Escritos flamencos de Balbino. Camarón, el mito entre nosotros

El 2 de julio de 1992 se cumplen 20 años del fallecimiento del gran Camarón. Deseo sumarme a los actos y homenajes que suscitan tan triste aniversario con una reseña publicada en el diario El Sol de Madrid, con motivo de la actuación del genio de la Isla en el Festival del Taranto, que tuvo lugar en el Teatro del San Juan Evangelista, su última aparición en dicha sala.

El  mito entre nosotros

(Publicado el 29-01-1992 en El Sol)

 

III Festival Flamenco por Tarantos

Camarón de la Isla y Tomatito

Lugar: Teatro del colegio Mayor San Juan Evangelista

Día: 25 de enero de 1992

Entrada: lleno absoluto

 

Balbino Gutiérrez

 

Apareció Camarón con Tomatito tras las cortinas y se produjo la explosión de aplausos y gritos contenida durante largo tiempo. Entradas a la venta anticipada totalmente agotadas. Obligación de abrir la taquilla del teatro para acoger al racimo humano que anhelaba poder asistir. Sala atestada al límite y aún más de su capacidad; familias enteras de Entrevías o Caño Roto, aunque menos que en el pasado, pero también familias enteras con chalet en Pozuelo o Majadahonda; y jóvenes, una invasión de jóvenes.

Se templó Tomatito, Camarón grito “ay” y estallaron más aplausos. El ambiente rayaba en el trance colectivo o en la histeria de masas. Daba la impresión de que gran parte del público no había venido a escuchar a un cantaor sino a ver una aparición o la encarnación viviente de alguna divinidad. A duras penas se fue imponiendo la razón y Camarón pudo hacer lo suyo. Con traje oscuro, la cabeza mirando a las tablas y los hombros encogidos, frágil e intimidado por la masa entregada y expectante, el de la Isla comenzó a cantar unas bulerías por soleá, posiblemente uno de los palos más difíciles del repertorio flamenco.

Siguieron tarantos, bulerías, tangos y fandangos: una hora de intervención. Sesenta minutos aproximadamente que parecieron un instante o una eternidad, según se mire, por efecto de la insoportable tensión de la atmósfera. Y a pesar de ello, Camarón cantó con sentimiento y sabiduría en todo momento, lejos tal vez de la fuerza expansiva de otras épocas, pero convenciendo y emocionando hasta el escalofrío. Tomatito, más genial que siempre, lo animaba y servía con devoción, poniéndole los acordes justos, las notas exactas que el mito necesitaba para lanzar su mensaje de arte y belleza inigualables.

Los aplausos finales, atronadores, fueron justamente compartidos y el público se resignó a verlos desaparecer por el mismo punto en que se presentaron, convertido en túnel del tiempo. Quedó alguna frustración en los fieles, que hubieran pasado sin duda la noche venerándolos; pero ¿cómo prolongar un recital de estas características?, al fin y al cabo, los dos gitanos grandes son sólo hombres…

 

 

 

 

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