Relatos de Balbino. La desventura de un publicista. Capítulo 1

Aviso a lectoras y lectores

 

Se advierte de que este producto contiene, junto a substancias naturales, otras extrañas recicladas y amalgamadas intencionalmente. Entre todas componen un collage literario, un fresco imaginario esperpéntico y cruel, muy parecido a la vida de ciertos personajes reales –encumbrados o humillados- que tienen la conciencia, la médula moral, seccionada en varios puntos sin comunicación alguna entre sí.

 

Balbino Gutiérrez. El inventor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Quizás la fantasía artística sólo recombina, hace un mosaico, yuxtapone por medio de montajes y collages lo que de hecho ya está ahí,” (George Steiner)

 

“In girum imus nocte et consumimur igni.” (palíndromo medieval)

 

 

“La publicidad ha transformado el mundo.” (Pesc)

 

 

“Los héroes de nuestra época -y tal vez los de todas las épocas- son los triunfadores. Aunque hoy más que nunca , si pierdes, hiedes, estás como muerto”  (Pesc)

 

En los tiempos actuales la ingenuidad es infantil o es peligrosa. (El inventor)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

 

 

 

Sintió su boca y su lengua pastosas y su garganta se resistió a tragar como cuando había llegado por primera vez a París con veintidós años y como los primeros días que había pasado en el calabozo de la comisaría del distrito IV y luego en la cárcel de la Tensa. Siempre se le rebelaba el estómago ante cualquier situación nueva aunque fuera placentera, y estar en prisión esperando a ser juzgado no era precisamente una situación placentera: por eso creía que no se comería completo el cruasán que le dieron esa mañana en el desayuno y se preocupaba porque le aguardaban unas horas inciertas,  un día decisivo: tal vez el último. Descartó esa perspectiva por motivos contrarios, forzándose a masticar un trozo de bollo tras haberlo remojado en el tazón rebosante de café aguado con leche en polvo. Le podían caer encima diez años de condena en el juicio que debía celebrarse al día siguiente en la sala VI del Tribunal Penal de París. Había sido detenido nueve meses antes por intento de asesinato, según la acusación del Fiscal de la República, y aún confiaba en que ella, su ex amante, retirase la denuncia. Estaba convencido de que Katheryn lo seguía queriendo. La culpable de que estuviera en prisión no era otra, sin duda,  que la hija de ésta, Alberta, que nunca le había sido simpática. También Carole, que siempre tuvo celos de él, habría debido de influir para que Katheryn decidiera denunciarle ante el juez. A fuerza de arañar se descubre la verdad, le había dicho el joven magistrado en tono amenazante, acariciándose el pendiente de su oreja izquierda, al final de la primera comparecencia en la que él, Pedro Escobar, se negó a reconocer la intencionalidad criminal de los cargos que se le imputaban.

Nunca le habían gustado los cruasanes. Los aborrecía desde la  lejana y brumosa mañana de mayo en que Fouillou, su antigua novia francesa, lo llevó a desayunar a la Source de Saint Michel, una hora después de haber pisado con aprensión el suelo gris de la estación de Austerlitz. Los que le ponían para el desayuno de la prisión eran de ínfima calidad y ni siquiera tenían mantequilla, o muy poca, y se le atragantaban si no los reblandecía en el café o en el té. Casi siempre se los daba enteros o en parte a alguno de los compañeros de mesa con menos remilgos de estómago y garganta más ancha.

-Un poeta muerto no escribe, de ahí que sea muy importante estar vivo -le dijo engullendo al instante la mitad de su cruasán, el agraciado de esta mañana y de casi todas las mañanas, un periodista francés, llamado Darue, en prisión incondicional por agresión con arma blanca, y junto al cual solía dar vueltas al patio de la sección de preventivos los días que no llovía fuerte-.En el juego del amor nunca se reclaman deudas -le repitió éste una vez más haciendo gala de su experiencia sentimental, y luego añadió sin que viniera a cuento-. Allí estaba Katheryn contoneándose sin cesar y dándo brillo a la bragueta loca de Pedro. En realidad, eran personas llenas de inquietudes y contradicciones que vivían en el filo de la emoción.

-No le veo la gracia por ningún lado, monsieur Darue –dijo el publicista.

