Escritos de Balbino. La desventura de un publcista. Capítulo 10

 

 

Capítulo 10

 

Fue a raíz de la traumática violación de Katheryn por el joven militante subsahariano cuando ella y Carole decidieron afiliarse al M.L.F. (Movimiento de Liberación Feminista), para combatir tanto el sexismo como el racismo, para hacer valer sus derechos frente a las gentes de extrema derecha como de extrema izquierda. Se convencieron de que para defenderse y tener su propia justicia había que hacer la revolución feminista: “La única revolución que atraviesa las clases, las razas y las nacionalidades, para liberar a las más oprimidas”, afirmaba Katheryn levantando amenazante su blanco y delicado puño, ante la mirada siempre atenta de Carole a su lado. Comenzaron a intervenir como propagandistas del Movimiento en mítines y conferencias por los barrios de París, primero en colectivos feministas y, posteriormente, también en círculos de lesbianas. Al principio, los blancos favoritos de los ataques de las dos amigas agitadoras fueron los progres marxistas que se habían adherido a las teorías sexuales de Wilhem Reich (el falso profeta de la revolución sexual, como ellas lo llamaban), y a los que trataban de ridiculizar en sus intervenciones casi siempre a dúo:

Katheryn: La función del orgasmo, cimiento de la ideología sexual progresista, no ha podido tener resultados más reaccionarios.

Carole: La pretendida liberación sexual de nuestros días no significa otra cosa más que un cambio en la ideología sobre el sexo.

Katheryn: Lo único que ha variado es el contenido de las órdenes que constituyen la moral, pero la estructura del comportamiento sexual masculino permanece inmodificada.

Carole: Hay una estrecha homología entre los principios que cimentaban la ideología puritana de nuestros padres y los que sostienen el actual progresismo sexual.

Katheryn: Para nuestros progenitores el sexo significaba un sometimiento como medio a los fines de la procreación, prescribiendo una técnica paupérrima que excluía como ilícitos y perversos aquellos juegos de amor más imaginativos y preñados de jolgorio y de estéril bienestar.

Carole: Pues bien, a pesar del aparente antagonismo de sus comportamientos, lo cierto es que la imagen estructural de la ideología sexual “progre”, su esqueleto formal, es tan igual a aquel que aparentemente pretende combatir, que se diría que es su burdo disfraz modernizado.

Katheryn: Sustituid la trilogía: procreación –ética puritana- Dios,por la trinidad:  orgasmo –técnicas sexuales- ciencia, manteniendo el mismo tipo de concatenación y dependencia entre los vértices del nuevo triángulo, y obtendréis el campo conceptual y normativo en el que se apoyan todas las proposiciones ideológicas de las nuevas tribus de “liberados sexuales”.

Carole: El Orgasmo es el objetivo, la culminación y el evento otorgador de sentido a la totalidad de los procesos eróticos.

Katheryn: Las técnicas sexuales, uniformes y objetivas y enseñables en los libros, como si cada hombre concreto fuera un mero paradigma del mapa universal de las zonas erógenas, determinan el ritual exigido para llegar al anhelado Orgasmo.

Carole: Y la triple faz fisiológica, psicológica y sexológica de la desapasionada ciencia fundamenta con su frío rigor el carácter objetivo e inexcusable del orgasmo y la probada eficacia de las rutinarias técnicas que lo garantizan.

Katheryn: Y así como antes, el resultado del montaje era una legión de matrimonios histéricos incrementado mediante un procedimiento tosco y artesanal el contingente de futuros hijos para el cielo y el numero de pobladores de este valle de lágrimas o infierno terrestre.

Carole: Así ahora el desenlace es una monótona combinatoria de obsesos despersonalizados y solitarios persiguiendo neuróticamente con una tecnología sexual sutilizada la inagotable acumulación de míticos orgasmos previamente programados para solaz de la ciencia y tranquilidad del Estado (con el rostro congestionado y morado, cedía la palabra a su compañera, que concluía casi en trance).

