Relatos de Balbino. “Anerotín o la química del amor”

 

 

 

 

 

 

 

 ANEROTÍN O LA QUÍMICA DEL AMOR

 

 

 

 

 

Pilar ya no sabía qué hacer. Había llorado, había suplicado, había chantajeado, sin lograr ningún buen resultado. Había agotado todos los argumentos lógicos y disuasorios que una mujer casada puede esgrimir para convencer a un adulto normal, pero Bernardo no entraba en razón, incluso parecía que su locura iba en aumento. La noche pasada intentó clavarle un cuchillo de cocina de grandes dimensiones, y de no ser porque Pilar consiguió refugiarse en el dormitorio conyugal cerrando la puerta con llave, su marido hubiera podido asesinarla.

Bernardo se había enamorado perdidamente de una de sus empleadas, y esa era la causa de tanta chifladura desdichada. Él siempre tuvo líos sentimentales más o menos pasajeros: se diría que no podía vivir sin idealizar el rostro de alguna hermosa jovencita. Esta vez, la cosa era diferente, y Pilar estaba realmente aterrada. Bernardo quería separarse. Pretendía abandonarles a ella y a sus dos hijos, Álvaro y Borja, más un tercero en camino, que era niña.

Los trece años que llevaban casados no habían sido tan malos. Tuvieron problemas como casi todas las parejas que conviven durante mucho tiempo, pero, en realidad, no existía motivo grave de ruptura. Pilar terminó por habituarse a su estado de frigidez crónica (o fatiga libidinal), como decía pedante y eufemísticamente: el cuidado de los niños, el embarazo y las obligaciones domésticas le dejaban muy poco tiempo para juegos y fantasías. Había cumplido treinta y cinco años de edad y su marido se encontraba al filo de los cuarenta, así que –pensaba ella- ya no eran ningunos chiquillos para ir en busca de aventuras de imprevisible final.

Bernardo opinaba de forma radicalmente contraria. Se sentía frustrado, acabado. Hacía años que dejó de estar enamorado de su mujer, y él necesitaba amar para sentirse vivo. Por otro lado, creía que había muchas más cosas que no funcionaban bien: la comunicación con su esposa fue volviéndose cada vez más pobre y escasa, tenían apreciaciones y gustos antagónicos sobre las cosas, y la sentía casi como una extraña. Dejaron de salir juntos al cine, al teatro, a cenar, a bailar (él que era un loco del ritmo). Lo más difícil de soportar para Bernardo era, por encima de todo, la apatía sexual. Las relaciones carnales fueron espaciándose hasta distancias siderales, la intensidad del placer languideció, se hizo mortecino, y él necesitaba mucho calor y fuego: anhelaba abrasarse en una hoguera de amor y pasión.

Bernardo era vehemente como un romántico y se dejaba encandilar por los espejismos e ilusiones de sus sueños. Creía que cualquier belleza juvenil a la que le echaba el ojo, iba a experimentar súbitamente los mismos sentimientos incendiarios que lo alentaban, y le atribuía de inmediato las mismas virtudes de entrega y temeridad de las que él había dado ya prueba en más de una ocasión. Aún no era consciente del prosaísmo fundamental de muchas féminas. No contaba con un átomo de realismo, si pensaba que existían muchachitas capaces de preterir a jóvenes y guapos compañeros, de brillante porvenir, por ejecutivo cuarentón, algo calvoso, casado y con familia pronto numerosa.

Algunos de sus idilios no llegaron a rebasar un estado meramente platónico. Tuvo otros más productivos que terminaron siempre con la retirada de las chicas al segundo acoplamiento. Con Mari Luz, finalmente sus fantasías comenzaban a realizarse: jefe y subordinada se habían jurado amor eterno. Bernardo recobró el sabor de la dicha, perdido tantos años atrás. La joven –secretaria de dirección trilingüe, de gran belleza e inteligencia- correspondía exactamente con los presupuestos ideales que él se había forjado. Pletórico y optimista, el ingeniero químico, rejuvenecido de día en día, volvía a recuperar el espíritu alegre y locuaz de su primera juventud. Sus amores se veían favorecidos por la independencia moral y –cosa extraña- material de Mari Luz, que vivía, a sus veintitrés años, fuera de la casa paterna. Los amantes disponían en la misma calles de Huertas de una confortable buhardilla, decorada y amueblada por la joven con auténtico buen gusto y originalidad.