Pedro Escobar, ya entrado en la cincuentena, descubrió en una exposición antológica, La Pintura Cubana del Exilio, su propio retrato al óleo: Poeta triste, que le había hecho un amigo pintor en París a finales de la década de los sesenta. Muy impresionado por volverse a ver reflejado en el lienzo -que casi había olvidado- entró en contacto con la actual propietaria del cuadro: Katheryn Mendes-Steiner, una viuda millonaria norteamericana, que vivía en la rive gauche, quien entusiasmada invitó al antiguo modelo vivo a una fiesta en su casa, de donde surgió una profunda e inquietante relación. Pedro Escobar había contraído una fuerte deuda por vino, mujeres y despilfarro y fue el principal sospechoso de intentar envenenar con sales de plomo a Katheryn, para quedarse con una sustanciosa parte de un  fondo de inversiones de varios millones de francos suizos del que él era también beneficiario.

-El hombre de nuestra época ha sustituido el sentimiento de culpa por el de frustración –dijo Darue repentinamente, y tras dar un breve y lento sorbo al café frío de su tazón, añadió-.No sabe aguantarse solo, necesita estar rodeado de gente, escuchar la radio, ver la televisión, leer los periódicos, estar enganchado al  teléfono móvil o inmóvil, beber, fumar tabaco, marihuana, coca, hachis, lo que se ponga por delante.

-O escribiendo –añadió Escobar intencionadamente.

El periodista Darue había clavado un cuchillo de grandes dimensiones al director de su periódico, produciéndole en el hombro y espalda heridas de carácter grave que habían tardado quince días en curar.

-Me llamó a su despacho, y frotándose las manos, y con cara sonriente de rector jesuita, me dijo que en nombre del consejo de redacción, me daba un mes de vacaciones y un viaje pagado a Tahití, como premio a toda una vida de trabajo y dedicación a la prensa –repitió Darue, olvidando que ya le había contado las circunstancias de su desgracia en numerosas ocasiones.

-Pero hombre, cualquiera hubiera saltado de alegría –dijo Pedro Escobar para pincharlo.

-Y un carajo, lo que él quería era jubilarme. ¡ Qué coño iba a hacer yo en Tahití, después de más de cincuenta años produciendo dos y tres artículos y sin haber descansado un sólo día de mi vida!

El veterano periodista, columnista vitalicio según creía, no era consciente de su grado de deterioro profesional y en los últimos tiempos le dio por creerse Dios y el rey, y escribir cosas de este estilo: “Si los submarinos nucleares son peligrosos en tiempos de paz, ¿qué será cuando nos destripe un misil en tiempos de guerra?, ¿a quién se le  ocurriría la idea de montar centrales nucleares en submarinos?, es de suponer que a algún estratega genial, y los políticos dijeron amén. En Francia triunfan la sentimentalidad, el tópico y el estribillo”. No obstante, Darue se ponía frenético con los colegas que escribían: El compañero sentimental de Nora cometió errores puntuales en los momentos más emblemáticos de la  obra, posicionada  en referentes y parámetros de dudosa pertinencia”, o con los que afirmaban que Naomi Campbell, la supermodelo rica y caprichosa, era amiga del héroe sudafricano Nelson Mandela y admiradora del dictador cubano Fidel Castro, personajes por los que sentía una profunda veneración.

-Un ciudadano es una unidad básica de consumo. Su valor se mide por  su capacidad de adquirir cosas o personas. Los ciudadanos se estructuran horizontalmente, sin criterio de clase, sexo o jerarquía: tanto compras, tanto vales -le lanzó de repente Pedro Escobar.

-¿Por qué me cuentas eso de nuevo? -preguntó el escritor-periodista Darue.

-Porque esta fue la idea que leí hace algún tiempo en uno de sus artículos del Nouveau Lecteur y que me influyó mucho para dedicarme al negocio de la publicidad. ¿Seguro que no la recuerda?

-Dudo que yo haya podido escribir algo semejante, ni siquiera como sarcasmo -respondió Darue en tono vehemente.

-Ha escrito tantas cosas y tan incoherentes que no me extraña que no se acuerde ni de la mitad. Yo mismo he dicho y vivido muchas cosas que después se me han olvidado.