Katheryn: La Revolución Sexual no es otra cosa que una religión del sexo que tiene en el Coito su eucaristía y en el Orgasmo el momento de transustanciación del hombre en Dios. Su prestigio revolucionario le viene de su presunta oposición al Poder: siendo la burguesía y el capitalismo los que impiden a los “oprimidos” llegar al Orgasmo, su abolición es necesaria para conseguir una Redención que se presenta como la felicidad sexual. Así razona el “progre sexual”.

Hasta la aparición del judío errante, fugaz, y flautista, Albert Mendes, Katheryn y Carole fueron amantes por un tiempo (como ya se ha señalado anteriormente), durante el cual radicalizaron sus postulados en asambleas y foros no ya sólo de París, sino de muchos otros lugares a lo largo y ancho de la superficie total del Exágono (sinónimo de Francia para los franceses). Sus embestidas dialécticas se orientaron principalmente contra el matrimonio y la familia y los maridos y la condición femenina y el capitalismo y el Estado.

Katheryn: Según nuestra teoría, el matrimonio se presenta como la institución mediante la cual un trabajo gratuito es extraído de una categoría de las población, las mujeres-esposas.

Carole: Un trabajo gratuito debido a que no da derecho a un salario, sino solamente al mantenimiento de la esposa.

Katheryn: Así pues, debemos afirmar que la no valoración de este trabajo se origina institucionalmente con el contrato del matrimonio, que es en definitiva un contrato de trabajo. Un contrato de trabajo que estipula que la fuerza de trabajo de la mujer es propiedad del marido.

Carole: La ley que dictaba la autorización del esposo para que la mujer pudiera trabajar fuera del hogar, fue abolida en Francia hace sólo diez años, en 1962.

Katheryn: Queda muy claro que la situación de inferioridad de las mujeres en el mercado de trabajo y la discriminación de que son objeto, constituye la consecuencia, y no la causa como algunos pretenden hacérnoslo creer, del contrato del matrimonio tal como lo conocemos (aquí, las dos amigas imprimían un quiebro electrizante a su discurso):

Carole: Pero ¿existe una naturaleza femenina inmutable?

Katheryn: No, sólo la alineación.

Carole: Pero ¿existe un instinto materno inmutable?

Katheryn: No, sólo mixtificación (las audiencias las aplaudían enfervorizadas).

Carole: Me comentaba una joven madre casada: “Yo soy de las que aman con pasión a los bebés, y esos pocos años de la infancia de mis hijos permanecen excepcionales e inmersos en mi meoria” (carcajadas de las audiencias) –perdón: “memoria”- rectificaba Carole (más carcajadas). “Esos años llenos de alegrías y fatigas, esos años que huelen a carne y leche, esos años animales y poéticos llenos hasta el borde, justificadores: esos años cuya sola evocación hacen que se me salten lágrimas de emoción” (se oían fuertes pataleos, abucheos y gritos de protesta).

Katheryn (levantando la mano para imponer calma): En efecto, en las condiciones actuales, la maternidad representa, en el sentido estricto del término, una esclavitud y refuerza el sometimiento al marido.

Carole: Además, todo deseo de maternidad es sospechoso de ser un intento de compensar frustraciones afectivas o de ausencia de identidad, puesto que lo vivimos en un contexto de opresión. Trampa sutil: es la misma maternidad la piedra de toque de la opresión (regresaban los aplausos).

Katheryn: Aunque se hiciese posible un deseo de procreación no alienado, no dejaría por eso de ser menos alienado en sus consecuencias actuales.

Carole: Ni siquiera a los pseudo-marxistas se les ocurre poner en discusión el significado de conceptos tales como familia, niños, hogar, etc.

Katheryn: lo mismo sucede en política: la infelicidad social se presenta como natural, no como resultado de la existencia de clases y del dominio de una sobre otra.

