas cimas de toda la discografía de Morente. La estructuró en las partes tradicionales de la misa tridentina: Kyrie, Gloria, Credo, Introito, Sanctus, Agnus Dei y Salve,  que cantó por tangos, rumba, siguiriyas, soleares, malagueñas y ayeos tonales.  En el Kyrie que la abre, Morente introduce polifonía coral, instrumentación con sintetizadores y elementos de composición que se desarrollaron más ampliamente en todas sus obras posteriores desde Omega a Pablo de Málaga, pasando por El pequeño Reloj y Morente Sueña la Alhambra. Además, en ese momento el cantaor se encontraba en la plenitud de sus facultades vocales, y en toda la maestría del conocimiento y de los recursos flamencos.

El estreno de Fuenlabrada, en la noche del 22 de diciembre de 1989, estuvo acompañado por una expectación e ilusión extraordinarias. El cantaor llegó rodeado por un numeroso grupo de músicos y amigos, madrileños y granadinos. Cuando subieron al altar mayor de San Esteban, la iglesia se encontraba  abarrotada y en la misma no cabía ya ni un alma más.

“…He hecho también la Misa Flamenca, con textos de los clásicos del Siglo de Oro. La Nochebuena pasada se emitió en televisión una grabación realizada en Fuenlabrada, Madrid”. Dijo Morente en declaraciones a la revista La Caña

 Se produjeron problemas de sonido de cara al recinto sacro, debido a cuestiones técnicas derivadas de la grabación efectuada por TVE. Sin que se sepa por qué, la megafonía interior falló al poco tiempo de iniciarse el recital y ya no volvió a restablecerse. Esto restó brillantez al desarrollo del concierto que había sido preparado con la ilusión y el esmero característicos de todas las producciones de El Planeta. Restó brillantez, pero no emoción, que se trasladó también a los medios de difusión

De esos inconvenientes, así como de otros más o menos subjetivos dio cuenta Joaquín Albaicín, desde su tribuna de ABC, haciendo gala de su peculiar estilo:

“Sin fiarme demasiado de experimentos místicos en Fuenlabrada y convencido de que para misas flamencas, las de los Evangelistas en Caño Roto (que son, para empezar, misas), más confiado en el aval artístico de ese inquieto cantaor en eterna ebullición creadora que es Enrique Morente, me trasladé a la leguinesca (sic) localidad en cuestión, en cuya iglesia consagrada a San Esteban, iba el citado a presentar un espectáculo que estrenó este año (sic), en la francesa abadía de Fontfroide, en el Havre y en Sartrouville, antes de darse una vuelta por Sevilla”.

“A mí, lo único que me emocionó allí fue el retablo de Churriguera, porque toda la emoción que de los artistas pudiera venirme se esfumó en el momento mismo en que, al subir ante el altar, ni uno de ellos se santiguó, olvidándose de que –aunque no fuera a oficiarse liturgia– un concierto para misa es, antes que todo, un  ritual. Y no sólo de la persignación prescindieron (disculpamos al corista Parranda, musulmán confeso), sino de todo ritualismo, por mínimo que éste fuera. Puedo hasta perdonar que Enrique Morente, por ser quien es, luciera un precioso chalequillo dorado sobre una camiseta negra de andar por casa, pero lo de los miembros del coro es imperdonable. Debieron salir todos con el cráneo rasurado, luciendo inmaculadamente albas túnicas de lino como un colegio sacerdotal nilótida, y salieron todos vestidos como les dio la real gana: uno de chino, el otro de lunares, el otro de mesonero, el otro de play-boy otoñal, el otro de director de revista médica, el otro con camisa de vaquero y pañuelo al cuello de maraquero de Machín. Allí sólo cumplieron los guitarristas (Pepe Montoyita, El Paquete, El Bola), que vistieron trajes elegantísimamente atildados”.

“Y es que salieron a cantarle al público, en vez de cantarle a Dios, que habría sido lo propio, y como por obra de la divina cólera, al equipo de megafonía, de por sí bastante rupestre, le dio por hacer huelga y fue imposible salvo para los que ocupaban el primer banco enterarse de nada de lo que allí se tocaba y cantaba. Fue como una misa para sordomudos, en la que para entender algo, había que leer los labios de Morente, y no perder detalle de los movimientos dactilares de los guitarristas. Apenas llegaron a mis oídos unos momentos de trance de Morente por siguiriyas y un lejano rumor de villancicos en cuyo baile brilló el bailaor Chacalela (dentro de lo que  pudo, claro, porque de repente, lo rodeaban todos sin dejarle apenas moverse)…”.

