La desventura de un publicista. Capítulo 12

Capítulo 12

 

 

Antes de adherirse al movimiento feminista, Carole y Ketheryn habían sido admiradoras y colaboradoras principales de la actriz norteamericana Jane Fonda, líder y propagandista del Movimiento de ex combatientes contra la guerra del Vietnam, que agrupaba a 8000 soldados participantes en los combates y que confesaron haber cometido crímenes y practicado torturas, a fin de denunciar a los que les ordenaron esos actos cuando todavía no tenían la edad legal para votar. Katheryn y Carole intervinieron en actividades consideradas de carácter subversivo, y sus nombres entraron en los archivos de la C.I.A. y el F.B.I por difundir ideas marxistas y propagar calumnias antinorteamericanas: “Detroit es un centro industrial donde se fabrican las armas utilizadas en Vietnam, como el fusil M-16, los productos químicos, los tanques, y donde trabaja la clase obrera de Norteamérica que más sufre en esta guerra. En el campo de Maryland enseñan a los soldados a torturar, les explican que no hay que contar a los prisioneros al subirlos a los helicópteros, sino al bajarlos, pues durante el vuelo se han de arrojar a dos o tres para hacer hablar a sus compañeros. Los crímenes de guerra cometidos en Vietnam no son la acción de un hombre o dos, o tres, que se han vuelto locos. Es una política sistemática decidida en Washington. Los veteranos de Vietnam han querido demostrar al pueblo americano que la matanza de Song My, no fue un hecho aislado: sucede todos los días, y los verdaderos criminales de guerra se encuentran en Washington.”

“Montar un proceso al teniente Calley sin hablar de las responsabilidades de Nixon, Johnson, Mac Namara, Westmoreland, Henry Ford y Rockefeller, es como si en el proceso de Nuremberg se hubiese acusado al oficial Fritsz, Schaub, Schmidt, etcétera, sin molestar a Hitler, Himler, Goering, Goebbels, etcétera, que fueron los verdaderos artífices del genocidio de judíos. La deserción entre los soldados norteamericanos en Vietnam ha aumentado de tal forma en los últimos años que ahora es casi igual a las deserciones que se producen en el ejército sur vietnamita. Hemos llegado a una especie de vietnamización del ejército americano. No hay que subestimar la importancia del descontento de los soldados, pero hay que tener en cuenta que eso no impide la escalada tecnológica masiva en Vietnam y el biocidio y genocidio que se están practicando. En el verano pasado, los marines de Da Nang empezaron a utilizar un nuevo artefacto bélico. Disponían de cinco de esos aparatos que consisten en una especie de periscopio por el cual divisaban y observaban todo lo que sucedía a trece kilómetros a la redonda, aunque no podían distinguir si los seres vivos eran hombres, mujeres o niños. Junto con el periscopio disponen de un lanzador de rayos láser que puede acertar en esos trece kilómetros con una exactitud de dos o tres centímetros. Para cada aparato hay un pelotón de cinco hombres. Detrás del láser hay un panel con el número del pelotón, donde se anota el número de enemigos abatidos. Cada vez que se mata a alguien, se registra en el panel. En agosto, cuando se inició el juego, se estableció que por cada quince dianas, el oficial jefe del pelotón sería propuesto para la medalla de bronce, que se otorga por el valor y coraje demostrados ante el enemigo. Pero un mes después de la instalación de estos aparatos, los equipos alcanzaron resultados tales que tuvo que cambiarse el reglamento: en lugar de quince muertos, se necesitaban cuatrocientos para obtener la medalla de bronce. Existen en Vietnam “free fire zones” –zonas libres-, donde se puede torturar, violar y matar, sin rendir cuenta alguna a los superiores. My Lai era una de esa zonas; los responsables norteamericanos permiten la práctica de los ‘mad minutes’, que consiste en decretar cinco, diez o más minutos “locos”, durante  los que los soldados pueden hacer todas las bestialidades que se les antoje.”