Mis años en el colegio de huérfanos militares. Mi padre que se pega un tiro en la boca al día siguiente de ser degradado y expulsado del ejército por maricón. Mi madre lo había encontrado en la cama de matrimonio montando a su joven y afeminado asistente, a calzón bajado y luciendo la guerrera de comandante de infantería, cuajada de condecoraciones ganadas  en la Guerra Civil. Fue algo horroroso para ella y lo denunció a sus superiores que no se anduvieron con chiquitas. Mátame pero no me jodas. La mujer no reaccionó a falta de referentes puntuales y añadió un toque de glamur castrense al festival de cine de San Sebastián. A él le hubiese gustado ir. El sexo es fisiología, el amor filosofía. Hago guiones publicitarios para aprender a ser más persona. Visionando a domicilio para que los ancianitos no tengan que abandonar el lugar donde se han criado y para evitar que se trascienda a la opinión pública. Se le acusa de obviar necesarias inversiones en infraestructuras caóticas. Ante la falta de generosas vocaciones pastorales el obispo de Toronto ha decidido instalar nuevos confesonarios automáticos en numerosas iglesias de su diócesis. Valoro más la proyección de los publicistas tardíos de la generación del 80 por lo menos en cuanto a la utilización de un lenguaje más rico y a experiencia exterior que en ellos es extensa, connotativa; en cuanto a la herencia de una publicidad realista, se puede ver que es la dominante, es decir PUBLICIDÁ denotativa que baja algunas escaleras con respecto a otras plantas publicitarias cuya herencia hubiera dado mejores frutos. La aparición de este vocablo en los espotes de Félix Gonzáles es un nuevo registro para la profesión y por ello es inusual dentro de las usuales excepcionalidades a las que nos tiene acostumbrado este excelso gilipollas. Sin embargo la actualidad de su exposición no obvia que la existencia de reflexiones artísticas acerca  de la publicidad no comenzó ayer ni que la obviedad de lo real se vuelva una segunda voz premeditada y artística. Eso sería para mí la felicidad, no tengas miedo la felicidad no existe. Una publicidad sobre tráfico de órganos, trepanaciones en vivo, cirujanos que cortan cabezas y demás y demás. Escribo cinco o seis follas al día hasta un máximo de treinta o cuarenta de un tirón como soy muy neurótico soy muy multifóbico, mi última idea es una melange de imágenes sonidos y susurros, versará sobre todo lo risible e irrisible. Se trata de una publicidad estremecedora sobre las trampas del fracaso.

-Así que hoy esperas a tu abogado, ¿le dijiste que no se olvidara de traerme papel y lápiz? –preguntó el periodista impenitente, sacando a Pedro Escobar de los vericuetos mentales por los que se perdía siempre que pensaba en su padre.

En la Tensa le habían prohibido escribir a Darue. La Tensa fue construida como cárcel modelo y había sido, sin discusión, la más bella y mejor de Europa. Contenía 1800 prisioneros y había sido prevista para 1200. Las violaciones eran un problema mayor y constante. Un joven de 21 años, presunto violador, de una celda cercana a la de Pedro Escobar, tuvo que ser trasladado de urgencia a la clínica porque tenía el ano desgarrado y orinaba sangre. A pesar de la vigilancia de los celadores, fue violado a su vez  en las duchas por un prisionero seropositivo, mientras otros dos reclusos lo sujetaban. Las ratas estaban a la orden del día. También las cucarachas, que se introducían hasta en las ropas de los familiares o amigos que visitaban a los presos (Félix Gonzáles, su remilgado ayudante en la empresa Publi Espain Company, había encontrado diez o doce bichejos en el bolsillo de su abrigo, y se lo había comentado horrorizado la segunda vez  que vino a hablar con él). Se daban auto mutilaciones y casos de amputaciones a diario: dedos y orejas sobre todo. Las celdas de castigo provocaban alteraciones sicológicas y suicidios. Pedro Escobar y Darue estaban recluidos en la segunda planta de la  tercera división, en la zona llamada de los VIP, aislada del resto, para protegerla de la agresividad de los demás reclusos. Los prisioneros de la zona VIP se dividían en tres grandes categorías que nunca se mezclaban: preventivos, delincuentes de cuello blanco, y violadores o autores de crímenes especialmente horrendos. La celda de Escobar se encontraba entre la del periodista Darue, a la izquierda, y la de un francés de unos sesenta años que había violado y luego matado a un niño de 5 o 6 años. Un recidivista que fue condenado  a cadena perpetua con la obligación de cumplir treinta. Se llamaba Pierre, y nunca llegó a verle la cara y ni siquiera a conversar con él, aunque por momentos le oía hablar solo, roncar, y tararear canciones francesas tradicionales.

