La desventura de un publicista. Capítulo 4

Capítulo 4

Katheryn sentía un dolor de cabeza insoportable que le recordó el de las jaquecas producidas por su envenenamiento. Se tomaría una caja de aspirinas después de su baño ¿Y si él no hubiera tenido nada que ver?, ¿ y si todos mis dolores fuesen producto de una enfermedad cualquiera? ¡Voy a acusar entonces a un inocente! ¡Qué imbécil soy! Él es culpable, de eso no hay la menor duda. ¡Qué vergüenza voy a tener que pasar! Sus aventuras con Katia y con esas otras dos horribles jóvenes y a saber cuántas más. Pero, seguro que él me amaba a pesar de todo. ¿Cómo me ha podido pasar esto a mí? ¡Qué mí tan desgraciado! Albert destrozado en su coche. Georges aplastado por un camión de reparto. Me recordaba tanto a mi marido. ¡Qué maneras tan trágicas y estúpidas de morir!, y de vivir: la vida es tragicoestúpida. Bush ha ejecutado en la cámara de gas a un condenado a muerte que se encontraba en estado crítico en la UVI del hospital de la prisión. Decía Carole que el autor del último libro que me ha dejado realiza un experimento narrativo, de narragénesis y narranálysis, tendente a la deconstrucción compositiva de la Historia, como un relato universal que, sobre todo, cuenta a través de lo gesticular y gestual del protagonismo histórico. ¡Sublime! No soporto a los críticos que se ceban en todos los jóvenes pintores. Afortunadamente tengo el diario de mi ángel que me habla cada día y me transmite un mensaje. De ese modo me acerco a él, para que me diga su nombre, para que me escriba. Es un diario de los dos: de Pedro y de mi ángel. Pedro, siempre Pedro in my mind, you are always in my mind. Qué dura es mi hija, no me tiene ninguna consideración: despertarme de este modo. Sí, sí, hoy es el día, maldito día. Los ángeles y Pedro cambiaron mi existencia, y ella me pide que los condene. Condenar al hombre que me amó más y mejor que ningún otro. ¡Qué vergüenza voy a tener que pasar! El oro de la milésima mañana, un redescubrimiento del elixir de la larga vida que tendrá innumerables aplicaciones terapéuticas. Ese sí que me tomo el pelo: don Hernando Cortés. Venir vestido de indio navajo a mi fiesta con todos aquellos vegetarianos, carnívoros, alcohólicos, abstemios, obesos, obsesos, anoréxicos, ortoréxicos, bulímicos, la mujer más alta, la mujer más baja, la mujer más bella, y la más fea de todo París, casada con el holandés más soso de Holanda, que más que un holandés se diría un belga, un suizo o un luxemburgués. Lo siento, Katheryn, ce n’est pas de ma faute d’être né en Suisse. Alain sí que era un tío simpático. Él pedía disculpas por ser suizo. Igual que yo me disculpaba por ser norteamericana cuando llegué a Paris después de mayo del 68, y quería demostrar que era distinta de mis compatriotas.
Katheryn se incorporó chorreando espuma y llamó a su joven camarera. La muchacha, que esperaba sentada tras la puerta, la rodeó con una inmensa toalla rosa de baño, y comenzó a frotarle vigorosamente la espalda y el vientre. Katehryn tuvo un gesto involuntario de rechazo al ver reflejada en el espejo de pared la cara linda, tersa y brillante de Brigitte la mignonnette junto a su rostro flácido y apagado.
-Señora, hace una mañana de perros –dijo resplandeciente, la blanquísima y rubia camarera-. ¡Quién diría que estamos en primavera!
-El cambio climático, Brigitte -dijo Katheryn, conteniendo su súbita rabia por la despiadada e inapelable comparación del espejo.
-Señora, he leído en una revista que dentro de cincuenta años el mar cubrirá París, y que sólo se verán la antena de la Torre Eiffel y la cruz del Sacré Coeur.
-Bueno, eso serán exageraciones de los periodistas que exageran mucho, ¿no crees?
-No lo sé, señora, yo sólo sé que ya no hay estaciones como las de antes.
Qué podía saber ella con sus veinte y poquísimos años, y su culito prieto y turgente. Se apreciaba que la mignonnette deseaba darle conversación y distraerla, pensando que le esperaba, y con razón, una jornada ingrata y confusa.
-Señora, yo sé que usted quería mucho a ese señor español, pero me gustaría contarle a usted algo que hasta ahora no me he atrevido a contarle a usted -dijo Brigitte de repente con expresión nerviosa. Pero, sin esperar consentimiento de su ama, le espetó-: Ese señor ha querido seducirme, es decir, ha tratado de acostarse conmigo en varias ocasiones, y como yo no consentía a sus pretensiones, una noche, que usted todavía no había regresado a casa, intentó violarme.
-¿No lo conseguiría? -preguntó colérica Katheryn.