El embeleso duraba ya tres meses. Bernardo no podía creer que fuese real tanta felicidad como sentía, y en los momentos de mayor júbilo exigía promesas eternas de amor: “Júrame que me vas a querer siempre”, le pedía muy serio a su hermosa secretaria. “No seas bobo, Bernardo, te quiero y basta”, respondía invariablemente la chica, entre burlona y contrariada.

Finalizaba el mes de junio y faltaban pocas semanas para el cierre estival de la empresa. Las vacaciones se encontraban a la vuelta de la esquina, y el ingeniero se angustiaba ante la idea de tener que ir a pasarlas a Asturias, como todos los veranos, en casa de sus padres políticos con su mujer y los niños. Tenía que hacer algo urgentemente para evitarlo. Mari Luz, por su parte, proyectaba recorrer Italia de camping en camping con su grupo de amigos y amigas, y Bernardo estaba empeñado secretamente en acompañarla, aunque para ello tuviera que separarse de su mujer.

Ésta se encontraba lejos de sospechar las relaciones amorosas de su marido con la empleada. En otras ocasiones, Bernardo le había hecho intuir de forma más o menos intencionada la existencia de algún asunto de faldas, sin que Pilar le diera excesiva importancia, pues aunque era celosa como una gata, no tenía mucha imaginación y vivía con la serena convicción de que un matrimonio como Dios manda –y estaba segura de que el suyo lo era- había de ser para toda la vida. “Pilar”, llamó Bernardo en la oscuridad de la alcoba. “¿Qué pasa?”, preguntó la esposa con voz adormilada. “Pilar”, repitió el marido, añadiendo con voz firme: “Quiero que nos separemos”. La mujer dio un respingo, encendió la luz de la mesita de noche, se incorporó y se puso a mirarlo con ojos desorbitados por la incredulidad. Probablemente, la noticia del inicio de la tercera guerra mundial le habría impresionado menos que las cuatro palabras que acababa de escuchar. Pilar no se fiaba de sus oídos, e hizo que Bernardo le repitiera su frase para cerciorarse de que no había soñado. “Quiero que nos separemos, quiero que nos separemos”, recitó Bernardo como un eco. Entonces, su mujer prorrumpió en un llanto convulso, en el que las lágrimas se mezclaron con toda clase de hipidos y preguntas sin respuesta.

No volvieron a pegar un ojo en toda la noche lanzándose reproches y pasándose la factura de sus trece años de convivencia. Pilar quedó horrorizada por las quejas de su marido: ella que sólo había querido siempre lo mejor para él y sus hijos, y oírse tratar de “monstruo imperturbable y enemigo interior”. ¡No entendía nada de lo que ocurría! Siempre le había sido fiel, incluso había abandonado su carrera de Química para que Bernardo pudiera consagrarse por entero a su cargo de director técnico de la fábrica. Le había ayudado en su vida profesional, sacrificándose al máximo con el fin de que ni los niños ni los problemas del hogar llegasen a molestarlo o simplemente distraerlo: ¡Y ése era el pago que recibía! “Estoy segura de que quieres abandonarnos por alguna putilla, por alguna zorra que no me llega a la altura de las zapatillas”, dijo Pilar a Bernardo para provocarlo y hacerle hablar. “Qué vergüenza, un hombre de tu edad y posición dejándose llevar de la nariz por cualquier mujerzuela”, continuó rezongando la esposa, que trataba de imprimir a sus palabras un tono despectivo con el fin de humillar al marido.

