La desventura de un publicista. Capítulo 8

Capítulo 8

 

 

 

Good morning, madame –saludó el chófer de Katheryn, abriendo la
puerta trasera derecha y añadiendo la pregunta habitual-. Did you sleep well, madame?

Pas tellement, merci. Emmenez-moi à la galerie d’ Alberta,
s’il vous plaît

–respondió Katheryn y en tono especialmente amable. Esta mañana tenía ganas de
charlar con su chófer.

Maurice Leroy, parisino,
a punto de jubilarse, había vivido gran parte de su vida en California
(Hollywood, principalmente), trabajando siempre en la industria del cine
después de haber agotado sus ilusiones intentando vender guiones para películas
dramáticas. Estaba a su servicio desde hacía más de cinco años y era su
confidente intelectual (y en algún modo, sentimental) con relación a temas
referentes a los Estados Unidos, de los que el hombre era un buen conocedor y
en gran medida sumamente crítico. Este aspecto agradaba mucho a Katheryn, que
mantenía largas conversaciones con él sobre temas sociales, económicos,
políticos e incluso personales, sobre los que adoptaba una posición de gauche exceptique que le permitía lavar
hasta cierto punto su mala conciencia de grand-bourgeoise
adquirida a lo largo de los últimos años como heredera y usufructuaria de la
gran fortuna de su tía, Norah Steiner.

La rue de Vaugirard que
tomaron a la derecha para poder bajar después por la de Tournon hasta la rue de Seine, estaba colapsada como tantas
otras veces por culpa del palacio del Senado y de las ceremonias oficiales que
allí tenían lugar con frecuencia y, a veces, con gran pompa y aparato. El coche
de Katheryn se detuvo en la esquina de la rue
Garancière para dejar paso esta vez a
un destacamento ecuestre de la Guardia Republicana escoltando una comitiva de
vehículos de gran cilindrada, todos negros, y de cristales opacos que no
permitían ver quién había o qué sucedía en sus interiores.

Voilà los corneteros de la República –dijo Maurice refiriéndose a
la escolta engalanada que comenzó a hacer sonar sus estridentes instrumentos-.
Imagen y sonido del poder, madame, que nos anula y apabulla a los ciudadanos de
a pie con sus manifestaciones ostentosas, demostrando así su naturaleza
opresiva y ejemplarizante.

-¿Por qué dice
ejemplarizante, Maurice?, ¿qué ve usted de ejemplar en el poder? –preguntó Katheryn.

-No lo digo en
sentido moral, sino paradigmático –aclaró el chófer-. Los poderosos son el
espejo donde se mira la masa del pueblo y ¿qué ven en ese espejo?, sólo
prepotencia y arbitrariedad. De ahí que la masa también se haya vuelto
prepotente y arbitraria.

-Y no cree que
también la masa es responsable de su conducta?

-No, madame, no lo
creo. Ce sont des naïfs! –respondió Maurice categórico-. El pueblo es
crédulo y obediente y se deja guiar y modelar por sus gobernantes, por sus modelos
triunfadores, sean del tipo que sean. Si ve piedad, el pueblo es piadoso. Si ve
respeto, respetuoso, y si ve nobleza, el pueblo es noble. Pero hoy no hay
piedad, ni respeto, ni nobleza, porque el poder y los poderosos  son corruptos.

-¿Y cuándo no lo
han sido, hombre? –preguntó Katheryn en tono contrariado.

-Hubo épocas
mejores, madame –dijo Maurice.

-Nunca hay épocas
mejores, sino menos malas- replicó Katheryn, con la pretensión de ser profunda.

-Entonces, ninguna
tan mala como ésta, porque hoy la corrupción está a la vista de todos, es
pública y no se oculta, no madame. Por el contrario, se exhibe y se alienta.
Casi nadie se avergüenza de ser corrupto. Ni siquiera se persigue a los
corruptos, más bien se les admira, y, por lo tanto, se les imita. Ahora hay
mucha gente que aspira a ser corrupta, y las elites son culpables del extravío
y desvarío actual del pueblo –concluyó el chófer en un arrebato de inspiración.

-Me parece, mon ami, que el naïf es usted. La masa admira a los triunfadores
mediocres porque se siente adulada por ellos y desprecia la excelencia y a
todos aquellos que le son moralmente superiores –dijo Katheryn, repintándose
los labios de púrpura intenso.

