Relatos de Balbino: La Desventura de un publicista. Capítulo 17

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 17

 

Family first”, la familia lo primero. Apenas acaba de oír el coche de su madre en el jardín, Laura pide ayuda con voz desfallecida: “¡Maaami!”. Luego vuelve a marcar bajando por las escaleras: “Espera”, dice en el inalámbrico, “voy a preguntarlo”. Rachy abre la puerta, lleva un bermudas floreado y polo verde, aunque también suele ir a trabajar con falda larga y camisa sin mangas. Laura tapa el micrófono: “Mamá, ¿puedo?”. En ese momento el perro se pone a ladrar, contento de verlas. Es un chihuahua muy mono, pero su ladrido es un poco molesto. “Espera”, ordena Laura al teléfono. Con un pie abre la puerta-ventana y empuja al chucho ladrador poco mordedor, a la vez que cierra el postigo. En la penumbra, Laura vuelve a preguntar: “Mami, ¿puedo ir a clase de tenis con Allice?”. Rachy cierra la puerta con un golpe certero de su generoso culo y deja la bolsa-papel de provisiones encima de una consola. Mentalmente pasa revista al tablón donde cada uno inscribe sus actividades bajo las fotos familiares, y replica sin enfado: “Ya tienes tu clases de natación, pelota vasca, kárate y hockey sobre hierba”. “No es lo mismo”, responde Laura, parando en seco su subida de escaleras. “Espera, te vuelvo a llamar”, dice a Allice. Laura se viste también con bermudas y una camiseta bastante sicodélica, azul por delante, rosa añejo por la espalda, y pájaros dibujados en las mangas. De pronto se rebela: “¡Yo pagaré mis clases!”, exclama. “Limpiaré la casa durante un mes, comeré menos!”. Rachy suspira, Laura y ella se entienden bien. “No sería igual que si quisiera perforarme el ombligo”, dice Laura. Con cierta frecuencia, Rachy lleva a su hija a Starbucks (la cadena de cafeterías) para pasar un rato charlando con ella. Lo llaman quality time, y lo recomiendan todos los psicólogos escolares. Laura es muy buena hija y muy buena chica. Suele tomar regularmente un “chocolate chip frappuchino” en una copa tan grande como un jarrón de flores. Tranquiliza a su mamá. Todo va bien a pesar de la lucha y el estrés del instituto (3600 alumnos). “Puedo competir con quien sea”, dice. La gente se siente perdida si no son buenos en algún terreno”. Lo que no es su caso. Está en segundo de bachillerato con asignaturas difíciles. Y también aventura, una clase que estimula el proceso de reflexión. Katehryn, como un sandwich entre Carole y Alberta pensaba en su única amiga norteamericana: Rachel Cohen, maestra, casada con un goy de clase media, Adam Adams, abogado. Casa no muy grande pero perfectamente equipada. Buenos sueldos, aunque invierten todo su dinero en plan de pensiones y cuenta para financiar la universidad de sus dos hijos. Dos coches, uno es una ranchera, imponente como un tanque, para toda la familia. Con tantos equipamientos deportivos que “podríamos abrir una tienda”, dice Rachy. Barrio residencial, bien cuidado, instituto público magnífico (el edificio de ciencias con una charca en la que se puede cazar su propia rana antes de practicarle la vivisección). La última vez que Katheryn los visitó, los Adams habían decidido hacer menos cosas. Menos coral, menos clases,  menos salidas con los escauts, menos club de montaña, menos club del libro. En resumen, menos actividades. Es Rachy quien toma la iniciativa: “Es preciso que simplifiquemos nuestra vida”, insiste. En un país de consumo desenfrenado,  simplificar se convierte en el concepto de moda: simplifique su vida, simplifique su vida con los hijos, simplifique la Navidad. Laura y su hermano Samy renuncian a sus clases de piano (bisemanales). Adam Adams dimite de la presidencia de su asociación caritativa. Rachy la de la asociación de amas de casa. “El otro día, en lugar de ir a clase de piano, nos hemos puesto a hablar con Samy”, cuenta Rachy, “Y nos preguntamos si eso no era formidable”. Los Adams no son partidarios de las armas ni han votado a Bush. Tienen un viejo rifle de caza, pero desmontado. Los Adams tratan de cenar en familia, cosa que se ha vuelto rarísima. A veces cenan en un restaurante de carretera como el Salad Bar, en la Arapahoe Road. Una sopa con pan de maíz. Laura que no tiene hambre, elige una patata al horno regada con chile, mantequilla de cacahuete y queso fundido.

