La voz de Morente

(Prólogo de Luis García Montero al libro “Enrique Morente. La voz libre” de Balbino Gutiérrez)

La voz de Morente

Balbino Gutiérrez ha escrito un libro minucioso e inteligente sobre Enrique Morente, utilizando por igual la paciencia del documentalista y la capacidad de interpretación del sabio. Sobre Enrique Morente lo sabe todo, lo ha escuchado todo, lo ha leído todo, y todo consigue ordenarlo, ponerlo en su sitio, darle su sentido y su justificación. Es de agradecer este esfuerzo, porque Enrique Morente supone más que una figura del flamenco, significa una manera de estar y vivir en el arte, un modo de situarse en  las encrucijadas de la creación.

Balbino Gutiérrez estudia el itinerario biográfico y artístico de Morente y señala los rasgos fundamentales de su personalidad. Su libro es militante, porque el crítico consigue comportarse como un profesional sin dejar de ser un aficionado. Le ocurre lo mismo que al cantaor, conoce su oficio, pero arriesga siempre algo mucho más importante que el oficio, disfruta con el flamenco, se divierte, asume una apuesta continua, el deseo de acercar el conocimiento a la vida, rescatando la sabiduría de la simple y seca erudición.

Este libro estudia el trabajo de un artista que se empeñó desde los años sesenta en protagonizar un  viaje de vuelta. Los músicos cultos y los poetas se habían acercado al flamenco para enriquecer sus tonos. Morente decidió que el flamenco, como impulso creativo y fuerza central, se podía acercar a la música clásica y a los poetas para abrirse nuevos caminos, en busca de una libertad indispensable en el arte y en la vida. Consiguió así completar definitivamente el diálogo iniciado por Manuel de Falla y Federico García Lorca en el Concurso de Cante Jondo de 1922.

Frente a la degradación del arte, frente a los tópicos y las quietudes, cómodas, que se parecen a los mares sin islas y al agua encerrada de los pozos, Falla y Lorca buscaron la pureza del impulso creativo. Pero su búsqueda no les llevó sólo a sumergirse en el clasicismo, descubrieron con claridad otras fórmulas, otros caminos capaces de innovar y enriquecer la tradición. Falla tensó la cuerda de la música popular española para saltar sobre ella como un equilibrista con el paraguas de los ritmos europeos de vanguardia. García Lorca llevó las metáforas deslumbrantes del ultraísmo a las canciones populares andaluzas, juntando las selvas de los viajeros románticos con las serranías gitanas y los mares del sur del simbolismo con los ríos y las playas de su tierra. García Lorca inició una moda, los poetas buscaron desde entonces el flamenco, trazaron la primera parte del círculo, hasta que Morente lo completó buscando la poesía desde el flamenco, acercándose a Miguel Hernández, a Antonio y Manuel Machado, a Rafael Alberti, al propio Federico García Lorca y a muchos otros nombres de llamativa calidad, tal vez menos populares, pero importantes para los verdaderos conocedores de la poesía. Es muy notable que un cantaor de flamenco se haya empeñado en ir más allá de lo evidente, homenajeando a poetas como Pedro Garfias, José Bergamín, José Hierro o Luis Rius.

El estudio de Balbino Gutiérrez se detiene en uno de los temas centrales de la tarea creativa de Morente, el diálogo entre la tradición y la vanguardia. Enrique Morente suele dividir sus conciertos en dos partes, una primera en la que interpreta los cantes clásicos, y otra en la que muestra los resultados de su propia imaginación, esas innovaciones que son tan criticadas por los putrefactos y que los críticos asustadizos suelen calificar como “experiencias nuevas y delicadas”. Morente acaba siempre demostrando que los diálogos entre la tradición y la modernidad resultan necesariamente fluidos, porque la actitud artística está centrada por los mismos problemas. Se trata de lo mismo, la modernidad sólo es el diálogo enriquecido de la tradición con su futuro y la tradición sólo es una cadena de sucesivos esfuerzos modernos, de apuestas con éxito.

En cuanto arañamos la piel de los debates, ocurre igual con las divisiones entre arte popular y culto, dos caminos que nacen de las mismas preguntas. En 1920, en uno de los aforismos finales de su Segunda antología poética, afirma Juan Ramón Jiménez que “no hay arte popular, sino imitación, tradición popular del arte”. Distintas tradiciones de una misma realidad. Enrique Morente ha conseguido demostrarlo en sus colaboraciones con Antonio Robledo, Fantasía de Cante Jondo para voz flamenca y orquesta, estrenada en el Teatro Real de Madrid en 1986, y Alegro Soleá para voz flamenca, piano y orquesta de cuerda, presentado en 1990 en Sevilla.

Luis Cernuda definió la fuerza de la poesía contemporánea con un título, La realidad y el deseo: el afán, la llave conspirativa de los sueños frente a la verdad de la experiencia hostil, el implacable ajuste de cuentas de la miseria cotidiana. La tragedia verdadera pasa por el conocimiento, porque la herida es doble, nace en la dificultad de conseguir lo deseado y se agrava al descubrir que la lejanía engrandece las cosas, que todo es vano, que la plenitud de los objetos dorados se deshace en el calor real de nuestras manos. Suele cantarlo Enrique Morente en estos versos populares:

Deseando una cosa

parece un mundo

Luego que se consigue

tan sólo es humo.

Doble cara de los sueños y la inteligencia, del impulso y el conocimiento objetivo, frío, que nos deja envueltos por una verdad escindida:

El sarmiento en la lumbre

y el que se enamora,

por un lado se enciende,

por otro llora.

Es la misma historia, el mismo desengaño de Manuel Machado, que se adivina poeta decadente, español del siglo XX, y confiesa que el alma es una palabra gastada, que todo es conforme y según, que no sabemos nada. La versión que hace Enrique Morente de este tema en la Fantasía de Cante Jondo resulta deslumbrante. El arte, no importa si popular o culto, es la historia del deseo, cuenta las ilusiones y los desmayos de la condición humana ante la realidad.

Por encima de todo, por encima de la tradición y la modernidad, de las innovaciones y el purismo, por encima de la nota culta o de los pasos populares, está la voz de Enrique Morente, porque las emociones clásicas o las sorpresas vanguardistas sólo funcionan  si hay alguien capaz de hacerlas verdad, de crearlas, de convertirlas en una experiencia artística para quien las oye. Hasta que alguien consigue transformarlas en una verdad, las buenas intenciones no sirven de nada. En unas declaraciones de Antonio Robledo, recogidas como tantas otras por Balbino Gutiérrez, se afirma: “El registro tonal de Enrique es muy amplio y según qué cantes, amplísimo. En la Fantasía canta divinamente, siempre trata de improvisar. No hace ningún concierto igual al anterior. Su intuición musical es genial”.

Pues eso es lo que consigue contar este libro de Balbino Gutiérrez, la historia de una genialidad, las razones de alguien que canta divinamente, el tiempo de una voz libre que ha  conquistado la sabiduría del profesional sin perder la pasión del aficionado. La paciencia del documentalista y la inteligencia del crítico se unen también en este trabajo de Balbino Gutiérrez, dando paso a la complicidad, a ese conocimiento exacto y amistoso de la complicidad. “El grito deja en el viento/una sombra”, escribe García Lorca en el Poema del Cante Jondo. Balbino Gutiérrez conoce por dentro la historia de este grito de libertad que es Enrique Morente.

Luis García Montero

Premio Nacional de Poesía 1995

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s