Oui, madame, reconozco que soy bastante ingenuo, porque a pesar de
todo, aún hoy, sigo respetando las leyes y las normas, y creyendo en la
honradez de nuestros gobernantes y próceres –dijo su empleado, que prefirió
callar por el momento y volvió a pisar el acelerador del coche, después que las
grupas de los dos últimos caballos de la Guardia Republicana desapareciesen
bajo la monumental puerta del palacio del Senado, y la circulación comenzara a
normalizarse.

Pocos metros antes de
llegar a la rue de Tournon, Maurice tuvo que dar un
volantazo a la derecha para no obstaculizar la carrera de un caballero de melena
y bigote blancos, como de unos setenta años, en atuendo deportivo juvenil, que
invadía por delante del coche la estrecha calzada de la rue de Vaugirard,
tratando de avanzar torpemente sobre unos relucientes patines de ruedas.

-Ve, mire, fíjese
en ese anciano –insistió Maurice, antes de que el viejo patinador quedase
detrás del vehículo-. Ese señor ha visto en el cine o en la televisión a los
espléndidos patinadores o patinadoras que aparecen en casi todas las películas
norteamericanas que se hacen en California, y se cree que, a su edad,  puede imitarles. ¡Es sencillamente ridículo!

-Yo diría que
hasta patético. También la publicidad tiene su parte de culpa en el extravío
del que usted habla –dijo Katheryn, y pensó en Pedro Escobar, de quien se había
olvidado desde que salió de su casa.

-Naturalmente que sí
–aseveró Maurice, y mucha-. La publicidad es el opio del pueblo de hoy -y añadió-. La publicidad es el altavoz
privilegiado por el que se difunden las consignas del nuevo y triunfante
capitalismo.

-La publicidad es
la ideología, la filosofía, la ética y la estética de nuestro tiempo –agregó
Katheryn recordando lo que le decía su ex amante sobre la preeminencia de su
profesión.

-La publicidad es el
canto de sirena que lleva a los incautos a territorios procelosos de los que
difícilmente podrán regresar –dijo el chófer esperando que su señora reparase
en su clara referencia a la mitología griega. Pero Katheryn no reparó en Ulises
sino en su Pedro Escobar, de cuyo
destino iba a ser dueña y señora. Le bastaba con decir un para que la pesada rueda de la justicia francesa siguiera
girando y triturara al español. Y Katheryn arrastraba en el fondo de su corazón
una ligerísima carga de remordimiento que ni siquiera la noticia que le había
dado Brigitte la mignonnette había
podido liberar.

-Maurice, ¿puedo
hacerle una pregunta muy comprometida? –dijo impaciente y nerviosa, y sin
esperar la respuesta de su empleado, continuó-: ¿Qué opinión le merece el señor
Pedro Escobar? ¡Dígamelo sin reservas, por favor!

-Antes de
responderle a eso, ¿puedo decirle algo que tal vez le disguste, pero que
deseaba decírselo desde hace tiempo, madame?

-¡Hágalo, Maurice!

-Pues bien, madame
–dijo el chófer tras aclararse la garganta-, con todos los respetos, yo creo
que usted y ese señor formaban una pareja de deshecho. Do you know what I mean?

Not exactly –respondió Katheryn, que se sintió bastante molesta con
la cruel e ingeniosa calificación de su chófer-. ¿Le importaría explicarme por
qué razón?

-Pues, porque
pienso que existía un profundo desequilibrio en su relación. Usted tenía
idealizado a ese señor en el que veía, creo yo, a un hombre espiritual y
singular. Y a mí siempre me dio la impresión de que era un personaje vulgar y
cínico –dijo Maurice de un tirón, olvidando ser un poco más moderado en la
exposición de sus apreciaciones.

-¿En qué se basa
para ser tan duro con Pedro Escobar? –preguntó Katheryn.