Carole: Por ejemplo, el sadomasoquismo que es algo inherente al matrimonio, se considera como sadomasoquismo sustancial, eterno  y necesario, por lo que se sanciona implícitamente la ineliminabilidad del mismo (pitos y gritos).

Katheryn: Y el sistema sexual refleja precisamente este sistema de dominio, que se pone en marcha en el mismo instante en que la mujer halla seductor a un hombre (más pitos y gritos).

Katheryn: En cierto sentido podemos asegurar que la vida sentimental de los seres humanos no es más que una doble alineación:

Carole: La del filisteísmo natural, agravado por una mala educación sexual.

Katheryn: Y la derivada de la ignorancia del mecanismo real de la correspondencia amorosa, que los burgueses atribuyen caprichosamente a una extraña mezcla de determinismo biológico y de misterio.

Carole: La gente de izquierdas sabe que la familia es una institución represiva (aplausos y bravos). La asocian –a veces con innecesario esquematismo- a la propiedad privada.

Katheryn: Si se les pregunta al respecto, señalarían cómo reproduce y alecciona la fuerza de trabajo, cómo propicia el consumo, cómo se tejen sutiles y efectivas cadenas de control entre sus miembros, cómo transmiten los padres la ideología de la clase dominante.

Carole: Por ello es preciso trascender la procreación. El ser humano no es un ser natural, es un ser social (aplausos y pataleo ensordecedores).

Katheryn: Del mismo modo que era difícil volar hace un tiempo, ahora se nos plantea que no será difícil fabricar seres humanos de otra manera a la biológica y natural.

Carole: Pero aunque esto no sea una realidad y quizás pueda parecer algo de ciencia-ficción, es un planteamiento que algún día se resolverá.

Katheryn: La mujer tiene la mitad de hembra, de animal sujeto a esas tareas biológicas que tienen las hembras mamíferas y la mitad de ser social. Y solamente cuando de verdad trascienda esta condena bíblica, podrá liberarse de su destino animal.

Carole: Hoy podemos ya trascenderla un poco porque los anticonceptivos eran insospechados hace cien años, y el aborto sin riesgos también, puesto que el aborto se ha practicado siempre, pero con altísimos riesgos.

Katheryn: El problema estaría en ver si la supresión de la píldora abriría paso a un sistema de relaciones más deseable o nos devolvería a la situación odiosa anterior de maternidad salvaje (abucheo aislado).

Carole: Las relaciones sexuales están a caballo entre la opresión y la explotación. La mujer a través de las relaciones sexuales, establece relaciones económicas.

Katheryn: La diferenciación sexual es la base sobre la que se produce la división del trabajo y la explotación, porque la reproducción de la fuerza de trabajo, implícita en la procreación, puede analizarse como producción de mercancías.

Carole y Katheryn a dúo: Actualmente, las contradicciones se agudizan y muchas relaciones se van desmontando. Así, a nivel sexual, nos tendremos que rebelar contra todo aquello que nos parece natural, puesto que ha sido impuesto para mantener formas intolerables de opresión y control (aplausos y ovaciones estruendosas con toda la sala de mujeres puesta en pie).

La extraordinaria capacidad dialéctica de las dos compañeras militantes, la habían aprendido en gran parte de los textos y enseñanzas de un proto-feminista español o latino americano (Katheryn confundía entonces a unos y otros), a quien no llegaron nunca a conocer personalmente. El intelectual progresista de incierta nacionalidad se amparaba en el anonimato y seudónimos para no levantar suspicacias entre las feministas más virulentas, y de ese modo tampoco buscarse complicaciones con la policía de su país, sometido a una férrea dictadura política. Por eso,  Katheryn y Carole estaban convencidas de que el autor de muchos de los escritos que conocían, defendían y difundían era el mismísimo de uno de los opúsculos que más les había impresionado e influido para su toma de conciencia feminista y su compromiso militante: “Sexo y Marxismo”. La genitalidad fisiológica siempre aparece mediada y mediatizada por las relaciones sociales de sexualidad: hasta tal punto que son precisamente éstas las que definen la realidad de aquéllas: las que al mismo tiempo  las objetifican y objetivan. Hablaré de dos tipos de relaciones de sexualidad. Por un lado las relaciones sociales “uterino-domésticas”: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas, y cuya productividad es la reproducción de la fuerza de trabajo. Y por otro lado, las deseativas: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas y cuya productividad son los desideremas  o signos de deseabilidad. Pero, vayamos por partes.

