Relatos de Balbino: El Optimista

EL OPTIMISTA

(Relato de amor fraterno alemán)

Balbino Gutiérrez

Joseph Weiss descendió del tren en la Anhalter Bahnhof. Su amigo Ulrick Wenda lo estaba esperando en el vestíbulo principal de la estación. Se unieron en un fuerte y prolongado abrazo: cada uno deseaba mostrar que el aparente distanciamiento de los últimos meses entre los dos, quedaba definitivamente superado. Intercambiaron palabras cordiales de saludo y se encaminaron hacia la salida de la Kögiggratzers strasse, donde los recibió una explosión mareante de ruidos, voces, gentes y vehículos en movimiento. Subieron en un Mercedes 1925 plateado, que los había de llevar hasta la residencia de los Wenda en el elegante barrio de Grunewald. La mañana de mayo era cálida y soleada; Joseph se sentía eufórico y se lo comunicó a su amigo.

-Nunca cambiarás, eres un optimista a prueba de cataclismos –le replicó Ulrick.

-¿Y por qué no habría de sentirme feliz?, llego a Berlín en un día maravilloso para pasar un fin de semana con el mejor de los amigos: ¿cómo podría ser de otro modo? –insistió Joseph sonriente.

Tras cruzar gran parte de la ciudad, el coche se detuvo ante la escalinata de un moderno hotelito de tres plantas, en el centro exacto de un gran jardín. Un criado vestido de negro acudió presuroso a recibirlos, haciéndose cargo del escaso equipaje de Joseph Weiss. En el porche de la casa los aguardaba Hanna, la mujer de Ulrick.

-¡Qué alegría volver a tenerte con nosotros. Estás estupendo, por ti no pasan los años!, pero ¿cómo haces para conservarte tan bien? –dijo de corrido Hanna después de besar al amigo de su marido.

-Su optimismo, querida, su optimismo –repitió Ulrick.

-No exageréis, si vierais todas las canas y arruguitas que me están saliendo.

-Supongo que te apetecerá asearte. Te hemos preparado la mejor de las habitaciones de invitados en el segundo piso. Puedes subir ahora si quieres. Entre tanto voy a ocuparme de los detalles del almuerzo –dijo Hanna dando una palmadita en el hombro a Joseph.

Entró en el cuarto de huéspedes acompañado por el criado que le llevaba la maleta. Tras agradecérselo y recogerla, la abrió y comenzó a sacar los efectos de su interior y a ordenarlos en los armarios. Mientras se preparaba un baño de agua caliente, echó una mirada a su alrededor y no pudo dejar de experimentar un ligero sentimiento de envidia, al observar la riqueza y buen gusto de todos los muebles y objetos de la suite que sus amigos le habían destinado. No sería él con su sueldo de profesor de la Universidad de Nuremberg, quien pudiera pagarse tanto lujo y refinamiento. Ulrick era consejero delegado de un importante banco berlinés, además de codirigir con el padre de Hanna una empresa de fabricación de acero.

Los dos amigos se habían conocido en su época de estudiantes de la Universidad de Ulm, donde Ulrick estudiaba Derecho y Joseph, Filosofía. Y a pesar de pertenecer a dos comunidades étnicas y religiosas distintas ( la familia Wenda era protestante y de vieja solera prusiana, y en la de Weiss existía una larga tradición rabínica), nunca hubo entre ellos la menor sombra de resentimiento racista. Ulrick se consideraba un liberal progresista, y Joseph no albergaba en sí ni el más leve residuo levítico y había roto sonoramente con la línea religiosa familiar. El cariño entre ambos fue siempre sincero y, aunque vivían en ciudades alejadas, se reunían al menos dos veces al año en Nuremberg o Berlín, manteniendo en todo momento estrechos niveles de intimidad y comunicación.

Joseph bajó a reunirse con sus amables anfitriones en una salita contigua al gran comedor, donde los rayos de sol, tamizados por cortinas transparentes, componían una luz cálidamente envolvente. El mayordomo, vestido de rigurosa etiqueta, les sirvió un aperitivo. Hanna se interesó por la mujer de Joseph, Nohamia, así como por el hijo de ambos, Albert; lamentó que no hubiesen podido venir también, y recordó algunas ocurrencias ingeniosas del pequeño, asegurando que era el niño más inteligente de cuantos conocía. Apuraron las respectivas copas de aperitivo y pasaron al salón-comedor donde se hallaba perfectamente preparada una gran mesa oval con vajilla de gala. Una joven camarera vestida de blanco con volantes negros, les escanció un suavísimo vino blanco del Rin para acompañar a unos canapés de salmón noruego y caviar del Volga.

