Relatos de Balbino: El obsequio y El Piso

 

EL OBSEQUIO

Entré en la planta baja del Corte Inglés con la intención de comprar jabones y, de paso, echar una ojeada a las novedades editoriales. En la sección de librería encontré un espacio acotado por nueve o diez mesas sobre las que habían apilado cuidadosamente las últimas cosechas de Best-Sellers. Pasé despectivo entre ellos y me detuve ante una mesa cercana con forma de embudo, atraído por el sorprendente rótulo:

Selección libros OBSEQUIO por la compra de un Best-sellers

Me asomé con prevención a un informe montón de volúmenes y, removiéndolos con cierto repelús, comprobé anonadado que había varios ejemplares de mi último libro: Los ojos de una gacela, publicado por las Ediciones del Nordeste hacía tres años y primer premio del XXV concurso de relatos “José Hurtado de Mendoza”, otorgado por un jurado repleto de prestigiosos nombres de nuestra literatura contemporánea: Luis Mateo Píez, Antonio Gamonera, Juan Pablo Aparicio y José María Churra, entre otros de no menor prestigio.

Morado de indignación, me dirigí a una joven empleada que se me acercó obsequiosa:

-¿Qué vale este libro? –le pregunté secamente.

-Este libro no se vende, señor, se lo regalamos si compra un best-seller.

-Pero a mí no me interesan los bestsellers, son una basura –le respondí iracundo.

-Lo siento, caballero, pero estos son los libros que más vendemos. Los que se anuncian en la televisión y en todos los pasillos del Metro: Lussía Etchavarría, Terencio Moig, Antoni Gala, Mari Carmen y su muñeca…

-Y una mierda –le grité irritado –Yo lo que quiero es llevarme este libro porque yo lo he escrito. Yo soy su autor y no quiero que lo regalen como si fuera una muestra antiarrugas o anti calvicie.

-Cálmese o llamo a seguridad – me replicó la cajera quien, desde hacía un instante, había cambiado su sonrisa por un rictus de repugnancia.

Me serené a duras penas y traté de buscar mi carné de identidad en un bolsillo y, como siempre que me pongo nervioso, tardé en encontrarlo. Al final lo conseguí y se lo puse delante de los ojos para que viera mi nombre y apellidos y comprobara que yo era el autor del libro obsequio. Tras mirar alternativamente carné y portada del libro, la empleada exclamó en tono cada vez más destemplado:

-Caballero, usted no se llama como el señor que ha escrito este libro.

Y llevaba toda la razón. El libro lo publiqué con seudónimo y traté de hacérselo comprender. Le expliqué, lo mejor que me permitía mi terrible estado de crispación, lo que es un seudónimo, pero la cajera, que fue reclamada a bocajarro por una señora obesa que le mostraba unas bragas enormes, se puso a atenderla y me dejó plantado volviéndome la espalda.

Con el fin de tranquilizarme y pensar mientras tanto qué hacer, fui a comprar mis jabones, que habían sido el motivo primero para entrar en los grandes alamacenes. Pagué mis pastillas a la lavanda y me dieron una bolsa verdiblanca de la casa. Regresé a la sección de Best-Sellers y como no vi ya rondando a ningún empleado, introduje con rapidez mis ejemplares en la bolsa de jabones. Estaba decidido a rescatar mis libros costara lo que costara.

Me dirigí hacia una de las puertas de salida suplicando mentalmente que no hubiese ningún vigilante. Pero lo había: un tipo con uniforme marrón y con aspecto clónico de Bruce Willis en policía. Me dirigí entonces a la salida opuesta esperando que estuviera franca, y no: otro clónico del actor norteamericano acechaba al ladrón, y a su lado la cajera con la que había discutido que no me quitaba la vista de encima. ¡No importaba! Pasé presuroso bajo el dintel metálico que se puso a emitir bips bips que se oyeron por toda la planta.

– ¡Caballero, caballero, deténgase! Escuché gritar a mis espaldas. Pero yo hice caso omiso y me lancé por la calle peatonal a una frenética carrera, apretando mis libros contra el pecho.

 

Balbino Gutiérrez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PISO

 

 

 

 

Cuando Gabriel, sorprendido, me abrió la puerta de su piso y me invitó torpemente a pasar, tuve la impresión de entrar en alguna vieja cripta olvidada o de atravesar una estación de metro abandonada. El aspecto del salón me atenazó la garganta, y, de no ser porque la melodía a todo volumen que salía de un disco compacto llenaba el aire de vibraciones, hubiese creído que allí yacía un cadáver, o era el desolado territorio de un vagabundo ocupa: muebles rotos, sofá y sillones destripados, botellas vacías, ceniceros desbordantes de colillas y ceniza, la pintura de los techos colgando a girones, manchas de humedad y,  cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo –por donde flotaban nubes de plumas surgidas de los descosidos pufs y cojines- que habían depositado las muchas semanas de completo abandono. Los únicos objetos que aún mostraban signos de vida y habían escapado a la grisácea parálisis de la suciedad eran los discos: una extraordinaria colección de elepés descansaba sobre unas repisas de madera mediocre que parecían querer descuajaringarse de un momento a otro bajo su enorme peso.

