La desventura de un publicista. Capítulo 3

Capítulo 3

-¿Cuándo fue la primera vez que viniste a París? -pregunto Darue- pero antes de que Pedro tuviera tiempo de responder le dijo riendo-. Sí, sí, claro, se me olvidaba, ya sé que eres uno de esos miles de cretinos que hiciste  el mayo del 68, lo cual por lo que se ve no te inmunizó mucho contra las tentaciones del mundo, la carne y el dinero.

Pedro se mosqueó con la broma de Darue, y le replicó con dureza:

-Usted no ha debido tener nunca juventud.

-Seguro que más que tú -replicó también con dureza Darue-. Cuando yo era joven me hice un hombre luchando en la Resistencia contra los alemanes, contra los nazis; pegando tiros, poniendo bombas, matando, y no rompiendo escaparates, arrancando adoquines o escribiendo en las paredes gilipolleces como prohibido prohibir, seamos realistas: pidamos lo imposible.  ¡Valientes revolucionarios!

Pedro no comprendía el desprecio que manifestaba tanta gente por un acontecimiento histórico prácticamente incruento, que había sido el germen de muchos cambios sociales y políticos en Francia y el mundo, y en el que él participó de manera muy activa con una serie de acciones que empezó a contar detalladamente a Darue para fastidiarlo.

-El 3 de mayo desalojaron la Sorbona y yo me uní a los estudiantes congregados en el Boul’ Mich. Destrocé  trece escaparates, cinco parabrisas, un sinfín de lunas laterales de coches, y ayudé a arrancar unos 30 metros cuadrados de adoquines. Al final de la noche me encontré con Claire Lalanne, una compañera de residencia que pertenecía a un grupo trostkista. Regresamos juntos a la Cité Universitaire y nos acostamos en su habitación, empapelada con carteles del Che Guevara, Trostky y Mao Tse Tung. Pero, estábamos tan cansados que nos dormimos sin llegar apenas a tocarnos. El 6 y 7 de mayo, Claire y yo fuimos juntos a las manifestaciones de esos dos días. El 7, Claire desapareció de mi lado repentinamente. Me entró pánico y me volví a la Maison de Hollande. Claire no estaba allí y no volvió en toda la noche. Regresó a primeras horas de la mañana del día 8. La habían detenido. Tenía un ojo morado a causa de un golpe. Claire no paraba de repetir: Putain les fascistes! Estaba muy enfadada conmigo pues creía que yo la había dejado tirada. Le juré que no me había dado cuenta de nada y que la estuve buscando durante mucho tiempo. El 10 de mayo fue una auténtica batalla campal. El corazón del Quartier Latin quedó arrasado y yo contribuí a ello de nuevo: arranqué cinco rejas de árboles, quemé dos coches y me cargué no sé cuántos escaparates. Por poco me agarran dos CRS si no salgo por piernas. Corrí sin parar hasta la residencia y no saqué la nariz fuera de ella hasta el día siguiente. Debía tener más cuidado en lo sucesivo, pues de lo contrario me iban a detener y me iban a expulsar, y a ver qué le contaba yo a mamá: ¡encima de un marido mariquita, un hijo comunista! El 13 de mayo, éramos por lo menos un millón de personas desde Denfert a La Bastille. En el bulevar Raspail me uní a Enrique y Gustavito (no el pintor), mis amigos comegatos de la Cité: sí, no dejaron uno solo. Terminó la manif y nos volvimos tranquilamente a casa. ¿Cómo?,  puesto que no había metro ni autobuses. Se me ocurrió requisar, una furgoneta cargada con cajas de pepinillos en vinagre, que luego repartimos gratuitamente en todas las residencias universitarias, sobre todo en las más folloneras. En pocas semanas pasé de conocer superficialmente el Manifiesto Comunista a formar parte de un grupúsculo a la extrema de la extrema. Se llamaba el LCUR (Liga Comunista Ultra Revolucionaria) a la que pertenecía Claire Lalanne. Como militante activo comencé a participar en los debates políticos e ideológicos que tenían lugar sin solución de continuidad en la mayoría de los locales ocupados por los estudiantes y huelguistas, a partir del 14 de mayo, en la Sorbona, Teatro del Odeón, Comédie Française, Facultades, Colegios universitarios, etc. Mi especialidad era la frase corta y enfática con citas calcadas del Che y Ho-Chi-Ming, de quien acababa de robar sendos libros en La alegría de leer