Voilà, madame – comenzó Maurice, dispuesto a no dejarse nada en el
tintero-. Como no soy sordo. Yo oía, sin querer naturalmente, las
conversaciones entre ustedes dos en el coche durante los trayectos que hacían
juntos. Usted era la que hablaba casi siempre y él se limitaba siempre a decir:
Oui, mon amour, oui, montchou’ “. Jamás le escuché contradecirla
u oponerse a nada de lo que la señora dijera. También veía por el retrovisor,
sin que fuera a propósito naturalmente, las expresiones de sus rostros. La de
usted era franca, distendida, y la de él, como la de un perrillo faldero con
ojos de petit veau. Entonces, yo me
decía para mí, y perdón por la expresión: “¡Qué tío tan huevón!, ¿Qué andará
buscando éste?”. Y es que luego, señora, y espero que usted me perdone por lo
que voy a confesarle ahora y no antes, en las ocasiones en que yo iba a
buscarlo o a llevarlo en alguno de sus coches de usted, ese señor se
transformaba. Era grosero en sus juicios sobre las mujeres. Decía que todas
eran unas zorras a las que sólo les gustaba baiser,
y otras obscenidades más que no le cuento por respeto a la señora. De usted
nunca me habló mal, no madame: ¡no iba a ser tan tonto!, pero a mí no me
gustaba nada lo que opinaba sobre el género femenino en particular, como ya he
dicho, y sobre las cosas, en general: me parecía un auténtico fascista. No me
gustaba, además, que intentase buscar mi complicidad, tomando por aquiescencia
mi obligada cortesía para con él.

Katheryn no hizo ningún
comentario. Permaneció largo tiempo callada, con la mente en blanco y como
mareada: sentía mal au coeur. La rue de
Tournon estaba cortada por un
camión-hormigonera y el coche tomó a la izquierda por la rue de Condé. Maurice se
detuvo con el semáforo en rojo ante la plaza del Odeón frente al cine Cinoche que anunciaba los títulos de sus
diferentes salas por medio de rótulos luminosos en rojo. Bimbo Land, con Gerard Depardieu, Judith Godreche y Aure Atka:
¡1h30 de BIMBOdicha! Halloween, 20
años después, regresa:  ¡Te podrás
esconder, pero no podrás escaparte! La
vida es bella
: Una fábula de Roberto Benigni: ¡Sólo el silencio es
criminal! Victor: Un film de Sandrine
Veysset: El singular talento de Sandrine Veysset continúa brillando a raudales.
Los Poderosos: Sharon Stone: ¡La
amistad es la más bella de las armas! -Sharon Stone: ¡Qué mal me cae! ¿Qué
tendrá que ver el poder con la amistad?-. El
ladrón y el niño
: Un film de Pavel Tchoukhraï: Se sale enternecido y a la
vez encantado de esta comedia dramática, que gustará sin duda a toda la
familia: ¡Vayan a ver esta película, es verdaderamente extraordinaria! -¡Una
comedia dramática!, ¿qué será eso?-. El
Príncipe de Egipto
: Una maravilla. El dibujo animado adquiere una
perfección de expresión como nunca antes alcanzara (Le Figaro). Escenas de una potencia que cortan la respiración. En
resumen, arte con mayúsculas (BIBA).
Homenaje a la gran tradición de Hollywood. –¡Pues sí, porque lo que es el
presente!-. El Príncipe de Egipto es
un logro suntuoso (Le Nouvel Observateur).
En Cinoche, beba Coca-Cola y viaje a
precios de ensueño con Air-Liberté -¡Qué barbaridad!-. El aburrimiento: Un film de Cédric Kahn. La prensa y el público son
unánimes: ¡El aburrimiento es mucho más que eso! –Mienten ingeniosamente-. Central do Brasil: Un film de Walter
Salles. Una maravilla (Le Figaro). Un
relato conmovedor, un valor universal (Le
Monde
). Perturba su ternura, un film que hiere el corazón (L’Express). La sorpresa del año (Le Parisien). Obra maestra de la emoción
(Le Figaroscope). Un gran film (El Pato Encadenado). Un film de amor (Aden).

-La amistad es el arma
más bella–dijo Maurice para que lo escuchara su señora, a la vez que el
semáforo se abría.

-Sí, la amistad es
la cosa más bella que existe, y con ella se puede ser potente, pero los
poderosos no la conocen –sentenció Katheryn.

-Usted sabrá –dijo en
tono de veladísimo reproche el chófer, que acababa de cruzar Saint Germain des Près y bajaba por la rue de Seine a marcha lenta para evitar a todos los transeúntes que la
ocupaban de manera anárquica.

-Maurice, le
llamaremos por el móvil para que venga a buscarnos –dijo Katheryn cuando el
Renault Laguna se inmovilizó delante de la galería de arte de su propiedad, y
ella se apeó precipitadamente sin aguardar a que el chófer le abriese la
puerta, como siempre solía hacer.

-No se moleste.
Siga con sus asuntos –dijo Katheryn al entrar, a la secretaria de la galería,
que había parado de escribir en el ordenador e intentó  anunciar su llegada por el interfono a
Alberta.