Ulrick leyó a Joseph el programa que había preparado para su breve estancia en la capital. Esa misma noche harían un recorrido urbano incluyendo concierto y souper. Para el día siguiente, había previsto una excursión a Potsdam con visita a los palacios de la antigua corte de Prusia, y almuerzo campestre o pick-nick, como dijo Hanna, que en los últimos meses se dedicaba intensamente al estudio del inglés. La conversación entre los tres se hizo fluida y procuraron evitar cualquier tema que pudiera levantar polémica o preocupación.

Joseph se mostraba entusiasta y no dejaba de elogiar los platos exquisitos que le servían, cocinados bajo la dirección de la señora de la casa. La gastronomía era una de sus grandes aficiones y pocos como él estaban en condiciones de apreciar el despliegue que se hacía en su honor. Una excelente receta de gulash, regado con un perturbador Lafitte-Rothschild de 1920, acabaron de situarlo en un estado de jovialidad que se contagió a sus amables anfitriones. Después de los postres, con bandeja de quesos alemanes, suizos y franceses, y tarta de fresas de Plougastel, pasaron nuevamente a la antesala para saborear un aromático café de Colombia. Hanna pretextó ciertas preocupaciones urgentes, dejando a los dos amigos cómodamente instalados en enormes sillones de cuero, con dos cigarros Davidoff del 5000 y sendas copas de un excelente armagnac en sus manos.

-¿Qué tal tus relaciones con Nohamia, sigues pensando en separarte? –preguntó Ulrick con sonrisa levemente burlona. Desde hacía varios años, Joseph no había cesado de anunciarle su inminente separación matrimonial.

-Lo mío no tiene arreglo. Es como una enfermedad crónica, que ni te mata ni te deja vivir. Ya no tengo valor para abandonarla, y, sin embargo, sigo siempre a la espera del gran amor que nunca llega.

-¡Déjate de bobadas!, el gran amor de tu vida es y será Nohamia, aunque al principio de casaros no lo fuera, dado las circunstancias.

-No lo creo –respondió Joseph muy serio-. Hay días que me siento un fracasado…tengo la sensación de haberme quedado en un proyecto de hombre, en un proyecto de vida.

Ulrick comenzó a reír abiertamente.

-No te burles, te aseguro que es verdad –afirmó Joseph.

-¿Habrías dejado de ser un optimista? –preguntó Ulrick sin cortar su risa.

-No Ulrick, no se trata sólo de amor, son también los años. No olvides que ya he cumplido treinta y cinco, y no he realizado casi nada de lo que soñaba.

-No digas tonterías, Joseph, yo tengo el síndrome de los treinta desde que cumplí los veinte.

-Lo tuyo es distinto. Tú has tenido siempre todo lo que se puede desear: la seguridad que da el dinero, unos padres amables, cultos y tolerantes que te dejaron hacer lo que tú querías, y, además, el amor de tu mujer.

-Eso no es cierto, eso no es del todo cierto –repitió Ulrick sin gran convicción.

-En cambio –continuó Joseph-, yo tuve que romper con los míos porque me asfixiaba en aquel ambiente místico y alcanforado, ¿y para qué?, más me hubiese valido escuchar a mi padre y haberme dedicado al negocio de la peletería, con el tío Albert.

-No hablas en serio. ¡Tú un peletero!

-De acuerdo, no me veo como comerciante de pieles. Pero es muy duro, Ulrick. Cuando se parte de cero, uno aspira a una meta muy alta, y luego todo te parece insuficiente y mediocre.

-¿Qué tal este armagnac? –preguntó Ulrick para cambiar de tema-. Es una botella de 1915 que me regaló mi padre el día de mi último cumpleaños.

-Exquisito, exquisito –repitió Joseph mecánicamente.

-¡Ánimo, profesor, ánimo! –exclamó Ulrick levantándose del gran sillón de orejas-. Me gustaría que me dieras tu opinión de experto sobre los cuadros de un pintor…un tal Max Beckmann, que he comprado hace poco en la galería Hartmut Arckemeir: a mí me gustan muchísimo.