-Espero que no se olvide de traerle su pedido de papel y bolígrafo -le  dijo a Darue, sacando dos cigarrillos de un paquete de Gauloises y ofreciéndole uno al anciano periodista, que no fumaba-. Y confío en que me traiga buenas noticias sobre mi caso, porque si no. Su cara se ensombreció como si una nube negra hubiera cubierto de angustia la prisión.

-Anímate, hombre, seguro que la millonaria retira los cargos contra ti. Tú eres un seductor, un verdadero seductor, y ya no quedan muchos hombres de tu clase.

La Tensa era una jaula de fieras. Había asesinos, atracadores, ladrones, estafadores y violadores compulsivos y de circunstancias. Cada uno arrastraba una turbia e incierta historia, pero le era necesario convivir con ellos, y enseguida hizo amigos. Llegó esposado de manos y pies a otros cinco preventivos: un congolés, y cuatro franceses: dos vagabundos asesinos, y dos ex altos cargos de la Gendarmería, messieurs Paul Roger y Bernard L’Eglise acusados de estafa multimillonaria, con los que no había dejado de conversar durante el trayecto entre el Palais de Justice y la prisión. Al bajarse del furgón celular, los agentes les hicieron callar, los entregaron a tres celadores que les condujeron a través de laberintos de pasillos y escaleras a la antesala de las duchas, les quitaron las cadenas, los obligaron a desnudarse, y el más joven, un rubio fuerte como una encina, les leyó mecánicamente el texto de acogida : Para que el vestido pueda contribuir al ejemplo debe presentar alguna señal de humillación. La admisión de un interno por razones de peligrosidad social debe ir precedida de una ablución completa; y sería conveniente que se acompañase esta admisión con alguna ceremonia solemne, una música grave, un rezo. En la admisión del  interno se le despoja de sus ropas y debe ducharse, para dejar fuera hasta la última partícula de su ser interior. Desnudo, su cuerpo, la psique se extrae en cuestionarios y se almacena en fichas: el interno por razones de peligrosidad social no debe conservar su pasado, que pasa a ser propiedad común de los funcionarios. El interno dependerá del vigilante para comer, dormir, defecar, hablar, sentarse o estar de pie: como el niño de su madre. La organización carceral en el cuerpo físico es una unificación de una multitud de impulsos-componentes que hace del cuerpo una unidad incorporada, una universalidad o corporación; mediante una subordinación de los muchos al Uno, la Única Parte Rectora o Principal, la Parte Primordial, el Primer Motor o Motor Supremo: la cabeza del cuerpo.

         Pedro Escobar y el periodista Darue salían después de desayunar y almorzar a hacer el paseo por un patio de cincuenta metros cuadrados, rodeado de altos muros por donde trepaba libremente la hiedra, y cubierto con una red metálica de apretadas mallas para evitar las fugas en helicóptero. Depositaron las bandejas de sus desayunos en unos carritos metálicos, y tras alinearse delante de sus respectivos asientos, abandonaron en orden el refectorio y fueron conducidos al exiguo recinto, del que le correspondía a cada uno, en posición estática, un metro cuadrado. Formaron cincuenta preventivos en círculo, y el celador-jefe de guardia dio la orden de ponerse en marcha, primero, en el sentido de las agujas del reloj, es decir, la formación comenzó a girar hacia la derecha; luego, tras diez minutos, el celador-jefe de guardia ordenó que el círculo avanzase en el sentido contrario.

-Ya empezaba a marearme –dijo el anciano periodista a  Pedro Escobar, que acababa de pisar levemente el talón derecho a un ex jefazo de Exteriores del Congo, acusado de introducir 15 kilos de heroína en el aeropuerto Charles De Gaulle, en un vuelo procedente de Pakistán.

