La desventura de un publicista. Capítulo 14

Capítulo 14

Balbino Gutiérrez

-Mamá, tante Caro, necesito un petit quart d’heure. Antes de irnos, Arlette y yo tenemos que dejar listo un pequeño asunto relacionado con la próxima exposición. Maître Lenôtre puede bien esperar un poco –dijo Alberta a las dos mujeres-. ¿Tienes ya preparados los textos del programa de mano? –preguntó a su secretaria mientras salían del despacho.

Me gustaría contarle ahora a Alberta la horrible decepción que tuve ayer tarde, al recibir la carta de la ONG Niños sin fronteras, comunicándome la suspensión sine die del proceso de adopción de una niñita rumana que debían  entregarnos de forma inmediata. Pero creo que no es el momento ni día para desahogos ni confidencias.

-Aquí los tienes –dijo Arlette sobreponiéndose a su tristeza-. Dime qué te parecen.

Ha costado trabajo convencerla. Hemos tenido que emplearnos a fondo, pero al fin lo hemos conseguido. Cuando termine de leer el texto que ha preparado Arlette (que por cierto, la veo muy rara), nos llegaremos hasta el bufete del abogado en la rue Gay Lussac, al lado del Panteón. No sé si mamá quiere que vayamos andando o en coche, porque últimamente no quiere dar un paso sin recurrir a Maurice, ¿se estará empezando a enamorar de él?. La pintura y la historia: Frente a Hitler, Stalin y la historia en general, los artistas plásticos se han posicionado y comprometido a menudo. La Galería Du Berry tiene el honor de presentar y exponer por primera vez juntos en París, algunos de los cuadros más representativos de esa corriente del arte que no ha permanecido indiferente ante los horrores de la guerra o la locura genocida de los líderes políticos. ¿Pueden los artistas enseñarnos a leer la historia de otra manera? ¿Se trata de militantes o soñadores? ¿Provocadores  o cómplices? Las obras expuestas en nuestras salas permitirán, sin duda, a sus visitantes responder a estas preguntas. Max Beckmann. “Partida”, 1932-1933. Cuando Max Beckmann pintó ese tríptico, ¿acaso presentía el exilio que le aguardaba por el ascenso del nazismo? Compuso de ese modo un “Autorretrato con bola de cristal” impregnado de inquietud. En 1933 fue despedido de su puesto de  profesor en Francfort y partió para Berlín. Pero la sala que le había destinado la Nationalgalerie fue cerrada y le prohibieron vender o exponer. Fue uno de los artistas malditos de la exposición “Arte degenerado” presentada en Munich. Sus obras, junto a las de Grosz, Klee, Kandinsky y muchos más, fueron quemadas. En el verano de 1937 emigró a Ámsterdam donde vivió clandestinamente. Sin embargo, aunque en “La partida” haga alusión a la crueldad y la violencia, Beckmann pretendió superar el contexto histórico: él mismo lo explicaba, confiriendo un papel de guía moral a la pintura que pretendía hacer visible lo invisible. “Se trata de una ‘Partida’ hacia realidades esenciales para descubrir cosas más allá de las ilusiones de la vida. El Rey y la Reina se han liberado, y la reina lleva en sus brazos, como si fuera su hijo, un tesoro: la Libertad”. Mamá se liberará para siempre de ese sinvergüenza de Escobar que quería su dinero y el mío después de envenenarla. Supongamos que  lo consigue y un día me entero de que ese tío casposo se lleva por la cara seis millones de francos que mamá le ha dejado de propina, mientras que a mí sólo me corresponden cuatro más los intereses. ¿Qué hago, con ella enterrada y él gastándose su dinero? Voy y me lo como, voy y lo mato, voy y le saco las dos orejas a mordiscos. Victor Brauner“Sin título (Hitler)”, 1934 Victor Brauner nació en los Cárpatos en 1903 y se estableció en París en 1930, el año en el que la “Revolución surrealista” se transformó en “el Surrealismo al servicio de la revolución”. Brauner vivía en el mismo edificio que Giacometti y Tanguy. Este último fue el que lo llevó al café de la place Blanche, donde se daba cita el grupo surrealista. André Breton escribió el prefacio de la exposición de Brauner en 1934, elogiando su imaginación “violentamente desmelenada, el trueno de la gran marmita nocturna e inmemorial”. En este cuadro, intitulado irónicamente “Sin título”, Brauner ridiculiza a Hitler. Impregnado de esoterismo (como mamá y Carole. ¡También hay gente inteligente que…!) el pintor satiriza al dictador infligiéndole tormentos a la manera de las brujas que clavaban agujas en sus muñecos o retratos (se me olvidó desclavar las que tenía en el retrato del español, aunque es mejor que las mantenga, no sea que el tipo se escape todavía…). Ese mismo año de 1934, Brauner fue convocado, junto a todos los demás surrealistas, a la casa de Breton en la calle Fontaine. Dalí fue acusado de ser culpable de “actos contrarrevolucionarios para la glorificación del fascismo hitleriano”. Dalí se defendió con payasadas, asegurando que el hitlerismo era un fenómeno paranoico. Un payaso es Escobar.  Escobar es también un paranoico. No deja de acosarme la misma pregunta: ¿qué vería mamá en ese sapo?