-Veamos –dijo Joseph siguiendo a Ulrick hasta la biblioteca, donde guardaba su todavía no muy numerosa colección de arte.

Joseph observó detenidamente los lienzos que su amigo le mostraba satisfecho.

-Son muy buenos, magníficos y poseen una excelente factura, pero tengo que decirte que no soy muy sensible a este tipo de pintura. Hay demasiada carga emotiva en el trazo. Las composiciones rezuman dramatismo, y yo prefiero un estilo más sensual, más vaporoso, digamos…y aquí hay mucha angustia latente. De cualquier modo, artísticamente son de una muy gran calidad.

Ulrick sugirió entonces a su amigo subir a sus habitaciones para descansar un rato. Los vapores de la digestión empezaban a pesarle en la cabeza y Joseph aceptó gustoso. Convinieron en volver a reunirse dos horas más tarde para iniciar el anunciado recorrido por el centro y la noche de Berlín.

Durmió durante más de hora y media. La voz del ama de llaves de los Wenda logró despertarle de un sueño profundo, debido a la fatiga de la noche anterior pasada en el tren, en el que siempre dormía muy superficialmente. Se levantó de la cama y se vistió con un terno beige de lino, una corbata  negra de lazo, y su ancho sombrero de rafia, a juego con el traje. Bajó al vestíbulo donde lo esperaban, ya listos, Ulrick y su esposa.

-¡Chico, qué elegancia! –exclamó Hanna tras emitir un desenfadado silbido de admiración.

-Vaya, vaya con Weiss –dijo Ulrick, también halagador.

Joseph ofrecía una estampa sencilla y elegante a la vez. Su cuerpo delgado y de estatura moderadamente alta quedaba rematado por un fino rostro, en el que los rasgos semíticos, modelados por muchas generaciones de askenazis, irradiaba nobleza y carácter.

-Gracias, gracias –dijo Joseph Weiss complacido mientras realizaba una exagerada reverencia que hizo reír a sus amigos.

Los tres subieron al automóvil de lujo de los Wenda. El chófer, con uniforme y gorra de plato, cerró protocolariamente las puertas de sus señores y se sentó al volante. Después de atravesar la zona suroeste de Berlín, se dirigieron hacia el Tiergarten por la Kurfürstendamm. Joseph deseaba caminar un trecho por el bosque antes de proseguir el recorrido fijado. El Mercedes se detuvo en la Charlottemburger Chaussée; el matrimonio y Joseph bajaron para adentrarse por los macizos de arbustos y jardines del gran parque berlinés. Los inmensos árboles, de las más variadas especies botánicas, impedían el paso de los rayos del sol; el calor de aquel seco (y excepcional) mes de mayo había excitado los átomos periféricos de las plantas y las flores haciéndoles exhalar una gran variedad de perfumes y fragancias, que producían en quien los respiraba un incipiente éxtasis semejante al que causan los efluvios de un buen vino.

Joseph se extendió en unos comentarios elogiosos sobre la excelencia del tiempo y la belleza del Tiergarten. Hanna, por el contrario, se quejó del largo periodo de sequía que atravesaban asegurando que la lluvia comenzaba a hacérsele necesaria. A esto, Ulrick respondió que él estaba de acuerdo en que lloviera, pero sólo después que Joseph hubiera pasado su fin de semana con ellos.

Regresaron al automóvil y continuaron su itinerario. Dejaron atrás el Tiergarten para desembocar en el Unter den Linden y pasaron bajo la Puerta de Brandemburgo. La agitación de vehículos y personas en el Paseo se volvió intensísima. Eran las siete de la tarde, la hora de la salida de los funcionarios ministeriales, y en el cruce de la Wilhemstrasse había un enorme atasco de coches y tranvías que les mantuvo retenidos durante varios minutos. El concierto comenzaba a las siete y media, y Ulrick empezó a lamentarse de que iban a llegar tarde: la Beethovensaal, a la que se dirigían, se encontraba en la Gertaudt Strasse y aún les faltaba un buen trecho saturado de obstáculos. El Mercedes torció a la derecha por la Friedrichstrasse, allí el tráfico se hizo más fluido y, finalmente, pudieron llegar justo a la hora delante de la entrada principal del teatro. Cuando tomaron asiento en sus respectivos sillones, el pianista no había salido todavía a saludar al público.