-Perdone, ha sido sin intención -se apresuró a decirle al diplomático narcotraficante

El congolés que traficaba con azúcar cande, un pedazo de negro de dos metros de altura y ancho como la columna de una catedral, a quien no convenía importunar, no había notado nada y ni siquiera volvió su vista atrás, y charlaba con un compatriota acusado de haber intentando arrancar a patadas tres dientes de oro de la dentadura a un congénere de una etnia rival.

Cómo podía haber caído tan bajo allí rodeado de chusma maloliente, lo más arrastrado de la sociedad. Sin dinero, sólo me queda para una semana. Si me condenan definitivamente no podré comprar  en la cantina ni siquiera cigarrillos. Qué voy a hacer si no puedo esperar que nadie venga en mi ayuda a menos que Katheryn se apiade de mí, pero seguro que Alberta se lo impedirá. Sí, Alberta me odia con todas sus fuerzas. Me veré obligado a trabajar en los talleres y a que me exploten vilmente por cuatro céntimos. El periodista Darue es un tacaño de lo que no hay. En los dos meses que lo conozco, no me ha invitado ni a cerillas, ni a un café, a nada. ¡Diez años!, los franceses no se andan por las ramas. Comiendo la basura de la prisión, sin jabón, sin vino, sin cigarrillos, sin poder cambiarme de ropa interior más que una vez a  la semana para no tener que lavarla mucho y evitar que se gaste. Me colgaré como ese otro publicista francés que asesino a la jubilada de Miami. Sí, eso es lo que haré si me condenan, me… Pero no me pueden condenar, no hay pruebas contundentes, sólo sospechas y pistas que no conducen a ninguna parte.

Darue andaba a su lado dando resoplidos y torpes pasitos. Tenía las plantas de los dos pies martirizadas por callos y durezas. El periodista recibía a diario decenas de cartas de admiradores que le consideraban su gurú y lo animaban a soportar las humillaciones y servidumbres de la Tensa. Habían formado un comité de apoyo con el objeto de sacarlo de la cárcel, pero el juez de instrucción no parecía dispuesto a liberarlo bajo fianza. Recibía presiones del abogado del director del influyente diario en el que Darue había trabajado, para que no le aplicara los beneficios de la condicional, ni siquiera por razones de edad o de enfermedad. En el periódico tiraban a la basura lo escritos que conseguía enviar clandestinamente desde la Tensa:

“A la muerte de Nepomucène Correcher no seremos discípulos del maestro que acaba de fallecer pespunteando signos impúdicos. Más allá de los gestos y los énfasis conductuales, el hecho escueto y exiguo es que la portadora de lo inefable, la mensajera de los más oscuros estratos de la consciencia, generación del decir metafórico, no importa si residual o fragmentario. Repito, el hecho es que la  indudable belleza y densidad de la palabra de Nepomucène Correcher no logra siempre despejar del todo la  sospecha de si no se nutrirá de una pirotécnica logomaquia, que hace pasar por profundo lo que sólo es mera retórica. Pero no se trata de la consabida agridulce fórmula panegírica, ni mucho menos. Sus escritos nos demuestran que estamos ante un raro genio abocado por destino ineluctable y fatal a la destilación literaria irrenunciable…

Post scrotum: Cabronazo, devuélveme mis CDs y quédate con los tuyos”.

Monsieur Darue sufría terriblemente su desgraciada situación tanto más cuanto que él estaba plenamente convencido de que era un personaje mediático imprescindible. Es muy fuerte ser Darue. Cuando muera habrá luto nacional. Si de repente un recluso me clavara un cuchillo, la desolación del pueblo francés sería muy grande. Cuando se murió mi loro Jacquot (que cantaba La Marsellesa entera), recibí 35.000 cartas, de manera que si me muero yo, hay luto nacional, porque soy muy querido. No es que presuma, es que sería un mal nacido si no lo reconociese y proclamase. Pero cómo voy a ser prepotente, si un periodista tiene que ser la pura humildad, la esclava del Señor que está esperando la palabra del ángel. Dios mío, si un periodista es la voz de su pueblo o no es nada. De lo único que me envanezco es de que la gente me adore, pero eso es un piropo que les echo a quienes me tienen cariño, es un acto de envanecimiento que me conduce a un acto de postración, porque tengo que dar las gracias. Sí, sí, sí, sabía que era un periodista por destino y no por vocación, pataplam, pataplam. A mí no me falta el reconocimiento del Instituto porque llega un momento en que es Uno el que da lustre, brillo y esplendor a las instituciones y no al revés. La verdad es que tengo una credibilidad enorme, soy una de las tres personas de este país que más credibilidad tiene. Mi obra es tan dispar, tan distinta, que no se puede decir que he encontrado un filón, en todo caso me he encontrado a mí. Quizás el filón sea yo. Sí, sí, sí, el pueblo al que pertenezco sabe que no le hablo como si fuese una entidad distinta a mí.