-Arlette, no están nada mal los dos textos que he leído hasta ahora, pero me gustaría que suprimieras el verbo “posicionar” del párrafo de Max Beckmann y lo remplazaras por “tomar posición” o algo parecido –dijo Alberta interrumpiendo su lectura.

-Como tú prefieras, pero no es del párrafo de Beckmann sino de la introducción – dijo Arlette mostrando que conocía de memoria cada una de las palabras que había preparado para el programa. Luego, permaneció en silencio mientras Alberta continuaba leyendo sus textos.

No comprendo qué importancia puede tener un término u otro si al fin y al cabo expresan exactamente la misma idea. ¡Si ésta supiera cómo me importa a mí en este preciso instante lo de posicionar y visionar o revisionar y reposicionar en lugar de lo que rayos sea! Me quedo sin mi niña, me quedo sin mi parejita de rumanos que tanto anhelamos mi compañero y yo, y no podemos adoptar un bebé de otro país. No nos dejan solicitarlo hasta que no pasen por lo menos tres años. Además Philippe no quiere saber nada de bebés que no sean blancos. Dice que entre los inmigrantes y las adopciones de chinitos, inditos y negritos, desaparecerá la raza francesa, la auténtica, de aquí a unos pocos lustros. Claro qu’il exagère un peu. Aunque es verdad que en París ya no quedan muchos franceses de pura cepa como nosotros,  y al ritmo que vamos…

Se oyeron risas procedentes del otro lado de la mampara que separaba la gran sala de exposiciones del despacho de Alberta. Carole y Katheryn, influidas sin dudas por el ambiente pictórico que les rodeaba, comentaban de manera jocosa la última exposición Picasso y el erotismo que habían visitado juntas.

-Picassho era un vaginócrata y un perversho –dijo Carole riendo.

-En absoluto, creo que era un espíritu libre, un hombre sano con un gran apetito de vivir y disfrutar –dijo Katheryn sin sonreír.

-Shí claro, dishfrutaba shobre todo pintando rabosh, vergash, falosh, vulvash, vaginash –dijo Carole

-Es cierto que era un devorador de mujeres –dijo Katheryn.

-Igual que tu eshpañolito –dijo Carole.

-No sé qué tendrá que ver “mi eshpañolito” con Picasso –dijo malévolamente Katheryn.

-Pues tiene que ver que losh dosh son eshpañolesh y muy machosh, por lo que she comenta –dijo Carole levantando el tono.

-Ah, sí. No sabía que Picasso fuera español. Yo creía que era italiano –dijo Katheryn.

-Por lo menosh nació en Málaga –dijo Carole.

-Ah, nació en Málaga –repitió Katheryn sin comprender.

-Y Málaga esh de Eshpaña, L’Andaloushie –aclaró Carole.

-¿Y no hemos estado allí nunca? –preguntó Katheryn.

-No nunca –respondió Carole.

-Pues tendremos que ir a conocer la tierra de Picasso –dijo Katheryn y añadió-. Bueno, lo que importa es que se trata de uno de los pintores más estimulantes que existen. Después de ver su exposición, me habría ido a la cama con el primero que se hubiera puesto a tiro.

-O con la primera –dijo Carole devolviéndole la puya anterior.

-No, eso, ya, no –dijo Katheryn recalcando cada palabra.

-Esh la exposhición de un genio cochon que refleja también shu impotencia shenil –dijo Carole.

-Es una exposición llena de sensualidad ondulante y alegre –afirmó Katheryn elevando el tono de voz.

-Esh la exposhición de un obshesho y voyeur de burdel –replicó Carole casi a gritos.

-Por favor, mamá, tante Caro, ¿queréis parar de discutir? No nos dejáis trabajar –gritó Alberta, que se dispuso a seguir leyendo después de que las dos mujeres se callaran y continuaran su disputa en voz apenas audible.