-¡Dos minutos más, y nos perdemos la primera parte! –exclamó Ulrick aliviado.

-Hubiera sido imperdonable –añadió Hanna.

El programa del concierto se componía de las baladas de Brahms opus 10, cinco lieder de Beethoven, así como de la Sinfonía número 2 del mismo compositor. Ulrick sentía verdadera pasión por el genio de Bonn, en tanto que Joseph prefería a Mozart y Schubert. La sala estaba abarrotada de personas que se arrancaron a aplaudir tibiamente cuando el primer intérprete, un solista austriaco poco conocido, apareció en el escenario. El pianista respondió humildemente a los discretos aplausos, ejecutando profundas reverencias en las que llegó casi a rozar la tarima con los dedos de la mano, en una posición un tanto grotesca.

Durante el descanso, Joseph y Ulrick salieron a fumar a los pasillos laterales detrás de los palcos; los melómanos inundaban con el humo de sus cigarros y cigarrillos todos los espacios que rodeaban al santuario musical: las alfombras, los tapices y los tejidos granates que recubrían las paredes, parecían propagar la atmósfera acre y azulada que originaba la combustión del tabaco. Los comentarios sobre los intérpretes de las baladas y canciones escuchadas, eran matizados y breves; la expectación se centraba en la obra de la segunda parte, y en la versión que de ella iba a realizar el maestro berlinés Bruno Walter.

Se oyó la tercera sintonía de aviso y todos se apresuraron a regresar a sus lugares, al mismo tiempo que los profesores de la Orquesta Filarmónica comenzaban a ocupar sus puestos. Se estableció un silencio progresivo en la sala coincidiendo con los primeros acordes de afinación de los diferentes instrumentos; cuando al cabo de unos instantes apareció el joven director de orquesta, los asistentes prorrumpieron en una estruendosa salva de ovaciones y aplausos. El artista saludó brevemente a sus entusiastas admiradores y, sin dejarles terminar sus expansivas efusiones, les dio la espalda, solicitó enérgico la atención de sus músicos y levantó la batuta en el aire con un gesto de elegante precisión.

Se escucharon los primeros compases de la sinfonía de Beethoven, “cuyos textos tan bellos e inesperados sobrepasan su propia belleza para convertirse en un símbolo”, dijo Ulrick a Joseph justo antes de tomar asiento. “Su aire aparentemente claro no debe engañarte”, volvió a musitarle a su amigo durante un intermedio cuando Joseph le confesó que él no era capaz de emocionarse con la obra. Al terminar la sinfonía, el delirio tomó proporciones de alboroto; Joseph y la pareja dejaron la sala después de que Bruno Walter se viera obligado a salir quince veces a saludar, reclamado por el fervor inagotable de sus adoradores, con sus gargantas roncas de gritar y las manos rotas por los aplausos.

Abandonaron la Beethovensaal y subieron caminando por la Gertraudt strasse para ir a cenar a la cervecería Patzenhofer, en la Königstrasse. Antes, a petición de Joseph, efectuaron el recorrido circular de la Alexander Platz. En la esquina de la Prenzlauerstrasse con la plaza, había un grupo de  veintitantos militantes del Partido Nacional Socialista, uno de los cuales, sirviéndose de un megáfono de cartón, peroraba sobre la terrible peligrosidad de los judíos para el pueblo alemán. Ulrick quiso pasar de largo mirando para otro lado, pero Joseph se detuvo un momento para escuchar; luego echó una ojeada a un panfleto que le dieron con aire de complicidad, e hizo algunas observaciones jocosas y despectivas sobre el contenido de la arenga y los nazis, casi todos muy jóvenes a excepción del que parecía su jefe.

-¡Cómo me divierten estos caballeretes! Seguro que ninguno ha conocido aún los encantos de una muchacha judía…el día que tengan esa suerte, dejarán de dar la lata.

-No te lo tomes a risa –dijo Ulrick-. Esta gente puede ser muy peligrosa: sería necesario ponerlos fuera de la ley.

-¡Qué va, hombre!, eso les daría la importancia que no tienen. Déjalos que sigan con sus payasadas, que ya se hartarán –dijo Hanna.