-Naturalmente que no, pero bien que lo intentó.
-Vale, vale -dijo Katheryn, recuperando su pulso normal -. Por favor, pídele a la cocinera que me prepare el desayuno.
Se pintó el arco depilado de las cejas y cargó los tintes púrpura del pintalabios sin verse en el espejo. Se encontraba en aquella manifestación que hicieron cien mujeres, a finales del 72, para protestar contra la visita del presidente Nixon a Francia. Nos paseamos por el distrito XV con vendas en la cabeza y pancartas. Gritábamos el nombre de una mujer vietnamita muerta y carbonizada por el napalm, y denunciábamos también a las sociedades americanas y a sus sucursales francesas que fabricaban armas para la guerra. Fue una locura, fue increíble todas las obscenidades que tuvimos que escuchar de parte de los peatones hombres. Ni siquiera se preguntaban por qué estábamos allí, sino que nos insultaban y gritaban: Si creéis que vamos a perder el tiempo jodiendo con vosotras o equivocáis: sois feísimas. Mira el culo de esa, mira qué patas tiene…Después mencionaban todas las partes de nuestro cuerpo. Luego dejé el comité pro Vietnam, y, de no ser por Carole, a punto estuve de dejar también Francia, tras ser violada en mi buhardilla por un estudiante africano que militaba en el mismo comité pro Vietnam que yo. El violador me respondió diciendo que, por un lado, no existía antagonismo entre los hombres y las mujeres en lo concerniente a la sexualidad, y que yo debía superar esa idea tópica de la mujer como objeto sexual: la sexualidad es liberadora, me gritó. Además, que, por otra parte, la opresión de la mujer había que buscarla en la opresión de clase: vieja consigna que los guerreros de clase repetían cuando las mujeres se quejaban de estar oprimidas, algo así como: “No te preocupes, mujer, la revolución te lo devolverá por centuplicado”. Me criticó que tuviese ideas feministas sobre el carácter de objeto sexual de la mujer. Tomaba posesión de mi cuerpo igual que se conquista un país, por la violencia, pues quería castigarme por haber resistido a su política de dominación masculina. “El poder se encuentra en la punta del falo”, así me lo confirmó al violarme, reafirmando su virilidad machista. A las mujeres que rechazaban las peticiones de un negro, de un árabe o de un asiático se las consideraba racistas. Cuando denunciamos públicamente la violación en el comité, un izquierdista blanco nos dijo: Calma, cocineras, calma. Y es que por debajo de un negro, de un inmigrante, o de un obrero blanco, aún quedaba una mujer por oprimir. Las mujeres debían tener las nalgas liberadas, y además de eso debían tener las nalgas liberales con el fin de aceptar al agresor de raza o clase supuestamente inferior y callarse después de la violación. Consideraba mi denuncia como contra revolucionaria en la medida en que mi acusación había puesto de manifiesto el comportamiento individual de los revolucionarios en el interior de su actividad política. Mi error consistía en no razonar dentro del marco del pensamiento masculino, considerado siempre como más verdadero y exacto que el pensamiento femenino. Por debajo del oprimido, que era el género masculino, se encontraba siempre una mujer más oprimida que él, y esto se daba en cualquier tipo de raza o de clase oprimida. ¡Qué porquería de hombres!, concluyó Katheryn en voz alta, pulverizándose el cabello con agua de colonia Saint Michel, una colonia unisex barata que ella adoraba.
-Su desayuno está preparado, señora- vino a decirle Brigitte la mignonnette, tras golpear suavemente con los nudillos de su blanca mano la puerta del cuarto de baño.
Arrugas: yema de huevo, aceite y miel. Piel cansada: tres cucharadas de sal fina con agua y una cucharada de aceite de oliva virgen extra. Ojos cansados: hay que poner dos cucharillas en el frigorífico y aplicarlas sobre los párpados. Esos eran los remedios a los estragos de la borrachera cuando yo era joven y pobre. Ahora tengo potingues por valor de miles de francos que no me solucionan nada. No quiero hacerme la cirugía estética, porque una vez que se empieza ya no se puede parar, además están los riesgos de que te dejen hecha un monstruo como le ha sucedido a Carole, que parece una cerdita de dibujos animados, pobrecilla, ¡qué horrorosa está! y habla ashí de eshe modo como shi no pudiera mover losh labiosh. El poema se presenta como un vómito bienoliente. ¿A quién le oído tan repugnante analogía? Sí, ya recuerdo, a ese poeta gay que se pone hasta las orejas de whisky cada vez que viene a una de mis fiestas, Antoine Le Gall. Estaba también en la de época a la que había invitado a Pedro. Canta, baila, come y diviértete con Katheryn en directo. Me gasté un pastón en esa fiesta. En mala hora. Y yo que creí que Pedro era distinto. Un ser puro y tierno. Intentar violar a mi camarera y seguramente que también a mi hija. Preguntárselo luego. Nunca le cayó bien, ¿por qué? Ella es menos ingenua que moi, aunque también lo es un poco. No hay más que ver todos esos novios estrafalarios que se busca, y que le duran menos que las vacaciones de un yupi americano. Ahora sí que voy a ir a por él, ¡cómo haya intentado jodérsela o simplemente tocarla! Yo le abrí mi corazón y mi casa. ¡Todo lo que tengo es tuyo!, le dije muchas veces. Siempre le he dado todo. Nunca veo maldad en la gente, creo que sólo existe gente buena, ¡seré gilipollas! Con esa cara de místico, de poeta romántico que tenía en su retrato. Era la imagen que me impedía verlo tal como es en la actualidad: un calvo casposo y barrigudo.