-Una librería que tuvo que cerrar por culpa de los cleptómanos izquierdistas como tú –interrumpió secamente Darue, harto de oír a Pedro, y luego añadió-. ¿Fue en mayo del 68 cuando conociste a la millonaria?

-No, en el 68 era Fouillou, una joven de Pontoise que me abandonó porque yo era pobre y no tenía donde caerme muerto.

-¿Cómo que te abandonó? -preguntó Darue con interés.

-Sí, yo quería hacerle un hijo, y ella no se dejaba, porque pensaba que iba buscando sólo su dinero. Sus padres eran muy ricos.

-¿Y era guapa?

-No, valía poca cosa, pero era muy lista.

-De eso no debe caber la menor duda –dijo Darue cortante.

-Entonces, para vengarme me hice comunista, y luego en España, anarquista.

-¿Basándote en la fisura de toda lógica y en lo ondulatorio de las alianzas? -preguntó el periodista Darue.

-No le entiendo, ¿qué pretende decir? -preguntó Pedro

-Nada, olvídalo -dijo sonriendo el anciano, y preguntó-: ¿Cómo te ligaste a la millonaria?

El negro que amaba el azúcar cande se volvió hacia ellos y dijo sonriente:

Cherchez la femme.

Voilà, c’est ça! -respondió Darue, sonriendo también al coloso.

-Me invitó a una soirée de época primer imperio en su casa de la rue Guynemer, la que recorre el ala oeste del jardin del Luxemburgo. Me pidió que fuese vestido de Napoleón porque ella iba a disfrazarse de Josephine. Lo cual, mucho más que una insinuación, era una promesa de seducción a primera vista. En realidad ella me amaba en efigie, es decir a través del retrato mío que -como sabe- había comprado en California a mediados de los 70, poco después de heredar la fortuna de su tía Norah, comerciante de diamantes al por mayor, y que vivía en San Francisco. Y aunque yo había cambiado bastante en el fondo, seguía teniendo casi la misma apariencia externa que cuando me pintó Gustavo Rodríguez. Así que ya existían las bases para que ella pudiera caer en mis brazos. Rendirla finalmente no fue  tarea muy difícil. Aunque Katheryn había tenido un pasado de militante feminista, y de activista contra la guerra de Vietnam y contra el imperialismo de su país, cuando yo la conocí pasaba por una etapa más o menos mística, que se había iniciado unos años atrás con la muerte trágica de su último compañero sentimental. Nuestra primera conversación, yo, de Napoleón, repito, y ella, de Joséphine, fue muy divertida: La sociedad en que somos educados que estructura nuestro horizonte, desde el que hemos de abrirnos al cosmos, nos hace estar sumidos en las gigantescas sombras de una gigantesca espelunca, me espetó la bella, aunque ya algo ajada americana, sin que yo entendiera una palabra, pero que me hizo comprender inmediatamente que estaba algo chiflada. Y yo le dije, recurriendo a mi sólida formación de publicista: Es necesario ir un paso más allá; interpretar el futuro y anticiparse a él. Mantenerse a la cabeza en la gestación y el desarrollo de nuevas ideas sólo está al  alcance de aquellos que viven con el futuro como meta. De quienes convierten lo lejano en inminente. Ahí conviven el presente con el futuro y, a menudo, es difícil saber dónde acaba el ayer y comienza el mañana, porque al final todo culmina en un mismo punto, tú. Katheryn se quedó un instante con la boca abierta, dejando ver unos dientes de catálogo, pero acto seguido, replicó de este modo tan apropiado y cariñoso: Busca la trascendencia de lo sencillo y la sencillez de lo trascendente y te establecerás en el fundamento de la consciencia, así te convertirás en el canal por donde fluyan las fuerzas del universo. Llegará el tiempo en que te darás cuenta de que los pensamientos de otras mentes y las enseñanzas de otras gentes, no son los que guardo para ti. Para ti, tengo reservados pensamientos que serán tuyos, solamente tuyos.