-Yo no estoy tan convencido –respondió Ulrick muy serio.

-Vamos, no pongas esa cara, que me vas a dar miedo –añadió Joseph burlonamente. Y Hanna le dio la razón afirmando que los nazis eran un puñado de histriones sin futuro.

El ambiente de la cervecería Patzenhofer era cálido y discretamente ruidoso. Cenaron con sobriedad como contrapunto al copioso y exquisito almuerzo del mediodía, y se marcharon tras una breve sobremesa. Joseph se sentía algo cansado por el largo viaje y por toda la actividad de su primera jornada berlinesa.

Estuvieron poco locuaces en el camino de regreso a la residencia de los Wenda. Joseph Weiss pensaba en la escena de la Alexander Platz y -aunque no quiso de forma aparente concederle mucha importancia, herido profundamente en su orgullo de ciudadano alemán- comenzaba a inquietarse por todos los signos de carácter germanófilo y xenófobo que se manifestaban en su patria desde hacía algunos años. Tuvo negros presentimientos que rechazó con rapidez, pues estaba absolutamente convencido de que el pueblo alemán, al que él pertenecía desde muchas generaciones atrás, sabría poner límite a unas acciones aisladas promovidas por un minoritario grupo de fanáticos.

-Empiezo a estar fatigado –dijo Joseph saliendo de su mutismo.

-Pues nada más llegar a casa te metes en la cama, que mañana nos espera otro día bien cargado, y los viejecitos como tú, tienen que cuidarse –dijo Ulrick bromeando.

La mañana del sábado amaneció más radiante si cabe que las anteriores. Después de desayunar, los tres amigos se encaminaron hacia las oficinas de la compañía Stern und Kreischifart para iniciar su visita a Potsdam. Ulrick había preferido realizar la excursión a la antigua ciudad imperial utilizando transportes públicos, para poder gozar de una hermosa travesía en vapor del pequeño lago Wansee y del lago Griebnitzsee, y hacer escala en Babelsberg.

La ciudad de Federico el Grande aparecía exultante bajo la clara luminosidad del hermoso día de mayo, y el trazado barroco de los edificios jugaba a cache-cache en sus curvas y contra curvas con la nitidez de los rayos solares. Los tres se encontraban de excelente humor. Joseph volvía a recuperar su tono óptimo, una vez olvidados los negros pensamientos del final de la noche anterior. Visitaron en primer lugar el palacio de Sanssouci, paseando por su inmenso parque y deteniéndose en su biblioteca y en el museo de pintura. Joseph imitaba  a los guías de turismo y se dirigía a sus amigos en un francés e inglés intencionadamente deficientes, aunque los hablaba a la perfección al no carecer de esa facultad innata que posee la mayoría de los hijos de Israel para dominar las lenguas extranjeras.

-Ladies und gentlemen, dames et messieurs, kome und see the bibliotek, s’il vous plaît.

Dieron buena cuenta del almuerzo en la bucólica islita de Pfaueninsel. Hanna y Joseph se enzarzaron en una divertida discusión cuando éste último tildó de snob a la mujer de su amigo, porque aquélla dijo en un momento de la comida al aire libre, que era maravilloso poder hacer “pick-nick” en un marco tan ameno y romántico. Joseph insistía con argumentos conscientemente pedantes, que era más poética y apropiada la clásica expresión francesa: déjeuner sur l’herbe, avalada, además, por las obras pictóricas conocidas de ese modo, como las de Manet o Cezanne.

Ulrick puso fin a la disputa comenzando a engullir aceleradamente las deliciosas trufas que entraban en el menú.

-¡Qué cara, nosotros discutiendo como idiotas, y este bribón quitándonos la comida! –gritó Hanna indignada, en tanto que su marido se desternillaba de la risa, sin dejar de tragar con los mofletes hinchados como un hamster.

Terminaron el almuerzo en paz, y rodearon caminando el perímetro de la isla “incomparablemente bella”, según dijera Alexander Von Humboldt. Volvieron al vaporcito que los llevó hasta Babelsberg y, luego de visitar brevemente su palacio, regresaron al anochecer a Grunewald. La excursión había sido muy grata, y Joseph Weiss se durmió con la reconfortante sensación que le dejaba la idea de tener un amigo como Ulrick Wenda.