“Mucha gente cree que la guerra de Vietnam es un accidente, un hecho aislado. Para nosotros está muy claro, después de las declaraciones de los ex combatientes, que un país que realiza una guerra imperialista y de genocidio es porque tiene un pasado (y tendrá un futuro) lleno de guerras imperialistas y de genocidio. Los Estados Unidos mantienen más de un millón y medio de norteamericanos uniformados allende los mares y océanos en más de 119 países. La fuerza militar de los EEUU en el exterior, aparte de la que concentra en Vietnam, se extiende sobre 430 bases militares mayores y 2970 menores. Estas bases ocupan 4000 millas cuadradas en 30 países extranjeros. Buena parte de su estrategia mundial se apoya en el portaviones californiano. Allí está la base del armamento balístico, bioquímico, y del adiestramiento de las fuerzas de infantería de marina, y la retaguardia del control norteamericano de todo el Pacífico.”

“Somos contestatarias, cometemos actos de desobediencia civil para derribar las estructuras del poder. Tratamos de provocar la represión, para denunciar así la violencia que se disimula bajo la máscara del imperialismo corrompido. De este modo sensibilizamos a la burguesía, a la que hacemos ver la auténtica naturaleza opresiva del sistema y el Estado. Así obligamos a la burguesía a elegir entre la revolución y la alineación.”

¿Qué percepción tenía Alberta del pasado de su madre y de tante Caro, firmantes también de esta última proclama? Pues la misma que la totalidad de los jóvenes, que no suelen tener ninguna imaginación con relación a la vida de sus mayores anterior a su propia experiencia y recuerdos –Alberta no era una excepción-, y sólo perciben lo que han visto y sentido. Las dos viajaban constantemente, juntas o separadas, aunque casi siempre juntas, y habían dado ya varias vueltas al mundo, muchas vueltas al mundo, acompañadas a menudo por hermosos modelos masculinos. Katheryn, en ataques de generosidad, prestaba a sus amigos con menos fortuna su mansión de San Rafael, cerca de San Francisco, que había heredado de la diamantina tía Norah. Se quejaba de que no era fácil ser rico en Francia. Se había visto obligada a vender sus limusina Cadillac de 7,10 metros de eslora, porque cuando paseaba en su interior, le escupían o se la rayaban. Tenía miedo a ser secuestrada, agredida o robada, y era bastante paranoica. Carole lo era en menor grado ya que no tenía tanto dinero y no estaba realmente obsesionada más que por su apariencia física: se había hecho operaciones de cirugía estética en todo el cuerpo, y no siempre fueron una réussite, según Katheryn, que la llamaba a veces con muy mala leche Peggy,  y eso disgustaba a Alberta. Mamá colgaba de las paredes auténticos Warhols y Picassos en lugar de litografías. Y Jean Guyon, el más célebre decorador parisino, le vestía su casa del Luxembourg a 10.000 o 15.000 francos el metro cuadrado. Katheryn y Carole eran socias del Jockey Club y del Polo Club, los dos más caros y exclusivos de París. Katheryn era discreta en la exhibición de su riqueza, y por eso detestaba a los nuevos ricos, sobre todo a algunos modistos como Lagerfeld y Armani, que invitaban a la prensa a hacer reportajes de sus respectivos palacios en Montecarlo y en la isla volcánica de Pantelería. Carole era omnipresente en todas las convocatorias sociales y culturales parisinas de relieve, especialmente a partir y después de haber ostentado durante cuatro años su alto cargo del Ministerio de Cultura. Las dos asistían a todas las citas anuales de la Fiesta de la Rosa de Mónaco, y no faltaron a ninguna inauguración de las exposiciones más elegantes del momento: Beaubourg, el Grand Palais o la Très Grande Bibliothèque Nationale de France. Financiaban y animaban obras caritativas en parroquias y sinagogas: ¡es increíble el dinero que se gastaban para los niños desheredados! Tenían amigos pintores y fotógrafos del gran mundo, Marina Karella, la esposa de Michel de Grecia y fotógrafa de la gente guapa, había hecho un carísimo retrato a mamá en el cual ella decía que se encontraba sublimada. Escritores y editores de lujo las invitaban a presentaciones de libros como el Sexo en la jet-set, o Chic et chien, consagrado a la gloria de las estrellas caninas. Eran célebres los bailes de disfraces de mamá, aunque habían dejado de estar de moda en París y le costaban una pasta gansa. Para el XXI aniversario de mi nacimiento tuvo la extravagante ocurrencia de festejarlo en Clacquesin, en Malakoff, con todo el servicio vestido de gánsteres.

