Relatos de Balbino. Poison

POISON

(Publicado en la revista Cuadernos del Matemático)

 

Terminó de guardar sus escasos efectos personales en el maletín y el neceser, que dejó junto a la pared del pasillo de entrada, y se sentó pacientemente en una esquina del sofá-cama a la espera de que Pablo, su marido viniera a recogerla a la clínica y la llevara a casa. Pendiente del teléfono interior, se puso a ojear una de las numerosas revistas del corazón que se amontonaban sobre la mesita de noche, consagradas en su gran mayoría y de manera monográfica a Diana Spencer, princesa de Gales, fallecida trágica y turbiamente en París. De cuando en cuando, levantaba la vista de las páginas coloreadas y echaba una mirada a través del ventanal, para fijarse en el amplio panorama del norte de Madrid con la Sierra de Guadarrama por fondo. A la luz del sol poniente de abril, las suaves montañas –sin rastro de nieve- aparecían envueltas en una atmósfera púrpura y neblinosa, que infundió en su espíritu una sensación de bienestar muy distinta a la angustiosa inquietud que sintió durante los primeros días de cura en la clínica, cuando miraba la sierra –blanca y fría- tras los primeros temporales del invierno.

Almudena había ingresado en el lujoso establecimiento psiquiátrico del doctor Oloriz, después de permanecer tres días en la UCI de un hospital general, tras haber ingerido doce tabletas de Veronal  y una botella entera de cava dulce navideño, durante la nochevieja del año anterior celebrada en la vivienda de los ancianos padres de su marido. La decisión de suicidarse por tan sencillo método la había tomado sin pensárselo dos veces cuando supo –sin previo aviso ni sospecha- que Pablo mantenía a una amante llamada Rosa, a través de una larga carta escrita y remitida por la propia mujer, en la cual, además de informarle del dominio sentimental y económico que ejercía sobre el marido infiel, le relataba con calculado sadismo todo tipo de detalles obscenos de sus frecuentes encuentros adúlteros.

Al estado comatoso producido por los barbitúricos y el alcohol, le había seguido una depresión anímica tan profunda que la redujo a un estado de postración cercano a la existencia vegetal: no hablaba ni oía, no comía ni bebía, y permanecía tendida en la cama con los ojos abiertos y fijos en un punto del techo de su habitación. Dos semanas completas pasó en su desoladora situación, sin responder a un tratamiento farmacológico intensivo, ni a los eficientes recursos terapéuticos del director de la clínica en persona, que llegó a aplicarle siete sesiones de hipnosis en días alternos. Finalmente, una mañana muy temprano, Almudena se arrancó del brazo derecho el tubo del gota a gota, se levantó de la cama de ruedas, salió al pasillo para buscar a una enfermera y, a la primera que encontró, le pidió que le trajera un abundante desayuno que incluyera café, huevos fritos y jamón. Luego, volvió a su habitación y, olvidándose de su petición, se acostó nuevamente, cerró los ojos y durmió durante otras cuarenta y ocho horas seguidas.

Cuando se despertó, vio, pegada a la suya, la cara de Pablo observándola con ojos empañados y gesto compungido. Dio un prolongado alarido que puso en fuga momentánea a su marido y trajo a la habitación a algunos vecinos de planta, enfermos y familiares, seguidos por tres miembros del personal sanitario. “He visto al diablo”, les dijo a todos, desasosegada y tratando de quitarse nuevamente el tubo de plástico por el que le inyectaban el suero, ahora en la vena del brazo izquierdo bajo un sólido vendaje de esparadrapo. El médico de guardia y su ayudante femenina lograron calmarla tras suministrarle una fuerte dosis de sedantes, que la dejaron semiinconsciente unos días más, siendo capaz, no obstante, de ver y sentir todo lo que sucedía en su cuarto. Supo que Pablo había regresado varias veces en compañía de una desconocida – menor que ella- de una inquietante belleza sensual, pese a que vestía el pijama de la clínica y no estaba maquillada.

Entre largas y profundas dormilonas y aturdidas vigilias había transitado Almudena dos semanas más, hasta que comenzó a hacer vida prácticamente normal, lo que significaba visitas a la sala de televisión de su planta, cuyos programas constituían una excelente terapia de adaptación a la vida de locos del exterior. Y fue una noche, viendo una película de Clint Eastwood –su máximo ídolo cinematográfico- cuando conoció a Juana, la persona que tanto le iba a ayudar a restablecer su salud y a recuperar el cariño de su marido, quien –pensó- se estaba retrasando quince minutos sobre la hora prevista para venir a recogerla. Se había fijado inmediatamente en Juana, entre las otras nueve mujeres presentes en la sala de televisión, porque notó que se parecía bastante a la joven que había visto como en sueños al lado de Pablo, aunque ésta debía de tener unos diez años más que la desconocida que ella recordaba.