Se despertó después de haber dormido larga y profundamente durante muchas horas. Su reloj marcaba las diez de la mañana, aunque parecía más temprano por la escasa luz que entraba por el balcón, que permaneció abierto toda la noche. Levantó a tope la persiana de madera, miró el cielo y pudo comprobar que se hallaba cubierto con grandes nubarrones. Pensó que seguramente habría tormenta por la tarde, pues hacía muchos días que disfrutaban del calor y del buen tiempo, y eso no podía durar demasiado en un clima como el de la capital alemana.

Cuando bajó a la biblioteca, Ulrick ya había desayunado con su mujer, que había salido a oír misa cumpliendo con sus obligaciones de católica.

-¿Qué tal has dormido? –preguntó Ulrick.

-De maravilla –respondió Joseph-. ¿Qué cuenta el periódico? –preguntó con escaso interés.

-Nada de particular –dijo Ulrick mintiéndole, mientras doblaba cuidadosamente el diario que había estado leyendo.

En portada aparecía la noticia del incendio –accidental según el reportero- de una sinagoga, en Bernau, durante la celebración del shabbat de la tarde anterior, y en el que habían muerto calcinadas cinco personas, entre las cuales un niño de la misma edad que el hijo de Joseph.

-Yo nunca leo la prensa cuando estoy de viaje. No quiero saber nada de lo que pasa en el mundo, para saborear mejor lo que me rodea de forma inmediata.

-Bueno, yo no puedo prescindir de la información ni un solo día. Para mí es vital.

-Claro, hombre afortunado, tú necesitas estar al corriente del pulso continuo del mercado –replicó Joseph sonriendo.

-Así es, así es. Y ahora ve a desayunar, que debes tener hambre –dijo Ulrick.

Joseph despachó en solitario un espléndido desayuno, y regresó a la biblioteca donde su amigo, con aire reflexivo, permanecía sentado en su sillón favorito.

-¿Qué te ocurre, han bajado tus acciones? –preguntó Joseph bromeando.

Ulrick respondió que no sucedía nada de especial y le propuso dar un paseo por el jardín. La atmósfera era pesada en el exterior de la vivienda: no había un soplo de brisa y la temperatura era agobiante.

-Va a haber tormenta –afirmó Ulrick.

-Seguro que sí –asintió Joseph.

Caminaron un buen rato por el jardín sin pronunciar una sola palabra. Parecía que Ulrick hubiese entrado en un momento depresivo, tras la euforia del día anterior; Joseph, por el contrario, se sentía muy animado, y se preguntaba cuál podía ser la causa de la evidente preocupación de su amigo.

-¿Te ocurre algo malo?

-No, nada, de veras, no me pasa nada…¿qué tal por la universidad? –dijo Ulrick.

Joseph le contó que en los últimos meses se había iniciado una campaña  antisemita, pero que él personalmente no había tenido ningún problema con sus alumnos. Se habían visto algunas pintadas contra profesores y estudiantes judíos, y contra los comunistas, y hasta habían sucedido algunos incidentes desagradables, como el de un sapo muerto colocado en la silla del despacho de uno de sus compañeros de Facultad, también judío, al que acompañaba un escrito en tinta roja advirtiéndole de que estaba contemplando su destino inminente.

-Pero, ya pasará –dijo Joseph tratando de quitar hierro al asunto, y luego añadió-: Estos síntomas aislados no son sino las manifestaciones cíclicas de un cierto salpullido nacionalista sin importancia.

-Ojalá sea sólo eso, aunque me temo que esta vez puede ser mucho más grave que en otras ocasiones. Según todos los datos de que dispongo, creo que nos encontramos en puertas de una de las crisis económicas y sociales más terribles de la historia. Y ya se sabe que cuando el miedo se apodera de una sociedad, todo lo malo es posible –dijo Ulrick quitándose de un papirotazo el pequeño insecto que se había posado en su hombrera izquierda.

-Y siempre lo hemos de pagar los mismos, ¿no es cierto? –dijo Joseph con una sonrisa glacial.

-Desgraciadamente así ha pasado en otras épocas y países –afirmó Ulrick sin perder su seriedad.