         Se puede analizar la productividad uterino-doméstica por analogía con la “renta de la tierra” analizada por Marx en El Capital. Imaginemos que úteros y domus son fincas cultivables. Como tales, cada unidad (cada útero, cada domus) produce diferente rendimiento a las demás: esa diferencialidad es esencial. Cada finca (cada útero, cada domus) es singular: esencialmente distinta a las demás, única e irrepetible. Por ello la situación que cada finca (cada útero, cada domus) ocupa respecto a las demás, goza de capacidad  monopólica: no se puede competir con su productividad puesto que su situación diferencial es única, irrepetible. Siendo esto así, el reparto de la tierra, es decir la vinculación de cada finca (cada útero, cada domus) a un titular social adopta la fórmula de privilegio.

         Para que no sólo se cultiven las tierras cuyo rendimiento sea superior a la media, sino que se cultiven todas aquellas cuyo global rendimiento satisfaga todas las necesidades sociales, se hace preciso la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de la tierra: “es la renta absoluta” de carácter tributario y precapitalista que marca los límites inferiores de cultivabilidad de la tierra. De igual forma que no sólo se cultivan las fincas (úteros y domus) cuyo rendimiento sea superor a la media, sino que se cultiven aquellas fincas (úteros y domus) cuyo global rendimiento satisfaga las necesidades sociales, se hace precisa la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de úteros y domus: “es la renta del útero” y el “tributo doméstico” que marca los límites inferiores de cultivabilidad femenina, límites por debajo de los cuales ya no se establecen relaciones sociales uterino-domésticas (y las solteronas y las putas se ven excluidas de la sumisa irresponsabilidad uterino-doméstica).

         Pero al margen del modo uterino-doméstico de relación social de sexualidad (modos cuyos elementos fundamentales acabo de esbozar con forzosa simplificación), existe otro modo, el “deseativo”, cuya vigencia es predominante en la actualidad. Así como en el modo anterior, la mujer aparecía ineluctablemente vinculada a la tierra uterino-doméstica (más que vinculada, emparedada entre los límites infranqueables: su útero y su domus,  por un lado, y su varón y titular  vinculante, por el otro), en el modo deseativo, por el contrario, la mujer aparece totalmente desvinculada, libre, desnuda, exenta, desembarazada, dispensada, desconectada. Su actividad práctica se reduce a la constante y rutinaria exteriorización de los desideremas: partículas elementales constitutivas de los signos de deseabilidad: indiferenciados, sustitutivos, repetibles, universales: intercambiables, genéricos, transferibles y comunicables de forma codificada.

         La actividad crítica de su “partenaire” en la relación social (el hombre) consiste, por el contrario en la interiorización problematizada de los desideremas que percibe: desideremas que flotan en el ambiente, desvinculados de toda mujer real, disponibles. En resumen, la tarea exclusivamente crítica del varón consiste en el descuartizamiento de la imagen corporal de la mujer, en su reducción a un “stock” de desquiciados desideremas desconectados entre sí, y en la posterior construcción intelectual fuertemente problematizada y llena de contradictoriedad, de un “objeto cognoscitivo y obscuro de deseo”. Construcción cognoscitiva que es objetificada de acuerdo con las reglas fundamentales, las del “desafío invencible” y la del “enigma sin solución de continuidad”, cuya enorme carga de problematicidad y contradictoriedad sólo puede resolverse (en lo que constituye la llamada “realización del deseo”) mediante la destrucción del objeto cognoscitivo de deseo reconstruido. Pero la contradictoriedad dialéctica que se establece en la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo constituye un tema que desborda las intenciones modestas del presente opúsculo.