El contrapunto lo puso la ahora entusiasta reseña de A. A. Caballero en El País:

“… Como corresponde a su talento creador, siempre personalísimo, Morente ha evitado el molde habitual de la misa flamenca convencional, para ofrecernos en realidad un concierto sacro inspirado en los momentos culminantes de la misa: Introito, Agnus Dei, kyirie, etc…Es una obra  hermosa, compleja y pródiga. Es una lástima que un extraño problema impidiera que gran parte de la concurrencia recibiera en buenas condiciones el sonido. Porque lo que se oyó fue realmente excepcional y emocionante. El coro de voces tuvo por momentos entidad de coro sacro y por momentos la voz de Morente alcanzó cumbres de una grandeza sobrecogedora…Fue un gozo ver la dignidad con que se producía este arte jondo de excepción delante del hermoso retablo churrigueresco del templo”.

Resta añadir para la crónica social que entre los cientos de asistentes y fieles se encontraban diversos artistas y colegas de Enrique Morente: Miguel Ríos, Amancio Prada, Juan Diego y Ouka Lele.

El tercero de los días señalados fue el del 12 de septiembre de 1998. Vino para presentar Omega, en compañía de Lagartija Nick. Hasta ese momento, el mítico disco había sido presentado en concierto, con éxito rotundo, en decenas de escenarios principales internacionales y nacionales. Dentro de estos últimos no podía faltar el de Fuenlabrada. El multitudinario concierto se celebró en la carpa municipal levantada con el fin de acoger los distintos eventos de las fiestas patronales de la ciudad. De los previos aparecidos en prensa destaca por su tono a contracorriente el breve párrafo que le dedicó el  poeta, periodista y crítico,  Manuel Ríos Ruiz, en el diario “ABC” de Madrid:

“Es una auténtica temeridad la del artífice flamenco, que intenta la formación de un flamenco nuevo, un rebujo musical que parte de la juventud le aplaude y la afición clásica le critica y reprocha”.

A don Manuel, morentiano de la primera época y de siempre, se le atragantó el ya legendario disco. Sobre gustos no hay nada escrito.

 

Jornadas de oro

Año admirabilis, año 1986, crucial en la carrera ya espléndida de Enrique Morente, hasta el punto de que pueda hablarse de un antes y un después de 1986. El hecho de referencia fundamental, fue el estreno de la Fantasía de Cante Jondo para Voz Flamenca y Orquesta, el 16 de mayo en el Teatro Real de Madrid. Pero antes, participó, por primera vez, en las II Jornadas Flamencas de Fuenlabrada, acompañado sólo por la guitarra de José Carbonell Montoyita. De este recital nos dio su reseña nuevamente Ángel Álvarez Caballero, a quien podría muy bien considerarse como cronista principal de las Jornadas, por su fidelidad y asiduidad a las mismas a lo largo de los años y en casi todas las ediciones:

“Y entre las dos fronteras (el cante de Gabriel Moreno y Ketama) mencionadas, Enrique Morente, un cantaor siempre difícil de clasificar, porque conociendo perfectamente el cante tradicional, viene desde hace años adentrándose por términos de búsqueda y renovación. Evidentemente, Enrique es uno de los pocos creadores del momento. A veces se equivoca pero es un riesgo que debe correr quien quiera salir de los caminos trillados. En Fuenlabrada no se equivocó. Enrique Morente es un músico de registros y tonalidades increíblemente versátiles que puede sorprendernos con soluciones totalmente imprevisibles en cantes absolutamente  convencionales. En todo lo que hizo, hubo algo nuevo, inédito, enriquecedor…”.

Y recién llegado de Cuba, Morente participo el 25 de marzo en las IX Jornadas Flamencas de Fuenlabrada (1993), Casa de la Cultura, con Juan y Pepe Habichuela, un trío de honor que tanta gloria han dado y dan al flamenco.  Realizaron una breve intervención; breve comparada con la del San Juan del mes anterior, pero de una excepcional perfección cantaora.

El “Desencanto“, fue el título que Á. Álvarez Caballero puso a  su crónica de la actuación:

“Los seguidores de Morente que acudieron en bloque a Fuenlabrada se sintieron frustrados. El cantaor, que probablemente no se encontraba en las mejores condiciones, estuvo cuarenta minutos en el escenario y pegó casi una espantada, pues ni siquiera volvió a saludar pese a las insistentes reclamaciones de un público afecto y que esperaba más”.