Cuando llegó la luz de la mañana, se miraron por primera vez como seres extraños y hostiles. Bernardo fijó la fecha de su separación para el primero de agosto (en que el matrimonio acostumbraba a salir cada año para Oviedo) coincidiendo con el día que Mari Luz y sus amigos iban a comenzar su viaje a Italia. Pilar se juró a sí misma que impediría a toda costa que su marido lograra sus propósitos, y cuando éste se disponía a salir del piso para ir a su oficina, le lanzó las siguientes palabras amenazadoras: “Apura hasta la última gota el vino que te queda en la copa, porque no beberás más”. Bernardo se limitó a dar un portazo por respuesta, y se dirigió hacia el ascensor.

Mari Luz, que no deseaba en modo alguno comprometerse definitivamente con ningún hombre, se mostró poco entusiasta con la repentina decisión de su fogoso jefe; no obstante, aceptó que la acompañase en sus  vacaciones, y le ofreció su buhardilla como vivienda provisional hasta que encontrara un apartamento propio.

Pilar fue recuperándose a duras penas del choque sufrido por el anuncio de la separación, y comenzó a idear un plan que hiciese fracasar las ridículas y descabelladas intenciones de su marido. Visitó a los padres, a los amigos, y al jefe superior de la empresa, para que entre todos, tratasen de disuadirlo. El último, Director General para España de Chemical Limited, un demócrata cristiano del Opus Dei, llamó una mañana a capítulo a su adjunto, y agotando todas las llamadas al sentido común y a la lógica, abandonó su aire paternalista y amigable y le espetó amenazante: “Por último, no olvides, Bernardo, que si dejas a tu familia en el desamparo, vivirás siempre en pecado mortal”.

Faltaban menos de tres semanas para el día señalado de la separación y Pilar, aunque lejos de darse por vencida, empezaba a desesperar de los intentos que realizaba para impedirla. Una mañana, hojeando indiferente las páginas del último número de una conocida revista científica extranjera, a la que se había abonado por pura nostalgia de su carrera, leyó con gran sorpresa la siguiente publicidad:

ANEROTÍN. La química del amor. El trascendente descubrimiento de la neuroingeniería que permite curar los desarreglos y alteraciones causados por el amor, mediante un inocuo y eficaz tratamiento con este revolucionario medicamento.

Pilar, incrédula, leyó varias veces el insólito anuncio. ¿Sería posible que hubiese encontrado justo lo que precisaba?, se preguntó, y luego repitió en voz alta: “¿Parece un milagro de la providencia!”.

La señora de Bernardo conservaba un resto de pensamiento positivista y no puso en duda la capacidad actual de la ciencia para tratar el amor, considerado tradicionalmente como un fenómeno de orden espiritual, igual que si fuera un proceso de alteración psico-somática de naturaleza compleja. Además, confiaba ciegamente en la seriedad de la revista americana en cuestión, y descartó la posibilidad de cualquier superchería. Pensó en encargar el fármaco a una amiga, antigua compañera de estudios, que estaba becada en Nueva York terminando una tesis doctoral. Tenía su número de teléfono que buscó en su agenda, marcó en el dial los múltiples dígitos salvadores sin reparar en la hora local de la Gran Manzana, aguardó unos instantes, que se le hicieron eternos, las señales sonoras, y, por fin, escuchó una voz femenina, lejana y soñolienta, que dijo: “Hello”.

Transcurrieron siete días y Pilar recibió un paquetito postal procedente de U.S.A. Se encerró en el cuarto de baño echando el pestillo a la puerta, desembaló trémula la cajita, y tradujo atropelladamente el prospecto que acompañaba a la mágica solución:

Anerotín es un compuesto recomendado para los trastornos más o menos severos causados por agentes amorosos, siendo especialmente aconsejable en pacientes con síntomas agudos de pérdida del principio de realidad, que ponen en peligro su equilibrio somático y bienestar mental. Los efectos de Anerotín comienzan a hacerse notar a la semana de iniciarse el tratamiento, mediante la desaparición progresiva de las alteraciones más alarmantes, tales como insomnio, angustia, hiperemotividad, excitabilidad, irritación, aprensión, etc., alcanzándose elevados niveles de desintoxicación dexiocárdica a las dos semanas de su administración, traduciéndose en la mayoría de los casos por la supresión en la conciencia del enfermo de la presencia del objeto amoroso o agente específico, responsable del síndrome descrito…

A la mañana siguiente, y sin que su marido advirtiese nada extraño, Pilar comenzó a proporcionarle la dosis recomendada de dos tabletas diarias, una en el desayuno, y otra en el vaso de leche que Bernardo se tomaba invariablemente todas las noches antes de irse a la cama, para dormir mejor. Con prudencia y astucia, Pilar evitó todo motivo de disputa conyugal, y se dispuso a esperar confiada a que el fármaco empezase a producir su efecto.

