Relatos de Balbino “El borracho Inglés”

A la memoria de Malcolm Lowry

         En la mañana siguiente de su llegada a Granada, el 19 de abril de 1932, se produjo un temblor de tierra de grado 4,4 en la escala de Richter. El terremoto, acompañado por un terrorífico ruido subterráneo, sembró el pánico entre los granadinos; sin embargo, Clarence Malcolm Osborne no se enteró de nada porque, en ese preciso momento, estaba durmiendo pesadamente su primera y descomunal borrachera en esa incomparable ciudad.

         El joven Clarence, de 22 años, había hecho el viaje desde Liverpool, escoltado por el matrimonio Aiken, Clarissa y Conrad, un poeta de cierto renombre y su tutor circunstancial, contratado por sir Arthur Osborne, padre del muchacho. Viajaron en barco a Gibraltar, y desde allí en tren hasta Granada con parada en Ronda: en la ciudad del Tajo, tanto pupilo como tutor tuvieron ocasión de pasmar a los clientes y camareros de innumerables bares y tabernas con el consumo pródigo de mortíferos brandies triples.

         El trío fue a alojarse en la pensión Carmona, situada en la Antequeruela Baja, a pocos metros del imponente hotel Alhambra Palace. Blanca y pulcra, la modesta residencia ocupaba el espacio de un carmen construido a mediados del siglo anterior, desde cuyos balcones, torre y jardín, podía contemplarse el soberbio panorama de la ciudad, la Vega y Sierra Nevada. El lugar sedujo inmediatamente a los viajeros; además, doña Angustias, una mujer de 50 años, menuda y diligente, trataba a todos sus huéspedes con afecto y eficacia, cualidades juntas poco frecuentes de encontrar en el Reino Unido.

         Habían dejado Inglaterra bajo un cielo plomizo y amenazante, y encontraron una Andalucía cegadora y en plena eclosión de primavera. Clarence Malcolm recordaba a duras penas, que existieran paisajes y atmósferas tan saturados de vital esplendor como los que encontró en Granada. Su profunda sensibilidad de artista –el joven quería consagrarse a la literatura, y ya había escrito una novela todavía inédita- recibió como una especie de descarga eléctrica, y, desde los primeros momentos, experimentó una lancinante sensación, mezcla de felicidad y congoja, difícil de soportar.

         Su temprana afición al alcohol, interrumpida brevemente, comenzó a acentuarse: la extraordinaria facilidad de encontrarlo y el bajo precio de la bebida en España no eran precisamente las condiciones idóneas para frenar a un alcohólico incipiente. Los consejos y cuidados de sus amigos no servían de nada; Malcolm desaparecía todos los días durante varias horas y volvía a aparecer invariablemente borracho como una cuba. Otras veces tenían que salir a buscarlo por toda la ciudad, y lo encontraban durmiendo tirado en cualquier rincón, o armando broncas vociferantes en alguna tabernucha de mala muerte.

         Se paseaba continuamente con un gran sombrero mejicano que había comprado en Ronda: estaba convencido de que esa era una prenda típica del atuendo diario de los andaluces, y no había manera de persuadirlo de que su uso le daba un aspecto ridículo y extemporáneo. Pronto empezó a ser conocido por todos los barrios de la ciudad: la gente se volvía y se burlaba a su paso, y los chiquillos lo seguían dando grandes risotadas y le tiraban de la ropa, o intentaban quitarle el sombrero de un manotazo. En algunas ocasiones se ponía a tocar su también inseparable ukelele a altas horas de la noche, y las parejas de la guardia civil que patrullaban por la ciudad se veían obligadas, por deferencia al británico, a llevarlo a rastras hasta la pensión.

         En momentos de serenidad, Clarence Malcolm reconocía que estaba dando una imagen impropia de un gentleman, pero no podía hacer nada para evitar seguir bebiendo y emborrachándose. En sus conversaciones con el matrimonio Aiken, declaraba que la única causa de su incontinencia alcohólica era el embrujo mágico de Granada; sus paseos por las callejas del Albaicín, o sus rondas por las estancias de la Alhambra, en lugar de apaciguarlo, alimentaban su ansiedad. El sentimiento de la extraordinaria belleza de esos lugares encendía en su pecho una hoguera de exaltación y desconsuelo que no se podía apagar más que bebiendo sin cesar anís del Mono.