Maurice había venido con el automóvil a buscar a las tres mujeres a la puerta de la galería. Bajaron por la rue de Seine dando un rodeo para dirigirse a la rue Gay Lussac, donde se encontraba el bufete de maître Lenôtre. Katheryn se sentía como prisionera. Cuánto hubiera dado en ese momento por llevar una vida ordenada y familiar como la de su amiga de infancia Rachy. Más le habría valido casarse con un hombre bueno y trabajador. Tener hijos sanos y deportivos. Padres normales en lugar de los dos saltimbanquis que le habían tocado en suerte, rodeados de bohemios e intelectuales. ¡Amenazar con segregar Carmel de California porque las autoridades del Estado querían poner números a las cabañas! Con eso se dice todo sobre la clase de personajes que estaban hechos. Sin gas ni electricidad, las calles sin asfaltar, sin correos y sin cárcel. Katheryn se sentía también humillada. Hubiera preferido darle a Pedro su dinero y que desapareciera de su vida para siempre, con tal de no tener que ser actor o la parte demandante de un juicio vergonzoso, que la convertiría en el hazmerreír del tout París. La justicia primero, había dicho Alberta. La justicia, la justicia. ¡Le importaba un pimiento la justicia! Lo que quería su hija era darle a ella un escarmiento. El coche dejó el Quai Malaquais y giró a la izquierda para subir por la rue des Saints Pères. Union Square: corazón del barrio comercial. Le encantan las exposiciones de pintura al aire libre. La multitud llena el pequeño parque, admirando y comprando los cuadros expuestos. Le encanta también la artesanía: cerámica y bisutería, con artistas barbudos sentados y expectantes. Una charanga interpreta un nostálgico vals vienés. En Powell Street ayuda a otros pasajeros a remover las plataformas circulares en las que se cambia el sentido de la marcha a los tranvías de cremallera. Le gusta ir andando por Nob Hill y subir a la terraza del Mark Hopkins Hotel desde donde se divisa la mejor panorámica de la ciudad y la bahía, y tomarse el maravilloso helado en forma de cisne de aquel restaurant francés cuyo nombre ha olvidado.

Alberta miraba con el rabillo del ojo izquierdo a Katheryn en completo silencio creyendo adivinar sus pensamientos. Sabía que estaba asustada y que dudaba de nuevo si mantenerse firme con la celebración de la vista oral del proceso contra el español. Pensaba que su madre formaba parte de esa clase de personas que continuaban confiando en el amante traidor con el fin de no destruir la imagen ideal que se había forjado de sus relaciones. Me recuerda a la Jane de Reynolds y a Pinkie, al mismo tiempo. ¡Mira que enamorarse de un retrato! Porque en el fondo eso es lo que le ocurrió. El tío no valía ya un rábano cuando lo conoció en persona. Pero ella estaba enamorada de su representación idealizada. Siempre ha sido una romántica, incurablemente romántica. Ve sólo la superficie del lienzo y ahí está. ¡No hay nada más detrás! Saca su energía de las contradicciones, de una irresistible atracción por el abismo, pero es su frecuentación de los límites lo que la hace fascinante. Es un personaje profundamente visceral (carroza visceral) en una época en que todo reposa sobre grandes certidumbres positivistas y cálculos. Sus riesgos, su gasto sin premeditación es saludable. A veces se lo juega todo a una carta. Es capaz de arriesgarlo todo y perder el alma. ¡Me parece sublime! Sentada en un sillón, con las piernas abiertas y dos huevos fritos estampados sobre sus generosos pechos. Retrato y más sexo. Todo el mundo con quien se ha acostado. Cama sudada y manchada de excrementos líquidos y sólidos a cuyo alrededor se amontonan colillas compresas y condones usados. En lugar de calentarnos la cabeza con el cuento de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, habría que advertirnos de que el hombre es capaz también de las mayores indignidades. Pedro Escobar es capaz de las mayores indignidades y tiene que pagar. ¡Vaya si tiene que pagar!

