Escritos flamencos de Balbino. “Maestros” de Rafael Riqueni y “El pequeño Reloj” de Morente

Los dos textos siguientes los escribí para el libreto de Maestros primer disco del sello de Enrique Morente, Discos Probeticos, que el maestro encargó al exquisito guitarrista y músico Rafael Riqueni;  y para el libreto de El pequeño reloj y su correspondiente nota a la prensa. Como dice el refrán castellano:  Dios (o sus padres) los crea y…

Balbino Gutiérrez

 

 

 

 

1. Maestros

(Texto de presentación del disco de Rafael Riqueni.

Editado en el sello Discos Probeticos, año 1994)

“Maestros” es la obra valiente de un joven artista de nuestra época, que ha tenido la modestia de renunciar a la práctica compositora tan habitual y, a veces, tan superficial de quienes se dedican al difícil y complejo menester de la guitarra flamenca. Rafael Riqueni ha modificado aquí su prolífica y personal  vena creadora, ampliamente demostrada en su ya intensa carrera, para restituir brillantemente los toques de Sabicas, Esteban de Sanlúcar y Niño Ricardo. Y lo ha hecho partiendo de dos bases: la de su gran capacidad técnica y la de su gran corazón.

Sin ambas cosas no le hubiera sido posible deleitarnos con la audición de los estilos recogidos en el disco, desde las Guajiras del genial gitano de Pamplona a las ‘Mantillas de Feria’ del sanluqueño, injustamente olvidado, pasando por las Granaínas de Manuel Serrapí, ese gran sevillano exacto y bohemio. El riesgo es la tercera base que ha elegido el guitarrista de Triana, asumiéndolo desde la perspectiva del pionero que se adentra en territorios poco explorados. Ya era hora de que alguien se atreviera a afirmar que la guitarra flamenca -con el cante- constituye una música clásica, quizás la única música clásica verdaderamente española, digna de ser, por lo tanto, reinterpretada.

Resulta sorprendente y admirable saber que bastaron cuatro “tardecicas” para emitir semejante torrente armónico y rítmico –notas, acordes, arpegios, falsetas y variaciones hasta el horizonte. Grabado en directo, sin más partituras ni químicas tecnológicas que las de una memoria y sensibilidad prodigiosas.

 

 

 

 

 

 

2.     El Pequeño Reloj

 

(Disco de Enrique Morente para Virgin/Emi, año 2003)

 

“La prima que canta y el bordón que llora

y el tiempo callado se va hora tras hora!”

Manuel Machado

 

El tiempo tiene una cuerda, la del reloj. La guitarra seis. La voz de Enrique Morente, un manojo. El tiempo es vacío, el arte, la forma. El arte de Enrique Morente es plenitud de forma.

Cante y guitarra, una pasión de siempre. Pepe Habichuela, Tomatito, Niño Josele: cuerdas vivas de hoy. Manolo de Huelva, Montoya, Sabicas, cuerdas de ayer también vivas. ¿No está acaso la voz emocionante de Enrique templándose en sus falsetas?

Cante y poesía: una pasión por siempre de Morente…, ahora Quevedo, Becquer, León Felipe, El tictac impasible del reloj dejó de sonar para ellos, pero no para su aliento inspirador.

Encuentro y renovación: tercera pasión. Músicas del pasado: andalusí, clásica, gregoriano, judía, “lo místico con lo oriental”. Músicas del presente: pop, jazz, tecno, y Cuba muy dentro del corazón flamenco del maestro.

Y el tiempo cantado de Enrique Morente permanece.

Otra vuelta de tuerca

La inagotable capacidad creativa de Morente que se manifiesta pletórica en este nuevo disco no deja de sorprender y maravillar. El Pequeño reloj, el décimo octavo de los grandes, representa  otra vuelta de tuerca, o más bien de clavija, o de cuerda de reloj (dado el contexto) en la larga prolífica y original trayectoria del cantaor granadino. Aquí vuelven a brillar las tres pasiones permanentes de su arte: la pasión de la poesía, la de la guitarra y la innovadora.