Joseph no replico a la última frase de su amigo. Un sentimiento de indignación le recorrió el cuerpo. Él se consideraba tan alemán como el que más, y no podía soportar que los otros alemanes lo pusieran en entredicho. El eslogan antisemita que consideraba más infame e injusto era: Judío, fuera de Alemania. ¿Acaso los judíos no habían contribuido igualmente durante los siglos anteriores a la formación de una cultura germana, admirada y respetada en toda Europa? ¿Acaso los judíos no habían dado su vida por Alemania en los frentes de batalla de todas las guerras de, al menos, los últimos doscientos años? Se tranquilizó pensando que la franca amistad que le unía a Ulrick Wenda era todo un símbolo de la solidaridad que siempre existiría –a pesar de los avatares y de algunos grupos sectarios- entre las dos comunidades principales de la sociedad alemana: la aria y la semita.

Mientras paseaban por la pequeña y cuidada rosaleda, el cielo se ennegreció de repente, y unas primeras gotas de lluvia, gruesas y dispersas, comenzaron a caer: al instante, una olorosa tufarada de vaho caliente se levantó de la tierra reseca. Los dos amigos entraron en la casa y se dispusieron a tomar el aperitivo. Un poco más tarde, Hanna, que había regresado de la parroquia, se les unió. La conversación entre los tres se tornó trivial y hablaron del tiempo. La mujer de Ulrick se mostraba muy satisfecha ya que por fin llovía, y se empezaban a ver los trallazos luminosos de los relámpagos, seguidos por lejanos estampidos de truenos.

Adelantaron la hora habitual del almuerzo porque el tren de Joseph salía a las tres de la tarde. Mientras comían acordaron que los dos matrimonios volverían a verse pronto e hicieron planes para ir de vacaciones a Viena en el mes de julio o agosto próximos. Cuando terminaron de comer, Joseph subió a sus habitaciones para preparar su maleta y descansar unos minutos antes de marcharse para la estación. Comenzó a sentir una temprana nostalgia por el feliz fin de semana que estaba apunto de terminarse. A las dos y cuarto de la tarde, bajó personalmente su equipaje al vestíbulo. Ulrick y Hanna lo aguardaban para acompañarlo a la Anhalter Bahnhof. Joseph se despidió del personal doméstico presente, y, precedido por los Wenda, se subió en el Mercedes plateado.

El aguacero era torrencial y la tormenta parecía haberse inmovilizado sobre Grunewald. El trayecto hasta la estación lo efectuaron en silencio. Joseph intentaba ver el exterior a través de las cortinas de agua que corrían oblicuamente por los cristales de las ventanillas laterales. Las calles y avenidas de Berlín estaban desiertas en la húmeda tarde de domingo. Joseph, que se había sentado entre Hanna y Ulrick, tomó las manos de sus amigos y las mantuvo entre las suyas hasta que el automóvil se detuvo.

Entraron en el inmenso hall de la estación de trenes y buscaron la vía del expreso de Munich. El bullicio reinante en la Anhalter Bahnhof contrastaba con el Berlín solitario y triste que acababan de atravesar. Ulrick y Hanna despidieron con grandes muestras de afecto al amigo en el límite autorizado a los acompañantes. Tras presentar su billete al controlador, Joseph cruzó la barrera metálica y se encaminó hacia el andén de su tren, volviéndose sin cesar para decir adiós con la mano a sus amigos, hasta que se desvanecieron entre la masa voluble de la gente.

Subió a un vagón de 2ª clase y encontró su número de asiento, junto a la ventanilla. Depositó su equipaje y se sentó al lado de una señora joven, de unos treinta años de edad, que viajaba sola con sus dos hijos pequeños; el resto del compartimento, ya al completo, lo ocupaba una pareja de ancianos, con las manos unidas, y un imberbe pastor luterano que parecía recién salido del seminario. Cinco minutos más tarde, el convoy se puso en movimiento, lenta y silenciosamente. Afuera, la tormenta había cesado y daba paso a una lluvia fina y apretada. A través de los cristales, Joseph pudo ver –pegados en las vallas del recinto ferroviario- unos carteles semi desgarrados con el rostro alucinado de Adolf Hitler. ¡Qué ridículo personaje!, exclamó entre dientes, mientras que el expreso iba tomando velocidad y penetrando inexorablemente en la precoz oscuridad de la tarde.

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