-¡Ánimo, Katheryn! –dijo Alberta a su madre, a la que muy raras veces llamaba por su nombre.

Carole, que vigilaba con el rabillo del ojo derecho las reacciones de su amiga, giró su cabeza para mirar abiertamente a madre e hija, sorprendida por la denominación inusual de su sobrina, luego puso su mano suavemente en la espalda del chófer que conducía el Laguna por el bulevar Saint Germain a la altura del café  Les Deux Magots, y le dijo amablemente:

-Tenga cuidado con el tráfico, Maurice, ya sabe que le tengo pánico a losh cochesh.

Carole no podía olvidar la muerte de Albert al volante del Dos caballos, ni la de su marido Jean Paul Langlois conduciendo a 200 por hora un flamante Bugatti plateado por las endiabladas carreteras de Mónaco. L.H.O.O.Q., pensó de su amiga. En el fondo tiene miedo a quedarse sin hombre, sabe que ya sólo le queda el recurso de pagarse un jovencito de vez en cuando: Elle a chaud au cul, ¡eso es lo que le pasa! El sexo activa el cortex prefrontal ventro-mediano, el hipotálamo y el tronco cerebral. La abstinencia desactiva las partes anteriores. El miedo afecta a la amígdala cerebral. Plácido Domingo está muy disgustado por el desnudo de su nieta. El famoso tenor español Plácido Domingo está muy disgustado ante el desnudo que su querida nieta Ivonne protagonizó para la revista Payboy. Domingo dice que está muy dolido por su familia que no le hace muy feliz. Los sentimientos, la experiencia mental e íntima de una emoción, ocurren en el mismo umbral que separa al ser del conocer, y forman parte de un lugar privilegiado junto a la conciencia. Katheryne L.H.O.O.Q. Caroline y Stéphanie de Mónaco unidas sólo por su padre. Las hermanas Grimaldi han mejorado sus relaciones por cariño a su padre. Caroline y Stéphanie se saludan diplomáticamente en el Baile de la Cruz Roja. Distendida imagen de Caroline y Stéphanie a su llegada al Sporting Club de Mónaco, donde se celebra la gala. La belleza y elegancia de Caroline vuelve de nuevo a brillar. Stéphanie, coqueta y moderna, lleva adornos rutilantes en el cabello, en la espalda y hasta en la venda de la muñeca dislocada. Al igual que le sucede a la reina madre de Inglaterra, la princesa Antoinette, hermana del príncipe Rainiero, es fiel a su estilo para los trajes de gala. Fidelidad que llega al punto de elegir prácticamente el mismo modelo, aunque en diferentes colores, normalmente en tonos pastel. Es evidente lo cómoda que la princesa Antoinette se encuentra en los bailes en que la veo y saludo (era muy amiga de mi marido al que adoraba): gala de la Cruz Roja en el dosmil (azul pálido), Baile de la Rosa en milnovecientosnoventayocho (azul fucsia). Gala de la Cruz Roja en milnovescientosnoventaynueve (amarillo). Las malas lenguas dicen que se trata del mismo vestido y que se lo tiñe. Antes de asistir al baile de la Cruz Roja, Caroline y Ernest disfrutan de unas magníficas vacaciones en un crucero por la Côte d’Azur con sus respectivas proles. Caroline utiliza el Pacha III, el lujoso yate que el fallecido Stefano Casigari le regaló en milnovescientosnoventa, poco antes de su trágica muerte y que ahora disfrutan todos. Caroline y Ernest observan felices cómo sus adorados hijos se doran al sol como langostinos cocidos en la cubierta del yate. André-Albert ha heredado de la madre su compulsiva afición por el tabaco. Charlotte le hace quiliquilí a su hermanita Alexandra. Katheryne, furor uterino, elle a chaud au cul. L.H.O.O.Q., y el español la refrescaba con su pichasempertiesa, y ahora no puede vivir sin él. ¡Hasta se había hecho implantes de testosterona!, como si no le bastara con la que ya tenía.