-¿Señora, se encuentra bien?
-Ya voy, Brigitte, merci –dijo en tono apenas perceptible, y luego gritando-: Prepárame dos aspirinas.
Katheryn salió del cuarto de baño y se dirigió a un saloncito que daba al jardín del Luxembourg, tapizado y amueblado en tonos rosa y atestado de fotografías queridas, donde solía tomar sus comidas cuando estaba sola. Los castaños y acacias del bosquecillo que veía por el amplio ventanal con cierres acristalados -desde el que podía ver también la rue de Guynemer en toda su amplitud- ofrecían un aspecto sombrío y triste a causa de la atmósfera grisácea que se cernía sobre la ciudad en esa mañana de finales de abril. La grisaille, siempre la grisaille de París, que le recordaba tanto el ambiente gris de San Francisco, donde había nacido y había vivido hasta la edad de 21 años. San Francisco era gris casi todo el año. Incluso en el mes de agosto se tenía que vestir con ropa de abrigo, y en casa de tía Norah permanecía encendida la calefacción central. En San Francisco no se daba el verdadero calor del verano y conocía un permanente otoño debido a las brisas y nieblas del Océano. La niebla llegaba rodando del mar y la ciudad se volvía encantada. Las calles se velaban de misterio y todas las cosas y lugares familiares se convertían en enormes fantasmas. Katheryn miró fijamente una fotografía de sus padres enmarcada en plata sobre una pequeña cómoda. Nunca había sido tan feliz como durante la primavera en que la llevaron con ellos en su gira artística por el resto del estado de California y hasta Los Ángeles. Bajaron por la carretera de la costa recorriendo el camino inverso al de los fundadores de las misiones: Santa Cruz, Monterey, Carmel, San Luis Obispo, Guadalupe y Santa Bárbara. En esta última ciudad y alrededores Katheryn descubriría maravillada el calor y los colores del sur. La ciudad había cerrado sus tiendas y sus oficinas y se había engalanado con millones de flores y los trajes de los pioneros españoles. Banderas rojas y amarillas -que ella no había visto nunca- junto con las de los Estados Unidos llenaban las anchas avenidas. Las multitudes alegres abarrotaban el centro de la ciudad y había mariachis cantando y tocando con sus guitarras antiguas melodías. Se bailaba en las calles y el eco de las canciones mejicanas salía de los patios y bares. Los rancheros montaban en sus ágiles caballos palominos y por todas partes se gritaba: ¡Viva la fiesta!. Katheryn -con apenas diez años de edad- creía siempre desde entonces que había estado en España.
Katheryn se tragó sus dos aspirinas de un golpe y volvió a contemplar nostálgica la fotografía de sus padres que les había sido tomada interpretando en escena la canción There’ s no business like the show business. Los había adorado aunque los frecuentó muy poco a causa de los constantes viajes que les imponía su profesión de artistas del burlesque. “Una profesión muy poco respetable”, según su tía Norah, hermana de su padre, que fue la que la crió verdaderamente. Katheryn recibió por un lado una selecta educación académica en las mejores escuelas y colegios para blancos de San Francisco y Oakland, y, por otro lado, su tía le recordó permanentemente su origen judío, tratando de inculcarle, entre otras, la que según ella era la virtud principal de la mujer hebrea: la discreción. Katheryn se dormía muchas noches escuchando de labios de tía Norah, como si de un cuento se tratara, el versículo del Génesis que pregona la discreción de la mujer: “Dios (bendito sea su santo nombre) se preguntó de qué parte del cuerpo del hombre formaría a la mujer. No elegiré la cabeza a este efecto, dijo Él, con el fin de que ella no levante demasiado orgullosamente su propia cabeza; ni el ojo, para que no sea demasiado curiosa; ni la oreja, para que no vaya a escuchar detrás de las puertas; ni la boca, para que no sea demasiado charlatana; ni el corazón, para que no sea demasiado celosa; ni la mano, para que no se entregue a la prodigalidad; ni el pie, para que no salga frecuentemente de su casa; voy a formarla de una parte del cuerpo que permanece escondida, con el fin de hacerla discreta”.
