Escritos Flamencos. Enrique Morente 4

Enrique Morente, el afrancesado

 

Balbino Gutiérrez

 

Pasados los días preceptivos de duelo durante los cuales me ha resultado imposible e impúdico verbalizar públicamente mis recuerdos y sentimientos sobre mi amigo y maestro Enrique Morente, rompo el silencio para recordar que hoy día 17 de diciembre a las 20 horas iba a imponérsele en la Embajada de Francia de Madrid las insignias de Chevalier dans l’Ordre National de la Légion d’Honneur. La noticia de tan importante distinción me la comunicó el maestro mediante conversación telefónica – desgraciadamente la última vez que pude hablar con él- y se mostraba especialmente contento por la concesión del galardón. Le pregunté el porqué de su satisfacción cuando en otras ocasiones con  importantes premios se había manifestado más moderada, y me respondió con su proverbial ironía lo siguiente: “seguramente porque siempre he sido bastante afrancesado”.

         La realidad es que además de su afición por la cultura, el arte y la lengua de Francia -le gustaba pronunciar y utilizar algunas frases usuales, adoraba la pintura de Renoir entre la de otros maestros impresionistas, o el requiem de Gabriel Fauré-, una parte sustancial de la carrera de Morente ha tenido lugar en Francia. Sus recitales en el Olympia, el Théâtre de la Villette o en el de Chaillot, en Paris. Sus numerosas giras por ciudades como Lyon, Toulouse, Nimes, Marsella, Burdeos, etc… En Francia grabó uno de sus discos más ortodoxos “Essences flamencas”, en el sello galo Auvidis auspiciado por la Asociación Flamenco en France, y también estrenó su magnífica “Misa Flamenca” en la abadía de Fontfroide, Normandía, y más tarde en la Basilica de Saint Dénis. Morente cantó en compás de solea por bulerías y aire de vals, y en francés, una canción de Georges Brassens, le petit joueur de fllûteau en un disco para una asociación benéfica, grabado en Granada, en el que participaba un coro de niños  y niñas franco-españoles, entre los que se encotraba su hija Estrella.

         La última demostración de cariño a la afición de Francia del genial cantaor fallecido, ocurrió el 16 de abril de este mismo año en el Festival de “Banlieues Bleues”, en el sur de París -que tuvo el valor de incluir en su programación de 1997 un concierto con el “Omega”-. Las cenizas del volcán islandés, de nombre impronunciable, impidieron a Miguel Poveda, también en el cartel de la noche  y a los músicos habituales de Morente llegar a París, pero no al maestro granadino que se desplazó hasta allí en coche e hizo su concierto en solitario con dos guitarristas españoles residentes en la capital francesa.

         A Enrique Morente que es un auténtico caballero, según pensamos muchos de los que lo tratamos, le ilusionaba el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor y tenía la intención de pronunciar unas palabras en francés para agradecer la distinción. La fatalidad traidora no se lo ha permitido.

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