         La formación de “internos por razones de peligrosidad social” invirtió de nuevo el sentido de avance del paseo, y Pedro y el periodista Darue siguieron los pasos vacilantes de un atracador que había cometido sondado su último golpe, tras escaparse entubado del hospital donde estaba ingresado, y de un toxicómano que fue sorprendido pegándose un chute en la capilla de Santa Genoveva de  la catedral de Notre Dame.

         –Katheryn acababa de cumplir medio siglo de edad con gran elegancia –dijo Pedro Escobar, dispuesto a sincerarse con el periodista -. Era delgada, bien moldeada y de opulentos senos quirúrgicamente turgentes; ni alta ni baja, y tenía un rostro triangular de pómulos marcados, grandes ojos marrones, dulces; abundante pelo castaño tirando a rubio, labios gordezuelos en forma de yunque, aunque algo flácidos por las mañanas, y en la calle siempre pintados de púrpura; su mirada era melancólica y serena con ráfagas de dureza, o más bien de espanto, seguramente por el recuerdo inconsciente de la violación que había sufrido recién llegada a París, a principios de los setenta. También, por el trauma de la muerte por accidente de su último amante, un diseñador de moda diez años menor que ella, que intentó cruzar la rue de Assas sin mirar de dónde venía el tráfico, y fue a caer bajo una camioneta de reparto de pizzas que le hizo estallar la cabeza como un huevo. Después de tan tremendo impacto, Katheryn se entregó en cuerpo y alma al estudio de la doctrina Zen y Zazen, a la meditación trascendental y al esoterismo, en los que ya se había iniciado a raíz de la lejana muerte de su marido, el padre de Alberta. Había juntado una colección de libros de iluminación espiritual que, si bien no le proporcionaron la felicidad interior tan prometida y buscada, al menos la entretuvieron y le ayudaron a superar la desaparición de un ser tan querido y probablemente ya insustituible. Reunió la obra completa de los maestros Shakti Gawain, Daniel Goleman, Arnaud Desjardins, Alice Bailey, Francis Story, Judy Fox, etcétera, así como todos los títulos de la Nueva Ciencia y de las corrientes espiritualistas provenientes de su tierra, California. Katheryn estaba persuadida de que yo era la reencarnación de su marido, Albert Mendes, y fue por ese motivo que compró mi retrato, y no por su gran calidad artística, que, sinceramente, no valía gran cosa. Yo también sabía que Gustavo Rodríguez nunca sería colgado en El Prado. A la que sí había que haber colgado de algún árbol de la Cité Universitaire era a su mujer, Carmen, una valenciana pedante y parlanchina que se fugó con un negro senegalés, la especie humana más despreciada por el pintor: una bellísima persona, pero bastante racista. Aunque esta es otra historia que ya le contaré algún día, si hay lugar.

-De modo que la millonaria tenía todavía un buen polvo –dijo Darue aludiendo a Katheryn en un tono y términos ciertamente desvergonzados e impropios de su edad que sorprendieron a Pedro Escobar.

Volvieron a pasear en contra del sentido de las agujas del reloj, y ahora tenían delante a dos convictos: un colega publicista (por el que Pedro no sentía simpatía alguna), coautor de un estúpido crimen en Miami junto al otro publicista que se había suicidado en su celda, y el Director de la Gendarmería francesa, condenado a más de treinta años de reclusión por haberse apropiado de unas cuantas decenas de millones de francos (no se había podido determinar la cantidad exacta), que inspiraba un respeto desmesurado a Escobar, quien ni siquiera se atrevía a mirarlo a la nuca. ¡Señor yo no soy digno de que entres en mi pobre morada ni de ponerte mi vista encima!