-Yo soy el pueblo, soy tan pueblo  que puedo insultarlo o acusarlo. ¿No me crees, Pedro?  -dijo Darue.

-Sí que le creo, pero los políticos no pueden decir lo mismo

-Los políticos son el bazo mudo de la parapsicopatología militar.

-Sin embargo, la Constitución somos todos.

-Menos algunos

-El auténtico pacto antiterrorista será el que firmemos algún día con Ben Ben Laden -dijo Darue ufano.

-¿Qué se puede hacer?

-Nada -contestó Darue.

-Algo se podría hacer

-No sé, el caso es que nadie hace nada -dijo Darue

-Entonces…¿qué?

-No sé, esperar a que los ventriculen a todos…o esperar a que se cansen de trepanar -dijo Darue.

-O sea nada.

-Nada, eso es todo lo que hay a día de hoy por a día de hoy –dijo el periodista Darue redundantemente.

La formación volvió a girar hacia la derecha y se encontraron delante con un preventivo tetrapléjico en silla de ruedas autónoma, o sea, con un motorcito eléctrico incorporado. Tenía unos 35 años y era un bolero bogotano muy conocido de la policía. En la última operación le habían encontrado en el estómago nada menos que cinco kilogramos de bolas de cocaína, envueltas en plástico.

A Pedro le podían caer diez años de cárcel si se probaba que era culpable de intentar matar a su amante, envenenándola con sales de plomo que le había suministrado –ejecutando un supuesto plan potax– en pequeñas dosis, diluyéndolas en un elixir de la vida que Katheryn tomó a diario durante varias semanas por recomendación de su médico naturalista, un chamán y vidente neomejicano con clientela entre la alta burguesía parisina, y sobre el que también habían planeado las primeras sospechas de culpabilidad en los momentos iniciales de la investigación policial, puesta en marcha a raíz de la denuncia que Alberta presentó en la comisaría del distrito IV, al observar alarmada el deterioro galopante del estado de salud de su madre, y de averiguar posteriormente que la envenenada había nombrado al español segundo beneficiario de unos títulos de renta mixta Promo Plus, por un valor de más de diez millones de francos suizos. Derrochó en menos de un año seis millones de francos franceses de Publi Espain Company, destinados a producir un espot publicitario con una famosa supermodelo francesa. Se gastó las divisas en darse una vida de magnate árabe del petróleo. Durante su estancia en París trató de seducir a tres de las más chispeantes chicas del archiconocido Crazy Fox -el cabaret del erotismo más chic- como se decía, y del que se hizo cliente asiduo con mesa reservada en primera fila para el pase de las 00 horas de todas las noches de la semana. Conoció a Katheryn apenas tres años antes, aunque en realidad ésta lo conocía desde hacía muchísimo más tiempo, gracias al cuadro que ella había comprado en 1975, en Los Ángeles, California. La tela los uniría fatalmente. Una tarde, Pedro se acercó con curiosidad hasta una galería de la rue de Seine, para visitar la exposición colectiva, donde, además de su retrato, encontró tres óleos más de Gustavo Rodríguez, al que no había vuelto a ver desde que el pintor cubano cambió París por Nueva York. El reencuentro inesperado con su imagen de treinta años atrás provocó en él un choque emocional del que tardó varios días en recuperarse. La figura mística y romántica del joven que era con poco más de veintidós años de edad, trajo a su recuerdo imágenes y vivencias que había relegado en un olvido consciente durante los últimos años de su vida. Supo por la ficha del catálogo que el cuadro pertenecía a la colección particular de Katheryn M. Steiner, dueña de otra galería de pintura muy cercana a la que presentaba la exposición, en la misma rue de Seine, y se propuso ir a visitarla cuando se calmara su agitación emocional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Libros y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s