Bernardo preparó una lista de objetos personales imprescindibles que pensaba llevarse a casa de Mari Luz, y Pilar le ayudó a empaquetarlos, a la vez que le sugería otros que había olvidado y podían serle de utilidad. El hombre se quedó agradablemente sorprendido ante la actitud conciliadora de su mujer, le hizo un discurso elogiando su buena disposición, y concluyó diciéndole que era infinitamente más positivo para ellos dos y los niños que el matrimonio se disolviese de forma civilizada, en lugar de que ocurriera de manera violenta.

Al cabo de una semana de tratamiento secreto con Anerotín, Pilar creyó notar ciertos signos de cambio en la conducta de Bernardo. Éste se mostraba mucho más sosegado y pasaba más tiempo en la casa, ocupándose de Álvaro y Borja, e incluso jugando con ellos, evento familiar que no había sucedido desde hacía muchísimo tiempo. A ella volvió a tratarla con frialdad y distanciamiento, como casi siempre anteriormente, pero sin la agresividad de los últimos meses. Hubo un signo todavía más prometedor. Se acercaba el día señalado para la partida definitiva de Bernardo y aún no había trasladado a casa de su amante sino una pequeña parte de los enseres anotados en la lista. En una ocasión preguntó a su mujer si pensaba ir a pasar las vacaciones con sus padres, y como Pilar le respondiera que estaba aguardando acontecimientos, él la animó a que no dejara de hacerlo, pero que no les dijera nada sobre su ausencia hasta que no llegase el momento oportuno de ponerles al corriente de la verdad. Daba la impresión de que deseaba ser más contemporizador con las circunstancias de su separación.

Sin embargo, el 31 de julio, Bernardo dejó preparada la maleta que iba a llevar consigo en el viaje a Italia que debía iniciar al día siguiente. Pilar perdió entonces toda confianza en el medicamento. Ya habían transcurrido catorce días y Bernardo, evidentemente, no había olvidado a Mari Luz.

La última noche de la pareja fue tan anodina como otros cientos de noches de épocas anteriores. Bernardo se durmió a los pocos segundos de caer en la cama, a pesar de los intentos de Pilar por entablar un postrer diálogo con el marido que la había de abandonar a la mañana siguiente. La mujer no pudo conciliar el sueño haciendo cábalas sobre su futuro y el de los niños, sin olvidar su embarazo de cinco meses. Se llamó majadera y cretina por haber confiado en un producto de buhonero para salvar su matrimonio, en lugar de haber defendido su hogar con uñas y dientes frente a un hombre degenerado y frívolo. Se repetía que tenía que haber puesto mucha más carne en el asador, y lloró amargamente durante horas hasta que finalmente se quedó dormida, sintiendo el sabor salado de las lágrimas en su boca.

Pilar se despertó a causa del ruido que producía su marido en la ducha. Abrió los ojos y tomó conciencia dolorosamente del día que acababa de nacer. Permaneció rígida escuchando todos los movimientos de Bernardo en el cuarto de baño contiguo a la alcoba. Miró al suelo y vio su maleta abierta: en ella se irían tantos años de sus vidas, pensó nostálgica por vez primera desde que le anunció la ruptura. Bernardo entró en la habitación frotándose el cuero cabelludo con una gran toalla y permaneció parado mirando interrogante a Pilar: “¿Se puede saber qué haces acostada todavía en lugar de preparar las maletas y despertar a los niños?”, le preguntó con su habitual tono seco y autoritario, y añadió: “¿Acaso te has olvidado de que hoy tenemos que marcharnos para Oviedo?”.

 

 

 

 

 

 

 

nerotín o la química del amor

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