         Llevaban ya dos meses viviendo en Granada y el estado del joven no hacía sino empeorar. No se lavaba ni cambiaba de ropa, su aspecto desastrado y con barba de varias semanas parecía el de un vagabundo: le llamaban “el borracho inglés”. Los guardias civiles empezaron a hartarse de su presencia, y, tras retenerlo en el cuartelillo en varias ocasiones, comunicaron a los Aiken que si no lo alejaban de Granada, se verían obligados a encerrarlo en la cárcel durante una buena temporada o a expulsarlo de la ciudad, e incluso las dos cosas de manera sucesiva.

         Una mañana espléndidamente azul de junio, cuando desayunaba con sus amigos en el jardín de la pensión, Malcolm notó a través de sus párpados semi cerrados, en parte por la agresiva luminosidad, en parte por los efectos de la resaca,  la presencia en una mesa contigua de unos nuevos huéspedes de doña Angustias. A intervalos, pudo observar la gran hermosura de una mujer joven, acompañada de un hombre que, aunque vestido con informal ropa deportiva, no podía ocultar que le doblaba la edad. Conrad Aiken, a su lado, con voz queda, estaba dándole un ultimátum, y le advertía que de no corregirse inmediatamente, regresarían a Inglaterra en el primer barco que zarpara de Gibraltar. Malcolm se dio cuenta de que la muchacha los miraba interesada de vez en cuando, y, sintiendo vergüenza de que ella lo viese en el estado de suciedad y abandono en que se encontraba, dejó su taza de té con leche a medio beber, y subió apresuradamente a su habitación.

         Ese día, Malcolm no probó una sola gota de anís, y permaneció durante horas en su cuarto, tumbado en la cama. No podía alejar de su mente el hermoso rostro de la muchacha, mientras se hacía miles de preguntas sobre su identidad y la de su acompañante.  Deseaba vehementemente volver a verla y se llevó una enorme decepción al no encontrarla en el jardín-comedor a la hora del almuerzo.  Anduvo paseando  toda la tarde por el bosque del Carmen de los Mártires, uno de los espacios más románticos y ensoñadores que había conocido jamás; esperaba con impaciente emoción que llegase el momento de la cena, pues tenía la certeza absoluta de que volvería a encontrarse con la maravillosa desconocida.

         Cuando regresó al anochecer a la pensión, Malcolm sintió que una oleada de sangre caliente inundaba su cuerpo: la pareja de nuevos viajeros estaba sentada a la mesa de los Aiken con quienes mantenían una animada conversación. Se sentó con el grupo en una silla vacía, entre Conrad y la joven. Se llamaba Jane Galbraith, era americana y se ganaba la vida como modelo artístico. Residía en París donde había conocido al hombre maduro que la acompañaba y que no era su marido, tal como Malcolm se había temido.

         Entre los jóvenes se estableció una inmediata y fluida corriente de simpatía. Malcolm se ofreció para hacer de guía de la ciudad y Jane aceptó encantada. Esa misma noche, después de la cena, estuvieron recorriendo solos el Albaicín y el Sacromonte; el caballero francés se quedó en la pensión con el pretexto de estar muy cansado. Todos se dieron cuenta de la fuerte atracción espontánea que habían comenzado a sentir.

         A partir de ese momento, Jane y Clarence Malcolm no iban a separarse durante muchos años; el amor los invadió como una marea repentina, y se dejaron arrastrar por el ímpetu irresistible de su corriente. Permanecieron juntos un mes en Granada, embriagándose de caricias y sueños. Malcolm dejó, como por encanto, de sentirse angustiado y ya no tuvo más necesidad de emborracharse con alcohol; su tensión interna acabó por sintonizar en armonía con las vibraciones mágicas de la ciudad y supo, para siempre, “que no se puede vivir sin amar”

Balbino Gutiérrez

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