Relatos de Balbino. La Cartera

El escrito que sigue forma parte de una colección de 14 relatos que titulé Crónicas Urbanas, algunas de las cuales como El Piso, El obsequio o El optimista han aparecido ya en este blog

 

La Cartera

 

Balbino Gutiérrez

 

         Cuando me establecí en Madrid a comienzos de los setenta, una de mis zonas favoritas para moverme eran los alrededores de la plaza de Chueca, aún incontaminada por las ratas y sabandijas del inmundo trapicheo de la heroína. Los nombres de las calles Barbieri y Libertad me inspiraban una gran nostalgia liberadora: no hay que olvidar que por aquellos días todavía mandaba en España el pertinaz dictador. En una ocasión, durante uno de mis frecuentes paseos por el barrio, tuve un hallazgo que iba a ser la causa de que empezara a modificar la estima y buena opinión que tenía de mí mismo.

Acababa de almorzar en Carmencita, el pequeño restaurante de la calle Libertad, esquina con la de San Mateo, recubierto de azulejos y con instalación a gas de finales del siglo XIX. De todas las cosas típicas del curioso local, la más chocante era el retrete. Cuando un cliente sentía la necesidad imperiosa de utilizarlo, tras ingerir un buen plato de lentejas estofadas o de trucha escabechada, por ejemplo, se veía obligado a pasar por la cocina –donde se amontonaban fuentes repletas de champiñones, croquetas crudas, carnes y pescados…- y pedir ayuda a la cocinera, una mujer gafuda, escuálida y diminuta, que instalaba con diligencia un artilugio plegable de madera en forma de taza sobre un agujero negro. En honor a la verdad, hay que decir que en ninguna de las escasas ocasiones que hube de solicitar la instalación de la rudimentaria pieza técnica, noté la más leve sombra de contrariedad o fastidio en las cocineras (los viernes y sábados eran dos), antes bien, siempre se prestaron solícitas a complacerme, tal vez para que les perdonara las incomodidades que causaban.

Como en Carmencita no servían café (no disponían de ningún tipo de cafetera), me dispuse a ir a tomarlo al Gran Café de Chueca. Subía por la entrañable calle Libertad y al llegar a la de Augusto Figueroa, los empleados municipales de limpieza se afanaban, como de costumbre, en retirar los desperdicios y basuras del Mercado de Abastos. Toda clase de restos animales y vegetales: colas, raspas, pellejos, pitracos, sebos, hojas de verduras, tomates y pimientos podridos, etc., eran arrastrados por la potente ola salubre que surgía de las mangueras, manejadas con pericia por hombres vestidos con monos color butano.

A esas hora de la tarde, los bancos de la Plaza Chueca estaban ocupados por algunos vagabundos (ahora denominados “sin techo” o, asépticamente, “S T”). En uno de los bancos laterales de la plazoleta, perfectamente rectangular, había también un grupo de jóvenes, uno de los cuales tocaba torpemente una guitarra. De entre los vagabundos, se adelantó un hombre moreno, como de unos cuarenta años de edad y de mediana estatura, al que sus colegas llamaron “el argentino”, que se acercó al joven y, con aire simpático y resuelto, le aferró la guitarra. Acto seguido, comenzó a cantar y a acompañarse con el instrumento en ritmo de milonga, a la vez que cruzaba el pequeño cuadrado central de la plaza en todos los sentidos, marcando a la perfección los pasos de la canción que interpretaba. Cuando terminó, saludó con las manos para agradecer los aplausos espontáneos de todos los presentes, que quedamos agradablemente sorprendidos por el buen gusto y propiedad del insospechado artista-vagabundo. El hombre devolvió la guitarra al muchacho, con aspecto de alumno de COU, regresó a su banco y botella junto a sus compañeros, y yo me fui a sentar en la terraza del café, sumida en la fresca sombra que daban los edificios del lado sur de la plaza.