         Por ahora baste con decir que gracias al monopolio de actividad crítico-deseante, el varón logra imponer una masiva y aplastante superioricidad intelectual. Superioricidad derivada precisamente del ejercicio de la deseación, es decir de la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo, contradictorios, dialécticos, paradójicos, incoherentes y problematemáticos. Ambos tipos de relación social de sexualidad, el uterino-doméstico y el deseativo coexisten y coexistirán para siempre. El primero, a modo de residuo de carácter tributario, primario, precapitalista; el segundo, en perfecta coherencia y armonía con el reinado del márquetin. Pero uno y otro se excluyen mutuamente: la deseación exige anonimato, distancia social, y no se puede desear a la propia madre, abuela, tías, esposa vieja o hijas, pues el deseo es incompatible con la convivencia uterino-doméstica.

         ¿Podemos pues deducir también la necesariedad objetiva de la revolución feminista a partir de la intercambiabilidad universal de la mercancía cognoscitivo-deseativa? Obviamente sí. La socialización de la producción femenina de desideremas entra en contradicción con su interiorización individual-masculina: y la productora del deseo, por serlo, puede llegar a apropiarse de su propio producto interiorizándole de forma recreativa. Aunque no es fácil que dejase de ser irresponsable y se responsabilizara. Que dejara de ser una mera deseada-deseable y pasase a ser una auténtica deseante, ejerciendo con decisión su voluntad crítica. Pero lo que sí puede hacer la mujer, si quiere llegar a ser una deseante activa, creadora, responsable y militante es ponerse a desear a la misma mujer, ya que la vigente deseabilidad es de naturaleza femenina. Se trata de aprovechar el vigente código de deseabilidad pero reactualizándole (exteriorizándole e interiorizándole, objetivándole y objetificándole) en el marco de unas relaciones sociales distintas y nuevas: ya no de hombre a mujer, sino de hembra a hembra, ya no de varón deseante a hembra deseada, sino de mujer a mujer: ambas deseantes y deseadas, ambas dominantes y dominadas, ambas responsables y poderosas afroditas, ambas libres y reinas soberanas.

Post scriptum:

Si el actual proletario es un mero productor de trabajemas (aquellas partículas elementales mediante cuya combinatoriedad calculada el capitalista realiza sus mercancías), la mujer actual es una mera productora de desideremas: aquellas partículas elementales de deseabilidad mediante cuya combinatoriedad aleativa el varón deseante realiza su deseo, realizando la mercancía deseativa.

Fue decisiva la influencia de los párrafos finales del  clarividente escrito en la consolidación de la pareja Carole-Katheryn. Ésta última, con su gran belleza y personalidad, producía desideremas subjetivos-objetivos que fueron percibidos por Carole que se comportó como hembra deseante-deseada para realizar su deseabilidad subjetiva, extrayendo la mercancía deseativa de su amiga americana. Pero la estabilidad de las partículas elementales de deseación se fue al garete el mismo día que en la vida de las dos jóvenes amantes apareció el judío errante Albert Mendes.

Pertenecía a una familia de judíos sefardíes de Transilvania, procedente de Salónica, que se vio obligada a emigrar a Suiza durante la II Guerra Mundial y acabó instalándose a su término en Marsella, donde él nació. Su espíritu de apátrida le impulsó a estudiar música para la que poseía aptitudes sobresalientes llegando a interpretar con igual maestría cuantos instrumentos de viento y cuerda existían. Se ganaba la vida pobremente tocando en cafetines, el metro o la calle y se había negado a formar parte de grupos, bandas u orquestas estables a pesar de las numerosas ofertas recibidas. Se dejaba llevar por su naturaleza anárquica y pasiva, por su lentitud sublime, que no soportaba ninguna obligación ni disciplina exteriores.

