Relatos de Balbino. La desventura de un publicista. Capítulo 16

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 16

-Allí donde haya una mierda, alguien irá a pisarla –gritó, interrumpiendo a Pedro Escobar, el jefe estafador de la Gendarmería.

-Tiene usted toda la razón –gritó Pedro a su vez en dirección al gran jefe-. Nunca he visto una mierda en la calle que no lleve la huella de un zapato.

Y prosiguió con su programa CLT que le solicitaba más datos sobre el periodo en curso.

-“Hace unos días, después del discurso del presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, un conocido periodista me preguntó que qué me había parecido: Arias rejuvenecido, fue mi ingeniosa respuesta”. –decía el catedrático Tamames. “Se escucha ya el rumor sordo del revanchismo, la agitación de un mar oscuro y profundo a punto de embravecerse. La clase gobernante española está enferma de miedo en no pocos sectores. Si no se la resana a tiempo volveremos a contemplar, quizá en este otoño tan próximo, cómo caen otra vez ensangrentadas las hojas de la Historia de España” –escribía por su parte Luis María Ansón. La LCR sale a escena. Negociar con el gobierno de Juan Carlos es atar a toda la clase obrera al carro de la reforma. Con semejantes argumentos expresaron portavoces de LCR su rechazo a la política seguida por el Partido Comunista Español, al tiempo que invitaban al resto de partidos obreros encuadrados en el organismo de Coordinación Democrática a formar con ellos un frente único. Jordi Jaumandreu, Jaime Pastor y José María Mendidulce, y una bonita (sic) responsable del movimiento de la mujer que prefirió no dar su nombre, hicieron el viernes la presentación pública de la nueva Liga Comunista Revolucionaria de inspiración troskista. Creada hace seis años por militantes procedentes del FLIP-FLOP, la Liga decidió en 1973 su unión con ETA (VI) Asamblea. La nueva organización, autorizada LCR-ETA (VI), celebraría el pasado agosto su primer congreso. En él se sancionó definitivamente la fusión a la vez que se estableció que, en el futuro, aquella llevase el nombre único de Liga Comunista Revolucionaria, salvo en Euzkadi, donde el próximo congreso nacional vasco deberá pronunciarse formalmente sobre si se desea mantener la denominación de ETA (VI) Asamblea o  ETA Asamblea (VI).

-¿A QUIÉN CREE QUE PUEDA INTERESAR EL ÚLTIMO PÁRRAFO? – escribió el CLT en color rojo-. Cuente historias más divertidas de su personaje.

-Termino con la etapa de periodismo político, pero antes es preciso que añada lo que Pesc escribió sobre los postulados políticos e ideológicos del partido que codirigía entonces el señor Joseph María Mendidulce, gran amigo suyo durante un tiempo, y posteriormente militante del PSOE y alto representante de la ONU en un remoto lugar de la Europa del Este: “Con más de 35.000 militantes (la mayoría obreros), la LCR es partidaria del derecho a la autodeterminación de todos los pueblos del Estado Español. La liga propugna la elección por sufragio universal, en el seno de cada uno de ellos, de Asambleas Nacionales que puedan decidir libremente sobre su integración en la República Federal del Estado Español o de los Pueblos del Estado Español, que la LCR propugna como forma de organización del Estado. A esa República Federal habría de llegarse a través de la convocatoria inmediata de elecciones a una Asamblea Constituyente, por sufragio universal y con derecho al voto desde los dieciséis años”.

-¡Qué! ¿Sabe ya dónde encontrar a la viuda Hurtig? –preguntó el gran truhán, volviendo a sorprender a Pedro.

-¿En París, tal vez? –le gritó éste, un poco cansado del juego.

-Le voy a dar una pista –dijo el gran estafador-: En las páginas de un libro capital devaluado.

-Muchas gracias. Lo pensaré –respondió Pedro sin alzar apenas la voz y continuando con su programa CLT, ávido de datos pertinentes del protagonista.