Katheryn no respondió a la exhortación optimista de su hija y se limitó a mirar hacia su izquierda. Al pasar ante la terraza semicubierta y semivacía (a causa del mal tiempo primaveral) de Les Deux Magots vio sentada a una joven de cabellos negros recién salida de los años cuarenta, de rostro bello y enérgico, con un vestido negro con encajes en las mangas cortas y en el escote en forma de cuadrado. Estaba sola y su mirada era penetrante, expectante e inquieta. Se vio con siete años vestida de Shirley Temple: pelo rubio rizado con lacito blanco, vestidito azul marino una cuarta por encima de las rodillas con puños y cuello blancos, y calcetines y zapatos blancos con correa y hebillas blancas. La justicia es una mierda, decidió. Después de siete semanas detenido en un centro de menores, del que sólo salía para acudir al tribunal, con esposas en las manos y grilletes en los pies, un juez de mi país deja en libertad a un niño austriaco de diez años acusado de incesto. La familia que residía temporalmente en Denver, Colorado, recibe un día en su domicilio la visita de una vecina que vive en el chalet de al lado. La mujer, tremendamente indignada, asegura a los padres que desde su ventana ha visto cómo uno de los hijos del matrimonio ha “tocado” a su hermanita de cinco años. Los padres quitan cualquier trascendencia al asunto y explican que lo que ella ha visto es, probablemente, un juego infantil malinterpretado. Hablan con el pequeño Saoul, el “monstruo”, y éste les explica que tan sólo ha ayudado a su hermanita a desabrocharse los pantalones porque la pequeña no lograba quitárselos para ir al baño. Están lejos de imaginar que tres meses después, cuando toda la familia está durmiendo por la noche, varios policías van a entrar en su casa a las órdenes de un fiscal, abrirán el cuarto en el que duerme Saoul y lo sacarán esposado de pies y manos para encerrarlo en el calabozo de una comisaría de policía. La vecina ha denunciado a los agentes lo que para ella es una atrocidad que deber ser castigada. En función de su testimonio exclusivo, la fiscalía procede contra Saoul por supuestos delitos de incesto y abuso sexual. El pequeño pasa de los calabozos a un centro de detención de menores. A los pocos días es llevado ante el juez para una visita preliminar. El niño lleva esposas en las manos y cadenas en los pies, y apenas si puede andar. Se declara inocente y explica que tan sólo ha pretendido ayudar a su hermanita a quitarse los pantaloncitos para que pudiera hacer pipí. El fiscal convence al juez de la supuesta gravedad de los hechos y dicta su ingreso provisional en un centro de menores, a la espera de una nueva vista en la que puede ser condenado a pasar hasta dos años en el mismo lugar. Tras siete semanas de internamiento, el niño queda finalmente en libertad cuando el juez decide desestimar el caso. Sin embargo, el magistrado no reconoce en ningún momento la desproporción de las actuaciones judiciales, sino que anula el proceso en función de un error de procedimiento: la violación del derecho del niño a un juicio rápido. Con Saoul ya en libertad y en Austria, donde sus padres se han refugiado, el juez recalca que “teníamos razones legítimas para intervenir, y proteger a la víctima y a la comunidad de los presuntos actos delictivos e inmorales cometidos por este menor”. “Tenemos razones legítimas para intervenir y proteger a la vícitma, Katheryn Mendes-Steiner, y a la comunidad, de los presuntos actos criminales cometidos por Pedro Escobar”, dictaminó el Fiscal de la République Française para procesar al español. La calle fue mi casa y mi escuela. No me salvaron ni mi abuela, con la que me confiaron a la edad de 12 años, ni unos pocos meses de colegio. A los 17 me reclutó una banda que vendía drogas y aquel mundo se convirtió en el mío. ¿El proceso? Tenía un abogado de oficio que se ocupaba de cincuenta casos a la vez, y que nunca encontró el tiempo suficiente para seguir una sesión entera, ni presentar un solo testigo: me condenaron a muerte.