Al principio no me percaté de la cosa, fue sólo después que el camarero me sirviera un solo cuando vi, tirada en el suelo bajo la silla vecina a mi derecha, una abultada cartera de cuyo interior sobresalían algunos billetes verdes. Sentí que un ligero sudor frío me empañaba las manos, y pensé que debía ingeniármelas para recogerla sin que los clientes de las mesas contiguas se dieran cuenta de nada. Me cambié de silla, pisé el billetero con el pie derecho y permanecí inmóvil durante unos segundos casi en un tris de ponerme a temblar; no quería hacer ningún gesto brusco que pudiera delatarme ante mis vecinos de mesa o el camarero, pero, al mismo tiempo, tenía que actuar rápidamente no fuese que el dueño volviera a buscar su cartera.

Comencé a rascarme los jarretes y tobillos con el fin de disimular. Ya estaba a punto de levantar el tacón y agarrarla, cuando a pareció un desconocido que se dirigió al camarero que me había servido el café y le preguntó algo que no llegue a comprender. Temí que se tratara del dueño de mi tesoro y tentado estuve de levantarme, pagar y largarme renunciando a mi presa; sin embargo, aguanté y al cabo de un momento el hombre se marchó tras escuchar la respuesta del camarero, cruzó la plaza y desapareció por una calle del lado norte.

Me había puesto nervioso y decidí que debía resolver la situación con celeridad, pues de lo contrario no iba nunca a atreverme a recoger el dinero. Así que, asegurándome bien de que en ese instante nadie me observaba, tomé el billetero y lo introduje en el bolsillo derecho del pantalón. Ruborizado, eché una ojeada alrededor: los demás clientes seguían con sus conversaciones sin que, aparentemente, ninguno de ellos hubiese detectado mi maniobra. Dejé sobre la mesa el importe de la consumición más diez pesetas de propina, hice un signo al camarero que asintió diciéndome adiós, y todo dentro de la más estricta normalidad.

Desaparecí del lugar con la mayor rapidez posible y con un vago sentimiento de culpabilidad.  Mientras me alejaba de la plaza, palpaba con mi mano la cartera de tacto suave y blando. Entré en una cafetería de la Gran Vía, me senté en una mesa apartada, encargué una copa de coñac y, acto seguido, fui a encerrarme en los aseos de caballeros: conté, feliz, hasta quince billetes de mil pesetas. Lo malo es que la cartera contenía un carnet, roto y mugriento de la Federación Castellana de Pesca a nombre de un tal José Rodríguez Martínez, domiciliado en la calle de P. En El Escorial. Guardé todo en el bolsillo interior de mi chaqueta y regresé a mi mesa, donde me esperaba ya la copa. Me sentía muy alegre por lo sucedido. Estábamos a mediados de mes y ya me había gastado casi todo mi sueldo, pero me preocupaba la existencia del carnet con la identidad y dirección de la persona que lo había extraviado. Me creaba ciertos escrúpulos de conciencia. ¿Qué hacer? ¿Tendría la suficiente honradez de restituir el dinero a su dueño?

Imaginé tres soluciones posibles: primera, regresar al bar de Chueca y entregar la cartera al camarero; segunda, llevarla yo a las señas del carnet; tercera, guardarme la pasta y deshacerme del resto. De inmediato descarté la primera. Podrían sospechar en el bar por no haber entregado antes el monedero y encima me buscaría complicaciones. La segunda me parecía angelical, sin embargo, el documento de pesca era muy antiguo y pensé que era muy probable que su titular ya no viviera en el mismo lugar. Además, ¡dónde carajo se encontraba la calle de P. de El Escorial! Yo no tenía tiempo para desplazarme hasta allí. Total que, en toda lógica, me incliné por la tercera solución.

Esa misma tarde me dispuse a dar salida adecuada a los billetes encontrados. El otoño estaba avanzado y necesitaba una prenda de abrigo, de manera que me compré en unos grandes almacenes un chaquetón azul marino de lana y fibra, que me costó diez mil pesetas. Las cinco mil restantes tuvieron un destino poco moral, pero no menos útil. Hacía tiempo que me venía cosquilleando el deseo de acostarme con una señorita fácil, y, esa misma noche, no pude resistir la tentación de dejarme llevar a la cama por una mulata de senos esféricos que, apoyada contra una esquina, me murmuró con toda la ternura del mundo: “¿Tu viens, Chéri?”.

 

n revistas y en este blog

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