-Bueno, ya sabe usted, todas las rosas se marchitan con el tiempo, pero a ésta aún le quedaban unos pétalos jugosos que chupar.

-Y sobre todo unos millones…

Honni soit qui mal y pense –dijo Pedro Escobar, interrumpiendo al anciano periodista.

-Durante la fiesta de época de Katheryn, tuve un éxito colosal con la asistencia femenina a la que dije sin cesar frases manipuladas: Planifica el día, improvisa la noche, piensa en mí. Soy de ese extraño grupo de gente que es capaz de meter su vida en una maleta. No te conformes con menos, aspira a mí. Si quieres emociones, si quieres saber qué es un auténtico hombre, dime sí con un leve movimiento de tu bello pie derecho, y sentirás como un dulce relámpago recorre todo tu cuerpo. Para meterme esa noche en la cama de Katheryn, me bastó con dedicarle algunas de mis adaptaciones más sexcitantes: ¿Sabes lo que te pasará si no vives la vida? Nada. Yo devoro la vida como si no hubiera comido nunca, la vida me parece demasiado aburrida como para aceptar compromisos, por eso la exprimo al máximo y estoy acechando las ocasiones que sólo se presentan una vez: Siento apetito por ti. Tengo un corazón salvaje, siente toda la potencia de mi corazón y entenderás lo que significa la libertad. Tras nuestro primer beso, le susurré al oído: ¿Cómo podría explicarte cuál es el sabor de tu lengua? Deliciosamente amarga, apasionadamente roja. Por su parte, Katheryn fue despidiendo a cada uno de los invitados de su fiesta con esta fórmula: Hermano o hermana tal (el nombre del amigo o amiga), hermano pájaro y hermana nube, hermano árbol y hermana flor, hermano cielo y hermano sol, hermana luna y hermanas estrellas que animáis mi pecho y mi corazón, y en el sueño de la vida me alentáis. Antes de penetrarla esa noche, me hizo recitar con los ojos cerrados su oración preferida: Uno Santo que eres en nosotros Esperanza, como nosotros luz en Ti. Santificado seas por nosotros, porque somos tu Nombre. Y libéranos del mal de creer que estamos lejos de Ti.

Pero n’esta altura de la historia, el autor describía qué aspecto tenían sus dos protagonistas actuantes:

Foto de ficha carcelaria n°. 2001 de Darue: bajito de estatura, perfil soñoliento, gafas de cristales gruesos, rectangulares y espesa montura de carey, descansando sobre nariz apagavelas, acartonada, prima hermana menor de Cyrano de Bergerac. Cabeza apepinada, calva, con cuatro pelos lacios parietales. El todo lo cubre un sombrero marrón de fieltro, como los de los detectives estadounidenses. A pesar de su avanzada edad, sigue conservando un inquietante aire infantil.

De Pedro Escobar existían dos descripciones, la que ofrecía el retrato y la de la cárcel.

Retrato: delgado, rostro semita, abundante cabello negro acaracolado, ojos negros, pequeños y brillantes, bigote y perilla a lo Gustavo Adolfo Becquer.

Ficha carcelaria n°. 1985 de Pedro Escobar: individuo de talla media, recio, vientre prominente, calvo reluciente salvo encima de las orejas donde se mantienen espesos mechones de pelo de color indefinido, ojos negros glaucos, barba completa entreverada de canas.

-¿Y tú qué piensas de los obispos -preguntó de repente el periodista Darue, iniciando un claro episodio de chocheo-. ¿No crees que deberían condenar sin preservativos la violencia?

-¡Qué!, no sé, no suelo pensar en ellos -gritó Pedro.

-Son una especie de altos burócratas de lo divino, ¿no crees?

-Me importa un carajo -respondió Escobar deseando ver terminar el tiempo de patio para quitarse de encima a Darue.

-Con la broma ambiente, veo el diálogo como horizonte utópico: es decir, no lo veo-continuó el anciano periodista con cierto desánimo.

-Ko que si veo son molólogos tremendos que folliloquian por doquiera que vayas -Dijo Pedro Escobar con la intención de burlarse de él.

 

 

 

 

 

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