La personalidad de Albert era muy diferente de las Katheryn y Carole, y tal vez por eso fue que se avino a formar trío, ménage à trois, o comuna, como ellas decían, las cuales comenzaron a cuidarlo en todos los detalles y asuntos materiales para los que era como un crío desvalido y muy poco diligente. Y Albert, para agradecerles sus atenciones y protección, les pagaba con mucho arte y amor. Además de ser encantador en todos los sentidos, estaba dotado por la naturaleza con unos extraordinarios atributos varoniles que le permitían satisfacerlas sexualmente a las dos: en la pequeña buhardilla de la rue de Saint André des Arts, donde vivían, flotaba un fuerte olor a esperma tanto de día como de noche. El músico era un fenómeno capaz de alcanzar veinticuatro orgasmos en una jornada, y el fluido de la vida inundó abundantemente las entrañas de las dos mujeres y fructificó en el vientre de Katheryn, quien concibió a una hembra desde el primer embate amoroso, a la que pondrían el nombre de Alberta. Carole, en cambio, permaneció estéril y lo iba a permanecer toda su existencia a causa de las graves disfunciones hormonales que no deseó nunca conocer ni remediar, suponiendo que hubiesen podido tener remedio, pues había decidido rechazar la maternidad para ser fiel a sus inquebrantables principios ideológicos. Durante los primeros meses del embarazo no se alteraron significativamente las relaciones de la pequeña comuna, y Albert siguió cumpliendo con el mismo ardor constante con las dos mujeres. Fue, sin embargo a partir del octavo mes, cuando obligado no sólo por la abultada redondez del vientre de Katheryn, sino también por su incipiente laxitud amorosa, el flautista se volcó de manera casi exclusiva en Carole, que se mostraba insaciable y monopolizó encantada su inagotable energía varonil.

Katheryn se sentía triste pero no decepcionada ante la nueva situación del trío, y se mantenía firme en su intención de continuar con su gestación y de traer al mundo a su hija, a pesar de que tanto Albert como Carole le insinuaron abiertamente en varias ocasiones la conveniencia de poner solución de continuidad al embarazo, temiendo que, de no hacerlo, pudiera romperse el círculo verdaderamente mágico de sus relaciones, en el interior del cual se había instalado la felicidad, sí, la felicidad. Katheryn no comprendía en absoluto la enorme transformación que se había producido en ella, pasando del rechazo vehemente de la maternidad o de cualquier forma de vida en pareja con hombre, a desear ardientemente ser madre y gozar de Albert para ella sola. No comprendía las razones del cambio tan brusco operado que la había alejado súbitamente de la militancia activa de la revolución feminista, y la animaba a tejer prendas de lana, perlé y algodón para su futuro bebé. Sospechaba que lo real eran sus sentimientos actuales alentados por la llama de la vida que albergaba en su interior, y que la dialéctica y praxis revolucionarias que predicó durante los últimos años, amén de su circunstancial lesbianismo, no fueron sino una tabla de salvación para sobreponerse al zarpazo brutal del la violación, que había congelado sus verdaderos e íntimos anhelos de mujer corriente.

Tras el nacimiento del bebé Alberta, Katheryn fue presa de una violenta e incontrolable crisis de agresividad contra la otra hembra que compartía su domus, la cual se vio obligada a batirse en retirada y a buscarse otro hogar, pero sin renunciar al macho que tanto la colmaba, y sin olvidar nunca su ideal de comuna ni dejar de proponérselo y reiterárselo en cuantas ocasiones le fue posible a la que, a pesar de su infidelidad, seguía considerando su mejor amiga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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