Su hija estaba sentada
en el sofá de cuero conversando con Carole. Las dos se callaron al verla y se
levantaron para besarle las mejillas. Carole le tendió el ramo de rosas omega
que le acababa de comprar en el mercado de Buci.

-Te lo agradezco, aunque
no tenías que haberte molestado –dijo Katheryn fríamente volviendo a dejar el
ramo sobre la mesa y yendo a sentarse, en contra de su costumbre, en la silla
giratoria de Alberta desde la que ocupó una posición en un plano más elevado al
de ellas.

Iba a necesitar sentirse
superior, y demostrarles que controlaba la situación. A pesar de todo, no tenía
nada claro aún cuál sería su decisión definitiva sobre Pedro Escobar. Por qué
hacerle daño si finalmente no ha logrado su propósito. Con no volver a verlo y
lograr que lo destierren de París me doy por satisfecha. Además, está el
escándalo, ¡voy a ser el hazmerreír de todo el mundillo! Será cuestión de
modificar el contenido de la denuncia para que se quede en un juicio de faltas
y lesiones, que no trascendería a la prensa, lo que conllevará la expulsión del
país o la obligación legal de no acercarse a mí a menos de cincuenta
kilómetros. Pero no me gusta la mirada ansiosa de mi hija. La veo impaciente y
aguardando a que le diga: “Adelante, vamos a por él”. Se ha empeñado en hundir
a mi amante y no sé como puedo defraudarla sin
tener una ruptura con ella, y eso no podría yo soportarlo en los
momentos actuales. Sin hija, sin Pedro, y sin amiga, porque la cerdita Peggy es capaz de morderme si me
retracto ahora y no nos lo cargamos: Está tan celosa de él que sería capaz de
envenenarlo a su vez, pero que de una sola vez, si pudiera.

-Mamá, las dos
queremos contarte algo muy, muy importante con relación a Pedro Escobar que es
absolutamente necesario que tú sepas –dijo gravemente Alberta, y, dirigiéndose
a la amiga de su madre, le preguntó -. ¿Quieres empezar tú, tía Carole, o
empiezo yo? –preguntó con voz carraspeante.

-Empieza tú, ma fille –dijo Carole en tono y aire de
retranca -. No shea que tu madre pienshe que te dejash influir por mí.

-Iré directa al grano,
mamá. Durante estos últimos meses, Pedro vino solo varias veces a la galería, y
mademoiselle Arlette en est temoin
–dijo aclarándose la garganta y señalando a su secretaria que acababa de entrar
en el despacho sigilosamente e hizo un gesto afirmativo con la cabeza-. Siempre
preguntaba por ti, fingiéndose el sorprendido si no te encontraba, aunque en el
fondo no parecía importarle mucho, ya que luego se quedaba un rato largo
charlando con Arlette cuando estaba sola, n’est-ce
pas
, (mademoiselle Arlette volvió a asentir con la cabeza) o conmigo. Al
principio me hablaba de literatura, de música, de pintura; parecía interesarle
el arte y se detenía atentamente ante las diferentes obras de nuestras
exposiciones, n’est-ce pas. Más tarde
cambió radicalmente sus temas de conversación. Decía que era difícil guardar
fidelidad a una mujer, porque entonces sería infiel a todas las demás, y que si
llevaba un toro dentro como buen español que era…, a la vez que comenzó a
hacer toda clase de elogios sobre mi, según él, perturbador encanto. Me repetía
que yo tenía la sonrisa más salvaje que nunca había visto, que la contemplación
de mi piel le producía vértigo, y cosas así.
Por último, de las palabras quiso pasar a los actos, y una tarde, en la
que se presentó con un precioso ramo de orquídeas, comenzó a abrazarme y a
besarme y trató de tumbarme sobre el sofá. Naturalmente, yo me resistí y lo
puse en su sitio. Si no te conté nada de esto, mamá, fue para que no creyeras
que quería humillarte, como me decías, y porque además, tú  no me hubieras creído entonces.

Le Voyou –dijo Katheryn, tras la inesperada confesión de su hija.