-En esos días, Pesc había dejado de ser un tipo barbudo con el libro  de Nikos Poulantzas bajo el brazo, y presentaba un convencional aspecto exterior:  traje de Galerías Preciados, ancha corbata roja muy a la moda, camisa a tono, pelo corto y bien repeinado. En calidad de intelectual orgánico era, a menudo, el orador invitado a muchos de los actos y mítines del PCe: Se trata de que los centenares de hombres y mujeres que se plantean una perspectiva revolucionaria para nuestro país, que luchan por transformar la realidad al servicio de los intereses del pueblo, encuentren su puesto de combate en nuestro gran Partido. La atención que prestamos a ellos es muy insuficiente y explica que los problemas de crecimiento sean poco y mal discutidos en el Partido. Creemos llegado el momento de lanzar una auténtica ofensiva en tal sentido. Hemos pensado ponerle el nombre de PROMOCIÓN I DE MAYO, y llevar la discusión por todas las células y comités, de los criterios que hagan de esta campaña un esfuerzo coordinado –decía Pesc a los militantes de base reunidos clandestinamente en hermoso chalet de Valdelatas a las afueras de Madrid. El final de su etapa política fue un episodio muy repentino y moralmente traumático. Una tarde, Pesc explicaba, según su interpretación personal, a los militantes de base de las distintas células madrileñas del distrito norte, la ideología y la praxis del Partido: Que si hemos de tener capacidad de investigar lo nuevo desde un punto de vista proletario…Nuestra estrategia es un amplio frente contra el capitalismo monopolista de Estado y contra el imperialismo norteamericano para proclamar una república popular…Necesitamos un sindicato que combata el burocratismo y la manipulación partidista…Los cristianos lo tienen difícil en nuestra organización, porque el materialismo histórico es incompatible con el idealismo de la religión…Tenemos que prepararnos para provocar el choque frontal entre la burocracia y las masas…Debemos garantizar que la línea que triunfa es la línea auténticamente proletaria…Es preciso terminar con los revisionistas, entonces, la metafísica del hombre no será más que un recuerdo. En fin, que este discurso incendiario procedente del fondo gauchiste que había permanecido incólume y refoulé en el corazón de Pesc, disgustaba profundamente al eurocomunista dirigente del Comité Central que presidía el acto, quien, sin cortarse un pelo, arrebató el micrófono al integrista orador y dio por concluido el mitin. Al día siguiente Pesc recibió por motorista una carta del propio secretario general del citado comité anunciándole su exclusión inmediata del Partido Comunista español.

-Está usted contradiciéndose gravemente, está usted contradiciéndose gravemente –repitió por dos veces el CLT-. ¿No recuerda que anteriormente, usted ha relatado que el protagonista dejó la vida política cuando leyó aquella entrevista del presidente de Chile, Salvador Allende?

En lo tocante a este punto y en honor a la verdad se hace necesaria una puntualización escueta del inventor de este libro al objeto de poner las cosas en su sitio, a saber: Pedro Escobar (Pesc)- no fue expulsado por izquierdoso y sectario del Partido Comunista español. La realidad es muy distinta. Pedro Escobar fue militante ortodoxo, y de la corriente Parrillista en el PCe, hasta las primeras elecciones generales que hubo en España después de la dictadura de Franco. Luego, tras las mismas, y a la vista de los decepcionantes resultados de su formación política, Escobar solicitó el ingreso en el PSOE, donde fue recibido, como tantos otros tránsfugas y pícaros, con los brazos abiertos. Es posible que la mencionada entrevista influyera de algún modo en su decisión de abandonar la política, o es posible que no.

-Hable de la actividad del personaje posterior a su etapa de militancia política- reclamó el CLT.

