Escritos flamencos de Balbino. El Chato de la Isla en el recuerdo

El texto siguiente pertenece  al cuaderno colectivo editado con motivo del homenaje que se le hizo en 1993 al Chato de la Isla, en Fuenlabrada, Madrid.  Además del mío, también se publicaron en el referido cuaderno escritos de  Manuel Ríos Ruiz, Ángel Álvarez Caballero, Fernando Quiñones, José María Velázquez-Gaztelu y José Manuel Gamboa,

 

La Grandeza del Artista Secundario

 

 

“…Un hombre pequeñito, de esos hombres bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente…”

( F. García Lorca: Teoría y juego del duende)

 

 

Cuando vi por primera vez, en un día gris de enero del 64, el azul acerado de los caños de la bahía gaditana, y los trolebuses de porte británico que giraban en torno a Puerta Tierra, él ya no andaba por allí. Su cuerpo frágil de vencejo había cubierto el vuelo que le separaba de Madrid. Ya no era ningún niño el Chato que dejó la Isla, pero Venta Vargas, las tabernas y los tranvías de Cádiz no daban para vivir, y en la capital estaban todos: Terremoto, la Paquera, Romerito, Porrinas, El Sordera, Canalejas de Puerto Real, y un larguísimo etcétera  de artistas que daban vida a sus florecientes tablaos.

José Llerena Ramos -¡qué resonancias de castellanos viejos tienen la mayoría de los nombres de los flamencos!- se instaló en el tablao Las Brujas como un gnomo vivaz y juguetón, sin aspiraciones de comerse el mundo, ni de ser un número 1 que tanto se dice ahora, incluso en inglés, sino con la templanza y firmeza del corredor de fondo o la eficiencia de un honrado funcionario. Treinta años de su vida, posiblemente los mejores, desfilaron por su mirada absorta y su voz serena. Treinta  años que no le dieron la fama ni la gloria de una primera figura, pero sí la popularidad, el cariño de sus compañeros y el respeto de los aficionados.

La afición madrileña y española le rinde homenaje, no diré merecido, pues todos lo son, aunque sí necesario y reparador de un agravio, uno más, que se comete con los artistas del flamenco, a los que algunos siguen considerando cigarras que no tienen los derechos, ni siquiera los más elementales, de cualquier otro ciudadano. Un homenaje que llega a tiempo, para que El Chato sepa que lo queremos por él mismo y por lo que representa: un símbolo modesto y tenaz de la voluntad imperecedera del arte flamenco. De un arte, en el que si muchos son los llamados, pocos son los elegidos que entran en su olimpo y pueden gozar de la visión de los dioses.

No todos alcanzan ese privilegio, aunque no por ello su valor sea menos importante. Desde su puesto de observación en segundo plano, ven y oyen cosas que le son negadas a los que rompen el viento con el revolear de sus alas. José Llerena vio y oyó tantas cosas que podría llenar una enciclopedia de páginas infinitas, ¡treinta años en la historia del cante!: una etapa decisiva de transición entre dos épocas, más aun, entre dos siglos distintos, si no del tiempo, sí de carácter. Alternó, por ejemplo con los grandes maestros, Caracol y Mairena, y, también con las promesas que entonces eran Manolo Sanlúcar y Paco de Lucía. Asistió a las postrimerías de una era, y tiene la suerte de continuar presenciando la nueva.

Porque el Chato de la Isla todavía vive y canta, y canta para vivir y no para acabarse, como dijo el poeta Luis Rosales, hace poco desaparecido. El Chato ha tenido recientemente la  fortuna de hacer oír su voz aún joven en un ámbito frecuentado por jóvenes (la sala Revólver), y estos comprendieron el momento que estaban presenciando y lo aclamaron, y le dieron el calor de su energía y el afecto que reservan a las causas puras y a la pureza de los hombres. A la de un hombre que no tiene la potencia de un “supermán”, ni la gravedad de un sol, sino la suave fortaleza del humilde junco de los ríos.

 

Balbino Gutiérrez

 

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