“Y sin embargo, Morente cantó bien, aunque no llegara al grado de excelencia al que él nos tiene acostumbrados. Hizo su cante personalísimo, aun en los estilos más fieles a un hipotético clasicismo flamenco. Todo lo que hizo estuvo en esta línea, sin aventurarse en sus más arriesgadas exploraciones musicales. El solo acompañamiento de los Habichuela, impecable como siempre, obligaba quizás a ello. Pero aun así, todo lo que hizo Morente tuvo su marca, su sello personal e intransferible”.

“Los tangos lentos fueron una maravilla de delicadeza e intimismo, las siguiriyas nos trajeron el escalofrío del grito desolado. Es el cante de Morente, vibró el cantaor e hizo vibrar a una audiencia al final desencantada por lo breve de su actuación”.

“¿Desencantada?”. No creo que esa fuese la situación, tal vez contrariada por no poder sentirse partícipe durante más tiempo del momento mágico que se vivió en esa añorada sala de la cultura, donde se podía comulgar con los artistas gracias a la proximidad y al calor de un espacio íntimo que muchos recordaremos siempre.

El 3 de marzo de 2002 participó en las XVIII Jornadas flamencas con Paquete y El Negri,  en el Teatro Nuria Espert,  en el programa de mano del concierto de Enrique Morente, los amigos de la Asociación El Planeta nos descubrieron que el cantaor había compuesto también música para la serie de televisión Los ladrones van a la oficina. Y también se describía un perfil breve pero exacto del cantaor: “…maestría, conocimiento, riesgo, pasado, presente y porvenir, confianza en la grandeza del flamenco y dueño de su versatilidad: Enrique Morente”. El cambio de escenario no alteró el espíritu de los ciclos ni el ritual que acompañaba a cada velada: las cálidas y emocionantes palabras de Manuel Valenzuela, la atenta y afectuosa acogida de Bruno.

En las XXII Jornadas flamencas de 2006, regresamos al centro de Fuenlabrada desde la Costa Polvoranca, y Enrique Morente llegó acompañado de otros jóvenes y grandes músicos, el guitarrista Niño Josele y el percusionista Bandolero.  Era la primera vez que el maestro de Granada pisaba el impresionante auditorio del Centro Cultural Tomás y Valiente. Ríos Ruiz le dedicó un previo más extenso que el anterior y esta vez sin  reparos:

“En esta edición abre las jornadas el granadino Enrique Morente, genio y figura. Un cantaor que puede considerarse de los más representativos de nuestro tiempo desde su aparición en los últimos 60, con una trayectoria triunfal donde las haya y una capacidad creativa  fuera de serie. Lo hace con la espléndida guitarra de Niño Josele y con la percusión de Bandolero”.

Como sin reparos fue la elogiosa reseña del crítico de El País:

“Enrique Morente rompió el cuadro. Cantando por derecho, con todas las de la ley. Hizo una tanda de siguiriyas cabales que fue una maravilla; siguiriyas aceleradas a un ritmo muy rápido, que en su voz se convirtieron en una maravilla. Hizo otras muchas cosas y todas muy bien. La malagueña, sin ir más lejos, en las que puso sentimiento a raudales. Por no hablar de las dos secuencias que hizo a palo seco, para empezar y terminar el concierto, que fueron sendos hallazgos musicales. Cosas así sólo se le pueden ocurrir a Morente, un hombre que investiga constantemente y que saca cosas bellísimas allí donde otros no hubieran hallado más que un cante convencional.”.

Punto y seguido en la carrera de un cantaor que ha tenido en los distintos escenarios de Fuenlabrada un espejo en el que mirarse, y en el que se ha reflejado la imagen siempre idéntica y cambiante a la vez  de uno de los artistas españoles más geniales de nuestra época.

 

Conclusión

Eduardo Pedrero, en una brillante entrevista a Morente para el programa de flamenco que junto a los otros dos miembros de la asociación llevaban a cabo en la radio local, tocó varios puntos clave de la carrera y filosofía de Morente. En la citada entrevista se trataron entre otros los siguientes temas: El papel de la crítica flamenca, la intuición como guía ineludible del artista, el reconocimiento a los maestros del cante, consejos a los jóvenes cantaores. Los cambios en el mundo del flamenco, predicciones sobre la evolución del flamenco, los recuerdos de la estancia en México y la importancia y estima de Pedro Garfias, Luis Rius y otros personajes españoles exiliados en el país azteca a los que Morente conoció y trató. Pero el cantaor terminaba su entrevista con este recuerdo al pueblo y a los aficionados de Fuenlabrada:

Quiero enviar un saludo muy cordial a toda la afición de Fuenlabrada. Para mí es un sitio que recordaré siempre, gracias a vosotros de El Planeta, a vuestra iniciativa, agradecérselo al público y a vosotros daros las gracias. Un abrazo muy fuerte.

 

 

 

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