-Hoy me vestiré sola -dijo Katheryn a Brigitte la mignonnette, que se disponía a retirar la bandeja del desayuno que su señora acaba de tomar-. Avisa a Maurice que tenga preparado el Renault Laguna dentro de media hora.
-Como usted quiera -dijo muy seria la camarera, saliendo del saloncito.
Katheryn entró en su gran alcoba y seleccionó rápidamente la ropa que iba a ponerse en un día tan especial. El negro será lo más apropiado, refleja sobriedad y gravedad: botas, pantys, falda corta, jerséy de cuello alto y pendientes; y para protegerme del día desapacible, el tres cuartos de piel de leopardo que me infunde un aire de mujer fuerte y decidida. Pedro Escobar, estás perdido, tú no sabes con quién te la has jugado. Querías el dinero de la tía Norah, ¿eh, voyou? Eres una sabandija y un hipócrita y vas a pagar por ello. Papá nunca pidió un dólar a su hermana, podrida de diamantes y socia nada menos que de Harry Winston de New York. Porque el pobre papá era un artista de verdad y no iba por la vida fingiendo ni engañando a la gente como tú. Tengo alma de poeta y corazón de 300 caballos, me dijiste al poco tiempo de conocernos, y trataste de engañarme con todos aquellos estúpidos eslóganes manipulados por tu mente escabrosa: Ten un amante, redecora tu vida. La imaginación al poder, o el poder de la imaginación. ¿Te imaginas conmigo en Tahití?¡Liberemos la palabra, liberemos nuestro amor! ¡Quién pone límite a tus sueños! ¡Sueña conmigo! ¡Resístete a envejecer! ¡No te conformes con menos, atrévete conmigo! Corazón salvaje. Siente toda la potencia de mi corazón y entenderás lo que significa la libertad. Rompe con lo convencional y disfrutarás con lo que siempre has sido: un corazón salvaje. Todos los que piden seguridad, confort o control absoluto, recibirán el silencio por respuesta. Confía sólo en valores auténticos, confía en mí. Mantén viva tu conversación, comparte tu conocimiento conmigo. ¡Puah, qué asco! Discreta, una mujer discreta. ¡Eso es lo que nunca he sido! Si hasta llegué a querer competir con Pedro cuando me dijo aquello de: La coges en tu mano, la chupas y la pruebas. Vuelves a mirar y compruebas que tiene un cuerpo muy especial, la sigues mirando y ves su espuma y la intensidad de su color. Notas que está a punto, te entra bien. el último empujón lo das despacito, como sin querer tragártela. Yo le respondí con la razón perdida: “Sólo mi lujuria supera a mi ternura. Quiero ser tu mujer objeto, arrodillarme ante ti y comértela entera. Acariciarte y besarte profundamente es mi perdición. Mis dos cónicos volcánicos rozarán tu champiñón ardiente. Luego me tragaré toda su semilla y entonces seré una contigo”. El clavo que sobresale se aplasta a martillazos. Hace falta valor y decisión para ser creativo, en cuanto se tiene una idea original se está solo o te la roban. Pienso como él, hablo como él, me excito con sus fantasías y tactilocuencia: Una curva es una de las mayores fuentes de placer de un hombre, o de una mujer, naturalmente. Sólo de verla ahí delante como un extraño capricho de la naturaleza, ya provoca en el amante una agitación interior, un desasosiego, certero, un reto a los sentidos. A la curva hay que tratarla adecuadamente. Con dulzura a veces, con rudeza en otras ocasiones, pero siempre con el deseo de quien sabe que algo inefable está a punto de ocurrir. Porque no hay dos iguales, la curva levanta pasiones entre los amantes. La curva es hermosa, y más hermoso acariciarla. Me enredo en sus telarañas, paseamos por el interior de manteles para eliminar la mancha incrustada, y bien incrustada que está en los tejidos. Demuéstremelo. De acuerdo. Aquí dentro de las fibras está la mancha. Por eso necesita energía azul. Sus perlas activas eliminan las manchas por bien incrustadas que estén. Increíble, pero verdad. Sólo cuando está limpio por dentro, está limpio por fuera: las apariencias no engañan.
Katheryn trató de reflexionar con puntos y comas. Katheryn sacó un cigarrillo. Lo hizo lentamente, como un ritual. Despacio el cigarrillo fuera del paquete, golpeándolo suavemente. Despacio a la boca. Despacio el encendedor. Despacio, despacio aspiró. Despacio exhaló. Y entonces, cuando todavía no había dejado salir todo el humo, Katheryn pensó. Katheryn utilizaba el cigarrillo como punto y coma de su pensamiento. Era su forma de reflexionar, de buscarse un refugio de tiempo que le permitiera defenderse de los demás, y le permitiera ordenar su mente.
-Toc, toc -se oyó en la puerta de la alcoba. La dulce voz de Brigitte la mignonnette anunció respetuosamente-:
-Señora, su coche la espera.