Juana, que también había llegado al centro psiquiátrico en un estado de extrema fatiga física y mental, le cayó muy bien desde el principio. Según le contó, había abandonado su hogar para irse a vivir con un colega de profesión (sin especificar) del que estaba enamorada, y, desde entonces, su marido –pretendiendo que regresara con él- no cesó un solo día de acosarla y amenazarla con matarla hasta hacerle enfermar gravemente. De manera que Almudena se sintió impresionada por el valor y la determinación que descubrió en Juana, y de los que ella tanto carecía, y vio en la adúltera feliz a la vengadora de su injusticia y, por ende, de todo el sexo llamado débil. Juana tenía un carácter muy alegre y bromista, y una filosofía de vida que Almudena había aborrecido anteriormente, pero que pensaba adoptar en el futuro. “Los hombres son como niños caprichosos: hay que mimarles y engañarles”, le decía Juana.

Otras opiniones de su reciente amiga sobre las relaciones hombre-mujer la habían escandalizado: “en el fondo, lo que más les gusta a los tíos son las putas:  ¡seamos como ellas!”. Sin embargo, reconocía que Juana llevaba parte de razón. Si Pablo se había hartado y la había engañado era porque ella, de educación cristiana y pudibunda, hacía el amor con él en la más completa oscuridad y adoptando un papel enteramente pasivo. A partir de ese momento, había empezado a comprender a su marido y ya no gritaba cuando lo veía aparecer por la puerta de su habitación con un ramo de flores, y más tarde lo dejó que pasara algunas noches con ella durmiendo en un sillón al pie de su cama. Una vez incluso, encerrados en el cuarto de baño para no ser sorprendidos por las enfermeras, follaron sobre la tapa del water. Juana, convertida ya en su confidente, la había aplaudido por los progresos que observaba en su recuperación, y le dio consejos que le fueron de gran utilidad en las horas de duda y recaídas de su enfermedad.

El teléfono no daba señales de actividad, comenzaba a caer la noche, y Pablo tenía que haberse presentado desde hacía más de media hora. Pensó en el tráfico como la causa posible del retraso de su marido y sintió un ligero escalofrío. Si al menos Juana siguiera todavía en la clínica, estarían charlando de mil cosas, y no se sentiría tan sola ansiando que vinieran a buscarla. Pero a su amiga le habían dado el alta la semana anterior, completamente curada. Pero ¿curada de qué?, se preguntó, pues aunque aquélla se llamaba en broma “Juana la loca”, nunca le había parecido enferma de la cabeza, salvo que su tema exclusivo de conversación eran los hombres y de cómo le gustaba que se la tiraran, o más bien tirárselos, “por delante y por detrás”. Se diría que hubiese ingresado en el sanatorio sólo para ocuparse de ella y estar siempre a su lado, pues desde que entablaron amistad, no la dejaba ni descansar. Lo extraño era que Juana no le hubiera telefoneado nunca después de marcharse, a pesar de haberle prometido que la llamaría todos los días. Almudena trató de localizarla en el número de teléfono que le había escrito en una servilleta de papel, pero nadie respondió a sus llamadas.

Escuchó dos golpes débiles en la puerta de la habitación y vio entrar a su marido con aire sonriente, y disculpándose por el retraso. Se levantó como un autómata y, al acercarse y besarlo en las mejillas, sintió en su piel un fresco aroma de mujer que le recordó inequívocamente el perfume predilecto de Juana. Sin embargo, Almudena no quiso dar mucha importancia a su nítida sensación, atribuyendo el olor de Pablo al reflejo del suyo propio: después de maquillarse una hora antes, se había puesto en el pelo unas gotas de Poison, del frasquito empezado que su amiga le había dado poco antes de abandonar el establecimiento psiquiátrico.

Lo abandonaron los dos también tras pasar por caja. Se dirigieron al aparcamiento y subieron  al Mercedes descapotable de Pablo para regresar al hogar. Durante el largo trayecto que recorrieron pensativos y poco locuaces, creyó volver a sentir, tenuemente, la fragancia de Poison, pero se dijo que no era bueno andarse con suspicacias si deseaba reconciliarse con su cónyuge y ser feliz en el futuro.

Cuando llegaron a casa, el portero de la finca –un hombre de 40 años que la había insultado gratuitamente en una ocasión y a quien no dirigía la palabra desde entonces- les saludó con inquietante amabilidad desde su puesto acristalado. Entraron en la diminuta cabina del ascensor, y Almudena olfateó de nuevo otra suave ráfaga de Veneno, que le hizo ponerse tensa. Pablo notó la rigidez de su cuerpo, y le estrechó una mano presionándola con fuerza entre las suyas hasta que la máquina se detuvo en la planta del piso común. Al penetrar en la vivienda, obscura y silenciosa, Almudena sintió una fuerte vaharada del perfume, que comenzó a producirle un cosquilleo mareante que fue subiéndole por todo el cuerpo hasta la cabeza a medida que se iba aproximando al dormitorio. Abrió la puerta y encontró la gran cama de matrimonio deshecha,  y, en medio de las sábanas revueltas, vio horrorizada un gran frasco vacío de Poison, cuyo valioso contenido había sido esparcido adrede sobre la superficie del colchón, y saturaba de negra esencia dulzona el aire del cuarto, angustiosamente irrespirable.

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Libros y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s