-Para figurar en sociedad no es preciso ser poderoso o haber hecho méritos recientes, y ni siquiera remotos; basta con querer estar. Hay que aparecer en todas las fiestas o actos sociales de relieve que ocurren en la ciudad, día tras día, noche tras noche, sin desmayo ni ausencia. Esta será la filosofía que inspirará en el futuro la conducta de Pesc, después de superar lentamente el gran trauma que supuso para él la expulsión de su Partido. Además, contaba con la ventaja de haber entrado como redactor del prestigiosísimo e influyente, por entonces, La Opinión, que le abría todas las puertas cerradas. Se entregó por entero a vivir la movida madrileña: un polémico periodo de libertad y creatividad artística juvenil, glosado y alentado por un anciano profesor, elegido alcalde socialista de Madrid, que lanzaba a los jóvenes consignas sabias y marchosas para canalizar su energía por senderos alejados de la pérfida política: “El que no esté colocado, que se coloque y al loro”. La movida soy yo, dirá Pesc en plan de broma, aunque él se lo tomaba muy en serio. Quiso ser joven y moderno.  Frecuentaba todos los lugares emblemáticos, el Vía Láctea, El Sol, Rock-Ola, y todos los locales de Malasaña. Tarareaba todas las canciones: Cuatro Rosas, Marta tiene un marcapasos, Deseo Carnal y las demás de Alaska. Bailaba en las actuaciones de todos los grupos, Nacha Pop, las Chinas, Elegantes, Derribos Arias, Golpes Bajos, Radio Futura, impregnados de un ambiente cultista. Pero como la movida no era sólo música, Pesc hizo entrevistas a sus pintores y fotógrafos: Pérez Villalta, Vijande, Cesepe  y Ouka Lele. Pesc se jactaba de ser uno de la banda de los inventores de la palabra y de la expresión: Tengo una movida y luego te veo. La empleaba cada vez que se dirigía a un baño a esnifar coca, de la que se hizo adicto por esos años, aunque más tarde consiguió dejarla casi completamente. Pesc narró en crónicas sabrosísimas la visita que Andy Warhol ( ex Andreas Warhola)  hizo a Madrid con motivo de la exposición de algunas de sus obras en la galería del pintor Vijande ya citado. Pesc decía que había un antes y un después en la historia de Madrid a partir de la venida del pintor checo-norteamericano. “Antes” era un pueblo ensimismado en su provincianismo. “Después”, una metrópoli conectada con la modernidad y con la capital del mundo: New York, donde él había estado brevemente en su época de comunista y se había dado el gusto de hacerse fotos con el puño derecho levantado al pie de la estatua de la Libertad y de las Torres Gemelas. Pero de esto guardaba un bochornoso recuerdo y lo consideraba la provocación de un cateto. Pesc fue uno de los escasos periodistas que tuvo el privilegio de acompañar a Andy, como el artista le pidió que lo llamara, en su meteórica vista al museo de El Prado que duró sólo diez minutos (cronometrados). El tiempo de recorrer a toda velocidad las salas de las dos plantas sin detenerse a contemplar un solo cuadro de los allí colgados. Ni Veláquez, ni Goya, ni siquiera el Bosco o Tiziano merecieron un segundo de atención del simpático genio neoyorquino, quien solamente se paró unos instantes para mirar y celebrar el trabajo de un copista de uno de los lienzos de Murillo, cuyo título Pesc no pudo retener, y que era una de las tantas vírgenes del pintor sevillano. Pesc publicó un relato pormenorizado de la primera aparición de Andy Warhol ante el todo Madrid, congregado en masa en la galería de la exposición, para rendir pleitesía al cónsul artístico del Imperio que se dignaba visitar la ignota e insignificante provincia, a medio civilizar, y de la que sólo había oído contar que era tierra de bellotas, toreros y cantaores y bailaores de flamenco. Durante el exquisito acontecimiento multitudinario, Pesc tuvo que emplearse a fondo para hacerse un hueco entre la nube de periodistas que rodeaban al ídolo pelo-paja y no perderse ninguna de sus graciosísimas ocurrencias en respuesta a las infinitas preguntas de los colegas de la prensa e invitados en general, que además no dejaban de solicitarle autógrafos y dedicatorias en los soportes más peregrinos tales como papelinas de chocolate o  papel higiénico. A pesar de todo, contaba Pesc, Warhol reaccionó como un tipo de temple, ingenioso y con un gran sentido del humor, incluso ante insinuaciones impertinentes acerca de sus inclinaciones sexuales, de su afición a los experimentos de cirugía plástica en propias carnes, o de su pasión por la fama: Es una paradoja. Me gusta que la gente me reconozca, no lo niego, pero no soporto la fama. Si pudiera, saldría cada día con una cara distinta. Abomino de la fama y en los últimos tres años me he visto expuesto a una persecución tan espantosa, que me ha hecho ver las miserias de los famosos, dijo (a modo de boutade) el artista más famoso de New York.

El trabajo bien hecho de Pedro Escobar con “Andy”, cuando los dos solos se pasearon en el Rolls Royce blanco de éste por el Madrid la nuit, le valió convertirse en el redactor 4 x 4 de su diario. A él le encomendaban los artículos y reportajes de los temas importantes y las entrevistas con las personalidades más famosas del arte y los espectáculos. Parecía que fuese el único periodista con que contaba la sección de cultura de tan preeminente institución. Al final, la empresa privada acabó echándole el ojo, y Pedro Escobar abandonó con gran sentimiento a principios de los noventa el proceloso mundo de la prensa. La publicidad, para la que estaba predestinado, lo reclamaba: corrían nuevos tiempos.

El capellán Didier entró como una tromba en la biblioteca y vino a detenerse ante Pedro Escobar sin dirigirle el acostumbrado saludo de “Dios te ama como eres”.

-Darue se está muriendo –dijo con voz trémula y agitada-. Ha pedido que vayas a verlo.

-¡Cómo que se está muriendo, si no hace ni media hora que ha formado aquí un escándalo! –dijo Pedro extrañado.

-Precisamente por eso –dijo el capellán-. Se ve que se quedó muy afectado y decidió acabar con sus días, y sin que nadie lo advirtiese se ha colado en la imprenta y se ha bebido un bote entero de la tinta que ponen a las multicopistas Gestetner.

-¡Un bote entero de tinta! –exclamó Pedro.

-Eso afirma el celador responsable de la imprenta –dijo el joven padre Didier-. Yo he tratado de confesar a Darue, que está siendo atendido en la enfermería, pero no quiere saber nada de mí y sólo repite en voz apenas audible: “Pedro, papel, lápiz, abogado, Pedro…”. De manera que he venido a buscarte.

En la sala cerrada Vito ataca con lanzas. Este cobra el cetro y la corona y cambia a oros. Pesc gana el cetro y juega dos golpes de triunfo con cetro y corona. Al comprobar el reparto desfavorable del triunfo, entró en el sur mediante el cetro y siguió jugando con demasiado corazón esperando a que Vito le sirviera. Vio que estaba ardiendo los muebles de dicho piso, lo que cual fueron sofocados el fuego.

-Bien, vamos allá –dijo Pedro Escobar tras sus titubeos y en un gesto de inusual generosidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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