Capítulo 4

Katheryn sentía un dolor de cabeza insoportable que le recordó el de las jaquecas producidas por su envenenamiento. Se tomaría una caja de aspirinas después de su baño ¿Y si él no hubiera tenido nada que ver?, ¿ y si todos mis dolores fuesen producto de una enfermedad cualquiera? ¡Voy a acusar entonces a un inocente! ¡Qué imbécil soy! Él es culpable, de eso no hay la menor duda. ¡Qué vergüenza voy a tener que pasar! Sus aventuras con Katia y con esas otras dos horribles jóvenes y a saber cuántas más. Pero, seguro que él me amaba a pesar de todo. ¿Cómo me ha podido pasar esto a mí? ¡Qué mí tan desgraciado! Albert destrozado en su coche. Georges aplastado por un camión de reparto. Me recordaba tanto a mi marido. ¡Qué maneras tan trágicas y estúpidas de morir!, y de vivir: la vida es tragicoestúpida. Bush ha ejecutado en la cámara de gas a un condenado a muerte que se encontraba en estado crítico en la UVI del hospital de la prisión. Decía Carole que el autor del último libro que me ha dejado realiza un experimento narrativo, de narragénesis y narranálysis, tendente a la deconstrucción compositiva de la Historia, como un relato universal que, sobre todo, cuenta a través de lo gesticular y gestual del protagonismo histórico. ¡Sublime! No soporto a los críticos que se ceban en todos los jóvenes pintores. Afortunadamente tengo el diario de mi ángel que me habla cada día y me transmite un mensaje. De ese modo me acerco a él, para que me diga su nombre, para que me escriba. Es un diario de los dos: de Pedro y de mi ángel. Pedro, siempre Pedro in my mind, you are always in my mind. Qué dura es mi hija, no me tiene ninguna consideración: despertarme de este modo. Sí, sí, hoy es el día, maldito día. Los ángeles y Pedro cambiaron mi existencia, y ella me pide que los condene. Condenar al hombre que me amó más y mejor que ningún otro. ¡Qué vergüenza voy a tener que pasar! El oro de la milésima mañana, un redescubrimiento del elixir de la larga vida que tendrá innumerables aplicaciones terapéuticas. Ese sí que me tomo el pelo: don Hernando Cortés. Venir vestido de indio navajo a mi fiesta con todos aquellos vegetarianos, carnívoros, alcohólicos, abstemios, obesos, obsesos, anoréxicos, ortoréxicos, bulímicos, la mujer más alta, la mujer más baja, la mujer más bella, y la más fea de todo París, casada con el holandés más soso de Holanda, que más que un holandés se diría un belga, un suizo o un luxemburgués. Lo siento, Katheryn, ce n’est pas de ma faute d’être né en Suisse. Alain sí que era un tío simpático. Él pedía disculpas por ser suizo. Igual que yo me disculpaba por ser norteamericana cuando llegué a Paris después de mayo del 68, y quería demostrar que era distinta de mis compatriotas.
Katheryn se incorporó chorreando espuma y llamó a su joven camarera. La muchacha, que esperaba sentada tras la puerta, la rodeó con una inmensa toalla rosa de baño, y comenzó a frotarle vigorosamente la espalda y el vientre. Katehryn tuvo un gesto involuntario de rechazo al ver reflejada en el espejo de pared la cara linda, tersa y brillante de Brigitte la mignonnette junto a su rostro flácido y apagado.
-Señora, hace una mañana de perros –dijo resplandeciente, la blanquísima y rubia camarera-. ¡Quién diría que estamos en primavera!
-El cambio climático, Brigitte -dijo Katheryn, conteniendo su súbita rabia por la despiadada e inapelable comparación del espejo.
-Señora, he leído en una revista que dentro de cincuenta años el mar cubrirá París, y que sólo se verán la antena de la Torre Eiffel y la cruz del Sacré Coeur.
-Bueno, eso serán exageraciones de los periodistas que exageran mucho, ¿no crees?
-No lo sé, señora, yo sólo sé que ya no hay estaciones como las de antes.
Qué podía saber ella con sus veinte y poquísimos años, y su culito prieto y turgente. Se apreciaba que la mignonnette deseaba darle conversación y distraerla, pensando que le esperaba, y con razón, una jornada ingrata y confusa.
-Señora, yo sé que usted quería mucho a ese señor español, pero me gustaría contarle a usted algo que hasta ahora no me he atrevido a contarle a usted -dijo Brigitte de repente con expresión nerviosa. Pero, sin esperar consentimiento de su ama, le espetó-: Ese señor ha querido seducirme, es decir, ha tratado de acostarse conmigo en varias ocasiones, y como yo no consentía a sus pretensiones, una noche, que usted todavía no había regresado a casa, intentó violarme.
-¿No lo conseguiría? -preguntó colérica Katheryn.
-Naturalmente que no, pero bien que lo intentó.
