Escritos flamencos de Balbino. Israel Galván. Lo Real, Le Réel, The Real. Un ballet flamenco para el siglo XXI

Lo Real, Le Réel, The Real. Un ballet flamenco para el siglo XXI

 

No suele suceder que el público madrileño de cualquier tipo de espectáculo  proteste durante la representación o al final del mismo. Esto es lo que dicen que ocurrió la noche del estreno de Lo Real…el 12 de diciembre en el Teatro Real de Madrid.

 

Me fui a ver Lo Real en la noche del 18 de diciembre con cierta prevención, pero con la ilusión de volver a asistir a una nueva obra de mi admirado Israel Galván, y mis temores no sólo se disiparon sino que quedé impresionado y reconfortado por haber presenciado el desarrollo de un espectáculo que considero va a hacer historia en el mundo del flamenco y del arte en general.

 

Con la dirección artística del onubense Pedro G. Romero, igual que en montajes anteriores de Israel Galván, la obra es ambiciosa, provocadora y valiente y, sobre todo, renovadora, en comparación con la mayoría de las propuestas en danza flamenca que se representan en España. Ambiciosa por el tema argumental, el contenido musical y el esquema coreográfico. Provocadora y valiente por que rinde homenaje a la etnia gitana que fue masacrada por la Alemania nazi; y renovadora porque se expresa dentro de un lenguaje rompedor con la estética clásica del ballet flamenco. Israel Galván es reconocido como un artista radicalmente innovador por sus experiencias rupturistas anteriores, pero nunca como ahora había llegado tan lejos, especialmente por las características que configuran Lo Real: trama argumental, texto, voces, instrumentación, escenografía, coreografía y equipo técnico, magnitudes que otorgan a la obra una categoría que me atrevo a calificar de ópera flamenca para el siglo XXI en clave de danza.

 

La dramaturgia y su carga ideológica se desvanecen sabiamente por la eficacia artística de todos y cada uno de los intérpretes del grupo: los cantaores David Lagos y Tomás de Perrate, excelsos en todo momento, (a pesar del inevitable “resfriadillo” siempre argüido a posteriori); la guitarra flexible de Chicuelo, la maestría musical de los instrumentistas: Juan M. Jiménez, saxo; Alejandro Rojas-Marcos, piano; Antonio Moreno, percusión,  Eloisa Cantón, violín; y las breves pinceladas flamencas de Caracafé, Bobote, Uchi y otros intervinientes. Las bailaoras Belén Maya e Isabel Bayón están sencillamente deliciosas en sus respectivos papeles de gitanillas y triunfan en el temible reto de adaptarse a la plástica revolucionaria del bailaor Israel…

 

El bailaor Israel Galván, “ese loco maravilloso”, tal como lo denominó el añorado Morente, al que se recuerdan por granaína y malagueña. Hay otro recuerdo visual para el también añorado maestro Mario Maya. Los dos en la memoria de Galván para propiciar ese decisivo paso hacia adelante que el artista sevillano está dando en el mundo del baile y la danza. Israel Galván ha comprendido, como lo hiciera sobradamente Morente, que el flamenco no puede quedarse solo en los patrones plásticos, armónicos y musicales del siglo XIX. Israel Galván, pasado de compás y con una formación clásica gigantesca, comprendió y nos lo ha hecho ver antes y  ahora que en el mundo del arte, y en todas las artes se produjo en el siglo XX una ruptura ética y sobre todo estética con el pasado; y él asumiendo esa realidad ineludible la incorpora a su ser de artista, a su modo de estar y moverse en el escenario, a su relación con los objetos que lo pueblan. En Lo Real, por ejemplo y entre otras cosas, cobra protagonismo un piano desvencijado que se convierte por obra y gracia del bailaor en caja  de resonancia rítmica, en instrumento de tortura, y, con sus cuerdas extendidas,  en vallado alámbrico de campo de exterminio…

Cómo se mueve Israel, cómo gesticula, cómo modula su cuerpo, sus músculos, cada centímetro de su cuerpo;  y zapatea sobre cualquier superficie, ya sea plana u ondulada, ancha o angosta; y hace bailar a las dos compañeras con su mismo estilo rompedor durante las partes en las que se divide la obra, sustentadas  en palos reconocibles y guiños al flamenco más rancio, canalla y hasta paródico.

 

Algo más de dos horas de un ballet vivo, hiriente, no especialmente apto para sensibilidades acomodaticias, fue un tiempo encantado para hacerme sentir que la danza y la música del flamenco ganan vida y energía con el genio de Israel Galván.

 

¡Ah! Y esta vez, los espectadores que llenaban el patio de butacas  no lo abandonaron antes de terminar el espectáculo, sino que tras finalizar, muchos, puestos en pie, aplaudimos y obligamos a todos los artistas a salir a saludar en cuatro o cinco ocasiones.

 

Balbino Gutiérrez

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