Maurice, que no había dicho una sola palabra (ni diría a lo largo del trayecto) pensando en los pechos de Nadine e intimidado por Carole, se detuvo ante un semáforo en rojo en el cruce del bulevar Saint Germain con Saint Michel. Katheryn estuvo tentada de saltar del Laguna. Para hacerlo tenía que pasar por encima de su hija o de su amiga, que la escoltaban tiernamente, y no tenía fuerzas para conseguirlo. El coche remprendió su marcha Boul’Mich arriba y Katheryn se dejó llevar. No le quedaba otra opción. En el quiosco de prensa junto a la rue de Vaugirard, la segunda edición de tarde del France-Soir anunciaba en grandes titulares: “El cadáver de la viuda Hurtig aparece en Berlín”. Pasó en sentido contrario a la marcha del Laguna señora de unos cuarenta años, bajita, barriguda, tetona con una minúscula minifalda, sandalias de tacones altísimos, y un gorrito verde de perlé. Encima del capot de un vehículo aparcado junto a la acera derecha ascendente había pareja de enamorados enlazados estrechamente como si estuvieran solos en el polo norte. La chica con gafas de miope y expresión de retrasada mental hacía gala de una refinada sensualidad, lamiendo, sorbiendo y besando cada milímetro de la oreja y mejilla de su amante (al que aprisionaba entre sus muslos) esmirriado y con gafas de culo de vaso gordo, para terminar por succionarle los labios como una ventosa. Familia de edad media al completo, padre, madre y dos hijos varones, toda equipada deportivamente y con cascos aerodinámicos, subía pedaleando penosamente a cuatro kilómetros por hora entre el tráfico hacia el Luxembourg. Si un día me pierdo que no me busquen en Los Ángeles, es una ciudad de fontaneros y contables. Un amigo de mis padres, un pobre actorucho de Hollywood elige mal su disfraz de vaquero. Un policía de verdad, que acude a la llamada de un vecino al piso donde se celebra una fiesta ruidosa de Halloween, le dispara de verdad viéndose apuntado con una pistola de mentira que él creía de verdad. Simone Weil me fascina, ¿cómo podría encontrarse una mujer parecida en Los Ángeles? Trabaja en las fábricas, lucha contra el fascismo en España, rechaza el estalinismo. Está con Dios y actúa libremente porque dice que lo único que creó Dios fue el amor y los medios para el amor: “Dios existe porque mi amor no es ilusorio”. ¿Mi amor por Pedro Escobar es ilusorio?, luego Pedro no existe. Joyerías Pelletier, boulevard Saint Michel. Plinio el Antiguo llamó a los diamantes la más bella de las posesiones del hombre. Esta piedra mítica es puro carbón, uno de los elementos que más abundan en la tierra. Un diamante sin color es realmente simple carbón, con los mismos átomos exactamente que el grafito o el carbón para quemar. Lo que hace del diamante un carbón único es la manera en que se formó hace millones de años. Bajo intenso calor y presión del magma líquido de la tierra, los átomos del carbón cristalizaron en una sólida forma cúbica, que le dan a este material su insuperable dureza. El valor de los diamantes viene dado por cuatro cualidades: quilates, corte, limpieza y color. Un quilate equivale a 1,5 gramos. Los diamantes pueden ser rojos, verdes, azules, naranja e incluso de otros colores más extraños. Los diamantes comenzaron a usarse en la India. El más pesado de los diamantes conocidos tiene 616 quilates, pero las impurezas rebajan su precio. La corona del sha de Irán tiene 3380 diamantes. Uno de los mercados de diamantes más importantes está en Tel Aviv. Las exportaciones de diamantes de Israel generan más de un billón de dólares al año. Tía Norah dixit, y también lo decía Marilyn y los joyeros: “Los diamantes son el mejor amigo de las chicas”. Los últimos días he vuelto a tener síntomas variados que el doctor Leclerc achaca al estrés y a mi ansiedad: irritabilidad, agresividad, labilidad emocional, inhibición del deseo sexual, alteraciones gastrointestinales, insomnio, cefaleas, consumo y abuso de alcohol y tabaco, y agotamiento. Incluso ha aumentado mi presión arterial, el colesterol, la glucemia y hasta el ácido úrico. El doctor Leclerc, mi médico, me ha puesto un tratamiento de psicoterapia y una medicación basada en psicorelajantes y estimuladores de los sistemas dopaminérgico y noradrenérgico para ayudarme a restablecer mi energía, y advirtiéndome de que no me convenía en absoluto actuar sobre mi sistema serotoninérgico.

Balbino Gutiérrez

 

 

 

 

 

 

 

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