-Vale, vale -dijo Katheryn, recuperando su pulso normal -. Por favor, pídele a la cocinera que me prepare el desayuno.
Se pintó el arco depilado de las cejas y cargó los tintes púrpura del pintalabios sin verse en el espejo. Se encontraba en aquella manifestación que hicieron cien mujeres, a finales del 72, para protestar contra la visita del presidente Nixon a Francia. Nos paseamos por el distrito XV con vendas en la cabeza y pancartas. Gritábamos el nombre de una mujer vietnamita muerta y carbonizada por el napalm, y denunciábamos también a las sociedades americanas y a sus sucursales francesas que fabricaban armas para la guerra. Fue una locura, fue increíble todas las obscenidades que tuvimos que escuchar de parte de los peatones hombres. Ni siquiera se preguntaban por qué estábamos allí, sino que nos insultaban y gritaban: Si creéis que vamos a perder el tiempo jodiendo con vosotras o equivocáis: sois feísimas. Mira el culo de esa, mira qué patas tiene…Después mencionaban todas las partes de nuestro cuerpo. Luego dejé el comité pro Vietnam, y, de no ser por Carole, a punto estuve de dejar también Francia, tras ser violada en mi buhardilla por un estudiante africano que militaba en el mismo comité pro Vietnam que yo. El violador me respondió diciendo que, por un lado, no existía antagonismo entre los hombres y las mujeres en lo concerniente a la sexualidad, y que yo debía superar esa idea tópica de la mujer como objeto sexual: la sexualidad es liberadora, me gritó. Además, que, por otra parte, la opresión de la mujer había que buscarla en la opresión de clase: vieja consigna que los guerreros de clase repetían cuando las mujeres se quejaban de estar oprimidas, algo así como: “No te preocupes, mujer, la revolución te lo devolverá por centuplicado”. Me criticó que tuviese ideas feministas sobre el carácter de objeto sexual de la mujer. Tomaba posesión de mi cuerpo igual que se conquista un país, por la violencia, pues quería castigarme por haber resistido a su política de dominación masculina. “El poder se encuentra en la punta del falo”, así me lo confirmó al violarme, reafirmando su virilidad machista. A las mujeres que rechazaban las peticiones de un negro, de un árabe o de un asiático se las consideraba racistas. Cuando denunciamos públicamente la violación en el comité, un izquierdista blanco nos dijo: Calma, cocineras, calma. Y es que por debajo de un negro, de un inmigrante, o de un obrero blanco, aún quedaba una mujer por oprimir. Las mujeres debían tener las nalgas liberadas, y además de eso debían tener las nalgas liberales con el fin de aceptar al agresor de raza o clase supuestamente inferior y callarse después de la violación. Consideraba mi denuncia como contra revolucionaria en la medida en que mi acusación había puesto de manifiesto el comportamiento individual de los revolucionarios en el interior de su actividad política. Mi error consistía en no razonar dentro del marco del pensamiento masculino, considerado siempre como más verdadero y exacto que el pensamiento femenino. Por debajo del oprimido, que era el género masculino, se encontraba siempre una mujer más oprimida que él, y esto se daba en cualquier tipo de raza o de clase oprimida. ¡Qué porquería de hombres!, concluyó Katheryn en voz alta, pulverizándose el cabello con agua de colonia Saint Michel, una colonia unisex barata que ella adoraba.
-Su desayuno está preparado, señora- vino a decirle Brigitte la mignonnette, tras golpear suavemente con los nudillos de su blanca mano la puerta del cuarto de baño.
Arrugas: yema de huevo, aceite y miel. Piel cansada: tres cucharadas de sal fina con agua y una cucharada de aceite de oliva virgen extra. Ojos cansados: hay que poner dos cucharillas en el frigorífico y aplicarlas sobre los párpados. Esos eran los remedios a los estragos de la borrachera cuando yo era joven y pobre. Ahora tengo potingues por valor de miles de francos que no me solucionan nada. No quiero hacerme la cirugía estética, porque una vez que se empieza ya no se puede parar, además están los riesgos de que te dejen hecha un monstruo como le ha sucedido a Carole, que parece una cerdita de dibujos animados, pobrecilla, ¡qué horrorosa está! y habla ashí de eshe modo como shi no pudiera mover losh labiosh. El poema se presenta como un vómito bienoliente. ¿A quién le oído tan repugnante analogía? Sí, ya recuerdo, a ese poeta gay que se pone hasta las orejas de whisky cada vez que viene a una de mis fiestas, Antoine Le Gall. Estaba también en la de época a la que había invitado a Pedro. Canta, baila, come y diviértete con Katheryn en directo. Me gasté un pastón en esa fiesta. En mala hora. Y yo que creí que Pedro era distinto. Un ser puro y tierno. Intentar violar a mi camarera y seguramente que también a mi hija. Preguntárselo luego. Nunca le cayó bien, ¿por qué? Ella es menos ingenua que moi, aunque también lo es un poco. No hay más que ver todos esos novios estrafalarios que se busca, y que le duran menos que las vacaciones de un yupi americano. Ahora sí que voy a ir a por él, ¡cómo haya intentado jodérsela o simplemente tocarla! Yo le abrí mi corazón y mi casa. ¡Todo lo que tengo es tuyo!, le dije muchas veces. Siempre le he dado todo. Nunca veo maldad en la gente, creo que sólo existe gente buena, ¡seré gilipollas! Con esa cara de místico, de poeta romántico que tenía en su retrato. Era la imagen que me impedía verlo tal como es en la actualidad: un calvo casposo y barrigudo.