-Pues a mí, ce
monsieur
–comenzó diciendo Arlette, que se había sumado a la reunión por
indicación previa de Alberta-, debió de confundirme con una puta, y desde el
principio no dejó de aturdirme con toda clase de obscenidades. Decía que un
estudio cifraba la longitud media del pene erecto en 14,58 centímetros, y que
el suyo medía 21; que con eso podía producirme un orgasmo eléctrico e
instantáneo. Una tarde, a punto de cerrar la galería, se presentó también con
otro ramo de flores, rosas rojas, y me hizo comprender que quería hacerme el
amor in situ y comenzó a soltarme
toda clase de despropósitos y cochonneries:
“ No podrás escapar del toro que llevo dentro. Curva, curva, curva, curva. De
rodillas ante ti es como más me gusta a mí, de rodillas por detrás es como a mí
me gusta más. Te hago absolutamente de todo, con vicio máximo, no te niego nada
y no me niegues nada, chérie”.

-¡Salaud!
–exclamó Katheryn al oír el bochornoso testimonio de la madura secretaria, que
se había ruborizado intensamente e intentó inútilmente bajar su corta minifalda
que dejaba al descubierto unos espléndidos ejemplares de piernas Marie Claire. Esta pansexualidad de
Pedro Escobar permea sus memorias y la película de sus memorias, pensó
Katheryn, poniendo los ojos en blanco sin que fuera consciente de ello. Así que
el cerdo también había intentado tirarse a mi hija, a su secretaria, que ya no
era ninguna chiquilla, aunque es cierto que aún estaba de muy buen ver, y a
Brigitte la migonnette. Y luego
estaban las tres putas del Crazy Fox,
según supe por el detective privado que contraté. Katia, fue la primera, una rusa rubia de piel blanquísima y
suaves redondeces, madre a sus 21 años de un niñito de 2 llamado Mathieu.
Después vino la pelirroja despampanante, Io, pícara y hermosa. A
continuación,  Cleo, la morena, y más
bribona, según Pedro; que había hecho un matrimonio en blanco con un chino a
cambio de dinero, y pretendía montar una agencia matrimonial venal y
clandestina. Las tres vendían ilusiones a trío en el número del Crazy. Surgían a la vez en cueros de las
sombras a una cálida luz rosada, manteniendo sólo unas medias negras a mitad de
los muslos, con sus pubis rasurados en forma perfecta de triángulo e
interpretaban lascivamente sus bailes al ritmo de una música sensual y
sofisticada. Con sus contorsiones, grititos y jadeos hacían correrse a Pedro
Escobar. Éste las cortejó sucesivamente con los nombres de Luis, Pedro y Pablo,
bajo el irresistible señuelo profesional de director artístico de publicidad,
director de cine, y empresario de variètés.
Con las tres empleó la misma táctica, bombardeándolas con flores, joyas y
perfumes. Se gastó varios miles de francos solamente en camelias, rosas y
orquídeas. Y para ennoblecer su desbordada concupiscencia las llevaba a visitar
el Louvre o el Jeu de Paume: quería instruir a las putitas. Lo único que falta es
que Peggy lo acuse también de haber
querido violarla.

Shet eshpagnol est odieux –comenzó afirmando Carole-, y merece
pudrirshe en la cárcel, que esh donde mejor eshtará, puesh allí no le faltarán
ocashiones para dar rienda shuelta a shush inshtintosh grosherosh. Esh una
beshtia y no tiene eshcrúpulosh. A mi me contaba que en shu agencia
publicitaria de Madrid filmaba en shecreto películash indecentesh con jóvenesh
de ambosh shexhos, y en lash que él a vecesh participaba enmashcarado con
cabeza de macho cabrío o de toro, copiada de lash pinturash de Picasho. Le daba
lo mismo un coño que un culo y me confeshó que losh momentosh másh fulgurantesh
de shu existencia eran losh que había vivido en la cama con muchachosh. Pagando
o no pagando: “El hombre esh una máquina biológica programada para eyacular, y
todo lo demásh esh hipocreshía, palabrería y cuentosh”, me asheguró, en la
primera fieshta de época a la que tú, mon
amie
, tuvishte la fâcheushe idea
de invitarlo.

-Y todas, todas os
habéis callado hasta hoy. Ya podíais haberme prevenido antes –dijo
Katheryn  angustiada y rompiendo a
llorar.

-¡Yo, madame, qué
sabía!, pero ¡olvide a ese machista! –dijo compungida la secretaria

-Ya te he dicho que no me habrías creído, mamá. ¡Encerremos a ese
falócrata! –exclamó  vengativa la hija.

-¿Para qué?, me
habríash acusado de eshtar celosa -. ¡Hundamosh a eshe pornócrata! –tronó  iracunda la amiga.

-De acuerdo. Castiguemos a ese
criminal –dijo Katheryn sin cesar de llorar.

 

 

 

 

 

 

 

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