A la extensa y hermosa lista de versos de grandes poetas ya cantaos y que Morente ha incorporado definitivamente al acervo musical y lírico del flamenco, vienen a añadirse los nombres de Quevedo, Bécquer y León Felipe. Pero a diferencia de otras ocasiones cuando los textos fueron elegidos en función del gusto y la idoneidad de su adaptación, los nuevos poemas (y muchas coplas) reflejan y reflexionan mayormente sobre un tema trascendente: el paso del tiempo, la tiranía del reloj sobre los humanos y las cosas, lo cual representa una elección valerosa y nada banal a esta altura de la carrera de Enrique Morente.

La segunda pasión queda evidenciada por un reto generoso que ha consistido en poner voz al toque de tres maestros del pasado: Sabicas, Ramón Montoya y Manolo de Huelva. Con el primero de ellos en vida, Morente grabó en 1990 dos elepés: Morente-Sabicas, que han quedado para la historia del flamenco. Ahora se retoman de los mismos  unas alegrías a las que se incorporan coros y jaleos que las endulzan, sin hacerles perder un ápice de su sobriedad y belleza. De Manolo de Huelva, que acompañó a un jovencísimo Enrique a principios de los años sesenta, encontramos unas soleares y una caña; amos estilos parecían estar esperando la voz de un cantaor, pues aúnan, para el que sepa escuchar, toque y cante, sin ser en concierto en el sentido que hoy conocemos. Enrique Morente logra el más difícil todavía adaptándose a un ritmo y un tempo y un eco que evidentemente no son los actuales de esos palos. La versión de la rondeña de Montoya –que debería figurar en todo repertorio clásico para instrumentos de cuerda- resulta sencillamente sublime; los arreglos corales con la voz de Estrella Morente la vuelven sobrecogedora, elevándola a una dimensión de casi pieza sacra.

Los cuatro palos antiguos se complementan con igual número y mismos palos de hoy, acompañados por las guitarras de Pepe Habichuela, flamenquísima a rabiar en las alegrías y la del joven Niño Josele, gran protagonista al toque del disco y un tesoro de talento y versatilidad. Pero en estos estilos de ahora se han depositado cuarenta años de la vida y arte morentinos: otros tonos, otras entonaciones, otro ritmo, otro espíritu, y la arena de todos los relojes en su prodigiosa garganta. La rondeña nueva representa tal vez la apoteosis de los cuatro, un plus ultra imaginativo y un mágico ejemplo de cómo se debe  mover el cante, la música flamenca. Los tangos también ilustran lo dicho en último lugar, totalmente distintos a la infinidad de los ya cantados y grabados: un merecido homenaje que Morente hace a sus propios tangos y a este vitalista palo en general.

El resto de temas va desde unos tientos muy clásicos del maestro, con el toque también clásico de Tomatito, a aquellos otros en los que se abre profusamente la vena innovadora del gran cantaor, poeta y músico excepcional que es Enrique: sus armonías, instrumentaciones, polifonías, textos y nuevos mestizajes tan transgresores como originales y exactos: bolero, con los cubanos Caramelo y Horacio el Negro; además, Alain Pérez y Piraña, el benjamín del portugués, y Jerry González, ese entrañable y nuevo músico madrileño de New York y el recuerdo milonguero de Pepe Marchena. Tema tecno con arreglos del gallego Carlos Jean y last but not least, el oportuno alegato cantabile antibelicista de la Opus 27 con la base musical de la sonata ‘Claro de Luna’ de Beethoven, el piano de Javier Limón y la palabra emocionada de Enrique.

En fin, otra fascinante e imprescindible entrega de Enrique Morente –todas las suyas lo son- más Morente si cabe.

 

 

 

 

 

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