-¿Señora, se encuentra bien?
-Ya voy, Brigitte, merci –dijo en tono apenas perceptible, y luego gritando-: Prepárame dos aspirinas.
Katheryn salió del cuarto de baño y se dirigió a un saloncito que daba al jardín del Luxembourg, tapizado y amueblado en tonos rosa y atestado de fotografías queridas, donde solía tomar sus comidas cuando estaba sola. Los castaños y acacias del bosquecillo que veía por el amplio ventanal con cierres acristalados -desde el que podía ver también la rue de Guynemer en toda su amplitud- ofrecían un aspecto sombrío y triste a causa de la atmósfera grisácea que se cernía sobre la ciudad en esa mañana de finales de abril. La grisaille, siempre la grisaille de París, que le recordaba tanto el ambiente gris de San Francisco, donde había nacido y había vivido hasta la edad de 21 años. San Francisco era gris casi todo el año. Incluso en el mes de agosto se tenía que vestir con ropa de abrigo, y en casa de tía Norah permanecía encendida la calefacción central. En San Francisco no se daba el verdadero calor del verano y conocía un permanente otoño debido a las brisas y nieblas del Océano. La niebla llegaba rodando del mar y la ciudad se volvía encantada. Las calles se velaban de misterio y todas las cosas y lugares familiares se convertían en enormes fantasmas. Katheryn miró fijamente una fotografía de sus padres enmarcada en plata sobre una pequeña cómoda. Nunca había sido tan feliz como durante la primavera en que la llevaron con ellos en su gira artística por el resto del estado de California y hasta Los Ángeles. Bajaron por la carretera de la costa recorriendo el camino inverso al de los fundadores de las misiones: Santa Cruz, Monterey, Carmel, San Luis Obispo, Guadalupe y Santa Bárbara. En esta última ciudad y alrededores Katheryn descubriría maravillada el calor y los colores del sur. La ciudad había cerrado sus tiendas y sus oficinas y se había engalanado con millones de flores y los trajes de los pioneros españoles. Banderas rojas y amarillas -que ella no había visto nunca- junto con las de los Estados Unidos llenaban las anchas avenidas. Las multitudes alegres abarrotaban el centro de la ciudad y había mariachis cantando y tocando con sus guitarras antiguas melodías. Se bailaba en las calles y el eco de las canciones mejicanas salía de los patios y bares. Los rancheros montaban en sus ágiles caballos palominos y por todas partes se gritaba: ¡Viva la fiesta!. Katheryn -con apenas diez años de edad- creía siempre desde entonces que había estado en España.
Katheryn se tragó sus dos aspirinas de un golpe y volvió a contemplar nostálgica la fotografía de sus padres que les había sido tomada interpretando en escena la canción There’ s no business like the show business. Los había adorado aunque los frecuentó muy poco a causa de los constantes viajes que les imponía su profesión de artistas del burlesque. “Una profesión muy poco respetable”, según su tía Norah, hermana de su padre, que fue la que la crió verdaderamente. Katheryn recibió por un lado una selecta educación académica en las mejores escuelas y colegios para blancos de San Francisco y Oakland, y, por otro lado, su tía le recordó permanentemente su origen judío, tratando de inculcarle, entre otras, la que según ella era la virtud principal de la mujer hebrea: la discreción. Katheryn se dormía muchas noches escuchando de labios de tía Norah, como si de un cuento se tratara, el versículo del Génesis que pregona la discreción de la mujer: “Dios (bendito sea su santo nombre) se preguntó de qué parte del cuerpo del hombre formaría a la mujer. No elegiré la cabeza a este efecto, dijo Él, con el fin de que ella no levante demasiado orgullosamente su propia cabeza; ni el ojo, para que no sea demasiado curiosa; ni la oreja, para que no vaya a escuchar detrás de las puertas; ni la boca, para que no sea demasiado charlatana; ni el corazón, para que no sea demasiado celosa; ni la mano, para que no se entregue a la prodigalidad; ni el pie, para que no salga frecuentemente de su casa; voy a formarla de una parte del cuerpo que permanece escondida, con el fin de hacerla discreta”.