John Heartfield. “Monumento a la gloria del fascismo”, 1936 (fotomontaje)... No sé por qué se empeñarán en seguir viéndose cuando no hacen otra cosa más que chillarse. En fin…En realidad se llamaba Helmut Herzfelde, pero en 1916 anglicanizó su nombre para manifestar su rechazo al nacionalismo alemán. Junto a su amigo George Grosz (que también añadió una “e” a su nombre), fue uno de los miembros más virulentos del grupo Dada-Berlín. A partir de 1918 se adhirió al Partido comunista alemán (KPD), y puso la técnica del fotomontaje al servicio de sus ideales. Como si fuera obrero montador de una fábrica, lejos de lo que él llamaba “la canalla artística”, Heartfield reunía imágenes para denunciar los valores burgueses y ajustar los engranajes de un mundo que sería sensible a las reivindicaciones sociales. Conforme iba avanzando el fascismo, Heartfield se dedicó a ridiculizar el régimen y la situación política. Cuando nombraron canciller a Hitler, fue uno de los primeros artistas en estigmatizar los peligros del nazismo. La violencia de sus fotomontajes los vuelve a menudo premonitorios, como sucede con éste. Yuxtaponiendo elementos tomados de géneros diferentes, unifica a menudo el espacio, como si sólo hubiera una única  toma de vista, con el fin de que la escena percibida parezca el reflejo mismo de la realidad. De este modo hace caer a menudo en su propia trampa las imágenes fabricadas por la propaganda nazi.                                                                          -Arlette, has escrito tres a menudo seguidos. Suprime uno al menos, por favor.

-Disculpa, Alberta. Es que esta mañana no me encuentro nada bien, disculpa.

-¿Qué te ocurre?, ¿te sientes mal?, ¿quieres que lo dejemos para otro momento?

-Nada, de eso, vamos a seguir. Ya te contaré más tarde –dijo Arlette resueltamente, tendiendo a Alberta los últimos folios que acababa de escupir la impresora.

Jean Fautrier. “Cabeza de rehén”, 1944

         “Un jeroglífico del dolor, ideogramas patéticos”, escribió André Malraux para presentar la serie de “Rehenes” en 1945 en la galería René Drouin. A principios de 1943, conmovido por las ejecuciones de las que él había sido testigo en el bulevar Raspail de París, Fautrier había comenzado a pintar “Rehenes”. Detenido y soltado por la Gestapo, se escondió en una dependencia de la clínica psiquiátrica de la Vallée-aux-Loups. Allí vio pasar camiones cargados de prisioneros que los alemanes iban a fusilar en los bosques. El grito de agonía de aquellos muertos anónimos, sus sufrimientos, los cadáveres cubiertos de barro, los evoca a través de esas paletadas de pintura rayada, arañada, de colores empalidecidos y contornos borrosos. Nacía el arte informal como para testimoniar de que frente a los horrores de este mundo, desaparecía cualquier intento de individualidad.

-¿Os queda mucho todavía? –preguntó Katheryn asomando la cabeza  por detrás de la puerta del despacho-. Ya sabes que maître Lenôtre nos espera dentro de veinte minutos.

-Enseguida terminamos mamá. Nos falta revisar el último texto.

Roman Cieslewicz. “Superman”, 1968

 Nacido en Polonia en 1930, este grafista llegó a París en 1963 deseoso de ver cómo se comportaban sus “affiches” a la luz de los neones de Occidente. En Cracovia recibió la influencia del grupo “Blok”, asociación revolucionaria de poetas, fotógrafos y fotomontadores polacos. En Francia se unió al movimiento “Pánico”, al lado de Topor, del clown Arrabal, y del cineasta Jodorowsky. Desprovisto de prejuicios, utilizaba todos los soportes y trabajaba igualmente para los grandes almacenes y la prensa como para los museos. ¿Cuál era su terreno predilecto? La calle y las imágenes mediáticas, los sucesos, la actualidad. Tijeras en ristre se servía de periódicos viejos, tarjetas postales y prospectos. Sus fotomontajes constituyen, según sus propias palabras: “Un trabajo de higiene”. “La vida es en sí misma un collage extraño…y espantoso. ¿Cómo comprenderla de otro modo que en forma de esa curiosa mezcla en mi cabeza, que produce formas diferentes? De ese modo puedo hacer lo mismo un fotomontaje que un cartel”. En él, la sátira y la fantasía, el humor y la angustia se dan la mano para “reactivar” nuestra percepción y luchar contra “la contaminación del ojo”, e inquietar a las buenas conciencias. Sus imágenes lo mismo que su tipografía reflejan los acontecimientos o hablan del malestar, el horror, la vergüenza, los sueños: decididamente, este arte asume lo que se llama el arte de nuestro tiempo.

-Muy bien, Arlette. Mándalo a la imprenta y dile a monsieur Pilet que se dé mucha prisa –dijo Alberta, satisfecha con el trabajo de su secretaria-. Mamá, tante Carole –gritó-: podemos irnos cuando queráis.

-Vale –dijo Katheryn saliendo del despacho-, llama a Maurice y que pase a recogernos para llevarnos chez maître Lenôtre.

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