–         Esto está un poco guarro –dijo Gabriel disculpándose y visiblemente nervioso. Yo hice un gesto que pretendía expresar comprensión e indiferencia, aunque, en realidad, senti vértigo y no me atrevía a dar un paso por miedo a mancharme los zapatos y mi costoso abrigo negro, o temiendo que se hundieran las crujientes planchas del parquet. Por indicación de Gabriel me senté en la única silla sana del salón mientras él fue a buscar bebidas.

Hacía casi un año que no nos veíamos, desde que Gabriel dio pruebas inequívocas de no querer quedar conmigo pese a mis reiteradas llamadas de teléfono, lo cual me hizo pensar que a mi amigo no debían de irle muy bien las cosas, y por eso decidí visitarlo de improviso, aun a riesgo de no ser bien recibido.

-¿Cómo sigue Begoña? –me sentí en la obligación de preguntar a Gabriel, que regresaba con una botella de whisky y dos vasos recién enjuagados.

-Supongo que bien, se marchó de casa y está viviendo con un tío en París.

-¡Y eso! –exclamé fingiendo extrañeza, aunque lo había sospechado inmediatamente al ver el estado del piso.

-Ha sido una separación muy destructiva, pero ya te contaré más tarde, prefiero no hablar del asunto ahora –dijo Gabriel al tiempo que cambiaba de disco y volvía a ausentarse del salón para tratar de poner un poco de orden en el resto de las habitaciones.

Nos habíamos conocido 15 años antes cuando los dos estudiábamos los cursos de la carrera de Filosofía de la Complutense. Gabriel era lo que se decía entonces un auténtico líder estudiantil: inteligente, brillante, ingenioso, muy admirado y querido tanto por amigos como por enemigos. Los dos participamos en las mismas luchas políticas en los extertores de la dictadura, y, además de ser camaradas del mismo partido, existió entre nosotros una buena amistad. Más tarde, Gabriel se dedicó al periodismo, colaborando en varias revistas de vida efímera y actualmente era un personaje si no popular, sí al menos muy conocido en los medios musicales y radiofónicos de Madrid.

El piso de Gabriel tuvo siempre un significado muy especial para mí, y siempre lo consideré en parte como algo propio: viví en él durante varios meses al separarme de Carmen. Entre sus paredes había conocido los estados de ánimo más dispares: la desolación y la exaltación, la soledad y el amor. Había amado platónicamente a la hermana mayor de mi amigo, que fue como una madre para Gabriel, antes de casarse y de ir a residir a Valencia, y amé también físicamente a Irene. No fui capaz nunca de volver a entrar en el cuarto de servicio en el que había pasado unas noches de amor que aún seguían vivaces en mi recuerdo. Sabía que era muy doloroso sentir la vacuidad de un espacio que me imaginaba inverosímilmente desordenado, y en el que gocé numerosas veces de un cuerpo joven deliciosamente voluptuoso que se me entregó sin reservas.

-Me alegro de que hayas venido a verme y no hayas esperado a que te llamase, porque seguramente yo habría tardado mucho tiempo en hacerlo –dijo Gabriel sentándose en frente de mí. Llenó un vaso de whisky, me lo alargó y siguió hablando –Te he puesto un poco de agua fría, no tengo hielo, la nevera se me estropeó hace unos días y no la he reparado todavía; tengo que hacer un esfuerzo y comenzar a arreglar cosas si no quiero que esto se caiga en pedazos o se desmorone.

-Como no me llamabas supuse que debía de pasarte algo, pero no podía sospechar que hubieras roto con tu mujer, la última vez que os vi erais o parecíais una pareja feliz.

-Éramos –respondió lacónicamente Gabriel, dando un trago largo y aspirando profundamente el humo de un canuto, el segundo desde que yo había llegado.

Gabriel seguía fumando chocolate sin tasa ni control. Empezó a aficionarse después de dejar la bebida tras una larga cura de desintoxicación. Al principio fumaba poco, pero fue aumentando progresivamente la dosis hasta llegar a consumir dos chinas diarias. Se liaba porros constantemente y en cualquier parte: bares, cafeterías, discotecas y casas particulares. Con frecuencia lo expulsaban de los locales públicos en los que no toleraban el hachis, pero eso a él le traía sin cuidado y volvía a liar en el próximo lugar. Además, reanudó con el alcohol luego de pasar varios meses sin probarlo, y la mezcla de ambas drogas le colocaba en unos estados de desquiciamiento en los que su comportamiento se volvía intolerable para las personas que lo acompañaban o estaban a su alrededor. Yo tuve que abandonarlo en más de una ocasión cuando mi amigo se transformaba en un ser agresivo y extraño. Sin embargo, no todas las veces que nos vimos fueron siempre insufribles. Recordaba también salidas espléndidas en las que me había reído como un loco con el humor y la verborrea surrealista de Gabriel.