¿Qué pensamiento político atribuía Alberta a su madre? El espiritismo y el chamanismo entreverados con la angelología.

¿Eran conscientes Carole y Katheryn de las transformaciones radicales operadas en la sociedad y en ellas mismas? Sí y no.

Sí, porque estaban plenamente satisfechas con sus vidas de adultas aun sin sentirse perfectamente felices como se habían sentido en algunas etapas de su juventud, sino por intuir que habían arribado al final de la historia y entrado en el reino de la estabilidad, y se sabían realmente fuertes y poderosas ante los demás. Habían desaparecido las contradicciones que las oponían a los grandes de este mundo, y accedido a la elite superior por encima de la cual no existía nada más. Creían ser merecedoras de las ventajas y privilegios de su elevada posición social, sin albergar dudas acerca de la naturalidad y legitimidad que habían impregnado todo el proceso de cambios.

No, porque habían borrado de su memoria (o al menos lo creían) todos los recuerdos de las vivencias y circunstancias de su pasado, vinculados a una sociedad y a una época histórica que se habían disuelto aceleradamente -como cuando se disuelve de repente la bruma y deja ver un paisaje inédito- y habían dado paso a un mundo distinto e insospechado. Habían eliminado de su conciencia cualquier atisbo de autocrítica, y el sentido crítico sólo lo ejercitaban con relación a los competidores de su misma clase, o para negar el derecho a la existencia de todos los que no pertenecían a ella.

¿Cuál era la percepción que Alberta tenía de su padre Albert? A nivel sensible, ninguna. Papá murió cuando tenía un año y por más que lo procuraba no podía hilvanar un solo recuerdo de él. Mamá siempre habló maravillas: sensible, elegante, divertido, espiritual: en una palabra, angelical. De tía Caro, en cambio, le llegó una opinión –indirectamente- algo diferente: sensual, negligente, burlón, obseso: en resumen, un hippy. Alberta pensaba que la disparidad de criterios se debía al papel que su padre representó ante cada una de las dos mujeres: “De alma de lira, nada, honey”, oyó decir a Carole en alguna ocasión cuando discutían, o, simplemente, recordaban al joven que había surgido en la época más frágil de sus existencias, dejándoles a las dos a la pequeña Alberta a la que, por cierto, siempre llamaron así, y nunca con el más apropiado y dulce diminutivo de Albertine.

Esta disparidad de criterios se mantuvo también para explicar las circunstancias de la trágica y prematura muerte de Albert, sucedida en una carretera costera de los alrededores de Antibes. Con el fin de celebrar la reconstitución de su ménage à trois, o petite comuna, como la llamaba Carole, decidieron ir a pasar un fin de semana en la Costa Azul. Katheryn, nostálgica, deseaba bautizar al bebé, de apenas un año, en las aguas del mar Mediterráneo, que, según ella, eran las que más se parecían a las de su California natal. Se instalaron en un camping, Les Genêts, se bañaron, bailaron, y bebieron sin control durante la primera tarde y noche de su llegada. Cuando se les terminó la bebida, Albert se subió en el Citroën 2 CV en el que habían viajado, prestado por un colega de París, para ir al pueblo más cercano a comprar vino y cervezas. Nunca regresó: en el camino de ida chocó frontalmente con un camión. El atestado de la Gendarmería no fue concluyente acerca de la responsabilidad del accidente. Pero según Carole, Albert iba bastante borracho y se empotró literalmente bajo las ruedas del camión cuando trataba de adelantar a un motorista. Katheryn, por el contrario, siempre sostuvo que fue el camionero quien conducía en estado de embriaguez, y el culpable de la muerte de su flautista.

 

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