-Hoy me vestiré sola -dijo Katheryn a Brigitte la mignonnette, que se disponía a retirar la bandeja del desayuno que su señora acaba de tomar-. Avisa a Maurice que tenga preparado el Renault Laguna dentro de media hora.
-Como usted quiera -dijo muy seria la camarera, saliendo del saloncito.
Katheryn entró en su gran alcoba y seleccionó rápidamente la ropa que iba a ponerse en un día tan especial. El negro será lo más apropiado, refleja sobriedad y gravedad: botas, pantys, falda corta, jerséy de cuello alto y pendientes; y para protegerme del día desapacible, el tres cuartos de piel de leopardo que me infunde un aire de mujer fuerte y decidida. Pedro Escobar, estás perdido, tú no sabes con quién te la has jugado. Querías el dinero de la tía Norah, ¿eh, voyou? Eres una sabandija y un hipócrita y vas a pagar por ello. Papá nunca pidió un dólar a su hermana, podrida de diamantes y socia nada menos que de Harry Winston de New York. Porque el pobre papá era un artista de verdad y no iba por la vida fingiendo ni engañando a la gente como tú. Tengo alma de poeta y corazón de 300 caballos, me dijiste al poco tiempo de conocernos, y trataste de engañarme con todos aquellos estúpidos eslóganes manipulados por tu mente escabrosa: Ten un amante, redecora tu vida. La imaginación al poder, o el poder de la imaginación. ¿Te imaginas conmigo en Tahití?¡Liberemos la palabra, liberemos nuestro amor! ¡Quién pone límite a tus sueños! ¡Sueña conmigo! ¡Resístete a envejecer! ¡No te conformes con menos, atrévete conmigo! Corazón salvaje. Siente toda la potencia de mi corazón y entenderás lo que significa la libertad. Rompe con lo convencional y disfrutarás con lo que siempre has sido: un corazón salvaje. Todos los que piden seguridad, confort o control absoluto, recibirán el silencio por respuesta. Confía sólo en valores auténticos, confía en mí. Mantén viva tu conversación, comparte tu conocimiento conmigo. ¡Puah, qué asco! Discreta, una mujer discreta. ¡Eso es lo que nunca he sido! Si hasta llegué a querer competir con Pedro cuando me dijo aquello de: La coges en tu mano, la chupas y la pruebas. Vuelves a mirar y compruebas que tiene un cuerpo muy especial, la sigues mirando y ves su espuma y la intensidad de su color. Notas que está a punto, te entra bien. el último empujón lo das despacito, como sin querer tragártela. Yo le respondí con la razón perdida: “Sólo mi lujuria supera a mi ternura. Quiero ser tu mujer objeto, arrodillarme ante ti y comértela entera. Acariciarte y besarte profundamente es mi perdición. Mis dos cónicos volcánicos rozarán tu champiñón ardiente. Luego me tragaré toda su semilla y entonces seré una contigo”. El clavo que sobresale se aplasta a martillazos. Hace falta valor y decisión para ser creativo, en cuanto se tiene una idea original se está solo o te la roban. Pienso como él, hablo como él, me excito con sus fantasías y tactilocuencia: Una curva es una de las mayores fuentes de placer de un hombre, o de una mujer, naturalmente. Sólo de verla ahí delante como un extraño capricho de la naturaleza, ya provoca en el amante una agitación interior, un desasosiego, certero, un reto a los sentidos. A la curva hay que tratarla adecuadamente. Con dulzura a veces, con rudeza en otras ocasiones, pero siempre con el deseo de quien sabe que algo inefable está a punto de ocurrir. Porque no hay dos iguales, la curva levanta pasiones entre los amantes. La curva es hermosa, y más hermoso acariciarla. Me enredo en sus telarañas, paseamos por el interior de manteles para eliminar la mancha incrustada, y bien incrustada que está en los tejidos. Demuéstremelo. De acuerdo. Aquí dentro de las fibras está la mancha. Por eso necesita energía azul. Sus perlas activas eliminan las manchas por bien incrustadas que estén. Increíble, pero verdad. Sólo cuando está limpio por dentro, está limpio por fuera: las apariencias no engañan.
Katheryn trató de reflexionar con puntos y comas. Katheryn sacó un cigarrillo. Lo hizo lentamente, como un ritual. Despacio el cigarrillo fuera del paquete, golpeándolo suavemente. Despacio a la boca. Despacio el encendedor. Despacio, despacio aspiró. Despacio exhaló. Y entonces, cuando todavía no había dejado salir todo el humo, Katheryn pensó. Katheryn utilizaba el cigarrillo como punto y coma de su pensamiento. Era su forma de reflexionar, de buscarse un refugio de tiempo que le permitiera defenderse de los demás, y le permitiera ordenar su mente.
-Toc, toc -se oyó en la puerta de la alcoba. La dulce voz de Brigitte la mignonnette anunció respetuosamente-:
-Señora, su coche la espera.
Balbino Gutiérrez

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s