Una vez montó un numerito de escándalo en el pub Santa Brígida, alto y solaz de la progresía de la época. Se sentía eufóricamente colocado por las copas anteriores y conseguía que los consumidores de las mesas vecinas se divirtieran sin reservas con sus ocurrencias incandescentes. Hubo un momento en que Gabriel tuvo ganas de ir a orinar, se levantó y se fue canturreando y bailando una melodía rítmica que se acababa de inventar; al llegar delante de la pesada cortina de terciopelo marrón que ocultaba el pasillo donde estaban los servicios, se bajó los pantalones, enseñó el trasero y despareció rápidamente camino de los urinarios, todo ello ante la mirada atónita de muchos clientes y sin que los camareros se dieran cuenta de nada. Gabriel regresó a nuestra mesa y continuó con las bromas, pero antes de marcharse del pub, hizo su última travesura. Amparándose en la bulla del local a esas horas de la noche, robó impunemente un taburete recién tapizado: con el asiento bajo el culo, fue aproximándose lenta y pausadamente a la puerta y, cuando estuvo totalmente seguro de que nadie se percataba de su maniobra, salió tranquilamente a la calle con su taburete en las manos.

Gabriel se sirvió un segundo vaso de whisky y comenzó a calentar un trozo de china con su encendedor.

-Pues sí, estoy dispuesto a ponerme a arreglar y a limpiar el piso, porque si no, se me va a hundir cualquier día –volvió a repetir.

Yo había ya escuchado muchas veces el mismo propósito, pensaba, no obstante, que Gabriel no lo haría jamás. A su innata torpeza manual había que añadir su absoluta carencia de sentido práctico: era incapaz de clavar una tachuela, conducir un coche, o contratar un obrero para que viniese a pintar. El caos comenzó a instalarse al quedarse Gabriel solo, después de la boda de su hermana María, que siempre se había ocupado de todas las tareas de la casa, sobre todo a partir de la muerte de sus padres en un accidente de automóvil dos años atrás. Gabriel no sabía manejar una escoba, ni limpiar el polvo, ni lavar una camisa, ni, naturalmente, freírse un huevo.

Yo no podía olvidar la primera visita que le hice a unos meses de la ausencia de la hermana-madre. El mobiliario todavía se encontraba en buenas condiciones, pero por los suelos de las habitaciones y pasillos rodaba espesos ovillos de pelusas negras, como si allí hubiesen esquilado a un rebaño de carneros del mismo color. En la cocina era imposible entrar: los cacharros se acumulaban sobre las mesas, el aparador y el fregadero, atascado, y recubierto de inmundicias y moho verdoso; Gabriel había utilizado uno a uno los diferentes elementos de la rica vajilla familiar y, sin lavar nunca un solo plato, vaso, cuchillo o tenedor, los había ido apilando. Había también por todos los rincones latas vacías de conservas, la mayoría oxidadas: en el cuarto de baño, en el salón, en el recibidor, y en el cubo de la basura, mezcladas con alimentos putrefactos.

El piso se limpiaba únicamente en las escasas ocasiones en que alguna joven, enamorada de Gabriel, se quedaba en él durante un tiempo y no quería vivir como una cucaracha. Las más de sus frecuentes conquistas solían huir a la primera copa o a la mañana siguiente, en cuanto descubrían la mugre dominante en la que no habían reparado la noche anterior a causa de la borrachera.

Volví a ponerme whisky, pero rechacé la invitación a compartir el cuarto canuto de Gabriel.

-¿Y tú, qué tal?

-Bien –respondí.

-¿Y tu mujer?

-Bien, bien –repetí velozmente como la vez anterior.

-Tú que eres sociólogo, ¿te has parado a pensar que los nipones son considerados orientales por los habitantes de Nueva York y occidentales por los de San Francisco?, ¡Qué esquizofrenia!, ¿verdad?

-Pues no –dije desorientado, y, sin dejarme tiempo para poder replicarle con un comentario sobre las graves tribulaciones de los norteamericanos, Gabriel se puso a jugar con el lenguaje y a carcajearse con sus propias ocurrencias:

“La casada, casa da. Preguntaba seriamente la señora: ¿sería seria la serie?, si no, se iría. La doméstica domestica. Los Papas no quieren papas. Hacía días que no comía acedías. El menor de los Caso, que era un caso, se casó. ¿Tomas tomate, Tomás? El agente penelizador alegó circunstancias extenuantes”.

Comprendí que Gabriel había comenzado a despegar  y que ya no habría modo de seguirlo. Me despedí precipitadamente con el pretexto de tener mucha prisa y salí del piso.

Balbino Gutiérrez

 

 

 

 

 

 

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